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Fuentes Seguras. Occidente, cada vez más complicado

Inteligencia iraní. Las preguntas esenciales. Un antes, y un después. Contra casi todos. Europa, Europa. EEUU: Revuelo interior y elecciones. El abismo. Irán, fuerte

9 marzo, 2026
en Opinión
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Fuentes Seguras. Occidente, cada vez más complicado

 

Inteligencia iraní. Las preguntas esenciales. Un antes, y un después. Contra casi todos. Europa, Europa. EEUU: Revuelo interior y elecciones. El abismo. Irán, fuerte

 

Por Gabriel Fernández *

 

INTELIGENCIA Y CHANTAJES. Entre agosto y septiembre del año pasado, las autoridades iraníes completaron un informe reservado sobre los proyectos militares y nucleares de Israel, su colaboración con países occidentales y el espionaje a organizaciones internacionales. El titular del área de Inteligencia, Esmaeil Jatib, declaró que el conjunto de datos fue recopilado por sus agentes operativos en distintos puntos de Asia occidental; entre otras cosas evidencian “la política de ambigüedad nuclear del régimen” [israelí].

“Se ha descubierto información completa que incluye nombres, detalles, direcciones y relaciones laborales de 189 expertos nucleares y militares del régimen y proyectos relacionados de cada uno” precisó el funcionario. Aquellas revelaciones incluyeron grabaciones realizadas dentro de la instalación nuclear israelí de Dimona, en el sur del país hebreo. Asimismo, la información obtenida incluye detalles precisos de sitios militares sensibles con aplicaciones de doble uso, algunos de los cuales fueron atacados por misiles iraníes durante la ‘guerra de 12 días’ del pasado mes de junio, tras ser entregadas sus coordenadas a las unidades pertinentes.

El jefe de la Inteligencia persa precisó, además, que su país obtuvo documentos que rastrean la influencia que funcionarios israelíes y senadores estadounidenses tienen sobre el Organismo Internacional de Energía Atómica (OIEA) para obtener información relacionada con el programa nuclear de Irán. Entre los documentos publicados figuran imágenes que, presuntamente, demuestran que Israel incluso espía -y en relación, chantajea- al director del OIEA, Rafael Grossi.

El alto referente de los servicios iraníes subrayó que los documentos fueron obtenidos y transferidos a través de “capas complejas de protección del régimen”, gracias al trabajo del Ministerio con funcionarios nucleares, instituciones militares y ciudadanos israelíes, que colaboraron, según el ministro, motivados tanto por intereses materiales como por el “intenso odio hacia el primer ministro corrupto y criminal”, en clara referencia a Benjamín Netanyahu.

 

 

LOS GRANDES INTERROGANTES. Los Estados Unidos iniciaron con Israel el ataque contra Irán el 7 de marzo del año en curso, en plena negociación sobre el enriquecimiento de uranio y el desarrollo del plan nuclear de la nación medio oriental. Esos encuentros habían resultado satisfactorios, según ambas partes. “En los intercambios admitimos posponer el enriquecimiento de uranio y ratificamos que no tenemos armas nucleares ni pensamos usar la energía nuclear con destino bélico. Igual Estados Unidos e Israel atacaron”, apuntó el gobierno islámico.

Los interrogantes que este periodista evalúa imprescindible formular son ¿Por qué se desató la guerra? ¿Quién está ganando? Y ¿Contra quién es la guerra? Resultaría irresponsable aventurar respuestas, pero el solo planteamiento de esas preguntas permite enfocar con más claridad lo que viene sucediendo. Veamos los trazos iniciales de la fase reciente del litigio: tras el primer intenso bombardeo norteamericano israelí, el cuerpo de la Guardia Revolucionaria Islámica de Irán informó el lanzamiento de una réplica muy potente con misiles y drones sobre Israel y bases estadounidenses en la región.

