Por G. Raquel Pina (1), orgullosa hija de obreros y nieta de obrajeros argentinos, exiliada económica de la crisis del 2001.
SÍNTOMAS Y PULSIONES
No es novedad que hace tiempo veníamos los argentinos bastante cabizbajos, repensando por dónde andaría el SOBERANO. Cada tanto veíamos alguna que otra manifestación importante que nos daba esperanzas, casi casi como una pulsión antes que algo coherente y cohesivo donde volver a tejer la utopía. Lo más claro, y cercano en el tiempo, fue el multitudinario funeral popular del Indio Solari. Su fallecimiento nos hizo temblar a muchos, desatando nudos de memorias reprimidas. Ya sabemos que el olvido es necesario para sobrevivir, y sobre todo es un antídoto contra las embestidas que Argentina no ha dejado de recibir, desde adentro y desde afuera, por décadas.
Pero antes del Indio, había sido “El Diego” el que nos hiciera llorar por una semana, algo así como si se hubiera ido un familiar muy cercano, muy querido y a quien considerábamos eterno. ¿O alguno de los que nacimos allá por la década de los 70 pensó que la tierra podría rotar sin Maradona caminando sobre ella? Y dos vueltas alrededor del sol después, en noviembre del ’22, algo que muchos no supimos muy bien cómo definir ni catalogar, pujó desde el vientre del deporte que más nos delira de pasión a todos los que nacimos en la “Tierra del Diego y Lionel”, pero también pago de Montiel, Rattín y Pasarella: una caravana de 5 millones de personas recibió a la Scaloneta que nos traía “la tercera”. A diferencia de aquel histórico 1986, el de la copa de la democracia, cuando la Rosada fue el epicentro del recibimiento y el jubileo porque el PUEBLO había vuelto a su CASA, esta vez estuvimos horas detrás del los muchachos que nos bajaron las estrellas, del cielo de Medio Oriente al potrero de cada barrio del país. En minutos, fuimos tapa en los diarios y portales del mundo globalizado: la ‘locura’ argentina se había escapado en camisón celeste y blanco y ahora cantaba a cielo abierto y a capela, sin pudor por los pibes de Malvinas que no estábamos dispuesto a olvidar.
Ni lerdos ni perezosos, algunos notaron que había ahí algo latente y eso, inquietó a los poderes que hace bastante vienen infructuosamente, tratando de inclinar el tablero geopolítico para su lado. Cada vez más claro vamos viendo el porqué de ese incansable zurrarnos con la varilla del sauce donde más duele: Argentina es el reservorio de tierras, aguas dulces, metales, biodiversidad, copyright y materia gris más grande del planeta, y a la vez, el menos habitado. Sin embargo, para ellos, hay un duro y persistente obstáculo a vencer, los argentinos -y perdón al lector si esto le trae hondas y amargas resonancias de malas palabras emitidas en el norte y en inglés por voces que nunca representan los intereses del PUEBLO y que cuando tienen la oportunidad de ocupar la Rosada, se mueven como desagradables gamonales de nuestro país. Y para desgracia nuestra, la rosada no es lo único que se halla ocupado en nuestro país.
EL MANTO DE NEBLINAS
Hace cuatro años, con motivo de los 40 años de Malvinas, el Instituto Germani de la UBA organizó un congreso que se llamaba “Repensando las Falklands”. Cuando recibimos vía redes el volante de promoción para que difundiéramos la invitación de parte de los organizadores, al ver el nombre se nos retorcieron las tripas. Estábamos perplejos. Yo, particularmente, me puse a buscar qué era el Instituto Germani porque tuve un ataque de disonancia cognitiva. ¿Me habría equivocado yo y estaba conectada a grupos que operaban desde y para el exterior? No. El Instituto Germani pertenecía a la Universidad de Buenos Aires, la que el PUEBLO trabajador banca con sus impuestos. Nunca había estado Don Jauretche tan vivo como ahora por la pertinencia de sus zonceras sobre los académicos argentinos.
Empezó así un debate furibundo vía redes que duró unas dos semanas, durante las cuales la militancia exigió al equipo organizador y sus emisarios que cambiara el nombre, que, de ninguna manera, la UBA podía ceder el nombre de nuestras Islas a los piratas. ¿Cuál era la raíz de la reticencia a cambiar el nombre? Que lo habían organizado en conjunto con una Universidad del Reino Unido. Al final, la presión fue tanta -de parte de los militantes de la Causa, de las organizaciones en lucha por la soberanía y de los comunicadores populares emergidos durante el Macrato- que lo cambiaron pero solo para Argentina. Sabiendo cómo opera la geolocalización y el hecho de que de ninguna manera una Universidad del norte iba a ceder fácil, yo me anoté al congreso usando el portal de la universidad en Gran Bretaña y allá seguían teniendo el otro nombre, obviamente.
