Cada vez que está por asumir un presidente los medios masivos de comunicación ponen el foco en la primera dama, ya sea por su ropa, historia de vida o – en caso de tener carrera política – carácter. Fabiola Yáñez no fue la excepción. Al no estar casada con Alberto Fernández, se despertó un debate arcaico. “¿Puede ocupar ese rol?”, se preguntaron muchos y se olvidaron de poner el foco en lo importante: qué papel tiene la primera dama en un armado de gobierno ¿Acompaña o tiene una participación activa? ¿Recibe remuneración por la labor realizada o es had honorem? ¿Desempeña algún tipo de tarea en particular? ¿Define políticamente?
A partir de estas reflexiones proponemos un recorrido por la historia de las mujeres que en nuestro país ocuparon el rol de damas presidenciales, las estructuras patriarcales que se reproducen y la disputa por el poder que está en juego.
Por Denise Altieri y Erika Eliana Cabezas*
El título primera dama se usó por primera vez en Estados Unidos en 1877, cuando la periodista María C. Ames se refirió a Lucy Webb Hayes, esposa del presidente Rutherford B. Hayes, como “la primera dama de la tierra” durante una presentación. Luego, se extendió al resto de la región. No se trata de un cargo electo ni nombrado. Tampoco cuenta con sueldo asignado. Es de carácter protocolario y consiste en acompañar al presidente en viajes o actos oficiales y participar activamente en las instituciones del gobierno destinadas a lo social. La historia de siempre: un trabajo no remunerado vinculado a las tareas del cuidado y designado a la mujer. “Tener un salario significa ser parte de un contrato social, y no hay duda alguna acerca de su sentido: no trabajas porque te guste, o porque te venga dado de modo natural, sino porque es la única condición bajo la que se te permite vivir”, establece la filósofa Silvia Federici en uno de sus textos haciendo referencia al trabajo doméstico. La situación no es la misma, pero la lógica con la que se desarrolla sí y que tiene que ver con relaciones que reproducen la desigualdad. La naturalización de llevar adelante una serie de tareas sin recibir remuneración alguna. No obstante, no se debe pasar por alto que es un espacio que puede funcionar como punta de lanza para construir política. “Desde el punto de vista de la ocupación formal, la primera dama no es una figura arcaica en tanto son mujeres que, por más que nos guste o no su actuación, están en espacios de construcción de poder. Hay mujeres que aprovechan ese lugar para generar espacios de promoción política que ayuden a las carreras de su maridos e inclusive a sus propias carreras políticas. Sí es una figura arcaica el tema de la mujer que solamente se ocupa de acompañar a su marido y deja sus actividades en pos de la trayectoria y el proyecto personal del varón al que están acompañando ”, expresa Carolina Barry, investigadora del CONICET, en la UNTREF e integrante de la Red de Politólogas.
María Lorenza Barreneche se dedicó al hogar y apenas acompañó a Raúl Alfonsín en los actos protocolares. Zulema Yoma se separó rápidamente de Carlos Menem, dejando a su hija Zulemita de primera dama. Inés Pertiné agradeció que la independencia de sus hijos le permitiera acompañar a Fernando de la Rúa. Hilda González fue clave en el gobierno de transición de Eduardo Duhalde. Cristina Fernández pidió que la llamaran “primera ciudadana” y se desligó del concepto de “dama”. Juliana Awada aclaró desde una primera instancia que no quería ni iba a tener ningún cargo.
“Cada una define el rol de acuerdo a sus conveniencias, posibilidades y personalidades. Los estudiosos de la teoría política establecen cuatro categorías sobre el rol de las primeras damas. Una que es meramente acompañante, la figura de la escort. Otra sería la primera dama que se ocupa de lo protocolar. Guiadora de la moda y que acompaña en eventos sociales a su marido. Una tercera serían las mujeres que se ocupan de las actividades que son consideradas propias de las mujeres. Ahí entran la acción social y beneficencia. Una cuarta figura serían las mujeres que se inmiscuyen en temas de decisiones políticas, formando parte de un círculo de poder más acotado. Yo a esto le agrego una quinta valoración, que serían los matrimonios gobernantes”, relata Barry, quien está por publicar un libro bajo el título “Se hace la Evita, las primeras damas en la argentina peronista”.
Desde la vuelta de la democracia
Cuando Raúl Alfonsín asumió el cargo de presidente en 1983 estaba casado con María Lorenza Barreneche, catalogada por los medios masivos de comunicación como “la pueblerina”. No apareció mucho públicamente, tampoco acompañó al presidente en los actos protocolares ni en los viajes. El periodista Oscar Muiño la describió en su libro Alfonsín: mitos y verdades del padre de la democracia como “una mujer sencilla, consagrada a la crianza de los chicos, resignada a las ausencias de su marido, guapa para sostener la casa cuyos ingresos, podrían considerarse irregulares”. La ausencia de Barreneche fue un hecho, pero los cánones se mantuvieron. Luego, en 1989, vino Carlos Saúl Menem con Zulema Yoma, pero en 1991 se divorciaron y el rol de primera dama lo ocupó su hija, Zulemita, que por aquel entonces tenía 20 años.

