Bernardo Alberte (hijo) fue el heredero de una lucha que cargaba el peso de la historia y el compromiso de la sangre. Su padre, homónimo y edecán del General Perón, fue el hombre de confianza en el exilio, su delegado personal en las horas más difíciles. El destino quiso que esa lealtad se pagara con la vida: el 24 de marzo de 1976, Alberte padre se convirtió en el primer asesinado por la dictadura cívico-militar.
Alberte (hijo) falleció el 5 de septiembre del año pasado, dejando un vacío que caló hondo en la militancia. “Fue un compañero que tuvo muy claro de qué lado de la trinchera debemos estar los argentinos”, recordó con emoción su amigo Hernán Jaureguiber desde los micrófonos de Radio Gráfica. Pero la noticia de un homenaje singular llegó este domingo a la emisora, de la mano de un grupo de hinchas de Racing que se hacen llamar “Los Espiritistas”.
El tributo no tuvo lugar en un salón de actos ni en una unidad básica, sino en el mostrador de una panchería en los alrededores del Cilindro de Avellaneda, el refugio donde Bernardo atendía a la liturgia académica. Dany Bevilacqua, integrante del grupo, le relató los pormenores de este encuentro a Carlos Aira en Abrí la Cancha:
“Nosotros somos un grupo de amigos de más de cuarenta años, atravesados por Racing y el peronismo. Tenemos tradiciones muy arraigadas y por eso sentimos la necesidad de homenajear a Bernardo”.
“Los Espiritistas” reivindican un Racing de otro tiempo, una época donde el resultado era apenas una anécdota frente al ritual de la previa. Tras peregrinar por el Pasaje Corbatta, el bar de Susy o el del Muñeco —lugares donde el antecedente o el estudio se borraban ante el reconocimiento mutuo de la camiseta—, el grupo terminó recalando en el local de Alberte.
Bernardo tenía su panchería en la esquina de 9 de Julio y Belgrano, frente al Hospital Fiorito. La trabajaba junto a su hijo Matías, después de que un inquilino moroso lo obligara a ponerse al frente del negocio. Lo que empezó como un grupo de veinte amigos pronto se transformó en cuarenta, y luego en el centro neurálgico del racinguismo, donde llegaban filiales de todo el país atraídas por el calor de ese rincón.
“No conocía la historia que cargaba Bernardo”, confesó Bevilacqua. “Un día, haciendo zapping, lo vi en la televisión y le grité a mi mujer: ¡Es Bernardo, el de la panchería! Al partido siguiente le preguntamos por su vida y él empezó a narrar su historia. Fue un recuerdo emocionado para una persona divina”.











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