¿Cuáles eran los justificativos que nos daban desde el Germani para poner el nombre del invasor? Que había que abrir la cabeza, que teníamos que deconstruir(nos), que éramos chauvinistas con olor a rancio (2), que el mundo en esas condiciones nos iba a tildar de incivilizados por no querer abrirnos al ‘diálogo’(3). Evidentemente, no se puede coincidir con el concepto de diálogo que los colegas del Instituto manejan: deponer el nombre histórico de las islas para poder entrar a la conversación no es un ‘permitido’ para los Argentinos Soberanos.

Por otra parte, el deconstructivismo -que nace y se consolida en Europa en los 70-80 a partir de una fuerte impronta en el área de la Arquitectura y en los 90 entra a la academia argentina vía los equipos de investigación docente que desarrollaban los proyectos CAI+D deconstruyó tanto que terminó por no quedarnos casi nada …En el debate, les señalé que si seguían deconstruyendo todo, un día se iban a encontrar con que nada sostiene el titulito que tienen detrás en la pared. Porque hasta ese extremo había llegado la cosa. Yo no podía creer que había que pelear para que la Universidad de Buenos Aires mantuviera el nombre de nuestras islas en las jornadas que la misma universidad había organizado. Otra que colonialismo interno, esto ya sentía más bien como estar durmiendo con el enemigo.

Como bien lo señala Juan Facundo Besson en su artículo “La entrega empieza por la bibliografía”
“¿Qué otra intención puede tener un evento organizado por la UBA junto con la Universidad de Cardiff que promueve el nombre “Falklands” para “repensar” Malvinas, si no es la de disciplinar nuestras conciencias y habituarnos al lenguaje del amo? Como advertía Jauretche, estos “intelectuales” –o mejor dicho, esta intelligentzia– no crean ideas, simplemente las importan y las reparten, cual evangelio del colonialismo académico, funcionando como agentes culturales al servicio de intereses foráneos (Jauretche, 1957, p. 87).
La estrategia británica no es ingenua ni reciente. Conducir simbólicamente a la elite intelectual argentina desde Londres es parte de una política exterior que entiende, mejor que muchos “nacionales”, que las guerras modernas también se libran en las aulas, en los papers, en los títulos de las conferencias. Porque si logran que pensemos las Malvinas como “Falklands”, ya no hará falta que las defiendan con armas: habrán ganado desde la semántica.”
No era el único lugar común, sin embargo, donde andábamos desorientados. Como me dice siempre un estimado compañero de San Juan, que peca de pesimista, “el estado de confusión es profundo y no hay señales de que se vaya a disipar”.

INTERMEZZO
El mismo año de la pulseada del pueblo llano con los del Germani sobre la importancia de la acción colonizadora de nombrar – no olvidemos que para los imperios que el 12 de octubre de 1492 salieron a hacerse alegremente de todo territorio allende los mares, VER era POSEER, vía documentos secretos enviados a las respectivas cortes, el mapeo y la crónica – la selección nacional de Scaloni lograba el sueño, bajar la tercera estrella para los simples mortales. Era una selección que había sido ninguneada, un DT al que el mismo Maradona no le había visto visos ni potencial, con un capitán que no había podido marcar los goles necesarios para agregar peldaños en la escalera al cielo argenta. Todavía estábamos en el gobierno de los Fernández y disfrutando del respiro tan necesario después de tremendos golpes a la soberanía y al bolsillo del Macrato, aliviados de que en la pandemia tuviéramos al estado presente para sostener una de las mejores organizaciones a nivel mundial que evitó que el COVID nos sembrara de cadáveres las calles de grandes urbes donde solemos amontonarnos, contrario a todo Buen Vivir ancestralmente recomendado. Si bien todos teníamos una piedra en el hígado por la firma del decreto 949/2020 de Alberto, hacíamos el esfuerzo inmenso de instalar el tema para que hubiera presión desde las bases y tal vez, hacerlo retroceder. Al menos, no había patos en la costa. Volvieron las marchas a Lago Escondido, para reclamar por la ocupación ilegal e ilegítima de nuestro territorio de parte del inglés Lewis. Milagro Sala y muchos compañeros seguían presos en condiciones que hicieron flaquear los Derechos Humanos que supimos conseguir con sangre y sudor. Todo resultaba de dudosa estirpe y por eso en el fondo no nos sorprendió tanto que la Scaloneta se negara a aceptar la invitación a la Rosada. A mí, particularmente, me dolió por Messi que se quedó sin cumplir los pasos de su antecesor. En el 86, el Diego había agitado la copa para felicidad de todos nosotros junto a sus compañeros en el balcón del PUEBLO. La cercanía de la vuelta a la democracia, con todo lo que nos había costado, y la raigambre hundida en el barro de Fiorito que sostenía a Maradona y emanaba de sus poros, hacía que todos estuviéramos conscientes de que esa casa rosada era del PUEBLO, más allá de los gobiernos de turno. Pero volviendo al triunfo de la Scaloneta en Medio Oriente, todos fuimos testigos de una trasfiguración incipiente de Messi Capitán. “Algo” había pasado y no sabíamos muy bien qué era, y ese brillo nuevo nos empezó a ilusionar a muchos que andábamos buscando señales, y nos pusimos como los bichos que de amontonan alrededor de la luz de los faroles hasta casi quemarse. El “Andá payá, bobo” de Lionel y sus orejas te topo Gigio frente a los holandeses, los gestos “políticamente incorrectos” del Dibu Martínez y todo el andar de la Selección nacional nos alteraba el olfato. ¿Pulsiones o Proceso? Sería posible que… ¿Maradonización de Messi?.¿de la selección? … no sé… quién sabe … demasiada bruma todavía…
