Por Ariel Weinman
Hay que hacer un trabajo de investigar las culturas a fondo para empezar a recordar y a recordarnos a nosotros los poderes que tenemos dentro nuestro. Y mirarnos a nosotros mismos con cariño y con mucho respeto. Los abuelos dicen, por ejemplo, “ustedes van a caminar como caminaban antes, con el respeto al fuego. Es el camino rojo, que es el camino de los hombres y mujeres que van a guardear o que van a cuidar la Madre Tierra, los niños y la vida para las futuras generaciones ante la grave crisis que está viviendo hoy la humanidad”. Entonces, ellos dicen, “este camino rojo es para todos los humanos que cuiden la vida, para los negros, para los amarillos, para los colorados, para todos, porque de hecho han pasado tantos años que todos tenemos un poco de indígena, todos tenemos un poco de negro, todos tenemos un poco de blanco, todos tenemos un poco de todo: unos estamos un poco más con el sol…, pero en el fondo todos tenemos sangre roja y todos respiramos el mismo aire, todos tenemos la misma tierra, todos somos hermanos”. Entonces, este mensaje es lo que también nosotros queremos compartirles. Willy, de la Comunidad Abra Pampa del Pueblo Kolla.
El sábado 16 de diciembre en horas de la mañana la Policía Metropolitana desalojó el Tercer Malón de la Paz de la Plaza Lavalle, aunque la organización de los indígenas de Jujuy ya había decidido en asamblea con anterioridad levantar la medida de fuerza. Desde el 1° de agosto pasado, 400 comunidades originarias del Noroeste Argentino (NOA) mantuvieron una permanencia frente al Palacio de Tribunales como parte de la lucha contra la Reforma Constitucional provincial bajo la consigna “¡Arriba los derechos, abajo la Reforma!”
Los hombres y las mujeres de azul desplegaron el aparato represivo por la totalidad del área de la Plaza para indicar que, después de varios meses, “las fuerzas del orden” habían recuperado el control del espacio público, dejando un pequeño corredor sobre la calle Tucumán para que los cuerpos “marrones” recogiesen sus pertenecías y ascendieran al micro de dos pisos que los esperaba para sacarlos del centro porteño.
Sin embargo, sólo en tiempos de oscuridad como este, en los que las creencias están reñidas flagrantemente con la realidad, puede entenderse esta puesta en escena como “una derrota” de los indígenas. Sólo en tiempos de oscuridad puede interpretarse que las luchas que valen la pena son las que proporcionan resultados inmediatos y tangibles, y las demás carecen de sentido. Sólo en tiempos de retroceso y confusión podemos razonar que por debajo de la superficie de las cosas está el vacío y lo único razonable es todo aquello que mueve “el interés egoísta del individuo”.

Como afirma el Comunicado de los organizadores y las organizadoras: “el Tercer Malón ya triunfó, no nos han vencido por la resistencia y la permanencia en todo el territorio provincial, salimos y recorrimos cada provincia visibilizando la violencia institucional hasta llegar a Buenos Aires, permanecimos frente a la Corte Suprema de la Nación durante cuatro meses y medio, ejerciendo el derecho a la protesta social (…) destacando la gran solidaridad por la causa, la colaboración y la adhesión de múltiples organizaciones, medios de comunicación y del pueblo argentino en general; también visitamos instituciones y establecimientos educativos, y cumplimos el rol de asistencia social dando de comer a la gente de la calle, algo que debiera hacer el gobierno de la Ciudad, ahora a cargo de Jorge Macri”.
