Por Carlos Aira
Ya pasaron varias semanas. Las pulsaciones se han aquietado, pero las imágenes y las sensaciones siguen colmando nuestros corazones. La actuación argentina en la Copa del Mundo 2026 dejó expuesto un lugar común muy propio de nuestro fútbol: la heroicidad. Una marca registrada; un sentimiento que no surge por generación espontánea, sino que nace de un ADN formativo. Un gen que vuelve únicos al futbolista argentino y a nuestros deportistas en general.
Las escenas se suceden como en un caleidoscopio. En el último Mundial, ese espíritu heroico se manifestó a cada paso: en la rebeldía de no bajar los brazos ante Egipto cuando todo parecía perdido; en la templanza para buscar y encontrar la victoria ante Suiza; y en el triunfo sobre la hora frente a Inglaterra, en una verdadera final del mundo del sentimiento. Se vio también en el gesto de tomar la bandera de nuestras Malvinas, cuando lo más cómodo para los futbolistas hubiera sido esquivar el bulto para no comprometerse —en tiempos de deportistas ascéticos— con las tramas de la geopolítica global. Ese detalle es parte viva de nuestra identidad, de nuestras cosas y de nuestra noción de patria.
La pregunta obligada es: ¿por qué esto sigue ocurriendo en la Argentina y no en otros rincones del planeta?
La respuesta está en que se trata de un proceso de profundo carácter cultural. Desde los orígenes, nuestra formación en el deporte nos enseña que el límite no es el propio beneficio ni la cotización de mercado. Para el deportista argentino —y mucho más en este siglo XXI signado por el individualismo— ponerse la camiseta no es solo representar a una federación o a la AFA: es cargarse sobre las espaldas a todo un pueblo, a los hinchas de cada rincón del país. Es la certeza absoluta de no poder fallarle a una Nación. Y eso se inculca desde siempre.
Tal vez haya que analizar que ese gen heroico remite a nuestra verdadera cuna. Nos dicen que el génesis de nuestro fútbol es un colegio de la elite británica de Belgrano R. Lo es en parte. Si nuestro fútbol hubiese quedado encerrado en los claustros de los colegios de la élite británica, jamás habríamos desarrollado este ADN combativo; esa no puede ser nuestra matriz. El fútbol argentino es, en realidad, el hijo dilecto de la cultura del encuentro —esa maravillosa noción que nos legó el Papa Francisco—. En ese choque fundacional entre los purretes del arrabal y los ingleses nació un desafío implícito: no solo jugar, sino vencerlos en su propio juego.
Cuando los british dijeron goodbye, la disputa no terminó; se trasladó al barrio y al continente. Derrotar al vecino se convirtió en una cuestión de honor en verdaderos clásicos que se disputaban con el cuerpo y el alma. Esa épica territorial atravesó las décadas y se impregnó en la memoria colectiva. Hoy, en tiempos de futbolistas globales sometidos a lógicas mercantilistas, el jugador argentino sostiene viva esa llama primigenia.
Para nuestro fútbol, la heroicidad no es un extra ni un bien sujeto a oferta y demanda: la heroicidad no se negocia. En semifinales, Francia bajó la persiana ante España en cuanto sus futbolistas entendieron que la suerte estaba echada. Eso está terminantemente prohibido para el jugador argentino. Incluso en una tarde aciaga como la final frente a los españoles, ese gen indomable peleó con uñas y dientes un empate en 120 minutos que en otras latitudes ni se intenta, porque no se concibe semejante nivel de entrega.
Los díscolos no gustan en el mundo. El establishment desea espectáculo ascético y ordenado, no heroicidad por fuera de los cánones globales. Por eso las críticas salvajes que suele recibir el equipo argentino cuando se sale del libreto.
Sin embargo, hay una conducción que toma decisiones y asume riesgos. Gran parte del éxito del fútbol argentino en estos últimos ocho años tuvo que ver con la visión de una AFA que comprendió las identidades de nuestra tierra. Tras el fracaso de Rusia 2018, la conducción que asumió en 2017 decidió recuperar las mejores tradiciones de nuestro fútbol, permitiendo el retorno de futbolistas geniales que se encontraban frustrados y golpeados. Con la sabiduría de César Luis Menotti y la huella de los pichones de José Néstor Pékerman, se logró la amalgama necesaria para que todos los jugadores se subieran al proyecto y al componente heroico que se proponía.
