Por Emmanuel Bonforti*
Los papas eligen un nombre para decir algo. Cuando el cardenal Robert Prevost eligió llamarse León, dijo desde el primer día de qué tradición venía. Ese León va recorrer un país donde el trabajo organizado es historia, identidad, conflicto abierto y las condiciones de la clase trabajadora no son la que los católicos deseamos.
Un Papa León XIV de dos mundos
Nació en Chicago, pero buena parte de su vida adulta transcurrió en el Perú: fue misionero en el norte del país, obispo de Chiclayo desde 2015 y se nacionalizó peruano. Habla español con naturalidad y su experiencia pastoral se formó lejos de los centros de poder. Es religioso agustino, de una orden cuya regla, inspirada en la vida de los primeros cristianos, propone poner lo que se tiene en común y repartirlo según la necesidad de cada uno.
Tras su elección se especuló con un perfil discreto, pensado para ordenar la casa. Su pontificado mostró otra cosa: posiciones firmes y una prioridad clara en los vulnerables y los marginados.
Un nombre que es una declaración
Eligió León en homenaje a León XIII, autor de laRerum Novarum (1891), la encíclica que fundó la doctrina social moderna. Conviene ser precisos: aquel texto defendió la propiedad privada frente al socialismo y, al mismo tiempo, rechazó el liberalismo sin freno, algo así como cuando el peronismo pensó acerca de la función social de la propiedad. Reconoció el derecho de los obreros a asociarse, reclamó un salario justo y recordó los deberes de quien posee. La idea de que la propiedad tiene una función social se profundizó después en el magisterio. La Doctrina Social de la iglesia, columna teórica del proyecto de liberación iniciado el 17 de octubre de 1945, estaba en marcha.
León XIV retoma esa línea y la liga a la de Francisco: una sociedad no puede abandonar a quienes el sistema deja a un costado, toda una sentencia que se hace herida a la actualidad.
La inteligencia artificial, nueva cuestión social
La última encíclica se llamó Magnifica Humanitas y fue firmada a 135 años de la Rerum Novarum y plantea que cada época trae sus “novedades” a las que la doctrina social debe responder. La de hoy es la Inteligencia Artificial. Según los comentarios que circulan, el Papa sostiene que el trabajo no es un simple instrumento, advierte sobre el desempleo masivo y afirma que la IA no es neutral: depende de quién la crea, la financia y la usa.
El texto no es un panfleto antimercado. Reconoce la iniciativa empresarial como “una verdadera vocación” cuando mejora la vida de todos, y reclama leyes justas y redistribución. Lo que cuestiona es la idea de que cada persona valga por su rendimiento.
La CGT venía por el mismo camino. En junio, ante la OIT en Ginebra, sostuvo que la IA no es neutral y que la discusión es de democracia y distribución del poder. A comienzos de octubre, su secretario general, Cristian Jerónimo, planteó que el sindicalismo debe “evolucionar”: orientar la tecnología sin frenarla y defender los trabajos futuros y a los informales.
Dos marcos en tensión
La visita ocurre en un país donde dos lecturas del orden social están en discusión abierta. Milei ha calificado a la justicia social de “una aberración” y un robo, y defiende el mercado y la propiedad como base de la libertad. La doctrina que León XIV reivindica ubica el bien común por encima de la lógica del lucro. Analistas contraponen ese marco, y su defensa del multilateralismo, al de Milei y Trump.
El Gobierno presenta el viaje como pastoral y pide no politizarlo, y trabajó para que se concretara. Su argumento de fondo es que la estabilización y el control de la inflación protegen los ingresos de los más pobres: Milei se lo explicó al Papa en su audiencia en el Vaticano, donde, según la Santa Sede, también se habló de pobreza y cohesión social. El episcopado argentino, en cambio, viene señalando el costo social del ajuste y la CGT recoge ese guante.
Sería un error leer a León XIV como actor de un partido. Sostiene posiciones tradicionales de la Iglesia en vida y familia, y no viene a bendecir ni a impugnar un programa económico. Lo que trae es una doctrina, y la discusión de fondo, cuánto pesa la competitividad y cuánto la solidaridad, le pertenece a la sociedad argentina.
Lo que queda para el movimiento obrero
Para un delegado, la agenda es concreta. Exigir información sobre los sistemas automatizados que evalúan o asignan tareas. Garantizar una instancia humana que revise sus decisiones. Organizar a quienes trabajan fuera del convenio, que son los primeros en quedar sin protección. Esa última tarea coincide con el llamado del Papa a abrir los sindicatos a los nuevos trabajadores.
La visita pasa en cuatro días. La pregunta del nombre que eligió sigue en cada mesa de negociación: si el trabajo es una mercancía o es dignidad. Responderla, organizados, es lo que hace un movimiento obrero.
*Docente de la materia Pensamiento Nacional y Latinoamericano, Departamento de Planificación y Políticas de la Universidad Nacional de Lanús (UNLa)











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