La llegada del Tercer Malón de la Paz a la Ciudad de Buenos Aires situó en el centro político del país el conflicto entre las comunidades y el Estado jujeño. Si bien el antagonismo por la posesión de las tierras ancestrales no comenzó con la administración del gobernador Gerardo Morales -los pueblos milenarios de todas las regiones del Estado-nación son protagonistas de una lucha que viene desde el fondo de la historia-, los maloneros y las maloneras plantearon que la relación entre Reforma y extractivismo –el Estatuto Legal del Coloniaje del siglo XXI- precipita un nuevo umbral en la destrucción de los bienes comunes en el NOA. Por el modo en que fue implementada, la Reforma expuso, por un lado, la descomposición de la democracia liberal que no se limita, aunque la incluye, la “crisis de representación”: los pueblos no participaron de las deliberaciones con los convencionales constituyentes ni fueron consultados ni informados como establece el Convenio 169 de la OIT al que ha adherido la Argentina.
En esta alianza entre poder extractivista y “sociedad política”, las voces que insisten y persisten por siglos en el cuidado de los elementos esenciales de la vida, que piensan que “la naturaleza” no es un objeto para uso antropológico, también que piensan en lo que no hay, la continuidad de todos los vivientes en las futuras generaciones, que recusan desde el siglo XVIII la división acuñada con las Ciencias Sociales entre “Naturaleza” y “Cultura”, han quedado al margen. No obstante, la crisis de la democracia no se limita a las cuestiones procedimentales, pues, por otro lado, la Reforma expresa de manera descarnada que el territorio de la ley y el derecho deja de ser el emergente de las luchas entre tradiciones políticas diferentes, el suelo donde subyacen los antagonismos. Pensemos que la Constitución de 1853 es la consecuencia de quienes ganaron la Batalla de Caseros y la de 1949 el resultado del acontecimiento del 17 de octubre. Hay ahí una estrecha relación entre movimiento y ley. Pero en esta contemporaneidad histórica, desde la última dictadura y la década del 90, el territorio de la ley y la Constitución abandona el espacio de efecto de superficie de las fuerzas en pugna para pasar a ser un mero ritual, una vana costumbre que justifica el productivismo arrollador, la nueva “acumulación originaria”. De esta manera, la Reforma se constituye en la cobertura de las multinacionales para una nueva fase del proceso de producción que toma a los cuerpos como superficie de explotación y el territorio de la Tierra como un cuerpo. Es la forma que adopta la vampirización del capital en la época del Antropoceno.
Ahora bien, cómo ver a, y de qué manera hablar sobre, los cuerpos para legitimar el saqueo. Aquí vemos las conexiones entre Jujuy y Buenos Aires a pesar de que en la ciudad portuaria no tengamos Reforma. No obstante, las muestras de solidaridad del pueblo organizado, escuchamos a las hermanas y los hermanos manifestar cómo opera “la raza” y “el racismo” en la sociedad metropolitana, si es que podemos seguir caracterizándola como eso, una sociedad. Que no se reconoce como tal porque no puede compartir un lenguaje común, un conjunto de conversaciones colectivas. Por una parte, el “racismo” por arriba, el del Poder Judicial que envía a los empleados del juzgado de turno para atender a una delegación de maloneros pues sus señorías “no dialogan con originarios”. “No dan la talla para una conversación entre iguales”. En la urbe colonizada, los indígenas experimentan como Franz Fanon una “pedagogía de la piel”, de “lo vivido”, toda vez que aprenden caminando las escalinatas del Palacio de la calle Talcahuano que un comunitario accede a los tribunales de un único modo: en calidad de “imputado”. También un racismo de los representantes políticos que han dejado de representar las voces que hablan por los que no pueden hablar el lenguaje de humanos (montañas, bosques, ríos y animales). El racismo de unos medios de comunicación que engrosan sus planteles de periodistas con sujetos pertenecientes a las mismas etnias que las de las elites, que participan de un orden de conocimiento “civilizador”, “desarrollado”, “superior”, por lo tanto, indiferente a la agenda epistémica de los originarios. Además, esos trabajadores y trabajadoras de prensa son responsables de un proceso de selección de la información que califica como de “tercer orden” la relevancia de los conflictos en los que participan las comunidades ancestrales y, a su vez, que esas personas no son consideradas fuentes confiables de enunciación.
