Por Leila Bitar *
La guerra desatada el 28 de febrero de 2026 por parte de Estados Unidos e Israel contra Irán parece haber entrado en una nueva etapa de escalada. En este escenario, el conflicto obliga analizar las diversas cartas que cada actor puede jugar en este tablero geopolítico desplegado en Asia occidental, pero con capacidad de expansión e impacto global.
En ese marco, la multiplicidad de actores indirectos involucrados en el conflicto en Medio Oriente expone los diferentes intereses, alianzas y estrategias que pueden moldear el desenlace de la guerra.
Arquitectura de alianzas
Por un lado, se encuentran los países del Golfo, actores de indudable relevancia para el suministro energético global y la estabilidad de precios. Estas naciones árabes, con distintos grados de alineamiento con Washington —desde socios estratégicos como Arabia Saudita y Emiratos Árabes Unidos hasta actores más autónomos como Qatar u Omán—, en los hechos han facilitado la presencia militar norteamericana en la región, y por ende, permitido la introducción de elementos desestabilizadores en un terreno ya de por sí conflictivo.
Por otro lado, está el Eje de la Resistencia: grupos armados apoyados por Irán que tienen capacidad para presionar en distintos puntos del mapa: Hezbolá en el Líbano, las milicias chiitas en Irak, y los hutíes (Ansar Allah) en Yemen. Más allá de tratarse de una red de actores independientes con distintos grados de coordinación, comparten el rechazo a la presencia militar estadounidense en la región, repudian el rol desestabilizador de Israel y apoyan la causa palestina.
En un plano más amplio, Irán también cuenta con el respaldo indirecto de Rusia y China, que, sin intervenir militarmente de forma directa, aportan sostén diplomático, económico y estratégico.
Estas alianzas no son estáticas: responden a lógicas pragmáticas y se reconfiguran en función de los intereses que impone cada fase del conflicto.
Red de rutas comerciales
El actual conflicto ha demostrado un alto nivel de proyección global por el impacto económico que supuso el control iraní sobre rutas clave de exportación de hidrocarburos.
Aquí son fundamentales tanto el Estrecho de Ormuz —donde Irán ya demostró una elevada capacidad de control y potencial de bloqueo— como Bab el–Mandeb (una carta aún no utilizada por Teherán). Ambos pasos son esenciales herramientas de presión para controlar el flujo de embarcaciones que circulan por dichas rutas y, en caso de prolongación o escalada del conflicto, Irán incluso podría bloquear la capacidad exportadora de las petromonarquías.
El frente menos visible
Como vimos, el conflicto ya demuestra una enorme variedad de actores involucrados indirectamente, y un componente económico con capacidad de impacto global.
Sin embargo, todavía falta analizar en profundidad un frente silencioso: el Cáucaso meridional, un corredor estratégico conformado por Armenia, Georgia y Azerbaiyán, que conecta Oriente Medio con Rusia, Europa y Asia Central. Se trata de una zona inestable, con sus propios conflictos internos, pero que puede convertirse en el próximo escenario de escalada, si tenemos en cuenta los antecedentes.
El pasado 5 de marzo, a pocos días del comienzo de las hostilidades contra Irán, el gobierno azerí acusó a Teherán de lanzar drones contra Najicheván, un enclave de Azerbaiyán separado de su territorio principal y ubicado entre Armenia, Irán y Turquía.
Si bien Teherán negó la participación, el presidente Ilham Aliyev tomó medidas que tensionaron la relación con la nación persa. Al día siguiente del incidente se anunció la evacuación de sus diplomáticos de Irán y, dos días después, acusó al Cuerpo de la Guardia Revolucionaria Islámica de intentos de sabotaje, entre los que se encontraba como objetivo el oleoducto Bakú–Tiflis–Ceyhan, así como instalaciones israelíes en Azerbaiyán.
El rol de Azerbaiyán
Azerbaiyán es el actor central en esta trama: no solo comparte frontera con Irán, sino que además se ha transformado en un nodo de producción y tránsito energético de petróleo y gas hacia Europa, a través del oleoducto Bakú–Tiflis–Ceyhan, de suma importancia para Occidente. Esta ex nación soviética, además, tiene un vínculo muy estrecho con Tel Aviv, lo que ha dado lugar a especulaciones sobre una cooperación que podría incluir el uso de su territorio en operaciones contra Irán.
Este vínculo se sostiene en una lógica de intercambio estratégico: Azerbaiyán es uno de los principales proveedores de petróleo de Israel, mientras que Israel se ha consolidado como uno de sus principales proveedores de armamento y tecnología militar.
A esto se suma un factor sensible para Teherán: en el norte de Irán reside una numerosa población de origen azerí, lo que introduce una dimensión interna potencialmente desestabilizadora en caso de una escalada.
El corredor Zangezur
En el centro de la puja de poder regional aparece como pieza decisiva el proyecto del corredor Zangezur; una iniciativa de conectividad que atravesaría Armenia para unir Azerbaiyán con su enclave Najicheván y, por extensión, con Turquía.
Con la implementación de esta ruta Azerbaiyán lograría continuidad territorial y Turquía acceso directo tanto al Cáucaso como al Mar Caspio, fortaleciendo el eje turco-azerí en detrimento de Armenia, que vería debilitada su posición estratégica como “tapón” geográfico entre ambas naciones.

