Por Bruno Chiocconi
No era cualquier lunes otoñal en la concurrida avenida Corrientes. Más allá de los carteles luminosos, las luces de los autos y los semáforos, lo que más brillaba era la cartelera del Teatro Gran Rex: “Robert Plant con Suzi Dian y Saving Grace”. Los pelos grises de la mayoría de los concurrentes daban a entender que se presentaba una leyenda, un artista que moviliza generaciones enteras desde sus veintitantos años.
Un poquito después de las 21, la banda integrada por Matt Worley en banjo, guitarra y mandolina; Tony Kelsey en guitarra y mandolina; Barny Morse Brown en chelo y Oli Jefferson en batería ingresó caminando lentamente al escenario. Detrás de ellos aparecieron Suzie Dian y Robert Plant, que fue ovacionado desde el primer momento en el que puso un pie en escena: “Hello Buenos Aires, it’s good to be here”, saludó el dios dorado que ya tenía al público comiendo de su mano (más o menos desde 1968).
El ritual fue iniciado con una bella versión de “The Very Day I’m Gone”, cantada a dos voces con el banjo de fondo, aunque robándose un poco la atención. Siguió la tradicional “The Cuckoo”, donde Robert dio muestras del gran momento que vive su voz con una impecable interpretación junto a la talentosa Suzi Dian, que respalda con su torrente cuando es necesario y toma la delantera cuando la canción lo pide.
La energía del teatro se elevó a la décima potencia cuando, en medio de “Higher Rock”, Plant sacó la armónica para sorpresa de los concurrentes. El rock, que ya sobrevolaba este yermo, se hizo presente con una versión acústica de “Ramble On”, con Matt Worley en cuatro portoriqueño y Suzie Dian en acordeón marcando el pulso para que la voz de Robert haga su magia homenajeando su propia carrera. Ahí llegó la segunda ovación de la noche: “Olé olé olé Robert Robert…”
Entre sonidos que podrían musicalizar cualquier mercado de Marruecos o un paseo por el desierto del Sahara, Robert Plant encuentra una comodidad que lo eleva de nuevo a la perfección que rozó en sus épocas de gloria al frente de Led Zeppelin. Continuaron con “As I Roved Out”, donde apareció la ovación al guitarrista luego de un arreglo con la acústica que le robó el aliento a la muchedumbre, que escuchaba casi hipnotizada.

Suzie Dian tomó el centro de la escena en “Orphan Girl”, que empezó con ella y su dulce voz con la misión de elevar el recital a una experiencia extracorporal. Segundos después, desde el fondo, Robert se sumó para auspiciar de corista. Acá me gustaría destacar un par de cosas: primero, el show de luces del Gran Rex, que sólo iluminaba a quien estaba tocando o cantando, logrando un efecto de intimidad que únicamente mejoró el espectáculo. Y lo segundo es la grandeza de Robert Plant, dejando el protagonismo de lado para que Suzie Dian se luzca, sin pesarle el ego ni creerse el centro del show (aunque lo es).
Con Suzie en bajo (sí, toca el acordeón y el bajo además de cantar hermoso), llevaron adelante una eléctrica versión de “Let the Four Winds Blow”, con la que fueron preparando lo que se venía. Con los primeros acordes de “Four Sticks”, medio teatro se puso de pie para corear el emblemático tema de Zeppelin y, sumado al pedido de palmas por parte del cantante, se generó un sonido ambiente que potenció la experiencia de escuchar canciones del inoxidable cancionero de la mejor banda de rock de la historia.
Al protagonista de la noche se lo vio de muy buen humor, interactuando poco pero lo justo para sacarle unas cuantas risas al público: “gracias a ustedes por haber venido y gracias a nosotros por venir… estoy cantando de maravillas y eso me pone contento… es gracias a estar rodeado de estos maravillosos músicos, ellos me dieron una nueva vida”.
La velada siguió adelante con “It’s a Beautiful Day Today”, a la que Robert presentó como una canción que lleva consigo como un amuleto desde el momento en que la escuchó en 1969. Con “Calling to You” y “Angel Dance” podemos decir que Robert, junto a Saving Grace y Suzie Dian, llevaron adelante un recital de dark folk ante las más de 3000 personas que no salían del trance al que habían entrado hacía casi una hora.
Faltaba poco, pero todavía quedaba mucho por disfrutar. “For the Turnstiles” encontró a Barny Morse Brown —que toca el chelo— llevando el teatro a la estratósfera con un solo que dejó perpleja a la masa, que no podía creer lo que escuchaba.
“¿Podemos rockear?” fue la frase que dio el pie para que el baterista Oli Jefferson marcara en el hi-hat el épico riff de batería con el que arranca “Rock and Roll”, que puso a bailar al teatro. A su ritmo y a su manera, Robert Plant lleva sus 77 años de la forma más rockera posible: micrófono en mano derecha y la izquierda jugando con el cable mientras acompañaba el movimiento de esa cadera que se llevó las miradas de todas las veteranas rockeras.
El grupo se despidió, pero todos sabían que todavía había más. Tras unos segundos de gritos y aplausos, la banda volvió al escenario. De repente… ¡lluvia! Y no eran las lágrimas del público emocionado (mucha gente mayor y no tan grande lagrimeando durante todo el show): “The Rain Song” fue la antesala de la despedida.
Para ese momento, el teatro estaba de pie, sabiendo que el final era inevitable y consciente de haber vivido un evento a la altura de las grandes peleas del Coliseo Romano o un partido de Maradona en su mejor momento. “Everybody’s Song” fue la elegida para cerrar la noche.
La voz de Robert llega a lugares en el alma donde sólo las voces elegidas pueden hacerlo. La de Suzie Dian auspicia de acompañamiento perfecto, logrando entre los dos que sus voces sean un instrumento más sonando junto a los músicos.
Desconocemos si Robert volverá con este show de canciones clásicas y reversiones de sus viejos himnos, pero lejos de perder vigencia a sus 77 años, Robert Plant dejó bien en claro luego de su presentación del 11 de mayo que estamos ante la presencia de un dios dorado del rock.






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