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El viaje de Trump a China, cuando el mercader reemplaza al estadista

Hay viajes que cambian la historia y hay viajes que la reflejan. El de Richard Nixon a Pekín en febrero de 1972 pertenecía a la primera categoría, el de Donald Trump esta semana de mayo de 2026 pertenece inequívocamente a la segunda.

16 mayo, 2026
en Mundo
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El viaje de Trump a China, cuando el mercader reemplaza al estadista

Por Fernando Esteche *

 

No es un juicio de valor sino una constatación geopolítica, porque los dos viajes comparten la gramática superficial pero difieren radicalmente en la sustancia histórica que los motoriza y, antes que nada, en las condiciones del mundo que los hace posibles.

Para entender el viaje de Nixon es necesario retroceder exactamente cuatro meses antes de su llegada. El 25 de octubre de 1971, la Asamblea General de Naciones Unidas aprobó la Resolución 2758 por 76 votos contra 35, expulsando a los representantes de Chiang Kai-shek y declarando a la República Popular China el único representante legítimo de China en el organismo mundial, incluido su asiento permanente en el Consejo de Seguridad.

Era el final de una ficción jurídica que Washington había sostenido durante veintidós años, la de que la China nacionalista refugiada en Taiwán tras la derrota de 1949 era, ante el derecho internacional, la China real. La guerra civil que Mao había ganado sobre el Kuomintang de Chiang no había producido dos Chinas iguales sino una China popular dominante y un régimen insular en retirada progresiva, y la comunidad internacional había terminado por reconocerlo con toda la rudeza del número.

Lo que hace ese voto particularmente revelador es la simultaneidad. El mismo 20 de octubre de 1971 en que George Bush (padre), entonces embajador en la ONU, libraba solo y sin respaldo real una batalla perdida de antemano para salvar el asiento de Taipei, Kissinger se encontraba en Pekín preparando en secreto el viaje presidencial de Nixon. Washington ya había elegido antes de que la votación se produjera. La China popular era el interlocutor del futuro, Taiwán era el pasado que había que administrar con cuidado diplomático.

Nixon no llegaba a China desde una posición de fuerza magnánima sino desde el reconocimiento implícito de que la realidad se había impuesto, que la estrategia de triangulación con Moscú exigía a Pekín como pieza clave, y que el precio de ese juego era aceptar, aunque fuera con ambigüedad calculada, la derrota progresiva de Chiang Kai-shek como ficción sostenible. La guerra de Corea (1950-1953), donde los ejércitos de ambos países se habían enfrentado directamente, quedaba ya en el horizonte como una herida que era necesario comenzar a cicatrizar.

El protocolo de recepción de Nixon no tiene ningún parecido con el de esta semana en Pekín, y las diferencias importan. Nixon aterrizó en un aeropuerto prácticamente vacío de público. El Primer Ministro Zhou Enlai lo esperaba al pie de la escalerilla con una delegación reducida y sin multitudes organizadas, sin banderas agitadas por niños, sin rascacielos iluminados, sin alfombra roja de dimensión espectacular. Nixon extendió la mano antes de llegar al suelo, un gesto deliberado y cargado de memoria histórica, recordando el desaíre que John Foster Dulles le había hecho a Zhou en Ginebra en 1954, cuando el canciller chino ofreció su mano y el secretario de Estado norteamericano se negó a estrecharla. La sobriedad del recibimiento era parte del mensaje, ambas partes sabían que estaban haciendo algo sin precedentes y preferían no escenificarlo demasiado ante sus audiencias internas.

La convocatoria de Mao Tse Tung llegó ese mismo primer día, apenas horas después de la llegada, súbita y casi sin aviso, en la residencia privada del presidente del Partido en Zhongnanhai. Mao, que había estado hospitalizado hasta nueve días antes y con la salud ya precaria, insistió en recibir a Nixon personalmente como señal de que él mismo avalaba el encuentro frente a los sectores duros del Politëyó que habían intentado sabotearlo. La reunión duró poco más de una hora, fue filosófica, vagamente circular, llena de referencias literarias que el diplomático Winston Lord, segundo de Kissinger y cronista de los hechos, describió después como una actuación muy hábil del Chairman, y su valor fue fundamentalmente simbólico. La fotografía del apretón de manos entre Nixon y Mao fue la imagen más potente que salió de todo el viaje. Las negociaciones sustantivas las condujo Zhou Enlai en los días siguientes en múltiples sesiones de trabajo.

