Por Úrsula Asta, desde Ekaterimburgo
Rusia celebra una nueva edición del Festival Internacional de la Juventud, un evento cuyas raíces se remontan a la cita organizada por la Unión Soviética en 1957. Luego, en 1985 hubo una edición en Moscú y posteriormente en Sochi en 2017.

Moscú, 1957.
Esta vez, con la participación de 10 mil jóvenes de 191 países, mil adolescentes de hasta 17 años, invitadas e invitados de áreas de arte, administración pública, ciencia, educación y deportes, así como 200 representantes de prensa de 50 países, el festival celebra su tercera edición consecutiva desde 2024.
Con herencias del formato organizativo original de 1957, el encuentro busca abonar en una posición del presente.

Por un lado, en el marco de las tensiones geopolíticas actuales, el evento pretende ser un símbolo de apertura y multipolarismo, respaldado por una retórica que enfatiza la amistad y la cooperación internacional, así como la fortaleza del bloque BRICS+ y el Sur Global.
Por otro lado, porque ante las sanciones occidentales, así como se hizo en el siglo pasado, el trabajo previo de convocatoria no se articula a través de invitaciones formales de Estado a Estado, sino a través de comités civiles nacionales preparatorios desplegados en distintos países.

Además, en el año 2024 se adoptó el concepto de “Ciudad Mundial de la Juventud” provisional, inspirada también en los precedentes de masividad de 1957, que levantó, al menos en parte, el “telón de acero” entre la Unión Soviética y Occidente. En aquella ocasión, 35 mil personas de distintos países visitaron la capital soviética estableciendo contactos directos entre sí y con los moscovitas.
En la actualidad, el predio de exposiciones que alberga el encuentro funciona como una ciudad dividida en diferentes zonas y ejes temáticos que abarcan desde la cultura, las artes, la literatura y el deporte, hasta la producción industrial, tecnológica, nuclear, el desarrollo humano y la salud.

Eurasia, centro neurálgico donde se define el futuro global
En esta ocasión, el encuentro tiene como sede a la ciudad de Ekaterimburgo, zona industrial y tecnológica. Esto tiene una intención, debido a que es la frontera física entre Europa y Asia, donde están los Montes Urales.
Las tensiones que hoy observa el mundo tienen foco territorial en Eurasia, tablero donde el Occidente geopolítico en declive enfrenta a los polos de poder emergentes. Esos conflictos están, primero, en la búsqueda de poner a Ucrania bajo su órbita para debilitar estructuralmente a Rusia; segundo, en el llamado “Medio Oriente”, donde se pretende sostener a Israel con firme posición en una región que ha demostrado articulación con otros actores globales y donde la influencia China es cada vez mayor y, tercero, la tensión con China respecto a Taiwán, territorio que intenta ser preservado en el ala estratégica occidental.
En el caso de Rusia, debemos remontarnos al menos hasta 2014. Año en el que se desató una “guerra civil” o “guerra en el Este” de Ucrania tras las protestas del Euromaidan y el golpe prooccidental que destituyó a Víktor Yanukóvich, del Partido de las Regiones y, por tanto, con base en el sur y este del país, donde predomina población rusoparlante e identificada con la cultura rusa. El hecho es concebido como parte de las “revoluciones de colores” impulsadas por la OTAN, junto a aliados locales. Moscú respondió con la recuperación/anexión de Crimea e impulsó el levantamiento de fuerzas independentistas rusas en la región del Donbas. La escalada de enfrentamientos en 2022 involucra los roles de Estados Unidos, la OTAN, países de la Unión Europea, Rusia y China.
Entre otras cosas, el conflicto ucraniano produjo consecuencias estructurales que trascienden su ámbito militar, ya que generó una reconfiguración de las alianzas euroasiáticas. La intención de aislar a Rusia del sistema internacional aceleró la consolidación de una arquitectura alternativa de cooperación política, económica y de seguridad. En su intento de debilitar a Rusia, Occidente terminó empujándola hacia el corazón geopolítico de Eurasia.

En la ceremonia de apertura se buscó representar a las distintas regiones del mundo. Allí, el presidente de Rusia, Vladímir Putin, vitoreado por un estadio de 10 mil jóvenes, envió un mensaje grabado en video.
Subrayó la importancia del lugar: “Una ciudad donde se unen Europa y Asia, y donde la historia está presente, literalmente, en cada piedra”. Dijo además que espera que el mundo del futuro esté basado en la paz, con buena vecindad, justicia, respeto mutuo y humanidad, independientemente de la “nacionalidad, del dinero, del estatus o del origen”.
Sostuvo que cada pueblo debe “tener acceso en igualdad de condiciones a medicamentos, alimentos, agua y energía, así como la posibilidad de recibir educación y utilizar las tecnologías más avanzadas”. “Esto es lo que aspiramos a conseguir, por lo que luchamos y con lo que soñamos. Si comparten esos objetivos, cambiemos el mundo juntos. Nos encantará contar con quienes decidan sumarse a nuestros proyectos en Rusia”.
El contexto geopolítico del festival es fundamental. Podríamos decir que, en el proceso histórico actual, el polo anglo-estadounidense dominante de los últimos doscientos años, ingresa en una crisis de hegemonía que contrasta con el ascenso de China, Rusia y otros poderes emergentes. Esto involucra el surgimiento de nuevas potencias, lo que implica el retorno de una competencia estratégica entre polos de poder; así como también la crisis del orden mundial globalista unipolar; con una bisagra que se produce a partir de la crisis 2008-2009 en detrimento del Norte Global y, además, el surgimiento de un conjunto de asociaciones multilaterales que proponen un orden mundial alternativo.












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