Y “un racismo desde abajo” que es una y otra vez la repetición de la misma metáfora cruel y biologicista de “cabecitas negras” con que “la cabeza de Goliat” estigmatizó a los migrantes internos en la época de la sustitución de importaciones, sumado a las palabras humillantes que desnacionalizan a los cuerpos que no se parecen a los sujetos europeos para caracterizarlos como “extranjeros indeseables”: “bolivianos” o “bolitas”, les dicen, es decir, denegación de la nacionalidad argentina para consagrar a los originarios como parias en un supuesto antagonismo entre nacionales e inmigrantes de países vecinos. Pero la inferiorización más profunda, nos parece, está en el orden del conocimiento. Es la que pretende negar los saberes, las filosofías, las cosmopolíticas que las comunidades ancestrales han preservado del “epistemicidio” colonial. La dominación siempre presupuso la dominación cognitiva, la subordinación de otro modo de pensamiento que nunca negó el modo occidental, aunque sí la pretensión de éste de arrogarse el carácter único y exclusivo, otros sistemas de clasificación del mundo y de las cosas, otra forma de experimentar el tiempo. Como Willy explica, “descolonizar el pensamiento” implica investigar a fondo los sistemas de pensamiento de los pueblos para empezar a recordar y recordarnos los poderes que tenemos en el cuerpo.
Los pueblos indígenas en cada lucha, ante cada corte de ruta, frente al viejo conflicto por la tierra que tiene su génesis en el latifundio, siempre vuelve como un pueblo nuevo. Cómo entender esta aparente contradicción de pueblos que vienen desde el fondo de la historia, pero que retornan no como un pasado que se repite como idéntico, sino con la fuerza de la novedad. La que como un terremoto remueve las capas tectónicas de la tierra hasta que hacer ver las capas que yacían soterradas en el subsuelo. El Tercer Malón de la Paz se inscribe en la historia de marchas de comunidades ancestrales desde el Norte de la Argentina hacia Buenos Aires en reclamo por las tierras expropiadas o a punto de serlo, primero en 1946, luego en 2006. Pero lo que vuelve ahora en 2023, con la singularidad de la primera vez es otro modo de existencia frente al colapso ecológico llamado “Nuevo Régimen Climático”. Y es un pueblo nuevo el que vuelve, porque frente a la inclusión de la tierra, el agua de los ríos y las montañas en “las zonas de sacrificio afectadas por la mercantilización”, la retórica de la sanación, una política de cuidados y guardas de la Madre Tierra forman parte de las conversaciones colectivas de las comunidades. Los pueblos indígenas en cierto sentido son anacrónicos, inactuales, situados fuera del tiempo, la condición de posibilidad, quizás la única condición, para señalar los peligros que acechan en este tiempo actual y presente. Quizás por pertenecer al no-presente, porque son los pueblos que arrastran las memorias de todo lo vivido, por eso mismo, pueden levantar la voz para interpelar a la modernidad en crisis. Exigir la suspensión de la destrucción de los bienes comunes e interrogar a una comunidad exenta de ella –nosotras y nosotros sujetos de urbanidad- para que “lo común” sea otro modo de existencia que eluda la dicotomía naturaleza/cultura. Y esa forma no se limite a cuestionar sólo cómo se distribuye el territorio entre las partes, no se pregunte sólo “por la parte de los sin parte”, vale decir, no agite el problema de la norma de distribución del territorio, sino que pretende transformar la distribución misma. O sea, que su problema es cómo distribuir los cuerpos en el territorio para resguardar los elementos esenciales de la vida, el agua dulce en primer lugar. Ese modo de existencia comienza con una lengua capaz de afirmar que los elementos de la vida, las otras especies y las montañas son seres vivos, no “recursos de la naturaleza”. Ese modo de existencia nos invita a pechear la vida por “el camino rojo”.











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