Las imágenes que se observaron en Tel Aviv resultaron estremecedoras. Enseguida, 27 bases norteamericanas más el gran complejo industrial de defensa de ese distrito, redondearon un anticipo de la potencialidad iraní. El presidente Donald Trump dijo, “Quieren hablar y yo he aceptado hablar, así que hablaré con ellos”. La frase surgió como una reacción muy acelerada dada la cercanía del puntapié inicial del ataque. Enseguida el Estado de Irán respondió que no tenía intención de hablar. Entonces el presidente norteño, que quedó en falsa escuadra, redobló la apuesta y afirmó “Vamos con todo. No vamos a permitir que Irán haga tal o cual cosa”.

El lector ya puede comprender que ahí emerge, en cierto modo, una clave del asunto. Los datos de especialistas militares acerca de los pertrechos y las municiones empezaron a llegar en modo de análisis periodístico. Fíjese, pues aunque en la prédica general los medios occidentales afirman que los Estados Unidos e Israel están domesticando a Irán, lo cierto es que las existencias de interceptores de misiles norteamericanos y de la potencia ocupante podrían agotarse en cuestión de semanas si Irán logra mantener el ritmo de los ataques.

Pero ¿quién lo informa? Bueno, no se trata de IRNA. Ya es difícil acceder la Agencia estatal Iraní. Antes, inclusive durante el bombardeo, se pudo ingresar de manera plena. Ahora ya no. No, no lo plantearon los iraníes, lo informó Bloomberg, uno de los centros del capitalismo financiero en el orden comunicacional, junto a otros medios como los que analizamos habitualmente en este espacio. Según Bloomberg, la capacidad de los Estados Unidos, Israel y los Estados árabes del Golfo para sostener la defensa frente a la represalia persa, depende del volumen de interceptores disponible. El medio sostuvo que esas reservas ya estaban “peligrosamente bajas después de los intensos combates con la República Islámica el año pasado”.

Sucede que la Guerra de los 12 días dejó un sabor extraño para Occidente. En realidad, el arco de acero que protegía a Israel fue quebrado por la resistencia iraní, que tampoco había iniciado en aquel momento las hostilidades. El 7 de marzo de 2025, Trump envió una carta dirigida al ayatollah Ali Jamenei señalando que los iraníes “son gente maravillosa”.

 

Antes, tras años de negociaciones bajo un formato 5+1 (Rusia, China, el Reino Unido, Francia, Alemania y Estados Unidos) durante el gobierno del presidente Barack Obama, se alcanzó un Acuerdo sobre el Programa Nuclear Iraní, suscrito el 14 de julio de 2015, endosado por el Consejo de Seguridad de la Organización de las Naciones Unidas (Resolución 2231 del 20 de julio de 2015) y el Congreso estadounidense, que establecía regulaciones al Programa persa sujeto a supervisión y monitoreo internacional, a cambio del levantamiento de sanciones y desbloqueo de recursos congelados.

La concreción de dicho acuerdo marco permitió cierto oxígeno a la economía iraní, que pudo recuperar recursos y activos congelados en el exterior, relanzar y modernizar su industria petroquímica gracias a inversiones de países como China, así como invertir en el sector aeronáutico severamente afectado por las sanciones luego de la Revolución que encabezara el iman Ruhollah Jomeini en 1979. Los Estados Unidos, bajo el primer mandato de Trump, se retiraron unilateralmente del acuerdo en mayo de 2018, y volvieron a imponer sanciones económicas a Irán, aliviadas posteriormente durante el gobierno de Joseph Biden, y ahora reinstauradas con el gobierno de Trump en su segundo mandato.

Pese al retiro de los Estados Unidos del referido acuerdo en 2018, las autoridades de Teherán aseveraron que su país cumplió con las obligaciones según lo establecido por la Organización Internacional de Energía Atómica. Los Estados Unidos, por su parte, manifestaron sus dudas al señalar que Irán continuó desarrollando su industria nuclear y que estaría cerca de conseguir una bomba atómica, así como el desarrollo de la industria de misiles balísticos. Estas acusaciones fueron respaldadas por el gobierno de Tel Aviv, que ve a Teherán como una amenaza permanente.