FEBO ASOMA
De hecho, no lo sabríamos hasta este 15 de Julio, cuando una serie de eventos afortunados nos llevaron a una nueva semifinal con Inglaterra, el ente invasor de la querida perla austral que hoy se impone sobre el Atlántico sur con miras a ocupar nuestra Antártida. Durante los cuatro días que teníamos que esperar entre partido y partido, se desataron las fuerzas productivas de payadores populares y creadores de contenido argentinos. Las redes hervían recalentando celulares que no lograban las horas necesarias de descanso y todo esto sucedía al ritmo de la nueva canción que por selección popular en el gran escenario de los mass media y las redes reemplazaba a “Muchachos”. La consagración final de “La cuarta estrella” de Palmito había llegado cuando la selección la empezó a cantar en el vestuario. Preñada de historia como su antecesora, y al entrañable ritmo de la Cumbia litoraleña de Gilda, desde Ushuaia a Alaska y de allí, vía la diáspora argentina, hasta Japón y Australia resonaba sin cesar: “Y 32 años después / la Scaloneta va a vengar / la copa que la robaron al diez / la que no nos dejaron levantar // Quiero ver la cuarta estrella / brillar en la camiseta / soy argento de la cuna hasta el cajón // por Malvinas / por el Diego / por la última de Leo / Argentina quiero verte bicampeón.” Esta vez no solo se mencionaba la Perla Austral, sino que se denunciaba que el PUEBLO no se había tragado la elaborada triquiñuela por la que en el 94, Maradona y con él la selección nacional, quedaba fuera del mundial de Estados Unidos.
Aquí, línea de fuga inevitable I: no nos habíamos dado cuenta entonces pero a la luz de lo que vive Latinoamérica desde el Golpe Blando contra Honduras del 2011, el lawfare contra los Pueblos del Sur ya estaba en marcha.
De pronto, los dobleces reprimidos de la memoria argentina se desplegaron en todo su esplendor. Si el funeral masivo del Indio en Avellaneda nos había despertado las entumecidas fibras de los 90, con el partido Argentina — Inglaterra el grito sagrado emergía directamente de nuestros tejidos óseos: la fugaz recuperación de Malvinas, el crimen de Guerra del Hundimiento del Belgrano, la cobarde rendición del régimen militar. También cobraron verdadera dimensión las miles y miles de historias que sacudiéndose la costra del discurso demalvinizador, destronaron la imagen victimizante de Iluminados por el fuego para señalarnos, que la cuestión había estado en realidad, más cerca del famoso y breve “No PicNic” con el que los británicos describieron el evento bélico a 13.000 km de la Gran Bretaña. No solo eso, una catarata de fragmentos se derramaba sin cesar por las redes mostrándonos a un joven Diego que antes del partido con los ingleses en el 86, decía casi lo mismo que el tan criticado Scaloni: “Es un partido de futbol y nada más”. Y sin embargo, los infinitos memes revelaban que tras los muros, sordo ruido se dejaba oír de corceles y de acero. Cuando sonó finalmente estridente el clarín, … digo el silbato inicial en ese estadio de Atlanta, no solo jugaban 11 mestizos privilegiados por la historia. 45 millones de argentinos, nos transportamos allí en unión con la diáspora globalizada, ambos representados como nunca antes por una hinchada caravanera que, en las entrañas del monstruo, venía inscribiendo su página mejor; los gringos que nada entienden no dudaban un segundo en sumarse porque es ley de la evolución que el espíritu gregario de los seres humanos es siempre más fuerte y la alegría de un pueblo, es siempre contagiosa. Y a diferencia de la legendaria invasión de Hipolito Bouchard a la ciudad de Monterrey (1817), en las costas de California cuando todavía esas tierras eran dominio español, lo que presenciamos en Estados Unidos con la llegada de la “invasión” albiceleste respondía al espíritu “capibara” de la hinchada argenta que la “Scaloneta” Nacional ha sabido conseguir. El banderazo y la “fanfest” incluía parrillas colectivas que regalaban asado y choripanes a todos sin pedir nada a cambio, mateadas interminables, motociclistas que llegaban luego de atravesar las Américas, y hasta un bicicleteador que demostraba que no solo el argentino nace donde quiere, sino que también llegamos a donde se nos da la regalada gana en bicicleta o si es necesario, caminando.
