Por Alejandro “Coco” Garfagnini *
«Muy en la entraña de los días está el futuro para que podamos deletrear su voz. Hay que escucharse… y después ser leal consigo mismo.»
Raúl Scalabrini Ortiz
Como si fuera el día de la marmota, otra vez nos concentramos en el Obelisco para marchar a la Corte Suprema de Injusticia: una rutina eterna que venimos ejerciendo desde la aplicación del lawfare o, dicho en criollo, la persecución política y el encarcelamiento de nuestros compañeros desde hace diez años.
Esta vez fue por la Ley de extranjerización de tierras, que creíamos una lucha ganada en las calles el pasado 7 de junio; pero no, la Corte aplicó el VAR y nos anularon el gol sobre la hora.
Ese día volvieron anécdotas a la memoria. Historias de un bucle que nos mantiene atrapados en el tiempo recordando las toneladas de basura apiladas en la puerta del basurero de la democracia el 16 de enero del 2021. Ya sé que ningún lector se acuerda: es lo que sucede con los bucles del tiempo.
Plena tarde. Un inflable gigante que intentaba homenajear a Messi, pero que se parecía más a Ortigoza, invadía la Plaza de la República. Mis compañeros pudieron sacarse fotos para enviarles a sus familias. Mientras cantaban “la Patria no se vende”, generaron una gran confusión en un grupo de extranjeros que estaba convencido de que marchábamos a la cancha de RiBer a despedir al ídolo futbolístico.
Sobre esa tarde gris sin lluvia, que no es habitual en esta época, ingresamos encolumnados a la plaza Lavalle como si fuera una ancha avenida del medio, ubicándonos en el centro de la grieta que manifiestan esos dos imponentes edificios que se miran con irreconciliable bronca frente a frente: el Teatro Colón, símbolo del arte, la cultura y todo lo bello de las expresiones humanas; y el Palacio de Tribunales, emblema de lo más degradante de las instituciones monárquicas republicanas.
Luego de escuchar gritos agudos y constantes durante hora y media desde un camioncito repitiendo hasta el cansancio consignas para estudiantes de Filosofía y Letras, decidí caminar hacia el Petit Colón. Justo en ese momento me interceptó en el camino Eli y su amiga Silvia Segundo (Francia), quienes en un diálogo de solo quince minutos no pararon de reforzar mi angustia existencial. Nos despedimos con un abrazo y, rumiando una mezcla de tristeza y bronca, perfilé en dirección al fundador de la fugazzeta rellena.
Las lecciones de Piaget y Scalabrini
El embrollo mental que generaron mi formación docente y mi militancia social y política me llevó a la fascinación por estos dos próceres del pensamiento universal.
Para Piaget, el desequilibrio no es un error ni un problema que deba evitarse, sino el motor principal del aprendizaje y del desarrollo cognitivo. Sin este conflicto, contradicción o duda inicial, el pensamiento no tiene la necesidad de reorganizarse ni de construir un conocimiento más avanzado. La acomodación es el paso posterior al desequilibrio generado por un elemento desconocido y sorprendente que no existía en la góndola del estadío de pensamiento anterior.
Para Scalabrini, un orden, de cualquier categoría, presupone un desorden postergado. Un orden estricto se establece sobre el máximo desorden de una trastienda. Lo difícil es descubrir el cuarto de cachivaches de un sistema. Pero, en general, en el cuarto de cachivaches está la humanidad del hombre.
Los mismos principios se podrían aplicar a la comprensión nacional. Sin conflicto social, sin convicciones que irrumpan en la escena política y sean coherentes en sus acciones, sin dirigentes que sientan y se hagan cargo de los pesares de las mayorías empobrecidas, no hay salida ni superación del movimiento popular. La acomodación posterior a ese desorden irruptivo debería ser la oportunidad de un nuevo sistema social más humano.
¿Dónde está el peronismo?
En mi última nota de otoño describí que dos fenómenos sociales aparentemente inertes, como el velorio multitudinario del Indio Solari y la bandera de «Las Malvinas son argentinas» arrojada desde una tribuna del Mundial, provocaron, en contacto con la Ley de extranjerización de tierras, una combustión nacional que despertó la conciencia patriótica de los argentinos.
Una oportunidad para tomar la iniciativa, una posibilidad de cambiar el eje mediocre de la discusión política, un resquicio para sanar la representación popular perdida.
Tres cosas tenían que hacer y no hicieron:
- Definir rápidamente un programa soberanista básico para dinamizar a toda la militancia detrás del mismo.
- Desconocer públicamente todas las medidas contra el pueblo y el saqueo de sus bienes comunes, jurando el escarmiento apenas recuperemos el gobierno.
- Sostener la rebelión popular en las calles para que no vuelvan nunca más.
Tres cosas no tenían que hacer e hicieron:
- Volver al internismo autista y suicida.
- Dar asistencia perfecta a la candidatura de Daniel Hadad, disfrazada de adefesio histórico y organizada por la embajada norteamericana.
- Legitimar con el voto en el Senado los pliegos de los nuevos jueces que en el futuro próximo nos perseguirán.
El problema es que estamos atrapados en el laberinto de una democracia liberal que fue moldeando una dirigencia política conforme a sus necesidades y no a las necesidades del pueblo, cuyo único atributo para seguir siendo llamada democracia es el voto, el sufragio. Y la democracia debiera pasar por las unidades básicas, por las universidades, por las escuelas, por los sindicatos, por las fábricas; debiera pasar por esos espacios donde genuinamente se construye organización popular.
Es irónico que nuestra democracia haya sido recuperada por el pueblo con su lucha en la calle y en las plazas, y hoy se ejerza solo en los palacios por dirigentes atrapados en las redes sociales autopromoviéndose desvergonzadamente.
La democracia se cosificó y los dirigentes políticos se deshumanizaron: nada los interpela, nada les revuelve las tripas, nada los lleva a sublevarse; solo necesitan entrar en las listas, hablar del futuro dentro de los márgenes que les permite el consultor partidario de ocasión o los periodistas de moda.
Sofistas que le reclaman desde sus comodidades al pueblo que se organice y luche, pero sobre todo que vaya a votar por las opciones de una democracia que no cura, no educa ni da de comer. Para ellos la gente no es de carne y hueso: son sombras; por eso no los pueden encontrar y no los pueden escuchar.
Pero, a pesar de todo, la comunidad existe: organizada o desorganizada, la gente se junta a la salida de una escuela, en un comedor comunitario, en un club de barrio, en una peregrinación a Luján, en el velorio de un ídolo, en el festejo de un partido de fútbol o en la puerta de una fábrica que cierra.
Podrían ser células constitutivas del hombre de Corrientes y Esmeralda que hoy recorre vidrieras de bazares chinos llenas de chucherías y vacías de gente, esquiva argentinos durmiendo en las veredas, busca bares y librerías cerradas.
Ese hombre que está solo y espera, ese hombre que en el sentimiento porteño mantiene su fe inquebrantable, se pregunta:
—¿Y si metemos un zapallazo como el Roña Castro en el noveno round?
—¿Y si una gambeta de la historia nos da un Perón o un Néstor que nos libre de tanta tragedia nacional?
—¿Y si aparece un criollo en esta tierra que venga a mandar?
(*) Militante peronista, dirigente político del Encuentro Patriótico.











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