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Los límites del eterno ajuste

El gobierno esconce sus fracasos detrás de eslóganes de campaña, repitiendo “equilibrio”, “superávit”, “orden”, “austeridad”, “responsabilidad”, pero llega un punto en que la realidad empieza a empujar desde abajo con demasiada fuerza.

25 abril, 2026
en Economía, Opinión
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Los límites del eterno ajuste

Por Rodolfo Pablo Treber *

 

El gobierno quiso construir una épica del recorte, vender la idea de que ajustar era curar, de que podar era ordenar, y que destruir capacidades estatales era un acto de racionalidad. Pero los números empiezan a mostrar otra cosa. No una economía saneada, sino exhausta. No un Estado ordenado, sino un Estado vaciado. No existe un rumbo firme. Por el contrario, es una administración cada vez más desesperada, con una fragilidad política que no deja de crecer.

El punto central radica en que, aun en términos de economías neoliberales, cuando los ingresos caen al mismo tiempo que cae el gasto, ya no se trata de un programa exitoso. En ese caso, estamos frente a un esquema que se va comiendo sus propias bases. En el trimestre recién terminado, los recursos totales retrocedieron 5,1% en términos reales. El gasto total cayó 5,4%. El gasto primario volvió a caer 5,1%. Es decir: el supuesto orden no nace de una economía que produce más, vende más, consume más, emplea más y por eso fortalece las cuentas públicas. Nace de recortar sobre lo que queda mientras la recaudación se debilita. Es una prolijidad de superficie sostenida sobre una descomposición de fondo. Es destrucción disfrazada de ajuste y ordenamiento.

El discurso deja de ser creíble cuando ya ni siquiera pueden disimular que no están corrigiendo excesos. No están ajustando sobre un Estado exuberante. Están recortando sobre los restos. Si se mira contra 2023, la imagen es brutal: el gasto primario total quedó más de 31% abajo, la inversión de capital se derrumbó más de 86%, las transferencias a provincias más de 66%, los programas sociales más de 61% y los salarios públicos más de 29%. Eso no es eficiencia, es desarme. No es modernización, es retroceso material del Estado en casi todas las funciones que lo vuelven una herramienta de protección, integración y desarrollo.

La propia historia nos marca que cuando en la Argentina se desarma al Estado, no se está tocando una abstracción. Se está tocando la obra que no se hace, el salario que pierde, la universidad que sobrevive a los golpes, la provincia que se asfixia, el hospital que se deteriora, el transporte que se encarece, la política social que retrocede, la capacidad pública de sostener a una sociedad golpeada. Detrás de cada recorte hay un nuevo compañero o compañera que queda a la intemperie. Por eso, el problema central de este esquema no es el ajuste en sí, sino qué es lo que se decide romper para mostrar que se ajusta.

Así, el gobierno empieza a encontrar un límite con una trampa que se auto fabrica. Porque enfría la economía, debilita ingresos, achica actividad, retrae consumo, castiga empleo y después se encuentra con que recauda menos. Entonces usa esa menor recaudación para justificar una vuelta adicional del torniquete. Es el círculo perfecto del ajuste permanente: se recorta para compensar el daño que produce el mismo recorte. No es una política que resuelva una crisis. Solo administra en favor de determinados intereses y en contra del resto de la sociedad. Un ajuste eterno que favorece a las corporaciones extranjeras que se benefician de la incapacidad de consumo local y el empobrecimiento del mercado interno; del excedente del saldo exportable que eso produce y el aumento de ganancias que luego giran a sus casas matrices.

También es importante observar de dónde sale la plata que, a cuenta gotas, todavía entra. Porque ahí aparece la verdadera arquitectura social del programa. El grueso de los recursos públicos proviene de los impuestos, y dentro de ellos pesan sobre todo los aportes y contribuciones de la seguridad social y el IVA. Es decir: el Estado sigue sostenido principalmente por lo que se extrae del trabajo y del consumo. De la vida común de la mayoría de nuestro pueblo. No de una estructura impositiva robusta que vaya a buscar riqueza donde efectivamente está. No de una fiscalidad progresiva que grave con fuerza a los sectores más concentrados. Lo que aparece es, otra vez, una matriz regresiva: un ajuste permanente que aumenta la pobreza y concentra riquezas.

El límite se encuentra en que esa estructura injusta empieza a mostrar señales de agotamiento. En el trimestre caen el IVA, Ganancias, Bienes Personales, impuestos internos, derechos de exportación, de importación, débitos y créditos. Los ingresos comienzan a ser insuficientes por el brutal estrangulamiento de la economía que genera el mismo gobierno.

Mientras tanto, debajo del relato del superávit y los beneficios futuros del ajuste, crece otra verdad menos promocionable: la deuda sigue engordando. La capitalización de los instrumentos que emitió el tesoro para absorber y secar la economía nacional, en apenas tres meses, superaron los 12 billones de pesos. Enero, febrero y marzo mostraron que la deuda nacional crece muy por encima del propio resultado financiero positivo que, orgullosamente, exhibe el gobierno. Dicho de manera simple: se ajusta sobre salarios, provincias, obras públicas, programas y funcionamiento estatal para mostrar una foto fiscal ordenada, pero lo que realmente sostiene esa ficción es el crecimiento de una deuda que compromete el futuro.

Entonces la discusión no es técnica, es política. Cuando el gobierno dice ordenar las cuentas no está haciendo otra cosa que obedecer el mandato de EEUU y FMI, de los acreedores corporativos, del poder financiero, de aquellos que necesitan un Estado débil para el pueblo y útil para la fuga y el enriquecimiento extranjero. Ahí está el sentido profundo del programa.

Por eso, a esta altura, ya ni siquiera alcanza con decir que el ajuste es injusto. Eso es evidente. Hay que prender la luz a los verdaderos enemigos que requieren la consolidación de este modelo y proponer, claramente, una vía totalmente opuesta que sea industrialista, soberana, proteccionista.

Lo que deja ver este comienzo de 2026 es un gobierno que achica al país para simular firmeza. Que destruye herramientas reales para fabricar una imagen de autoridad. Que presenta como virtud lo que no es otra cosa que agotamiento administrado. Y cuando un gobierno solo puede sostenerse recortando inversión, salarios, provincias, programas, subsidios y capacidades estatales, al mismo tiempo que preserva la lógica financiera y tolera una estructura tributaria regresiva, ya no estamos frente a una estrategia de estabilización. Estamos frente a un esquema que solo puede continuar desgastando el capital político que le queda.

El ajuste no solo lastima, ya ni siquiera convence. Perdió capacidad de prometer futuro porque apenas puede garantizar sufrimiento presente. Perdió relato porque sus propios resultados lo desmienten. Y cuando un gobierno necesita cada vez más sacrificio para exhibir cada vez menos fortaleza, empieza a llegar a su fin.

 

(*) Analista económico, dirigente del Encuentro Patriótico

 

  • Artículo publicado originalmente en InfoNativa
Tags: ajustecaputodeudaMilei
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