Por Alexis Guegnolle *
Todo un palo, ya lo ves
Llegó ese día. Llegó la noticia que llegaría más temprano que tarde. Todos sabíamos que llegaría, pero no queríamos recibirla. Y tuvimos que hacerlo un 5 de junio de 2026. No hubiésemos querido recibirla jamás, pero la muerte es inevitable. Murió Carlos Alberto Solari, popularmente conocido como El Indio. La noticia impacta. Inunda todos los medios. Nos deja perplejos, incrédulos y, rápidamente, infinitamente tristes. Una noticia que nos manda al descenso.
Murió el cantante, líder y compositor de la banda de rock nacional más preponderante e influyente de nuestra historia. La dupla Indio-Skay es de las más proliferas de nuestro rock criollo. Murió un ícono de la contracultura, del underground cultural independiente. Se nos fue un referente no solo musical, sino político y cultural. Murió un profeta laico y secular que transmitió, mediante su propia poesía, un mensaje que se cristaliza en frases que son remeras, tatuajes, murales y banderas (sobre todo esas que van a las canchas de fútbol).
Porque El Indio es bandera, remera, tatuaje, poster y llavero. Y eso lo decidió el pueblo rockero. Lo decidió su público. El Indio jamás pregonó un culto a su personalidad. Tampoco salió al escenario con ropas extravagantes. Fue, quizás, el frontman menos rockero de todos: capaz de vestir un pantalón pinzado, una camisa y zapatos arriba del escenario. Evitó siempre el mainstream que tanto criticaba. Era una figura pública conocida por millones, pero nunca quiso ser famoso. Quienes lo conocieron, incluso, dieron a entender que nunca se sintió cómodo con su enorme popularidad y masividad. Esa masividad que le llegó a Los Redondos en 1991, con La Mosca y La Sopa y aquel recital fatídico en el estadio de Obras, donde la yuta porteña asesinó a Walter Bulacio en una comisaría de Núñez. Y desde entonces, Walter se hizo canción entre sus seguidores y El Indio, intuyo, fue aceptando gradualmente esa masividad y ese rol de líder espiritual, de guía y faro de un público que fue creciendo en número y fidelidad.
Murió, además, el padre de toda una generación que creció en la larga noche neoliberal donde se llevó adelante la nefasta fiesta menemista. En esa Argentina que generaba desempleo, pobreza, miseria, hambre, angustia, bronca, rabia y desazón. En una Argentina donde, para millones de jóvenes como yo, la única salida era Ezeiza, Patricio Rey te contenía y cobijaba. Las misas ricoteras eran un refugio. Un espacio de resistencia y goce en un país que se iba a diciembre de 2001 de manera lenta e inexorable. Racing, Mar del Plata, Montevideo, Córdoba y River, fueron los últimos conciertos de Patricio Rey en un lapso que va desde fines de 1998 hasta el invierno del 2001.
Pero disueltos los Redonditos de Ricota, El Indio siguió componiendo, editando discos y tocando en vivo –lo mismo hizo Skay-, dando shows cada vez más masivos. La peregrinación popular y masiva se daba desde todos los puntos del país. Tan desbordantes y apasionadas, que ya no hubo estadio posible para congregar a tres generaciones de ricoteros leales.
Noticias de ayer
Empieza a caer la noche del viernes y la plaza de mayo, epicentro político nacional, comienza a llenarse de seguidores dolidos que pretenden rendirle homenaje y tributo. Ya saben que el gobierno no quiere ni pretende darle el velorio que merece: masivo y popular. Comienzan a llegar de manera espontánea, sin que nadie los haya convocado. Sin organización. Un duelo colectivo. Quieren canalizar su tristeza. Y saben que nadie se salva solo. Por lo tanto, es mejor pasar el mal trago juntos. Cantando. Como en las misas ricoteras. Se trata de una marea popular que pretende devolverle tanto amor y cariño a un artista que siempre brindó lo mejor que tenía para dar: promesas, verdades, contradicciones, dolores, tristezas, alegrías, reflexiones, implacable rocanrol y un par de cienes ardientes. Todo el tesoro que El Indio tenía para dar. Y lo hizo siempre con muchísimo respeto por su público. En muchas de sus letras retrató la vida marginal de miles de tipos a los que Dios les truchó el boleto. Sin señalarlos ni juzgarlos. Y apelando a un lenguaje complejo, denso, sensible, lleno de metáforas y referencias literarias más propicias, a priori, para un gusto cultural refinado y erudito. Eso es respetar a su público. Quererlo. Por eso le retribuyen con tantas manifestaciones de amor, cariño y fidelidad esa “poesía ricotera”. Por eso seguirán siendo ricoteros de por vida.
(*) Periodista / Abrí la Cancha











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