El opaco papel del Secretario de Estado William Rogers en aquel viaje merece explicación porque va más allá del protocolo. Rogers era el funcionario que en el organigrama norteamericano conduce la política exterior, y fue sistemáticamente excluido del núcleo duro de las negociaciones. La razón no era personal sino estructural; Nixon y Kissinger habían construido todo el andamiaje del acercamiento a China a través de un canal secreto que pasaba por el presidente de Pakistán, Yahya Khan, y que el Departamento de Estado no conocía.

Rogers representaba a la burocracia diplomática tradicional, que tenía compromisos históricos con Taiwán y que hubiera filtrado cualquier señal hacia Taipei antes de tiempo, destruyendo la operación. Kissinger, que operaba directamente desde la Casa Blanca, podía maniobrar sin esa carga institucional. Rogers se reunió en paralelo con el canciller chino Chi Peng-fei en lo que fue esencialmente una pista lateral, mientras las verdaderas decisiones se tomaban en otro cuarto. Winston Lord fue literalmente recortado de las fotografías oficiales del encuentro con Mao para que Rogers no tuviera que enterarse de que ni siquiera él había podido entrar donde sí entró un subalterno de su rival burocrático. Kissinger tuvo después que regresar a Hangzhou a reabrir el Comunicado de Shanghai ya aprobado por el Politëyó, simplemente para incorporar modificaciones menores que Rogers había exigido como condición de no filtrar su exclusión a la prensa.

 

La gestión de un empresario

Trump llegó a Pekín el miércoles 13 de mayo en un mundo completamente distinto. Fue recibido en el aeropuerto por el vicepresidente chino Han Zheng, con alfombra roja, guardia militar, unos trescientos estudiantes agitando banderas de ambos países y rascacielos iluminados con la leyenda Beijing da la bienvenida en caracteres gigantes. Trump ofreció un puño en alto de victoria antes de subir a la limusina. No hubo nada de la austeridad contenida de 1972, fue una bienvenida construida para la televisión, exactamente el espectáculo que Trump necesita para consumo doméstico y que Xi Jinping estaba dispuesto a proveer porque entiende perfectamente que el ego del huésped es parte del instrumento de negociación.

Los analistas del CSIS (Center for Strategic and International Studies, uno de los think tanks de política exterior y seguridad nacional más influyentes de Washington) apuntaron antes del encuentro un dato que no hay que perder de vista, China llega a este 2026 incomparablemente más confiada que en 2017, cuando temía incluso una pequeña suba arancelaria. En el intervalo, Xi neutralizó buena parte de las medidas de Trump, las exportaciones chinas crecieron un 15% en el primer trimestre de 2026 a pesar de las tensiones, y Beijing construyó una posición de palanca sobre las tierras raras que Washington aún no ha logrado reemplazar.

Junto al presidente viajaron el secretario de Estado Marco Rubio, el secretario de Defensa Pete Hegseth (el primero con ese cargo en acompañar a un presidente en visita de Estado a China desde el propio Nixon en 1972, dato que nadie en Beijing pasó por alto), el secretario del Tesoro Scott Bessent, el representante comercial Jamieson Greer y el embajador David Perdue. Dentro de la familia Trump, Eric y su esposa Lara viajaron en capacidad personal, lo que Reuters señaló como potencial conflicto de interés dado que son quienes administran el patrimonio empresarial del presidente. Melania no estuvo.