Fernando De la Rúa llegó a la presidencia en 1999 casado con Inés Pertiné, a quien conoció luego del golpe de estado que derrocó a Arturo Illia. “Ser la mujer del Presidente implica tener más responsabilidades. Sentir que una se debe más a la gente. Esta tarea llegó en un momento de mi vida en que los hijos ya no me necesitan. Mis nietos tienen sus espacios y yo puedo estar plenamente junto a Fernando y acompañarlo”, declaró Pertiné para una entrevista en el diario La Nación. El prototipo de la “buena” mujer: la dedicada a la familia y que acompaña a su marido en la trayectoria política sin intención alguna de disputar poder. El diario Clarín ha llegado a adjetivar su figura con un de “cara maternal y expresión tranquilizadora”.

En 2002 se desató una crisis económica, social y política terminó colocando al ex gobernador de la Provincia de Buenos Aires Eduardo Duhalde como presidente de transición por aplicación de la Ley de Acefalía. La primera dama fue Hilda González, no casualmente mayor conocida como Chiche Duhalde. A diferencia de las anteriores, tenía carrera dentro de la política: había sido diputada nacional de 1997 y 2001. También contaba con una amplia experiencia en la implementación de políticas sociales.

Hilda González cumplió un rol clave en la gobernación de Eduardo Duhalde, logrando que mantuviera su hegemonía en la provincia. Impulsó la red de las “manzaneras”, una grupo de voluntarias que se encargaba de distribuir los alimentos del Plan Vida, un programa de asistencia que fue creado en 1994 cuando lideraba el Consejo Provincial de la Familia. Luego, al ocupar el rol de primera dama se encargó de negociar con las provincias las políticas sociales del Gobierno. Pese a ello, cada vez que le preguntaron, aseguró no tener ambiciones políticas y manifestó su deseo de volver a la casa de Lomas de Zamora. Los medios de comunicación en más una oportunidad hicieron énfasis en el “fuerte” carácter de “la señora”. “Al día siguiente, nadie se sorprendió cuando apareció en medio de la primera reunión de Gabinete, y arrimó una silla junto a la de su marido. Preguntó algunas cosas y explicó sus ideas para diseñar la estructura social que tendría que tener el Gobierno. Quedaba claro, una vez más, que Chiche no aceptaba que el suyo fuese un lugar decorativo”, esbozó Clarín en una nota que título Chiche Duhalde, una mujer que tiene su lugar en la cima del poder. Su protagonismo no llegaba a molestar – como sí posteriormente el de Cristina Kirchner – porque brindaban tranquilidad las declaraciones y el hecho de que todo ese trabajo social realizado era ad honorem.
Néstor Kirchner asumió a la presidencia en 2003 casado con Cristina Fernández, su compañera -de vida y de militancia. Y ahí es cuando el tablero, que ya había mostrado sus fisuras con Chiche Duhalde, terminó por explotar. Apareció en escena una mujer que no sólo reemplazó el concepto de primera dama por el de primera ciudadana sino que además disputó poder abiertamente. Su primer cargo lo tuvo en 1989 como diputada de Santa Cruz. Luego, en 1995, fue senadora nacional por la misma provincia mientras Néstor Kirchner era gobernador. “Yo no represento a la familia Kirchner. Soy senadora y represento a la provincia de Santa Cruz. Cuando quiera saber qué piensa el gobernador va y le pregunta. No