Es decir, la coalición norteamericano israelí ha quebrado toda legalidad internacional. En línea, lo ha concretado sin que se conozcan los motivos: ¿amenaza nuclear? ¿democracia? ¿derechos humanos? ¿seguridad interior? ¿seguridad de aliados? Toda la diplomacia del planeta sonríe irónicamente -si cabe el gesto en medio del drama- cuando algún funcionario de la dupla criminal esboza cualquiera de esas “razones”. Nadie cree en los argumentos del Norte; ni quienes rechazan su accionar ni aquellos que, tímidamente, se animan a respaldarlo.

 

 

LA NUEVA ERA. Con los sucesos recientes, la confrontación internacional parece estar llegando a un punto de no retorno. Este narrador considera que, si los pueblos no destruyen o al menos no limitan el poder del gran capital financiero, con las tecnologías elaboradas en los meses recientes, sus elites decidirán -y actuarán en consecuencia- que el ser humano es un gasto innecesario. Solo quedarán fuera de la ecuación las dirigencias globales, sus fuerzas de seguridad, sus empleados imprescindibles. En concreto, hasta hace un par de años a ese bloque le sobraban 1000 millones de personas. Ahora si se observan las perspectivas productivas, la cifra se aproxima a 7.000. Solo la Asociación de Estados Multipolares puede frenar este proceso.

Es necesario, además de saber qué es lo que está pasando en concreto en el variado frente de batalla, comprender los intereses profundos que llevan a una contienda de esta naturaleza. E insertar algunos planteos más para apuntalar una interpretación certera. Irán no va a capitular. Pero, ¿por qué? Se trata de orgullo, de una filosofía honda y pensada, pero de algo más. Está claro que los Estados Unidos no son confiables, lo cual deriva en que toda aproximación pueda constituirse en un dramático error. En sintonía, que los alrededores permiten diseñar políticas confluyentes -Hezbollah, los agrupamientos armados al interior de Irak, los huttíes- y sobre todo que la República Popular China y la Federación de Rusia necesitan un Irán estable y lo último que anhelan es un gran estado anglosajón con epicentro en Israel dominando la región.

En cuanto al petróleo, aunque resulta pertinente señalar el acierto norteamericano previo -la utilización del fracking– el mismo no logra evitar el descalabro global que produce el cierre del Estrecho de Ormuz. El intento original norteamericano de controlar Yemen, fracasó. Así, esa vía esencial puede ser usufructuada, geopolíticamente, por Irán. Se deduce, razonablemente, que Europa aborda el corto plazo con dificultades irresolubles. Le cortaron el acceso al gas ruso -con aquiescencia de sus “estadistas” a través del quiebre del Nord Stream y le ordenaron “No comerciar con Rusia de ningún modo”. Esto llevó a triangulaciones, a ciertas movidas irregulares, pero la complicación de los costos es ostensible.

Todo esto afecta al usuario común directo, pero también a las industrias que ya están golpeadas porque las medidas desplegadas desde el 2022 en adelante a raíz de los sucesos en Ucrania han damnificado los niveles productivos y el ejemplo más claro es Alemania. Entonces ¿contra quién es la guerra? Ya podemos aventurar: contra Irán, contra los países BRICS +, sin dejar de indicar contra la unidad de los pueblos a través de inversiones y comercio, específicamente contra China y, de soslayo, contra las naciones europeas que ya han intentado un acercamiento con la Federación. En tal sentido, no debería olvidarse el inveterado terror histórico del Reino Unido ante la mínima posibilidad de una coalición ruso alemana. Un tema para analizar largo y tendido, ¿no?

Entonces, vale pensar qué sucederá con la vaporosa Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN). El Consejo Europeo de Relaciones Exteriores, admitió que los europeos “han sido tomados por sorpresa”. “Ahora, a nivel mundial, responden a los caprichos cotidianos de un presidente estadounidense que está causando una enorme disrupción”, El vocero de la entidad, Julien Barnes-Dacey, añadió: “Están entre la espada y la pared… Por un lado, quieren aferrarse a algún sentido del derecho internacional, o al orden basado en normas, y por otro, intentan desesperadamente ganarse el favor de Trump”. “Mientras Israel y Estados Unidos prosiguen la guerra que iniciaron, los europeos intentan involucrarse sin involucrarse y comprometerse sin comprometerse”, indicó el funcionario en un diálogo periodístico inusualmente sincero con la CNN.