El elemento verdaderamente singular fue el desfile de diecisiete CEOs de las mayores corporaciones norteamericanas que abordaron el Air Force One: Elon Musk, Jensen Huang de Nvidia (que no estaba en la lista inicial y voló hasta Alaska para subirse al avión presidencial después de que Trump lo reivindicara en Truth Social), Tim Cook de Apple, Larry Fink de BlackRock, Stephen Schwarzman de Blackstone, Kelly Ortberg de Boeing, Jane Fraser de Citi, David Solomon de Goldman Sachs, Larry Culp de GE Aerospace, Sanjay Mehrotra de Micron y Cristiano Amon de Qualcomm, entre otros. Trump los presentó ante Xi uno por uno durante las conversaciones ampliadas y le dijo al anfitrión que habían venido a presentar sus respetos. Xi los recibió con el premier Li Qiang y les prometió que la puerta de China para los negocios estadounidenses se abriría más. Huang declaró al salir que el señor Xi y el presidente Trump estuvieron increíbles, y Musk dijo que se habían logrado muchas cosas buenas, aunque ninguno de los dos anunció acuerdo concreto alguno vinculado a sus compañías.

La diferencia filosófica con Nixon es estructural. En 1972, el aparato de Estado era la fuerza motriz del viaje, con toda su burocracia, sus compromisos institucionales y su memoria de la guerra de Corea. En 2026, el aparato corporativo viajó en el avión presidencial, negoció en los salones del poder chino y fue presentado como la delegación más grandiosa de la historia norteamericana. Eso es una declaración de principios sobre cómo Trump entiende la política exterior, y sobre cómo Xi entiende la oportunidad, porque el presidente chino sabe que la vía más corta hacia la estabilidad con Washington pasa por los intereses económicos de las empresas que emplean votantes y tienen sus cadenas de suministro enredadas con China.

 

Tucídides en el Gran Salón del Pueblo

Antes de que las conversaciones comenzaran, Xi formuló en su discurso de apertura las preguntas que él considera centrales para la era, y lo hizo en términos que resultaron inusuales en la oratoria diplomática contemporánea. Citó nuevamente la Trampa de Tucídides, el concepto popularizado por el politólogo de Harvard Graham Allison a partir del historiador ateniense del siglo V antes de Cristo, que sostuvo que cuando una potencia emergente desafía a una potencia establecida, la guerra tiende a volverse inevitable. Tucídides lo había formulado sobre la guerra del Peloponeso con una frase que se volvió célebre; fue el ascenso de Atenas y el miedo que esto generó en Esparta lo que hizo inevitable la guerra.

Xi preguntó públicamente, ante Trump y ante las cámaras de CCTV, si China y Estados Unidos podían superar la Trampa de Tucídides y crear un nuevo paradigma de relaciones entre grandes potencias. La elección del concepto no fue académica ni inocente ni novedosa. Xi lleva usando la frase desde 2014, siempre con el mismo propósito, recordarle a Washington que la dinámica de las grandes rivalidades históricas tiende hacia la guerra y que la alternativa exige que la potencia establecida (Estados Unidos, Esparta en la alegoría) controle su propio miedo en lugar de dejar que ese miedo guíe su política.

La lectura occidental convencional pone a China en el lugar de Atenas, la potencia emergente. Xi puede ver la parábola de otro modo. Trump no respondió a la pregunta de Tucídides. Predijo que la relación será mejor que nunca y dijo que era un honor estar con su amigo. El contraste entre la densidad filosófica del planteamiento de Xi y la respuesta relacional de Trump fue observado por todos los presentes en la sala y generó en las redes sociales norteamericanas un ciclo de humor que duró horas, lo cual es en sí mismo un dato político.

 

El banquete, el Templo del Cielo y el YMCA

El banquete de Estado fue la escena más cargada de simbolismo de toda la visita. Xi hizo un brindis en que reivindicó la visita de Kissinger y la apertura nixoniana como el antecedente que todos debían tener presente, una forma elegante de decirle a Trump que hay una tradición de grandes gestos entre ambos países que él está llamado a continuar.

Trump respondió invitando a Xi a visitar Washington el 24 de septiembre y lo llamó gran líder, frase que reconoció provoca incomodidad en algunos pero que él repite de todos modos porque la considera verdadera. Los músicos chinos tocaron una versión instrumental del YMCA, el himno del grupo Village People, música extraoficial de los mítines trumpistas. El gesto fue recibido con visible placer por el presidente norteamericano. Xi proyectó al final de la velada una compilación de una década de encuentros entre ambos líderes, Trump la vio y se entusiasmó.

