Por Prof. Rodrigo Ávila Huidobro *
Mariano Rosas, comandante de la Nación Ranquel, ahijado a la fuerza de Juan Manuel de Rosas, confronta a Lucio Mansilla sobre sus intenciones, lo que sabe y lo que calla, cuando parlamentaba en sus tolderías de Leubucó, en la actual provincia de La Pampa. Según lo manifiesta el propio coronel, veterano de la Guerra de la Triple Infamia, en un libro de su autoría de notoria vigencia: Una excursión a los indios ranqueles. Es que Panguitruz Gner, ése era su nombre, desconfiaba de las bondades que traería el pacto de paz con el Estado argentino, especialmente porque -para sorpresa de Mansilla- tenía su propio archivo con recortes de los periódicos de entonces y por lo tanto pleno conocimiento de lo que se discutía y debatía en Buenos Aires. Sabía que la oligarquía quería las tierras del indio y que planteaban el exterminio físico de su pueblo para lograr el dominio efectivo. Mansilla intenta persuadirlo de que el progreso traerá bienestar, los indígenas serán incorporados al trabajo y la civilización mejorará su condición, los sacará de la pobreza y el atraso: “Algunos creen eso, otros piensan como yo, que ustedes merecen nuestra protección, que no hay inconveniente en que sigan viviendo donde viven, si cumplen sus compromisos”.
Si bien Mansilla a través de su relato muestra cierto relativismo en la comparación entre las dos sociedades, en su argumentación final, ahora ya no solamente frente al Cacique sino con toda su gente, en la Junta en donde se debe ratificar el acuerdo, los descalifica como ignorantes, “no saben nada”. Mientras el intelectual, el poeta, sueña y fantasea con un país en donde lo indígena es parte de la nueva nación; el estadista impone la “paz” para garantizar la moderna explotación de la tierra (vale la pena volver sobre los debates y las distintas concepciones sobre la tierra que se expresan en esas conversaciones, y que Mansilla expone con honestidad, intentando ser fiel al narrar las distintas cosmovisiones en juego).
Las preocupaciones del pueblo Ranquel se cumplen en lo inmediato: el gobierno nacional desconocerá lo firmado por Mansilla. El final también es conocido: la llamada “Conquista del Desierto” consolida la incorporación de los territorios al estado nacional, concreta el genocidio de los pueblos indígenas en Patagonia, y entrega las tierras a la oligarquía argentina.

El libro citado mantiene aún hoy profunda actualidad, no sólo como documento histórico sino por algunos de los planteos o reflexiones en torno a la constitución de la nación, la naturaleza del pueblo y la forma de gobierno. Y por supuesto, en relación a la apropiación –quiénes se benefician- de la tierra y sus frutos.
Por caso, allí Mansilla reflexiona sobre la Argentina y su pueblo, sus costumbres, y las prácticas de la clase gobernante e intelectual, en lo que llama monomanía de la imitación argentina, la exasperante y permanente recurrencia a ideas europeas para transplantarlas con poco éxito en la nación sudamericana y que nos despoja “de nuestra fisonomía nacional, de nuestras costumbres, de nuestra tradición”.
Hoy, la reivindicación del 12 de octubre como día de la raza desplazando al respeto de la diversidad cultural se inscribe en el viejo relato de la oligarquía cipaya que opone “atraso” contra “desarrollo”, “populismo” frente a “inversiones” y tantas otras zonceras. Es un elemento más de la construcción material y simbólica del protectorado argentino, al decir de Manuel Ugarte. Lejos de ser una discusión lateral, como parte de la batalla cultural que el propio gobierno y sus sicarios mediáticos manifiestan llevar adelante, la disputa sobre el sentido de la conquista y colonización de América reivindica y prefigura nuevas campañas civilizatorias.
¿Qué somos? El poder responde, somos hijos de la colonia, somos porque fuimos colonizados por Europa, somos a partir de ese hecho. Hoy la fórmula se repite, ¿cuál es nuestro lugar en el mundo? Estar al amparo de los Estados Unidos. No hay autonomía posible, no hay autodeterminación ni existencia por fuera de lo que llaman “occidente”. Civilización y barbarie, la madre de las zonceras decía Arturo Jauretche, uno de nuestros pensadores que mejor interpretó el drama nacional. ¿Cuál es la civilización hoy, el “progreso económico”?, ¿quiénes somos los indios de ahora como canta Peteco Carabajal y qué destino nos depara el actual modelo económico impuesto en el “reseteo” argentino? En este sentido, imposible no reflexionar en torno a las palabras de Lionel Scaloni, quien después del épico partido del 15 de julio contra Inglaterra, y tras el despliegue de la bandera que revolucionó el debate público y la política afirmó que los jugadores “son indios” en el “buen sentido”. Esto solo daría ya para otro o varios artículos, pero no quedan dudas de que es parte del entrevero.

