Por Manuel Cullen
En la superficie, la música argentina —en especial el pop— atraviesa una era de opulencia sin precedentes que se traduce en estadios con entradas agotadas, giras internacionales y una explosión en la cantidad de reproducciones (el modo de medir el éxito desde que la venta de discos físicos pasó a la historia). Sin embargo, tres de las figuras más influyentes de la escena —Lali Espósito, Cazzu y María Becerra— han denunciado en los últimos años una realidad incómoda: la música está siendo asfixiada por una maquinaria que prioriza la métrica sobre el arte. Sus reclamos coinciden con las observaciones de académicos como Tiziano Bonini y Paolo Magaudda quienes, junto a otros críticos e investigadores, describen este fenómeno como una subordinación total del creador a las exigencias tecnológicas de las plataformas.
El fundador y CEO de Spotify, Daniel Ek, ya había desatado la polémica al afirmar que los artistas ya no pueden grabar música cada tres o cuatro años. El diagnóstico de Lali Espósito apunta al corazón de la salud mental creativa: la fatiga de la inmediatez. Lali ha advertido sobre la trampa de “sonar todo el tiempo” para no desaparecer del radar digital, una presión que empuja a lanzar canciones “sin alma”.
La crítica Liz Pelly afirma en su libro Mood Machine: The Rise of Spotify and the Corporate Control of Music (“Máquina de estados de ánimo: el ascenso de Spotify y el control corporativo de la música”) que este mandato de “compromiso continuo” transforma la práctica artística en una empresa de marketing multimedia, donde el músico debe producir un goteo constante de lanzamientos cortos para alimentar las recomendaciones algorítmicas.
Esta urgencia por la visibilidad ha dado lugar a tácticas casi quirúrgicas. Glenn McDonald, ex empleado de Spotify y autor de You Have Not Yet Heard Your Favourite Song (“Aún no escuchaste tu canción favorita”), describe el fenómeno del “lanzamiento en cascada”, donde los artistas añaden una canción nueva cada semana para engañar al algoritmo y activar repetidamente la lista Radar de Novedades. Es a este sistema al que Cazzu se opone frontalmente. “Nadie habla de música, todo el mundo habla de industria y algoritmo“, sentencia. Además, la artista pone el dedo en una llaga sistémica: la manipulación de los números.

La denuncia de Cazzu sobre el éxito “de laboratorio” se alinea con investigaciones sobre el fraude de streams. Según autores como Eric Drott, investigador y autor del libro Streaming Music, Streaming Capital, la economía de la atención ha generado un mercado clandestino de bots y granjas de clics en el Sur Global, donde trabajadores reproducen pistas en bucle para inflar métricas. El sistema de prorrateo que utilizan las plataformas para calcular los pagos incentiva el engaño. Cuando Cazzu insinúa que algunos colegas deben su éxito a publicidades millonarias y cuentas fantasma, está señalando una disfunción donde se recompensa el comportamiento mecánico por sobre la escucha auténtica.
Por su parte, María Becerra ha denunciado “mafias” y cláusulas de exclusividad que intentaron bajarla de festivales. “La nena de Argentina” expone cómo el poder se usa para frenar carreras orgánicas en favor de productos artificiales. Su defensa del crecimiento genuino choca con un sistema que, según Pelly, tiene un “incentivo perverso” para tolerar el tráfico inflado, ya que las reproducciones masivas —reales o no— aumentan el valor de las plataformas ante los inversores de la bolsa.
Lo llamativo es que estas críticas surgen de tres artistas que están en la cima del pop. Sin embargo, comparten un origen común: sus carreras no son un invento de laboratorio. A diferencia de muchos actores que saltan a la música con una discográfica detrás, Lali lanzó su carrera solista de forma independiente con su disco A Bailar (2013), financiándolo ella misma. Tras cantar folklore y cumbia en Jujuy, Cazzu se mudó a Buenos Aires y se metió de lleno en la escena emergente del trap cuando todavía era un nicho de plazas y estudios caseros; ella estaba allí cuando todo explotó. María Becerra, por su parte, empezó en su habitación subiendo videos a YouTube. Su audiencia ya era orgánica y masiva antes de sacar su primera canción, y aprovechó esa base de fans para volcarse a la música urbana con éxito inmediato.

De las tres, Cazzu ha llevado su crítica a su música con mayor coherencia. Mientras las decisiones artísticas de sus compañeras no se alejan demasiado de lo que se espera del pop, “La Jefa” se apartó de los escenarios y regresó con Latinaje. En este álbum, publicado en abril de 2025, vuelve a sus raíces en el folklore y la cumbia, recorre ritmos latinoamericanos e incluye una reversión de “Pobrecito mi patrón”, de Facundo Cabral, donde recita: “Juan Comodoro buscando agua encontró petróleo, pero se murió de sed. (…) Solamente lo barato se compra con dinero, pobrecito mi patrón, piensa que el pobre soy yo”. En estos tiempos, un disco que ya tiene un año puede parecer “viejo”. Sin embargo, otra manera de romper con las exigencias de la industria es ponerle play, disfrutarlo de principio a fin y salir en búsqueda de aquellos artistas que el algoritmo intenta ocultar.








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