 

RIESGOS. Ahora bien, si sigue el ataque, además de las señaladas dificultades occidentales, Irán también puede entrar en situación de emergencia. Sin embargo, hay allí un trabajo fuerte en el orden industrial que incluye el Programa Nuclear, para poner en marcha las fábricas. Bajo tierra hay una labor de ingeniería muy sólida que puede llegar a ser trascendente a la hora de afrontar una agresión extensa y compleja. Como se sabe, Israel y los Estados Unidos apuestan a una batalla corta y contundente, pero hay que tener espalda para eso. Algo hay en favor de los agresores: Irán no tiene armas nucleares e Israel tiene armas nucleares. Ahí existe una diferencia a registrar.

Vale precisar que Irán fue atacado por una potencia que, ante la Organización Internacional de Energía Atómica, se negó a mostrar sus arsenales. Por tanto, para buena parte de la comunidad mundial el problema no es Irán; como bien lo señaló China hace pocas horas y como lo plantean varios multipolares, la legalidad le asiste. No hay nada, ni el Congreso norteamericano, ni hablar la ONU, no hay ninguna instancia, ningún factor, ningún elemento que coadyuve a la presunta legalidad del ataque formulado en contra de la nación persa. Pero mientras la irresponsabilidad del gran capital financiero puede llevar a usar armas nucleares en contra de Irán, es muy probable que en la misma dimensión del liderazgo de Ali Jamenei, Irán se cuide porque cuida el futuro, como lo cuida China, como lo cuida Rusia.

Esa falta de contemplaciones hacia el destino del ser humano se percibe en el proceder, y en el decir, del centro occidental. Tantos medios liberales se alegraron del asesinato de Ali Jamenei. Bueno, la conducción que ese guía espiritual llevó adelante como continuador del imán Jomeini, ha dejado una huella muy interesante. Por un lado, una articulación con los sectores políticos internos, la garantía de realización de elecciones, debate, diferenciación respetuosa entre sectores para poder abordar el diálogo y al mismo tiempo firmeza conceptual, pero relacionada con el cuidado. Como ejemplo, Nagorno Karabaj, Turquía, Azerbaiyán, Armenia, el asesinato de Qasem Soleimaní, en la misma dirección el crimen de Hassan Nasrallah. En todas estas provocaciones -y otras- se plantó Jamenei, pero se plantó con una sutileza, con una disección de objetivos muy fina, para evitar que el conflicto se derrame por Asia occidental, porque esa región a futuro puede ser integralmente multipolar.

En este tramo donde las puertas del tiempo se van abriendo, pero no se abren con la rapidez necesaria – todos inciden, todos tienen poder y todos tienen armas-, la situación se complica a la hora de avanzar. Cuando se observa el mapa es posible comprender la trascendencia de mantener acotados los bombardeos y también las acciones defensivas. La defensa de Irán puede ser muy intensa, pero guarda la medida. Se muerde los nudillos antes de ir sobre una zona en la que damnifique futuros aliados. De hecho, fue sobre las bases norteamericanas en los países árabes, evitando involucrar a la población civil. En sentido contrario, tras agitar los derechos de las mujeres, los Estados Unidos e Israel asesinaron 168 pibas en una escuela. Muy edificante. Muy democrático.

Horas atrás, la Asamblea de Expertos de Irán designó a Mojtaba Jamenei como nuevo líder supremo del país, en sustitución de su padre. En un vibrante comunicado, la asamblea declaró que “después de estudios cuidadosos y extensos… en la sesión extraordinaria de hoy, el ayatolá Seyyed Mojtaba Hosseini Jamenei (que Alá lo proteja) es designado y presentado como el tercer líder del sagrado sistema de la República Islámica de Irán, basado en el voto decisivo de los respetados representantes de la Asamblea de Expertos”. Minutos después de su nombramiento, la Guardia Revolucionaria juró lealtad al líder supremo. “El Cuerpo de la Guardia Revolucionaria Islámica está listo para la obediencia total y el autosacrificio en el cumplimiento de los mandatos divinos del Guardián Jurídico de la época, Su Eminencia el Ayatolá Seyyed Mojtaba Jamenei”, informaron los Guardianes.

