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Copa del Mundo 2026. Dia 16: Réquiem para Marcelo Bielsa, el último de los mohicanos.

La temprana eliminación de Uruguay en el Mundial 2026 expone las grietas de una Selección que extravió su mística. Entre el peso de los personalismos y el ocaso de la docencia de Marcelo Bielsa, una crónica sobre el dolor rioplatense de ver caer a un hermano de sangre en la noche de Guadalajara.

27 junio, 2026
en Mundial 2026
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Copa del Mundo 2026. Dia 16: Réquiem para Marcelo Bielsa, el último de los mohicanos.

Por Carlos Aira

Uruguay. La Banda Oriental. Tan cerca que somos más que vecinos. Desde aquel histórico 20 de julio de 1902 en la cancha de Albión —el viejo Paso del Molino—, cuando Argentina goleó 6 a 0 a los celestes, nació el Clásico del Río de la Plata: uno de los enfrentamientos más antiguos y pasionales de este hermoso juego llamado fútbol.

Ahí está Uruguay. Nuestros encarnizados rivales, pero hermanos de sangre. Socios en batallas épicas como las finales olímpicas de 1924 y 1928, el Mundial de 1986, y cientos de batallas en la Copa Libertadores y los Sudamericanos. Somos una simbiosis con identidad propia. En la costa occidental del Plata siempre respetamos a los hermanos orientales, por la sencilla razón de que varias de sus hazañas nos hubieran gustado tenerlas en nuestras propias vitrinas. No son nuestras, pero las sentimos cerca.

Por eso duele tanto la eliminación uruguaya en esta Copa del Mundo 2026. Duele porque, a pesar de la eterna rivalidad, formamos un conjunto. Toda la vida admiramos ese fútbol armado de atrás hacia adelante, pródigo en goleros seguros, defensores recios hasta el miedo, y mediocampos que conjugan el hacha con pies de porcelana; delanteros hábiles y guapos como norma inviolable.

Sin embargo, nada de eso vimos en este Mundial. Uruguay fue apenas una sombra de lo que supo ser. Fernando Muslera, que no había formado parte del proceso de eliminatorias y regresó a la Selección gracias a su excelente presente en Estudiantes de La Plata, protagonizó una paradoja inexplicable: ¿cómo un arquero de notable trayectoria y seguridad terminó siendo el responsable directo de tres de los cuatro goles que recibió la Celeste?

En la mitad de la cancha, Federico Valverde, con su chapa de estrella del Real Madrid, se arrastró en un fastidio que terminó molestando a propios y ajenos. Arriba, Darwin Núñez —que supo ser figura en el Liverpool— pagó el precio de todo jugador que acumula divisas en el fútbol de plástico de la liga saudí con apenas 27 años. Pareciera ser que solo Rodrigo Bentancur se salvó del incendio; el ex Boca Juniors fue una bandera de dignidad oriental en medio de un naufragio doloroso.

Alguno dirá que Uruguay mereció ganar los tres partidos que disputó. Que peloteó a Arabia en el segundo tiempo, que se hizo los cuatro goles en contra ante Cabo Verde y que desdibujó a una España que asoma como cuco pero que en verdad es un equipo anodino. Pero el tema de los merecimientos es demasiado subjetivo. La realidad es que, en un grupo con dos rivales accesibles y otro para pelear el liderazgo, la Celeste no ganó ningún partido. Con esas credenciales, es imposible apelar a la justicia divina. Tal vez los sentimentalismos rioplatenses nos tiren, pero detrás de este fracaso hay un actor que deliberadamente merece un análisis de punto y aparte.

Ese actor es Marcelo Bielsa. El Loco fue un parteaguas moderno de nuestro fútbol desde su primera experiencia en 1990, cuando modeló un Newell’s que sorprendió a propios y ajenos para consagrarse dos veces campeón y acariciar la Copa Libertadores en 1992. Un entrenador de mucho laboratorio, pero también con la sapiencia necesaria para explicar una trama digna del fútbol; un camino intermedio entre César Luis Menotti y Carlos Bilardo que, paradójicamente, terminó complicando su propio andar.

La complejidad que genera la figura de Bielsa es notable: Dios o Diablo, pero tan solo humano. Quienes lo endiosan no lo hacen únicamente por su trabajo deportivo, sino por su personalidad; por esa sempiterna decisión de decir lo que cree conveniente sin importar la dimensión del enfrentamiento. El ejemplo más claro fue en la Copa América de 2024, cuando criticó impiadosamente a la organización estadounidense señalando la prohibición tácita que sufrían los protagonistas para marcar las deficiencias locales. Esa vocación singular que aletea entre la docencia, la máxima exigencia y las causas nobles ha cautivado a un sector de la cátedra que siente una profunda empatía por un entrenador que —como casi todos— ha perdido más de lo que ha ganado.

