Por Ariel Weinman
Es difícil agregar algo nuevo a todo lo ya dicho por parte de un pueblo que cuando llora, habla, cuando camina, piensa, cuando baila, imprime una esperanza.
No descubro nada, pero confirmo una certidumbre: Solari compone letras que son un cielo protector para tanta intemperie, una música que toca y penetra las zonas sensibles de cuerpos dolientes, una poesía con la inmensa capacidad para mover lo que no sabíamos que existía dentro de nosotras y nosotros mismos. El Indio incomoda, molesta, perturba porque su arte detiene la corriente regular de la vida, colapsa la facticidad de lo cotidiano, se burla de “la felicidad” de la blancura, del orden geométrico levantado con fragancias puras para hundirse en lo cloacal de la existencia, y señalar lo revulsivo, lo hediondo, lo intolerable. El revés de la trama que habita en Villa Subsuelo.
Solari es un “piquete” a lo que hay, a lo que existe, a “los esclavos de la propiedad”. Porque ante todo es resistencia, en donde “está todo el hidalgo valor de la vida”, la corriente insondable que hace posible la experiencia de estar abrazados, cantando, bailando, respirando juntos para atemperar la materialidad de un mundo agobiante, irrespirable, trágico.
Por eso, los ignorantes y los brutos, cuyos ídolos viven en el peor de los crepúsculos, se llenan de terror cuando los incontables, los que se cayeron de cualquier contabilidad, los que nunca cuentan, se mueven. ¿Cuántos son? ¿Quién los lleva? Los que pintan en la pared “Viva el Parkinson” expresan una desesperación, una obsesión por poner una estadística, un porcentaje, una medida a los movilizados. Aquellos temen desde siempre pues el mundo popular no entra dentro de su órbita. Poseen la infinita imposibilidad de comprenderlo. Esos profetas ignoran qué es lo que moviliza a los más cuando están juntos. “¿Pero no van a trabajar todos estos?”, se preguntaba la tropa de “marines” de los mandarines”. Los conocemos por su “olor a tigre”. Hubiesen querido cortarle las manos al Indio como el vano intento de disolver una empatía, de borrar una tradición que quizás provenga de indígenas, gauchos y negros cantores, como el que le molestaba al Coronel Mansilla, que siempre se negaron a entonar para los dueños de la tierra. Pero fracasaron en eliminar una herencia insurgente que vibra desde Oktubre. Relumbró en las calles del país durante la despedida. En una comunidad que no tiene comunidad, el Indio la edificó en y por las canciones. Solari es uno de los bienes comunes de la comunidad argentina. Ese arte-música-poesía es “lo común” que acomuna, que atesora, que celebra. En la muerte se revela esa parte que se fue, el vacío que desgarra, un dolor sin medida, incontable. Salimos a las plazas y a las calles para agradecer la llamarada de que “todo preso es político”, pero también para atenuar esa pérdida, para procurar una suplencia imposible del que ha partido. ¿Cómo seguiremos cantando ahora?
La despedida al cuerpo del Indio disparó las imágenes de funerales multitudinarios como el del Peludo, Evita, Perón y Diego. Rememoró grandes procesiones populares que tuvieron en común el dolor por la pérdida, la conciencia por la finitud de un liderazgo, la angustia por seguir andando sin ellos y ellas. Sin embargo, en este sepelio relumbró lo que puede el lenguaje artístico, el de la poesía cuando dice lo que no puede decir el habla cotidiana. La música cuando entra derecho al cuerpo empatiza a los que estaban distantes, construye la tribu con los diferentes, inaugura el baile eterno, festivo, comunitario.
Solari fue un gran predicador que le habló a las y los humildes, a las y los humillados, a las y los explotados y oprimidos: la suya fue una “teología del pueblo”. El arte “De esta tierra que es una herida/ Que se abre todos los días/ A pura muerte, a todo gramo” acompañó el camino de los restos, los retazos, lo que sobra de una sociedad, pero nunca para su victimización ni siquiera para interpretar el mundo, sino para transformarlo. Y lo transformó en cada recital, en cada peregrinación, en cada misa, cantando y bailando, construyendo esperanza sobre la “cárcel que sigue así”.
El Indio ingresó al panteón de las leyendas populares como la Difunta Correa, el Gauchito Gil, Diego. La comunidad levantará altares hechos de “juguetes perdidos” y “ji ji ji” en las veredas de las densas periferias, en cada rebelde conurbano, porque señor … hay que seguir andando.
Me pregunto si el Indio Solari no es el nuevo crucificado, el que cantando decidió subir a la cruz para que la tribu recoja su nombre. Y los dolidos, los desvalidos, los amputados puedan continuar caminando. Con su muerte dejó/ nos dejó una canción póstuma: “abandonen el encierro, salgan a la calle y construyan lo que falta”. Ese postrero acto heroico nos interroga sobre qué hacer con tanta belleza, con tanto afecto. El funeral popular fue un signo de que “la única verdad” no es sólo lo que existe, lo realmente existente, sino que incluye aquello que todavía no hay. El milagro que viene como fuerza inusitada y aluvional, cuando las tribus de todas las calles son tocadas en esa parte que estaba ahí, el abismo sin fondo que permanecía ignorado. Un síntoma de cómo lo que aparece como inactual, a veces, retorna para trastornar el orden de las cosas. Que produce un parteaguas, una escisión, una aparición que irrumpe con la desfachatez de lo imprevisto para transformar la continuidad del tiempo, para sacarlo de la abstracción mecánica, algorítmica ¡la puta madre! y ponerlo a caminar con los desconocidos y desconocidas ahora transformados en semejantes.
Un síntoma tenaz de lo que pasa y nos pasa cuando las palabras, los textos, los discursos tienen la capacidad del cirujano: penetrar los cuerpos. Y nutrir las almas. Lo que revela que el humano argento no sólo se alimenta de pan, sino que necesita deglutir el arte, lo mejor del arte para soportar sin quebrarse ante tanta injustica, tanto desasosiego, tanta vida sin el cuerpo del otro. Por eso, salimos a la calle, para agradecer eternamente al Indio Solari que ha multiplicado los panes para un pueblo hambriento.











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