 

EL REVUELO INTERIOR. Trump tendrá que ocuparse de algunos asuntos internos y explicar por qué se está gastando lo que no invirtió en producción, en el sostenimiento de bases militares gigantescas en distintos puntos del mundo. Se acercan las elecciones legislativas y sube el desempleo. No hay nuevas industrias ni fábricas repatriadas. Todo envuelto en un alarde recio que insertó al país en conflictos que había prometido eliminar.

Pese a todo, cabe insistir, sería irresponsable afirmar: gana tal, gana cual. La situación está muy enredada y las guerras hay que pelearlas hasta el último minuto. Y un poco más, como se recuerda. Nadie puede afirmar estamos en esta dirección o en la otra. Aunque si se puede afirmar que existe una campaña apreciable de los medios occidentales para demostrar dos cosas. Primero que las naciones del Centro Occidental tienen razón y que van a proclamar los derechos, la democracia o la libertad para el país musulmán. Luego, que el poder norteamericano sigue en condiciones de disciplinar, por lo tanto, hay que disciplinarse de antemano en modo argentino para estar en línea con el desarrollo de los acontecimientos.

Ninguna de las dos cosas es cierta. Esto no quiere decir que el anverso resulte una verdad atronadora. No significa la inexistencia de dificultades para aquellos que asumen la defensa del espacio multipolar. Sin embargo, es preciso saber que la propaganda no informa, las consignas no sirven y solo el análisis y el razonamiento pueden permitirnos acceder a un escenario tan complejo.

 

TRUMP ACABA DE PERDER LAS ELECCIONES. Este periodista tuvo la posibilidad de leer un material extraordinario, realizado desde el Tábano Economista por el licenciado Alejandro Marcó del Pont. Se trata de “¿Cómo Israel convirtió la promesa de América First en una guerra eterna para Trump?” Tiene un desarrollo corrosivo que nos ayuda a pensar. Por eso se resolvió a entrevistarlo en Radio Gráfica. Aquí se incluye el texto en cuestión y la conversación. Los ejes de la misma no tienen desperdicio.

 

 

Cómo Israel convirtió la promesa de ‘America First’ en una guerra eterna para Trump

Por: Lic. Alejandro Marcó del Pont

La influencia extranjera es uno de los enemigos más perniciosos del gobierno republicano (George Washington)

El 28 de febrero de 2026, las explosiones que sacudieron Teherán no solo alcanzaron los enclaves subterráneos del programa nuclear iraní; su onda expansiva viajó miles de kilómetros hasta fragmentar el cemento político sobre el que Donald Trump había construido su segunda presidencia. En una operación de una audacia y un riesgo extremos, la Fuerza Aérea de Estados Unidos, en supuesta coordinación con Israel, lanzó el ataque más contundente contra Irán desde la crisis de los rehenes de 1979.

El objetivo declarado por la Casa Blanca era quirúrgico y clásico: eliminar de una vez por todas la amenaza de las instalaciones nucleares y el arsenal de misiles balísticos de la República Islámica. Pero la magnitud de lo que se vivió en la madrugada —con informes que hablaban no solo de bombas sobre centrifugadoras, sino de un misil que alcanzó el búnker donde se refugiaba el líder supremo, Alí Jamenei— delataba una ambición mucho mayor: la decapitación del régimen y su colapso definitivo.

Sin embargo, la pregunta que flota sobre los escombros de Teherán y sobre los mercados de Nueva York no es tanto si Irán puede reconstruirse, sino si Estados Unidos y su presidente podrán sobrevivir a las consecuencias de su propio éxito militar. La paradoja posee una belleza trágica propia de un drama griego. Donald Trump, el presidente que llegó al poder prometiendo enterrar las «guerras eternas» y poner «América Primero», acaba de abrir la puerta a un conflicto de desgaste en Oriente Próximo que amenaza con devorar su legado, su base electoral y la estabilidad de la economía global. Y todo apunta a que no lo hizo solo, que fue conducido hacia allí, con la precisión de un relojero suizo, por el primer ministro israelí, Benjamín Netanyahu.

