Por Sebastián Maradei
A 50 años de uno de los episodios más oscuros y emblemáticos de la última dictadura cívico-militar, una multitud de estudiantes secundarios y universitarios copó masivamente las calles en una nueva conmemoración de la Noche de los Lápices.
La jornada, cargada de mística militante, memoria viva y un firme rechazo al desfinanciamiento educativo y las políticas de ajuste actuales, transformó el histórico reclamo del boleto estudiantil en una trinchera colectiva de lucha y resistencia.
Lejos de tratarse de una mera evocación del pasado, las voces de los pibes y pibas que habitan hoy las aulas volvieron a encender la mecha de la organización popular, demostrando que el legado de aquella generación cercenada por el terrorismo de Estado sigue latiendo con fuerza en cada centro de estudiantes y en cada esquina de la Patria.
En una marcha atravesada por el compromiso generacional, la consigna de levantar las banderas de los jóvenes secuestrados en 1976 resonó en cada columna que avanzó hacia la plaza. Para las y los estudiantes de las escuelas secundarias, sostener esa continuidad histórica toma aún más valor en un presente sumamente adverso para la educación pública.

En ese sentido, Theo, estudiante secundario del Centro de Estudiantes del colegio Fernando Fader, explicó la urgencia del momento al remarcar que “nos parece muy importante poder tomar sus banderas y apropiarlas y volver a serlas nuestras, no solo con los mismos reclamos que tenían hace 50 años, sino con los reclamos actuales”.
Del mismo modo, desde el colegio Mariano Moreno, Fausto profundizó sobre la huella indeleble de aquellos alumnos bonaerenses y afirmó que “sus voces siguen sonando en las aulas, porque nunca más puede pasar lo que pasó“.
El reclamo por el presupuesto educativo, la mejora edilicia y la vigencia plena de los derechos estudiantiles ocupó un lugar central durante toda la manifestación. Entre denuncias por establecimientos sin luz ni agua y un ajuste estructural que golpea tanto a las escuelas técnicas como a las universidades nacionales, el boleto estudiantil se mantiene como una exigencia prioritaria e inacabada.
Mateo Gómez, estudiante de Ciencias Políticas en la UBA y militante la agrupación estudiantil La Efervescente, sintetizó la vigencia del conflicto al sostener que “hoy tristemente seguimos peleando por el boleto estudiantil”.
En esa misma línea, la necesidad imperiosa de movilizarse ante el contexto sociopolítico fue subrayada por Morena, estudiante del Mariano Costa, quien justificó la presencia masiva argumentando que marchan “para mantener la memoria. Para que situaciones así no vuelvan a pasar porque nos podría pasar a cualquiera de nosotros que estamos acá”.

La respuesta de la juventud frente a las narrativas negacionistas que intentan deslegitimar las luchas del pasado fue contundente a lo largo de la movilización. La identificación directa con los 30.000 desaparecidos brota de la coincidencia de edades, ideales y compromisos entre los militantes de ayer y de hoy.
Amia Belén, estudiante del colegio N° 63 y militante de la agrupación No Pasarán y de la UES, expuso esa conmovedora cercanía al recordar que “yo tengo 16 años y sé que la mayoría de todos esos 30.000 desaparecidos eran muy jóvenes”.
Frente a los discursos que reducen la entrega política a un hecho puramente utilitario, Lilen, alumna secundaria del colegio Rogelio Irurtia, puso en valor la mística de la organización al señalar que “ellos querían cambiar el mundo, no era por el boleto simplemente“.
Uno de los momentos más emotivos de la jornada se vivió con la representación del presente de los desaparecidos de 1976, donde la memoria cobró cuerpo en las voces de una nueva generación de estudiantes secundarios que encarnaron el legado de sus referentes históricos.
Al evocar la figura de Horacio Ángel Ungaro, quien tenía 17 años al momento de su secuestro, se rememoró el impacto de esa “Noche de los Lápices, que sigue resonando hasta el día de hoy”.
La vigencia de esa identidad y la continuidad de la lucha colectiva se expresaron enfáticamente cuando los jóvenes proclamaron: “En nosotros, estudiantes secundarios que mantenemos vivas las luchas de los quedaron eternamente jóvenes y decimos: ¡Ni olvido ni perdón! ¡Los lápices siguen escribiendo!“.

Asimismo, la reafirmación del compromiso y la identidad resonó en testimonios como los de Catalina Corquieles y Cintia Chirumolo, quienes exclamaron “Mi nombre es Catalina Corquieles y puedo decirlo porque sé quién soy” y “Mi nombre es Cintia Chirumolo y puedo decirlo porque sé quién soy”, seguidas por las intervenciones de Lila Berta Milce, Olivia Acosta Movia, Santiago Barreto Fioca, Tania García Farías Alonso, Camilo Quintero Serio, Guadalupe Sonsunegui Pagura, Miel Morena Galeano y Joaquín Paez, reafirmando que el reclamo por memoria, verdad y justicia permanece inalterable.
La concentración culminó en Plaza de Mayo con la lectura del documento oficial del acto, una proclama unificada que vinculó los hechos ocurridos hace 50 años con las urgencias concretas del presente escolar y social.
El texto recordó que en “aquella noche trágica en la que la dictadura cívico-militar secuestró y torturó a 10 compañeros estudiantes secundarios, provocando la desaparición de 6 de ellos“, las víctimas “eran pibes como nosotros, jóvenes con sueños que luchaban por un país más justo, militantes políticos”.
En un duro diagnóstico sobre las condiciones actuales de las escuelas, el documento denunció: “Nos negamos a estudiar bajo condiciones indignas. No queremos nuestras escuelas con infraestructura deteriorada, con presencia de ratas en las aulas y techos que se caen”.
Frente a la coyuntura socioeconómica y el avance de discursos de odio, el colectivo estudiantil concluyó marcando una posición ética e histórica innegociable: “Ante el avance del negacionismo, los discursos de odio y las propuestas neoliberales que intentan atropellar la democracia, gritamos con fuerza, nunca más”, rematando con la premisa categórica de que “quienes niegan la historia, abandonan el presente. A 50 años, nuestro futuro no se vende”.

El cierre de la marcha ratificó que la organización estudiantil no se queda solo en el resguardo de las conquistas logradas, más bien luchan para garantizar el futuro de las camadas que vendrán. Entre cánticos, banderas y batucadas, la calle volvió a mostrarse como el espacio irremplazable donde se tejen las respuestas colectivas frente al individualismo.
Zaira, también estudiante del Mariano Costa, resumió el sentido solidario de la jornada expresando que “no solo luchamos por nuestro futuro, sino por los que vienen después”.
Así, en una tarde donde la memoria histórica se volvió presente vivo, los lápices demostraron que continúan escribiendo las páginas de una educación pública, digna y soberana para todo el pueblo argentino.











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