La visita al Templo del Cielo al día siguiente, donde ambos mandatarios posaron con Eric y Lara Trump, completó el cuadro de una diplomacia que mezcla lo ceremonial con lo personal de un modo que Nixon, hombre de frialdad estratégica, hubiera encontrado desconcertante.

 

Taiwán, Rubio y el arte chino de la transliteración

Sobre Taiwán, la dimensión más delicada del encuentro, el resultado fue una danza cuidadosa que terminó aproximadamente donde empezó, aunque con señales que en Taipei generaron una ansiedad apenas contenida. Xi advirtió que la cuestión taiwanesa es el asunto más importante en las relaciones China-Estados Unidos y que si no se maneja correctamente los dos países tendrán choques e incluso conflictos. Llamó a la independencia taiwanesa irreconciliable con la paz en el estrecho, como el fuego y el agua.

Trump había anunciado antes del viaje que hablaría con Xi sobre las ventas de armas a Taiwán, un comentario que rompe con las Seis Garantías que Reagan había comprometido en su momento con Taiwán. El comunicado conjunto no menciona a Taiwán, lo que en el lenguaje diplomático chino equivale a una victoria táctica. Trump no respondió ante las cámaras cuando los periodistas le preguntaron si el tema había surgido. Bessent dijo a la prensa que Trump entiende las sensibilidades sobre Taiwán y hablaría del asunto en los próximos días, lo que fue interpretado en Taipei como otra señal de que algo había ocurrido en la sala que no quedó en el comunicado.

Rubio declaró a NBC que la política estadounidense hacia Taiwán no ha cambiado y que cualquier cambio forzado en el statu quo sería perjudicial para ambos países, una declaración esencialmente defensiva destinada a tranquilizar a Taipei sin cerrar ninguna puerta hacia Pekín.

El mismo Rubio que llegó a Pekín sancionado por China desde 2020, que como senador había impulsado legislación sobre los uigures y había definido a China como el adversario sin precedentes de Estados Unidos, estrechó la mano de Xi en el Gran Salón y se limitó a declaraciones que cualquier secretario de Estado previo hubiera suscrito. Beijing resolvió el problema de las sanciones con pragmatismo elegante; simplemente cambió la transliteración de su nombre al chino, usando un carácter distinto para la sílaba “lu” de su apellido, de modo que Marco Rubio entró al país bajo el nombre Marco Lu sin que las restricciones formales fueran levantadas. No cedió en el principio pero encontró el mecanismo para que el encuentro fuera posible, que es exactamente la clase de solución de cara que los chinos manejan con maestría.

 

Hormuz, el petróleo y la distancia entre el readout y la realidad

Sobre Irán y el estrecho conviene distinguir con cuidado lo que cada parte confirmó y lo que sólo dijo Trump. El documento de la Casa Blanca establece que ambos lados acordaron que el estrecho debe permanecer abierto para el libre flujo de energía, que Xi expresó la oposición china a su militarización y a cualquier intento de cobrar peaje por su uso, y que China manifestó interés en comprar más petróleo norteamericano para reducir su dependencia del estrecho en el futuro. Ese mismo documento añade que ambos países acordaron que Irán no puede tener jamás un arma nuclear. Hasta ahí llega el texto oficial norteamericano.

El comunicado chino de Xinhua, en cambio, no menciona a Irán en absoluto. Se limita a decir que los líderes intercambiaron puntos de vista sobre la situación en Oriente Medio, sin ningún detalle sustantivo. La distancia entre los dos relatos es en sí misma información. Beijing acordó lo que acordó en la sala pero no consideró conveniente consignarlo en su propio comunicado, lo cual dice bastante sobre el carácter de esos acuerdos.

El ministerio de Relaciones Exteriores chino sí dijo públicamente que la guerra con Irán no debería haber ocurrido nunca, una formulación que señala una dirección pero no compromete ningún curso de acción. Rubio, por su parte, declaró a NBC que Trump no le pidió nada a China sobre Irán, que Estados Unidos no necesita la ayuda china, lo cual es una forma llamativa de reencuadrar lo que se presentó en otros momentos de la visita como un logro diplomático.

