Por Carlos Aira
¡Qué juego hermoso es el fútbol! Por su plasticidad, pero sobre todo, por su versatilidad táctica y estratégica. Un equipo con futbolistas de menor capacidad técnica, apelando al orden y a la concentración máxima, puede sacar adelante un partido ante un rival claramente superior. Eso no sucede en otras disciplinas, donde la diferencia de jerarquía queda plasmada de inmediato en el marcador. El fútbol, en cambio, te puede parir un empate como el logrado por Cabo Verde ante España. Dos realidades entre las cuales media un abismo, pero dentro del verde césped, los muchachos africanos ya ganaron su propia Copa del Mundo.
Algo similar sucedió entre Ecuador y Curazao. Según las estadísticas, el conjunto sudamericano generó 18 situaciones de gol, algunas de ellas clarísimas. Sin embargo, Eloy Room, el arquero de los antillanos, se erigió como la gran figura de la noche en Kansas. La Ecuador de Sebastián Beccacece se estrelló contra las manos del guardameta rival, el amor propio de sus compañeros y su propia ineficacia a la hora de definir. La estadística es gélida: en dos presentaciones, los amarillos generaron 42 aproximaciones de peligro, pero no marcaron ningún gol. Setenta balcones y ninguna flor, como en el imperecedero poema de Baldomero Fernández Moreno.
Ante un desarrollo así, ¿por quién depositar la mayor simpatía? ¿Por los ecuatorianos, que hicieron todo el gasto por un triunfo que se les fue escapando increíblemente de las manos y cuya ausencia de gol los deja al borde de la eliminación? ¿O alentamos a los muchachos del Caribe que, en su primera participación mundialista, dejaron la piel en la cancha detrás de un punto que para ellos vale un título? En el horizonte caribeño asoma ahora Costa de Marfil, donde una victoria significaría una hazaña de dimensiones históricas. Para Ecuador, el destino lo pone frente a Alemania: de no vencer a los teutones, el regreso a casa cargará con el peso de un fracaso ruidoso.
ALEMANIA Y COSTA DE MARFIL: UN PARTIDAZO
¡Qué lindo que es el fútbol! Sobre todo porque un genuino duelo de estilos es capaz de parir un espectáculo apasionante. Costa de Marfil tuvo serias chances de sellar un triunfo histórico ante los cuatro veces campeones del mundo, pero la victoria terminó quedando en manos de Die Mannschaft. Como alguna vez sentenció el gran Gary Lineker: el fútbol es un deporte donde juegan once contra once y siempre gana Alemania.
En la tarde de Toronto, el conjunto germano exhibió su mejor herramienta: la competitividad extrema. El trámite tuvo un ritmo frenético desde el amanecer y ofreció emociones de principio a fin. Alemania acarició el primero con un cabezazo de Kai Havertz que besó el travesaño, y luego el propio delantero volvió a exigir a Yahia Fofana, quien respondió de manera brillante. Pese al asedio, los marfileños golpearon primero y saboreaban una clasificación histórica a la fase eliminatoria. Sin embargo, la igualdad llegó a los 68 minutos: una gran combinación colectiva culminó en un preciso centro de Nadiem Amiri que Deniz Undav conectó en carrera para establecer el 1-1. El epílogo fue vibrante y dramático. Cuando el empate parecía sentenciado, a los 94 minutos, Félix Nmecha filtró un pase quirúrgico para que el propio Undav definiera con categoría y desatara el festejo alemán.
Con este resultado, sumado al empate entre Ecuador y Curazao, el Grupo E ya tiene a sus dos clasificados: Alemania y Costa de Marfil, en ese orden. Cabe recordar que en este Mundial el primer criterio de desempate no es la diferencia de gol general, sino el resultado entre sí (el desempate olímpico), lo que termina de acomodar las fichas en la cima.
¿VOLVIÓ LA NARANJA MECÁNICA?
Cada vez que los Países Bajos cuajan una actuación deslumbrante, el acto reflejo nos empuja a comparar a ese equipo con la mítica Naranja Mecánica de los años setenta. Pero ya no están Johan Cruyff, Johan Neeskens y compañía. Lo que es indudable es que el fútbol neerlandés tiene escuela y, fundamentalmente, es un estado de ánimo. Cuando los planetas se alinean y se encienden, son capaces de demoler a cualquier adversario. Esta vez, fue Suecia la que tuvo la desgracia de padecer la fisonomía inspirada de los muchachos de naranja. El 5 a 1 final exime de mayores comentarios.
Desde el pitazo inicial, Países Bajos buscó protagonismo y muy temprano se puso en ventaja. Brian Brobbey firmó un doblete cuando no se habían cumplido siquiera veinte minutos. Fueron dos conquistas de centrodelantero de toda la vida; de esos donde el mérito no radica tanto en empujarla, sino en el oficio de estar en el lugar y el segundo indicados. El primero llegó tras asistencia de Cody Gakpo; el segundo, por pase de Denzel Dumfries, tras transiciones vertiginosas – propias de este Mundial – que terminaron en el ariete.
A la vuelta del intermedio, los dirigidos por Ronald Koeman volvieron a acelerar y encontraron vía libre hacia la portería escandinava. Los siguientes dos goles llevaron la firma de Gakpo.. Es verdad que Suecia intentó maquillar el resultado con un gol de Anthony Elanga —un grito que puede ser crucial en una competición donde cada festejo suma—, pero el orgullo nórdico quedó sepultado sobre el cierre con un tremendo disparo lejano de Michael Summerville.
«Es una de esas noches de las que se aprende mucho. A veces te tocan este tipo de experiencias; no creo que refleje la paridad del partido, pero tenemos que aprender de ello», señaló Graham Potter, el entrenador británico de Suecia. Y algo de eso tiene este juego hermoso: es un aprendizaje permanente.
(*) Periodista / Conductor de Abrí la Cancha / Autor de Héroes de Tiento y Héroes en tiempos infames.












Discusión acerca de esta noticia