Bielsa podrá decir que armó un Newell’s para el recuerdo, que forjó un Vélez campeón en 1998 o que pocas veces la Selección Argentina tuvo un rendimiento tan alto como en el bienio 1999/2000, coronando una eliminatoria de un nivel altísimo. Sin embargo, pocas veces el pueblo futbolero sintió una decepción tan grande como en la Copa del Mundo de Corea-Japón. ¿Argentina mereció clasificar porque tan solo le llegaron un par de veces en los tres partidos? Ahí volvemos a caminar el débil sendero de la subjetividad. También es cierto que creó las bases de una notable selección de Chile que luego sería bicampeona de América, y que forjó un Athletic de Bilbao que se reencontró con sus fuentes a pesar de haber arañado la vuelta olímpica en tres oportunidades.

Del otro lado están los que lo odian, y lo hacen con tanta intensidad como los que lo aman y defienden. Son los que jamás le perdonarán el fracaso de 2002, la complejidad de su discurso, su falta de flexibilidad táctica y su escasez de títulos absolutos. De paso, suman a sus alforjas su habitual distancia con los futbolistas y su trato complejo con la prensa. Un trato que, luego del Mundial de Japón, me animo a señalar que fue directamente despectivo. Vale destacar que gran parte de las críticas que recibió Bielsa en aquellos días no se debieron al rendimiento del equipo, sino a su negativa a entregar entrevistas exclusivas a los principales medios del país. Sus posicionamientos políticos y sociales también encendieron el fuego de la bronca de aquellos que, hasta el día de hoy, festejan cada una de sus desventuras deportivas.

Como todo entrenador, Bielsa tiene aciertos y errores. Su ciclo en la Selección de Uruguay nació con un objetivo claro: modernizar un equipo que se había quedado boyando en el tiempo. El comienzo fue notable. ¿Cómo no recordar la gran victoria uruguaya en la Bombonera ante la Argentina campeona del mundo? Aquella fue una Celeste de hacha y tiza, dueña de un planteo estratégico excelente para maniatar y derrotar a la Scaloneta.

Pero el fútbol uruguayo arrastra un problema histórico: sus personalismos. El quiebre de la relación del DT con Luis Suárez fue el comienzo del fin; una mecha corta que durante la Copa América de 2024 detonó en situaciones internas complejas dentro del plantel. Fue allí donde entró en juego un actor silencioso: la Asociación Uruguaya de Fútbol. En las dicotomías entre entrenadores e ídolos, los dirigentes siempre hacen un escaneo de daños para ver el brazo de quién conviene alzar. Ya sea por economía o por sostener el proyecto deportivo, en Montevideo alzaron el brazo de Bielsa.

Pero terminó siendo una victoria pírrica. El DT no pudo encauzar a un plantel fogoneado en su contra por las viejas glorias. Tal vez el rosarino siempre soñó con su gran revancha mundialista y, si bien indudablemente este no era el momento ni el lugar, también es cierto que a su calendario le quedaba poco espacio para otra oportunidad. De lo visto en la Copa del Mundo cada uno sacará su propia conclusión. El fútbol es materia opinable, pero hay algo incuestionable: el paso de Uruguay por la Copa fue errático y frustrante. Sin atenuantes.

Con la eliminación oriental festejan en la costa occidental del Plata aquellos que todavía no superaron la frustración de 2002; festejan quienes odian a los que tienen el coraje de alzar la voz cuando la norma es el silencio. Por el contrario, se entristecen los que ven en Bielsa al último mohicano dentro de un fútbol de plástico; al héroe de un juego romántico que ya fue y que se resiste a partir. Es el hombre de las convicciones a flor de piel, aunque bien sepamos que las convicciones no juegan: juegan los jugadores.

La costa oriental del Plata deberá replantear su futuro. El milagro del país donde surgen grandes futbolistas, pero que carece de una conducción indicada. ¿Será la generación de Sudáfrica 2010 los dueños de un fútbol que ya no tiene ni las figuras de Peñarol y Nacional para exponer a nivel continental? El problema uruguayo es grande y tal vez no haya dimensión en la vecina orilla del problema que podrán afrontar en un futuro si pierden – como perdieron en este Mundial – la indómita garra.

Luego de la fatídica noche de Guadalajara en este 2026, el ciclo de Marcelo Bielsa pasó a ser un tiempo con aroma a pasado. Aquellos que lo quieren y lo admiran deberán digerir una verdad ineludible: Bielsa es humano y falible, sobre todo en su metier, que es formar equipos competitivos para ganar campeonatos. En estos tiempos líquidos de influencers y videos de TikTok, el rosarino será recordado, al menos, como un hombre digno. Un gran docente del fútbol en una época donde la docencia está muy mal vista.

 

(*) Periodista / Conductor de Abrí la Cancha / Autor de Héroes de Tiento y Héroes en Tiempos Infames

 

 

 

Tags: Carlos AiraCopa del Mundo 2026Marcelo BielsaUruguay
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