Lo que proviene exclusivamente de Trump, sin respaldo en ningún texto acordado, es el anuncio que hizo a Fox News de que Xi le prometió personalmente no suministrar equipamiento militar a Irán y que China quisiera ayudar a resolver el conflicto. Xi dijo, según Trump, que le encantaría ser de ayuda si pudiera serlo. Son citas de Trump en una entrevista televisiva, no formulaciones de un comunicado compartido, y el hábito de Trump de construir cuadros relacionales favorables para consumo doméstico es demasiado conocido como para no subrayar la diferencia.

Bessent admitió en CNBC que China tiene un interés mayor que Estados Unidos en reabrir el estrecho, observación que resume la geometría real del problema con mayor honestidad que cualquier declaración triunfalista: Beijing necesita que el petróleo fluya, Washington necesita que Beijing presione a Teherán, y en ese cruce de urgencias asimétricas se fabricó la apariencia de una alineación cuya sustancia el tiempo dirá. China sigue siendo el mayor comprador de crudo iraní del mundo, y las refinerías que procesan ese petróleo sancionado no van a cerrar por efecto de lo que se dijo en el Gran Salón del Pueblo.

 

Lo que se acordó, lo que se silenció y lo que quedó abierto

Los resultados comerciales fueron modestos pero presentables. Xi se comprometió a ordenar 200 aviones Boeing y a reactivar licencias de exportación para carne bovina norteamericana que habían vencido. Se anunció un Board of Trade sobre unos treinta mil millones de dólares en bienes no sensibles de ambos lados, sujeto a consulta pública y negociación posterior, lo que indica que no es un resultado sino un proceso.

Los silencios son igualmente reveladores. Sobre el fentanilo y las tierras raras, que estaban en la agenda inicial según el representante Greer, los funcionarios norteamericanos señalaron que hubo conversaciones pero no anunciaron resultados. Las exportaciones chinas de tierras raras, cuya restricción unilateral de Beijing en 2025 desartriculó cadenas de suministro en Europa, Japón y Corea del Sur, permanecen como una palanca que Beijing guarda cuidadosamente y que la visita de Trump no logró desactivar. Que esos dos temas hayan entrado a la sala y salido sin mención en ningún comunicado es en sí mismo un resultado, aunque no del tipo que se anuncia en conferencia de prensa.

El territorio más ambiguo fue el de la inteligencia artificial y los chips. Bessent anunció en Pekín que los dos superpoderes de la IA van a empezar a hablar y que ambos países discutirían un marco de reglas compartidas sobre el desarrollo y uso de la inteligencia artificial. La frase es más una declaración de intención que un acuerdo, pero no es trivial; es la primera vez que Washington y Beijing reconocen públicamente que necesitan algún tipo de coordinación en ese terreno.

Al mismo tiempo, Greer (representante comercial del gobierno norteamericano) dejó ver que la venta de los procesadores H200 de Nvidia a China, que la política de restricciones tecnológicas de Washington había intentado bloquear, sería en adelante una decisión soberana de cada país. El hecho de que Huang viajara en el Air Force One y que esa formulación quedara en la conferencia de prensa posterior no es un detalle menor: sugiere que el acceso chino a tecnología de punta norteamericana es una de las monedas de cambio que esta administración está dispuesta a poner sobre la mesa, sin decirlo explícitamente.

 

Ucrania, Rusia y el anuncio de Putin

Ucrania fue registrada en el comunicado chino de Xinhua como uno de los temas sobre los que los líderes intercambiaron puntos de vista, junto con la situación en la Península de Corea, sin ningún detalle de contenido. Es la fórmula que China usa cuando el tema se tocó y no hubo convergencia que valga la pena consignar. El readout norteamericano no menciona Ucrania.

Rubio no planteó exigencias públicas sobre el conflicto en Beijing, coherentemente con una administración que no ha hecho de la solidaridad con Kiev el eje de su política exterior. China mantiene estrechos vínculos económicos con Moscú, exporta bienes de doble uso e importa energía rusa con descuento, y no hay en ningún documento de esta cumbre ninguna señal de que eso vaya a cambiar.

