Por Nahuel Andrade
Agustín “Piraña” Colovos era un militante, un hombre del pueblo, y gracias a Dios, un gran amigo mío. Obrero metalúrgico y vecino de barrio Destino, William C. Morris, se formó en la lectura autodidacta, lejos de las aulas universitarias, y con la misma prepotencia de trabajo escribió su libro “¿A dónde vamos los trabajadores?”, con el epílogo del grandísimo Norberto Galasso.
Lo conocí en plena pandemia en la plaza de su barrio. De ahí nacieron charlas infinitas sobre política, historia, música y fútbol, marcadas por una profunda y sincera admiración. Compartimos tardes, intercambiamos, preguntamos, respondimos, hicimos radio, nos reímos e indignamos a la vez. Pira falleció el 28 de abril de 2022, tras luchar hasta el final contra una larga enfermedad, brindándome muchas enseñanzas y dejándome con ganas de seguir compartiendo nuestra amistad fraterna.
En uno de nuestros últimos encuentros, la conversación derivó hacia los años noventa, una época donde la contracultura estaba marcada a fuego por bandas como Los Redondos y Hermética. Fue ahí cuando, con cierta preocupación, me soltó una pregunta que hoy resuena como un diagnóstico: “¿Y ahora? ¿Quién es la contracultura? ¿Trueno?”.
Para él, la mención de Trueno no era un ataque caprichoso de resentimiento generacional. Era un diagnóstico de época. Piraña veía ahí un quiebre, una grieta insalvable en la continuidad de esa ola disruptiva que históricamente había moldeado la identidad cultural nacional. Sentía que la juventud ya no se movilizaba con aquellas letras que imprimían el pulso del barrio, y que ese hilo invisible se había cortado.
La diferencia fundamental, sospecho, radica en la naturaleza de la disrupción. La contracultura que añoraba Piraña se construía desde los márgenes del sistema y en estricto formato analógico: el boca en boca, el fanzine, el casete, el ir caminando a donde sea que toque la banda que nos gusta, el saludar al desconocido como si fuera conocido solo por tener una remera de esa banda, el reconocer al otro como parte de un todo. Esos aspectos, y seguramente muchos más, eran la composición de un ritual de resistencia colectiva y de repudio ante quienes acumulaban -y siguen acumulando-, y concentraban -y siguen concentrando- el poder en desmedro de las grandes mayorías. Era una cultura que buscaba asediar al sistema desde afuera.
En contraste, las nuevas expresiones urbanas nacen integradas a un algoritmo, que en su apariencia de trivialidad y azar, terminan ocultando al enemigo omnipresente como decidor de las estructuras de consumo que termina anestesiando a una masa que se pierde en escapismos y en la sed de hedonismo sin sentido ni norte. Lo disruptivo hoy ya no busca destruir la maquinaria, sino ‘pegarla’ en las plataformas. La masividad ya no se mide en lo que se escucha desde las casas cuando vamos a comprar el pan, sino en millones de reproducciones en YouTube y Spotify; el éxito no es la autogestión, sino la capacidad de hackear las tendencias globales desde la periferia.
Hoy, con la noticia del fallecimiento del Indio Solari, la pregunta de Piraña deja de ser una hipótesis sobre el futuro para convertirse en un hecho consumado. La partida de Carlos Alberto Solari no es solo la pérdida física del máximo mito de nuestro rock; es el cierre definitivo de un ciclo histórico, la muerte del último gran guardián de esa contracultura analógica, secreta y profundamente popular. Sin el Indio en este plano, el vacío se vuelve inmenso y la duda que nos dejó aquel obrero metalúrgico de Barrio Destino resuena con más fuerza: ¿puede existir la contracultura cuando el disenso se monetiza en segundos y el enemigo ya no es un gobierno o una corporación, sino un algoritmo invisible? Quizás la ola no se detuvo, sino que cambió de estado: dejó de ser la roca sólida que golpeaba contra el muro para convertirse en un río líquido que se adapta a las formas del mercado para no desaparecer.











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