Para entender la magnitud del abismo al que se asoma Trump, hay que abandonar por un momento los mapas de los generales y poner la mirada en las gasolineras de Ohio y Pennsylvania. El corazón del movimiento MAGA late al ritmo del precio del crudo. Su núcleo electoral, la clase trabajadora blanca y la clase media manufactureras, fueron las grandes víctimas de la inflación post-pandemia. Cada dólar que sube el barril es un voto que se aleja de las urnas republicanas. Los analistas de Goldman Sachs y Barclays llevaban semanas advirtiéndolo en sus informes: un conflicto abierto con Irán dispararía el petróleo. El Brent y el WTI, superarían con facilidad la barrera de los 100 dólares, llevando la inflación de vuelta a territorios prohibidos, cerca del 5%. Las hipotecas se encarecerían, el crédito para el pequeño negocio del Medio Oeste se congelaría y el sueño de «America First» se desvanecería en un espejismo de estanflación.

La lógica elemental dictaba que Trump no podía permitirse ese escenario. Su instinto de supervivencia política, que siempre ha sido su principal brújula, debería haberle llevado a contemporizar, a amenazar, quizá a un bombardeo simbólico sobre instalaciones militares abandonadas. Pero no a esto. No a un ataque que, según fuentes de inteligencia, citadas por Reuters y The Straits Times días antes de la operación, fue desaconsejado explícitamente por la CIA. La agencia advertía que un «golpe decapitador» contra Jamenei no provocaría el colapso del régimen, sino su relevo por figuras aún más radicales de la Guardia Revolucionaria (IRGC), dispuestas a una guerra de desgaste infinita. Si la inteligencia americana lo sabía, si los modelos económicos lo predecían, ¿qué nube tóxica nubló el juicio del presidente?

La respuesta, incómoda pero cada vez más aceptada en los círculos analíticos de Washington, tiene dos caras. Una, la más volcánica y pública, es la del propio Netanyahu, un superviviente nato que lleva décadas viendo en Irán una amenaza existencial que debe ser eliminada antes de que sea demasiado tarde. Su lógica era la del «ahora o nunca». Con un presidente americano impredecible y deseoso de demostrar fuerza, y con un análisis equivocado de los ayatolás más débiles por las protestas internas, la ventana de oportunidad se abría de par en par. La otra cara, la más turbia y que circula en los pasillos del poder bajo el sigilo del off the record, tiene nombre y apellido: el lobby israelí y los expedientes Epstein.

Se sabe, y no es un secreto para los servicios de inteligencia, que Jeffrey Epstein no trabajaba solo; su red de influencia y chantaje era una telaraña que conectaba con intereses israelíes, con el Mossad. La teoría que gana adeptos es que el material comprometedor que el Departamento de Justicia estadounidense guarda en sus cajas fuertes sobre figuras clave del establishment no es propiedad exclusiva del gobierno federal. El Mossad, se argumenta, tiene una copia. Y en el momento crucial, cuando la maquinaria bélica dudaba entre la prudencia y la audacia, esa información pudo haber actuado como un sutil, pero eficaz, elemento de coerción. No hace falta un vídeo de Trump en una situación comprometida para doblegar su voluntad; basta con tener la capacidad de filtrar información sobre un colaborador cercano, un familiar o un donante clave para que la geometría de las decisiones empiece a torcerse.

Más allá de la leyenda negra de los videos y las fotos, la influencia del lobby israelí en Washington es una realidad tan tangible como el mármol del Capitolio. Académicos de la talla de John Mearsheimer y Stephen Walt lo documentaron hace años en «The Israel Lobby and U.S. Foreign Policy». No es una conspiración, es un hecho político: el Comité Estadounidense–Israelí de Asuntos Públicos (AIPAC) y sus satélites financian campañas, moldean discursos y condicionan votaciones en el Congreso con una eficacia aplastante. Ningún político que aspire a mantenerse en el poder quiere enfrentarse a una maquinaria de desprestigio multimillonaria financiada por el lobby. Esa coerción, la financiera y la política, es tan efectiva como cualquier chantaje. Así, cuando el Pentágono y el Departamento de Estado debatían la respuesta a Irán, las opciones que priorizaban la «ventaja militar cualitativa» de Israel pesaban más en la balanza que aquellas que defendían la estabilidad económica doméstica.