soy su vocera. Soy ‘la esposa de’, pero en mi casa. Acá estoy en el parlamento”, declaró en su momento ante las cámaras de televisión y desde un primer momento marcó la diferencia. Durante ese período se opuso a varios proyectos oficialistas de Carlos Menem como la privatización de Aerolíneas Argentinas y la Reforma Laboral. El 3 de diciembre de 1997 renunció al bloque del PJ por diferencias políticas, y siete días más tarde asumió el cargo de diputada nacional. En 2001 volvió al senado y fue presidenta de la Comisión de Asuntos Constitucionales. “A Cristina Kirchner nadie le dice “la señora” como a Hilda Duhalde. La llaman simplemente Cristina. Pero no por eso dejan de tenerle respeto y, algunos, cierto temor. Su carácter fuerte es famoso en el ambiente como su fama de mujer inteligente, con sólida carrera e independencia”, la describió por aquel entonces el diario La Nación en una nota que fue titulada Cristina Kirchner, mucho más que una Primera Dama. En el 2005 fue elegida senadora por la provincia de Buenos Aires, cargo que ocupó hasta el 2007, que fue electa como presidenta.

Estar callada y acompañando no era una opción para Cristina Fernández que, cada vez que pudo, marcó la cancha y recordó cuál era su función. Eso fue quizá lo que a algunos más les molestó porque así no se comporta una mujer y menos aún una primera dama. En 2007 Néstor Kirchner sin tapujos se presentó como primer caballero.
En el 2015 con Mauricio Macri en el Gobierno nacional, la imagen de la primera dama se reperfiló. “Juliana Awada: la nueva Primera Dama, educada para sonreír”, tituló Clarín un día después del Balotaje. Nuevamente el foco estaba puesto en la mujer obediente y sin ambiciones, en la que se queda callada y acompaña. “Juliana Awada transcurrió la campaña electoral sin realizar definiciones políticas. Al menos verbales. ‘No quiero ni voy a tener ningún cargo’, ha dicho”, expresó el diario Los Andes en una nota que, desde un primer momento, puso el foco en el “bajo perfil” de la empresaria. La familia tradicional fue una constante que se puso en juego a través de la imagen de Antonia Macri. “Mi proyecto con Mauricio es de amor y familia pero voy a estar junto a él ocupando el rol que me toca con responsabilidad y humildad”, declaró Awada en más de una oportunidad.

Debates que ya fueron. El presidente electo Alberto Fernández está en pareja con la periodista y actriz Fabiola Yáñez. Conviven, pero no están casados, lo que generó un sin fin de repercusiones. Los medios masivos de comunicación cuestionaron si era posible asumir el rol de primera dama bajo esa condición. “Entonces, ¿podría Yáñez ser primera dama? La pregunta flota en medio de especulaciones sobre la vida íntima de Alberto Fernández que le restan solidez al rol de la periodista en su vida. Y de una duda brotan mil. Porque, ¿qué requisitos debe cumplir la primera dama? ¿Y si el presidente cambiara de pareja?”, esbozó Clarín en una nota que publicó tan pronto se conocieron los resultados de las elecciones generales. “Aunque no esté casada puede ser primera dama. Me parece que a esta altura del siglo XXI no se puede objetar que el no casamiento sea un impedimento para ocupar ese rol”, opina Carolina Barry.
(*) Periodistas de Radio Gráfica











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