Cerremos provisoriamente esta lectura de un clásico de la literatura nacional con un fragmento de la alocución del Coronel Lucio Victorio Mansilla ante la Junta del Pueblo Rankulche: “Y ustedes también son argentinos –les decía a los indios-. Y si no, ¿qué son? –les gritaba-; yo quiero saber lo que son. Contéstenme, díganme, ¿qué son? ¿Van a decir que son indios? Pues yo también soy indio. ¿O creen que soy gringo? Oigan lo que les voy a decir: ustedes no saben nada, porque no saben leer; porque no tienen libros. Ustedes no saben más de lo que les han oído a su padre o a su abuelo. Yo sé muchas cosas que han pasado antes”. Que cada uno saque sus conclusiones.
Podemos entender que el concepto “respeto de la diversidad cultural” tiene numerosos defectos y quizás habilite, promueva o justifique las más variopintas prácticas políticas, culturales, etc. Será cuestión de buscar otros términos, a modo de inspiración o comparación podemos recorrer algunas de las denominaciones utilizadas en otros países de la región: en Bolivia se lo denomina “Día de la Descolonización”, en Chile del “Encuentro de dos Mundos”, en Uruguay y Colombia el foco está puesto en la “diversidad”, en Paraguay se centra en la “Raza”, en Perú en “los pueblos originarios y el diálogo intercultural”, en Ecuador se incorpora el concepto de “plurinacionalidad” y en Venezuela la “resistencia indígena”. En nuestro caso, me inclinaría por el concepto de “Reparación histórica”, puesto que este término expresa tanto el reconocimiento del genocidio y las políticas monoculturales que impulsó el estado nacional como la necesidad de hacer efectivo el derecho a sus territorios, expresado en el artículo 75 inciso 17 de la Constitución Nacional, que debe estar consagrado en una Ley de Propiedad Comunitaria Indígena, como el reconocimiento y promoción de la lengua, la cultura, la identidad. Más allá de los términos, por supuesto, lo que importa en definitiva es cómo se desplegarán las acciones. Lo que hay que resaltar es que lejos de ser una cuestión sectorial o de minorías, se entrelaza fuertemente con el devenir de nuestra patria. Y por supuesto, las organizaciones indígenas tienen que participar con voz y voto de la definición de la política.
Finalmente, vale la pena recuperar el hecho de que la Sanción del decreto que establece como feriado nacional el 12 de Octubre como “Día de la Raza” en 1917 durante el gobierno de Hipólito Yrigoyen se inscribía en el rechazo del Panamericanismo que impulsaban los EEUU en aquel entonces, bajo la sombra de la reciente invasión a Cuba (1898). En ese momento la reivindicación de una América hispánica y católica se oponía a la América sajona y protestante. Paradójicamente, el regreso a la conmemoración del “Día de la Raza” es, junto a la Ley de Inviolabilidad de la Propiedad Privada, la Derogación de la Ley de Tierras, la política de “Seguridad Nacional” y el retorno del “enemigo interno” que se contrabandea en el Proyecto de Ley de Defensa de la Soberanía Nacional, uno más dentro de los elementos -de distinto peso y gravedad político institucional- de una misma constelación que tiene como eje ordenador el despojo y la recolonización de la Argentina.
(*) Grupo de Investigación en Movimientos Populares y Problemáticas Sociales Contemporáneas – Universidad Nacional de Avellaneda








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