Lo que ocurrió sobre el terreno en la madrugada del 28 de febrero revela hasta qué punto las prioridades estaban desalineadas. Si EE.UU. buscaba una operación quirúrgica para degradar la capacidad militar iraní y proteger sus bases en la región, los resultados hablan de otra cosa. Los satélites mostraban impactos en instalaciones navales y lanzaderas de misiles, sí. Pero también llegaban imágenes dantescas desde Minab, donde una escuela elemental cercana a una base militar fue alcanzada, matando a 150 niñas, ataques al Hospitales de Teherán, atestados de víctimas civiles. El sello de un ataque diseñado no para ser corto y ejemplarizante, sino para ser total y, sobre todo, irreversible. Eso no era una advertencia; era una declaración de guerra existencial. Era la firma de Israel, el socio que necesita que el conflicto se convierta en una ciénaga para que Irán no pueda levantar cabeza.

Y en esa ciénaga es donde Trump corre el riesgo de quedar atrapado. Lo que él concibió probablemente como un «show of force» espectacular al estilo Trump —una explosión de grandeza que forzara a Irán a una negociación de rendición— ha sido interpretado por el mundo y por los mercados como la entrada en una trampa de costes infinitos. Irán no colapsó. Su liderazgo ha sido sustituido por líneas duras de la Guardia Revolucionaria que prometen venganza. El Estrecho de Ormuz, por donde pasa el 25% del petróleo mundial, tiembla ante la posibilidad de un bloqueo total. Y mientras los petroleros empiezan a desviar sus rutas, el rendimiento del bono americano a 10 años se dispara: los inversores exigen más rentabilidad por el riesgo de una inflación que ya no ven transitoria, sino enquistada por la geopolítica.

La lógica de Netanyahu, fría y calculadora, ha funcionado a la perfección. Ha conseguido que el ejército más poderoso de la Tierra participe en la eliminación de su mayor enemigo estratégico sin tener que sacrificar la totalidad de sus reservas. Ha logrado que EE.UU. queme su crédito político y económico en un conflicto que, para Israel, es de vida o muerte. Para Trump, en cambio, el balance es un desastre absoluto. No solo ha roto su promesa fundacional de terminar con las guerras eternas, sino que lo ha hecho en un momento de máxima vulnerabilidad económica para su electorado. La fractura en su base leal, la profundamente antiglobalista que lo subió al poder, puede ser ya imborrable. Le ven como un presidente que fue engañado o chantajeado, o sencillamente traicionó sus principios por presiones externas.

La teoría de la «captura estratégica» que se estudia en las academias militares cobra aquí vida propia. Cuando un aliado menor logra que la potencia mayor ejecute acciones que sirven exclusivamente a sus intereses regionales, incluso a costa del bienestar interno de la potencia, la relación deja de ser una alianza para convertirse en una tutela invertida. Y eso es lo que ha sucedido. Netanyahu ha mirado a Trump a los ojos y le ha convencido de que asesinar a Jamenei era un regalo. Pero ese regalo venía trasmitido con la inflación, la subida de tipos y la certeza de una derrota en las elecciones de medio mandato.

Mientras el humo se disipa sobre Teherán y las primeras represalias iraníes golpean bases americanas en siete países, una pregunta sobrevuela el Despacho Oval: ¿quién gobierna realmente la política de defensa de Estados Unidos? La respuesta, por incómoda que resulte en un país que se precia de su soberanía, parece apuntar hacia Jerusalén. Donald Trump, el negociador que prometía no dejarse engañar, ha caído en la trampa más antigua del tablero de Oriente Próximo: creer que se puede usar la fuerza sin pagar un precio político. Su legado, el de «America First», yace ahora enterrado bajo las ruinas de un bombardeo que no traerá la paz, sino una guerra eterna diseñada en los despachos de Tel Aviv. Y la historia, una vez más, le recordará no como el presidente que acabó con las guerras, sino como aquel al que su aliado más astuto utilizó para empezar la más peligrosa de todas”.

