Por Carlos Aira (Desde Sochi)
Enviado de Radio Gráfica a la Copa del Mundo Rusia 2018.
Sochi es bellísima. Una perla semitropical en el Mar Negro. Tiene el desborde y la exclusividad de toda ciudad turística. Desde las familias humildes con la remera alusiva a las vacaciones hasta la venta de barcos millonarios en el caso obsceno embarcadero local.
Pero juega Rusia y desde temprano el rojo, azul y blanco se conjuga en banderas, remeras, camisetas y caras pintadas. Cómo sera vivir un partido tan esperado junto a un pueblo que no acostumbra a andar demostrando mucho sus emociones.
Las entradas para Rusia-Croacia se conseguían a buen precio. Solo los argentinos somos capaces de pagar un fangote en la reventa. Un cordobés con rostro fatigado me decía, en los alrededores del estadio, que pensaba vender esa entrada que en su momento compró esperando a Argentina en mil dólares; con un aura de desilusión también me comentó que la mejor oferta fueron doce mil rublos (doscientos dólares), bastante menos del precio oficial.
¿Qué hacer? ¿Gastar ese dinero y entrar a la cancha o mirar el partido junto a los rusos de a pie que se juntaban en los barcitos en la costa del Mar Negro? No hay dudas: vamos a buscar el sentir popular.
Me acerco a una carpa. Adentro cientos de personas sentadas esperando el partido. Estamos a trescientos metros del Fisch Arena. A falta de minutos para las 21hs, el ambiente se corta: Rossiya! Rossiya! El grito monolítico de pibes y grandes.
Anoto: el himno croata lo escucharon y aplaudieron. Su himno lo cantaron a voz de cuello. Me sorprendió ver banderas de ex repúblicas soviéticas como Kazajstán o Armenia. Tambien de la vecina Abasajia.
Comienza el partido. El mismo se ve desde un proyector. Al lado del mismo hay un pelotero lleno de pibes. Alguno corre delante del mismo sin que nadie se queje porque su figura se refleje en la pantalla. Cuando Rusia pasa mitad de cancha, los gritos retumban. Cada jugada de ataque es un grito templado. De repente, un aullido llega desde el estadio. En la pantalla, Cherysev toma la pelota. Todos esperamos el gol que ya escuchamos. Son dos o tres segundos emocionantes. Rossiya! Rossiya!
Es imposible no hacer empatía con esta gente. Por más que el idioma sea una barrera que parece infranqueable. Quiero que gane Rusia y vivo el partido como argentino: a las puteadas. Evgeni es ruso. No muy alto, rubio y tiene la cara pintada tricolor. Lo abrace cuando metió el gol su país. Un abrazo futbolero. Bien grandote. Su respuesta fue sacar una botella de cerveza y convidarme. Al lado está Hadji. El es marroquí y se pasea con su túnica. Mientras pasea su cerveza dentro de un patito de goma, en castellano me dice que le gustaría que gane Rusia. En ese momento iguala Croacia. Cambiamos de tema. Hay muchas caras tristes.
Entretiempo. Evgeni aparece con tres amigas. “My friends, my friends” mientras una, rubia y grandota, me pinta la cara con la bandera local sin que pudiera decir agua va. Cientos de personas caminan en el camino junto al mar. La mayoría, embanderados. De la nada, la violencia. Un muchacho de remera amarilla comienza a gritarle a la multitud. Un par de dan vuelta para mirar con celos fruncidos. Me preocupo. Qué está pasando acá? Uno le respondió de mala gana. Los gritos pasaron a golpes. El ñato de amarillo terminó con ojo compota. La policía, la mayoría de origen mongol, tardo un rato en llegar.
Segundo tiempo. Hay pasión pero no histeria. Nadie grita otra cosa que no fuera Rossiya. El partido se enreda: Rusia no tiene con qué; Croacia no sabe cómo. Final. Vamos al alargue. Vida marca el gol croata. Al lado mío, una mujer con la bandera atada a la cintura y alta como un torreón, se lamenta. Junto a mí un muchacho de origen armenio maldice la situación. Faltan veinte minutos. Los rusos no son de alentar, por eso me animé a iniciar el Rossiya!
Falta un puñado de minutos. Cuando nadie lo espera, Fernándes igualó el partido. Dramático y apasionante. Nos abrazamos todos. El grito es uniforme: Rossiya! Rossiya! Penales. Suerte o desgracia. El resultado lo sabemos. El muchacho armenio comenzó a llorar. Lo abrace bien fuerte: se acababa el sueño de un pueblo.











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