Poco se ha escrito sobre la épica de la Scaloneta. No fue solo la templanza para no claudicar en situaciones límite como ante Egipto, Suiza o Inglaterra; fue también la victoria en el Maracaná en 2021 para cortar una sequía de 28 años sin títulos continentales. Sí, en el Maracaná y contra Brasil. Fue la Finalissima en Wembley. Y en Qatar no todo fue color de rosas: la heroicidad se volvió fortaleza mental para reponerse a la derrota inicial y a los empates agónicos de Países Bajos y Francia, para terminar imponiéndose en los penales.
Alejandro Scopelli dijo alguna vez que el fútbol argentino es «la ley de los ojos»: los jugadores de hoy aprendieron viendo a los de ayer. El coraje se transmite de generación en generación y se plasma en nuestras instituciones. Ese ADN siempre estuvo presente cuando se viste la camiseta nacional.
Es el “Tata” José Luis Brown jugando la final de México 86 tras abrir el marcador y sufrir una luxación en el hombro. Cualquier otro hubiera pedido el cambio, pero él le hizo un agujero a la camiseta, enganchó el dedo pulgar y le dijo a Bilardo: «No salgo ni muerto». El Tata jugó así el resto del partido, Argentina fue campeón y él se convirtió en un héroe eterno.
Es Diego Maradona disputando todo el Mundial de Italia 90 con el tobillo izquierdo inflado como un limón. Cualquier otro mortal hubiera quedado al margen. Frente a Brasil, la Selección la pasó muy mal, pero Diego esperó su oportunidad: a los 35 minutos del segundo tiempo, agarró la pelota en campo propio, dejó en el camino a Alemao, emprendió una carrera imposible, gambeteó a Dunga y a Rocha y, cuando el cuerpo no daba más, sacó un pase mágico de derecha para que Claudio Caniggia convirtiera uno de los goles más gritados de la historia. Aquel triunfo épico del 24 de junio de 1990 fue obra de su pura heroicidad.
Es Leopoldo Jacinto Luque en el Mundial 78, sobreponiéndose a la fractura de un brazo y al dolor por la muerte de su hermano tras el partido con Francia, para regresar y jugar una final que pocos en el mundo habrían afrontado. Es Lionel Messi jugando la semifinal de la Copa América 2021 con el tobillo ensangrentado, porque el liderazgo se demuestra en la adversidad. Y si rastreamos en la historia, sobra mística: es Capote de la Mata definiendo el Sudamericano de 1937 en la madrugada del Gasómetro con dos goles a Brasil en el segundo suplementario y con solo 17 años; o José Manuel Moreno enfrentando a los brasileños en la Copa Roca, a días de haber sido operado de apendicitis. ¡Eso es heroicidad!
¿Dónde surgen y se forjan realmente los jugadores en la Argentina? Nacen en los clubes de barrio y de pueblo. Allí están los primeros formadores, los maestros y los docentes que transmiten el amor por la pelota y el respeto por la camiseta. Luego dan el salto a los clubes de AFA, instituciones con estructuras cada vez más grandes y onerosas donde se moldea un profesionalismo especial, donde el ADN de pertenencia queda grabado como un sello indeleble: lo que traían de la casa, pulido por la exigencia de nuestra historia.
Por eso, el debate de hoy trasciende lo táctico y toca la matriz misma de nuestro deporte: Sociedades Anónimas Deportivas o Asociaciones Civiles sin fines de lucro. La heroicidad del fútbol argentino está íntimamente ligada a estos debates institucionales. No es una discusión abstracta: si un día se modifica la matriz social y comunitaria de nuestro fútbol, muy probablemente tengamos que escribir que se ha modificado para siempre el ADN de nuestros deportistas, tal como ya les ocurre a escuelas históricas del mundo que perdieron su esencia al entregarse a la lógica del capital.
El fútbol argentino tiene una identidad que se plasma en sus clubes y en su gente. Es parte fundamental de lo que somos, y defender su matriz es la única forma de garantizar que la heroicidad siga siendo la bandera de nuestra historia, nuestro presente y nuestro futuro.
(*) Periodista / Conductor de Abrí la Cancha / Autor de Héroes de Tiento y Héroes en Tiempos Infames (Historias del fútbol argentino 1920-1940).










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