 

 

NOTICIAS DE MAÑANA. Los Estados Unidos están denunciando a través de sus medios afines, que China se predispone a respaldar con elementos de seguridad y pertrechos a Irán. También, que Rusia ya está suministrando información para facilitar ataques iraníes en Medio Oriente. En realidad, la información que poseen estas Fuentes es más voluminosa al respecto. Pero estas líneas no son acerca de esos apoyos, sino de la extrañeza que genera su divulgación. Pensemos más allá de las intenciones de demonización.

Si lo que se pretende es evidenciar que China y Rusia son maledicentes y riesgosos … lo que queda en evidencia es que norteamericanos e israelíes están enfrentando demasiados adversarios. De por sí la lucha específica contra Irán les resulta muy difícil; si el adversario se extiende a otras dos potencias -las más importantes que hasta ahora no aparecían públicamente involucradas-, la derrota está asegurada.

¿Para qué le sirve a los Estados Unidos una difusión de esa naturaleza? Lo que podía esperarse era una mascarada destinada a mostrar que los multipolares se dividen y rechazan bancar a Irán. Si los mismos damnificados apuntan lo contrario, los persas emergen muy fortalecidos. Todavía seguimos en sintonía con el interrogante Quién Gana. Tras algunos diálogos con expertos, se pudo detectar -y transmitir en este espacio- que otras preguntas se instalan en el rubro Contra Quién es la Guerra.

Al entender de esta saga, una sólida labor de inteligencia en el área comunicacional, debía asentarse en mostrar el presunto aislamiento iraní en detrimento de una coalición occidental “democrática”. No sucede tal cosa.

 

Preste atención, lector, a la CNN: “Los ataques iniciales de Estados Unidos e Israel —que mataron al líder supremo de Irán, el ayatollah Alí Jamenei, desataron un caos regional. Los gobiernos europeos y de Medio Oriente se enfrentaron a una guerra repentina que no les correspondía y que la mayoría no deseaba. Las autoridades se apresuraron a rescatar a los ciudadanos atrapados en una zona de combate cada vez más amplia. El alza de los precios de la energía azotó azotó las frágiles economías y la agitación política interna se apoderó de la política. En el Golfo, los aliados de Estados Unidos se enfrentaron a bombardeos de drones y misiles que destrozó la opulenta calma de las relucientes ciudades de cristal que surgían del desierto y paralizó la encrucijada de la aviación mundial”.

Y añade, editorialmente, “Es difícil entender por qué los aliados europeos y del Golfo no lo vieron venir. Esta guerra es el epítome de una nueva doctrina de “Estados Unidos primero”, que consiste en desatar el poderío estadounidense para imponer una visión novedosa de sus intereses. Al igual que el derrocamiento del líder venezolano Nicolás Maduro por parte de Estados Unidos, refleja la declaración del teniente de Trump, Stephen Miller, el año pasado, de que las “leyes de hierro del mundo” significan que las naciones fuertes pueden gobernar por la fuerza. Es la personificación del temperamento volcánico de Trump, su aceptación de grandes riesgos, su alergia a la estrategia y su fervor por el poder sin límites. El presidente más impredecible de la era moderna ha convertido a la principal superpotencia mundial en su influencia más inquietante”.

 

Cuesta admitir que las agencias de Inteligencia relacionadas con la Defensa más costosas del planeta puedan cometer tantos desaciertos. De allí que este narrador no modifica los interrogantes bosquejados al comienzo.

Vale seguir proponiendo una mirada larga que evite la utilización de conceptos tales como locos o tontos. Los agresores, con su dañina trayectoria, se han ganado el derecho a ser considerados, al menos, astutos en materia bélica.

Aunque quizás, ya no.

Irán está más fuerte de lo que preveían sus agresores.

Lo que estamos viviendo puede ser un antes, y un después.

 

Area Periodística Radio Gráfica / Director La Señal Medios / Sindical Federal

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