Este corredor es una pieza fundamental dentro del esquema de corredores logísticos impulsados por Occidente para debilitar otros proyectos del mundo multipolar: Por un lado, busca erigirse como alternativa a la Iniciativa de la Franja y la Ruta de China, por otro, compite con el Corredor Internacional de Transporte Norte–Sur (INSTC) que conecta India con Irán y de allí Rusia con Europa.

Irán no solo lee el proyecto en clave económica, sino que también lo entiende como una alteración del equilibrio geopolítico tradicional a favor de Washington y sus aliados, y como una amenaza a la seguridad, ya que abre las puertas a la presencia de la OTAN en la región.
Estados Unidos entiende a la iniciativa Zangezur como una pieza central dentro de un plan integral al que denominaron “Ruta Trump para la Paz y la Prosperidad Internacionales” (TRIPP, por sus siglas en inglés), un concepto geopolítico que busca rediseñar los corredores globales.
La TRIPP aparece como el marco estratégico más amplio desde el cual Washington intenta contrarrestar la influencia de China, Rusia e Irán.
Conclusiones
Volviendo a Medio Oriente, no es difícil deducir que, para Estados Unidos e Israel, la participación de Azerbaiyán en el conflicto existente puede representar un interés estratégico, ya que esto podría aumentar las probabilidades de llevar la guerra a una conclusión más rápida en términos favorables a Washington.
Es necesario tener en cuenta el posible papel de las bases azerbaiyanas en escenarios que involucren ataques contra Irán. A su vez, el eventual debilitamiento de la nación persa como resultado de la guerra podría ampliar el margen de maniobra de Azerbaiyán para imponer su agenda regional.
En este contexto, la apertura de un frente en el Cáucaso podría transformar una guerra regional en un sistema de conflictos interconectados, donde los distintos teatros —desde el Golfo Pérsico hasta el Cáucaso— comiencen a influirse mutuamente.
En síntesis, en la guerra contra Irán no se juega solo el destino de una nación, sino la potenciación o ralentización del proceso multipolar. Si Irán logra sostener su capacidad de resistencia, la dinámica multipolar podría verse reforzada; si, por el contrario, sus adversarios imponen condiciones decisivas, el resultado podría consolidar —aunque sea temporalmente— un reordenamiento favorable a Occidente.
(*) Periodista diplomada en Relaciones Internacionales
- Este artículo fue elaborado a partir de un informe de ANO “Centro de Monitoreo y Evaluación de Problemas Contemporáneos “Un Mundo” (anounitedworld.com) adaptado y analizado por la autora.











Discusión acerca de esta noticia