El dato más revelador llegó durante el banquete mismo, cuando el Kremlin anunció simultáneamente que Putin visitaría China en un futuro muy cercano, con los preparativos terminados según Dmitri Peskov. No fue una coincidencia de calendario sino un mensaje deliberado de Moscú; la relación sino-rusa no se pone en pausa durante las visitas norteamericanas, y Xi no está disponible para ser instrumentalizado como palanca de presión sobre Putin al modo en que Nixon intentó usar a China contra la URSS en 1972.

Geopolíticamente, la diferencia estructural más importante entre ambos viajes es que Nixon usó a China para triangular contra Moscú porque el mundo era bipolar y Pekín no tenía alianza estratégica con la URSS, pero Trump no puede usar a China contra Rusia porque el mundo es multipolar y porque Xi tiene con Putin una asociación que ambos llaman sin límites y que no está en venta en ningún banquete del Gran Salón del Pueblo.

 

Las repercusiones y el miedo al G2

Las repercusiones del viaje se desplegaron en capas simultáneas. Desde Taipei, el silencio de Trump ante las cámaras sobre Taiwán y la ausencia del tema en el comunicado conjunto generaron una ansiedad apenas contenida en funcionarios que siguieron el desarrollo de la cumbre hora por hora. En Europa, Japón y Corea del Sur, la imagen de Trump negociando a solas con Xi sobre un orden que afecta a todos produjo lo que se llamó temblor de G2, el miedo a que las dos mayores economías del mundo administren el planeta en un duopolio que excluye a los aliados tradicionales.

El Consejo Europeo y otros veinticinco países emitieron justo durante el banquete una declaración colectiva comprometiendo medios militares propios para garantizar la libertad de navegación en Hormuz, un gesto que expresaba su incomodidad con depender de lo que Trump y Xi pudieran acordar entre ellos.

En Washington, el 71% de los republicanos expresa confianza en el manejo de Trump con China mientras solo el 11% de los demócratas comparte esa visión, y la confianza general del público en su capacidad para manejar la relación bajó del 45% al 39% según Pew.

 

Balance preliminar

El balance honesto de esta semana en Beijing es el de una diplomacia de gestión, no de transformación. Ambos líderes acordaron llamar a su nueva relación constructiva y de estabilidad estratégica, un marco que Xi voluntariosamente dijo que guiará la relación por los próximos tres años y que Trump aceptó sin mayor debate.

Es una fórmula que sirve a ambos, Xi la usa para decirle a su audiencia que China ha obtenido un encuadre de igualdad con Washington, Trump la usa para decirle a la suya que su relación personal con Xi produce resultados que otros presidentes no podrían lograr. Ninguno de los dos está del todo equivocado, y ninguno de los dos dice del todo la verdad.

Trump y Xi se necesitan mutuamente con una urgencia táctica que ninguno de los dos quiere dramatizar. Washington necesita que China ayude a cerrar la guerra con Irán, no arme a Teherán, libere el flujo de tierras raras y mantenga abiertos los mercados para sus exportaciones y sus CEO. Beijing necesita que Washington no aplaste a sus empresas tecnológicas, mantenga la tregua arancelaria de Busán y no haga de Taiwán una crisis inminente antes de que Xi consolide su cuarto mandato el año próximo.

En ese cruce de necesidades pragmáticas se montó el espectáculo de tres días, con protocolo imperial, con CEO en el Air Force One, con una versión instrumental del YMCA en el Gran Salón del Pueblo, con Eric y Lara Trump en el Templo del Cielo, con la pregunta de Tucídides flotando en el aire sin respuesta y con el anuncio de Putin viajando a Pekín antes de que terminara la semana.

La Trampa de Tucídides quedó sin respuesta en el Gran Salón del Pueblo. El YMCA sonó a la hora de los brindis. Son imágenes que no se olvidan fácilmente y que, a su modo, dicen todo lo que hay que saber sobre este momento de la historia.

 

(*) Dirigente del Encuentro Patriótico. Doctor en Comunicación Social (FPyCS-UNLP). Director de PIA Global.

Tags: Chinadonald trumpestados unidosXi Jingpin
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