Por Juan Natalizio
La Causa Malvinas puede erosionarse —y de manera profunda— a partir de decisiones propias, tomadas en el plano de la política exterior. No se trata de una afirmación ligera ni de una consigna: es la advertencia que surge de la experiencia de quienes estuvieron en el corazón mismo de la diplomacia argentina. En ese sentido, Guillermo Rossi, diplomático de carrera, ex funcionario de la Cancillería durante la guerra de 1982, ex Subdirector General de Malvinas y Atlántico Sur y participó en 25 rondas de negociaciones con el Reino Unido, plantea un diagnóstico tan incómodo como necesario para comprender el presente.
“Yo creo que la cuestión Malvinas en estos momentos está pasando uno de sus más críticos y difíciles momentos… y eso no es algo que le podamos cargar a los británicos, sino a nuestro gobierno”. La afirmación no solo interpela al oficialismo, sino que obliga a revisar una idea instalada durante años: que el problema de Malvinas es exclusivamente externo. Rossi invierte esa lógica y coloca el foco en las decisiones internas, en la construcción —o destrucción— de la posición argentina en el mundo.
En esa línea, advierte que no se trata de errores aislados, sino de un proceso acumulativo que termina debilitando el reclamo soberano. “Es un cúmulo de decisiones… nosotros mismos estamos atacando y debilitando de a poco nuestra posición”. La clave, entonces, no está en un hecho puntual, sino en una orientación general que impacta de manera directa en la capacidad del país para sostener su posición en los foros internacionales.
Uno de los ejes centrales de esa crítica es el alineamiento con Estados Unidos e Israel. Rossi cuestiona la narrativa oficial que habla de “alianza estratégica” y advierte que: “No existe tal cosa como alianza, sino una dependencia totalmente acrítica”. En términos geopolíticos, la diferencia es sustancial, porque una alianza implica negociación y beneficios recíprocos, mientras que la dependencia supone subordinación sin capacidad de decisión propia.
El problema, además, no es la relación con Estados Unidos en sí misma, sino la forma en que se expresa. Para Rossi compartir valores con Washington puede ser razonable en términos históricos y políticos, pero advierte que lo que hoy ocurre excede esa lógica. “Cuando Estados Unidos se retira de un organismo, nosotros nos retiramos a los 15 días. Es un absurdo completo”. La crítica apunta a la ausencia de estrategia, a una política exterior que reacciona sin evaluar consecuencias ni intereses propios.
Ese alineamiento tiene efectos concretos, y uno de los más graves es el abandono de posiciones históricas de la Argentina en materia de derecho internacional. “Estamos votando en contra de nuestra larga tradición de respeto a los derechos humanos y de no intervención”, señala Rossi . Esta ruptura no es menor: implica desarticular décadas de construcción diplomática que le dieron al país legitimidad en su reclamo por Malvinas.
El caso de Palestina aparece como uno de los ejemplos más claros de esta contradicción. Durante décadas, la Argentina sostuvo una posición coherente basada en el derecho internacional, alineada con resoluciones como la 242 de Naciones Unidas. Sin embargo, el actual posicionamiento implica votar contra resoluciones favorables al pueblo palestino, rompiendo así una política sostenida en el tiempo. Esa incoherencia no solo debilita la posición argentina, sino que erosiona su credibilidad ante la comunidad internacional.
En ese mismo sentido, Rossi señala que la política exterior reciente ha llevado a la Argentina a situaciones de alto costo simbólico y político. Una de las más significativas fue el voto en contra de una resolución impulsada por países africanos que condenaba la esclavitud entre los siglos XV y XIX. “¿A quién se le ocurre votar en contra de una resolución que condena la esclavitud?”, plantea con contundencia . La pregunta no es retórica: expone el nivel de desconexión con consensos básicos del sistema internacional.
Las consecuencias de ese voto no tardaron en hacerse visibles. El embajador argentino fue convocado por la Unión Africana para dar explicaciones, en un episodio que sintetiza el deterioro de la política exterior. No se trata simplemente de un traspié diplomático, sino de quedar ubicado en un lugar incómodo frente a la comunidad internacional, alineado con un grupo extremadamente reducido de países y en contradicción con principios ampliamente aceptados.
El resultado de este conjunto de decisiones, según Rossi, es un aislamiento creciente. “Estamos mucho más aislados del mundo que lo que hemos estado nunca”, afirma . Y para graficarlo recurre a una imagen contundente: “Si la Argentina presenta una resolución para cambiar el horario del café, la pierde… porque no nos apoya absolutamente nadie”. La metáfora refleja una realidad concreta: sin apoyos internacionales, cualquier estrategia diplomática pierde eficacia.
Este aislamiento no es neutro. En un sistema internacional basado en negociaciones permanentes, cada voto cuenta y cada relación construida puede resultar decisiva. “Los países te apoyan en la medida en que vos los apoyás. Acá nadie regala nada. Es voto por voto”, explica Rossi . En ese marco, romper vínculos con regiones históricamente favorables al reclamo argentino —como América Latina, África o el mundo árabe— implica ceder terreno en la disputa por Malvinas.
La consecuencia final de este proceso es una pérdida de coherencia que impacta directamente sobre la estrategia de soberanía. No se puede reclamar integridad territorial en el Atlántico Sur mientras se relativiza ese principio en otros escenarios internacionales. No se puede sostener un discurso de descolonización mientras se adoptan posiciones contradictorias en otros conflictos territoriales. Esa incoherencia, lejos de ser un problema discursivo, es una debilidad estratégica.
La advertencia de Rossi, en definitiva, trasciende la coyuntura. No es solo una crítica a un gobierno, sino un llamado a repensar la política exterior como herramienta central en la defensa de los intereses nacionales. Si la causa Malvinas es realmente una política de Estado, entonces requiere coherencia, planificación y construcción de poder en el plano internacional.
Porque la soberanía no se declama. Se construye en el tiempo, en cada decisión, en cada voto y en cada relación. Y como queda claro en este diagnóstico, también se puede perder.
*Conductor Malvinas Causa Central (Jueves de 11 a 13 hs.)











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