El día del partido con Inglaterra, yo argentina, exiliada económica expulsada de mi patria por el horror neoliberal impuesto por la dictadura del 76, lo viví con una intensidad que no sabía que me podía atravesar. Cuando llegó el primer gol, el grito explotó las paredes de la casa, y salí al balcón para que se extendiera por todo el vecindario. Desde el altoparlante, tronaba al unísono la marcha de Malvinas. Luego corrí a la calle, todavía me agitaban los gritos de gol, que no paraban de salirme de las entrañas como si se hubiera despertado un ronco Calibán que dormía desde el 86, cuando rugimos al ritmo de los goles de D10S. Ya en la calle, bandera flameando al viento, el grito me transportó de esquina a esquina. Volví porque aún faltaba mucho todavía, 4 minutos, la extensión y hasta capaz los penales. El destino abría tantas posibilidades. Lo que no me imaginé fue que el segundo gol vendría exactamente 6 minutos después, aun dentro del tiempo reglamentario. El Calibán volvió a rugir, ahora con hambre de expansión planetaria. LAS MALVINAS SON ARGENTINAS y al rival que representaba las botas grandes que pisan fuerte del Reino Unido, le volvíamos a ganar 2 a 1, como en el 86. Esta vez no les dejamos ni que se puedan quejar de la Mano de D10S.
Luego del partido, y después de pasar 40 minutos agitando la albiceleste en la avenida más cercana que tengo, saqué al patio del frente toda mi parafernalia argentina y puse rotativa todas las canciones que emergieron de este mundial. El mapa bicontinental que me habían dado en custodia los Veteranos de Malvinas de Santa Fe ciudad era el centro de atención. Se erguía, orgulloso, mostrando a los ojos de los vecinos curiosos su figura preñada de soberanía, tan reluciente su color verde agua en la tarde calurosa que hasta parecía refrescarnos, con la querida PERLA AUSTRAL fuertemente atada a la Argentina continental por el cordón umbilical de la plataforma submarina.
Un vecino norteamericano que solo habla inglés se arrima a preguntar:
- ¿Entonces, dónde están las Falklands?
A lo que respondo: “No existen, son las Malvinas” El vecino insiste:
- Ahora sé que esas son las Malvinas, pero y las Falklands que los ingleses ocupan.
Me repito, pero entiendo que confundo a los oyentes por sus miradas desorientadas. Entonces le pido a un muchachito bilingüe, peruano-boricua nacido en el Mid West de EEUU.
- ¿Vos le podés explicar lo que yo quiero decir?
Y el pibe que me ha escuchado todos estos años contar de las Malvinas, la Antártida y que todo eso pertenece por derecho, por geografía e historia a la Tierra de Diego y Lionel, en dos frases explica la situación. Y el vecino ‘cayó’ en la realidad y todos los discursos oficiales del mundo anglosajón se desgranaron frente a la evidencia material ante sus ojos. Se explicaban entonces mis gritos calibanescos que habían resonado en el barrio durante y después del partido; lo reprimido encuentra su camino a la superficie, siempre.
Estamos obligados sintonizar la frecuencia con esa audiencia que hoy está atenta, escuchando, preguntando, curiosa, solo porque unos pibes campeones del mundo levantaron un trapo que le tiró la hinchada y que dice LAS MALVINAS SON ARGENTINAS. Es enorme la distancia entre la concepción simbólica de la causa Malvinas que tenemos incorporada como argentinos y lo que el mundo cree saber sobre eso. La bandera abrió un espacio dónde comunicarlo; el gesto de los jugadores abrió un agujero de gusano a una realidad paralela donde hay gente escuchando el grito malvinero. Han cambiado las condiciones simbólicas para que se le pueda dar lugar a la corrección del hecho histórico mal aprendido en Argentina y tergiversado por los ingleses y sus socios en el exterior. Pero habría que afinar la puntería.
En esa audiencia que tornó ojos y oídos al sur, no solo se encuentran los 1000 millones de almas que vieron el mundial – de los cuales, unos cuantos millones visten y palpitan al ritmo de la albiceleste, solo porque igual que los Zulúes, no nos da pereza levantar la cabeza y defender lo que es nuestro- sino también nuestras JUVENTUDES en el suelo patrio. Lo que se vislumbra acá es una oportunidad única que debe ser capitalizada para así lograr tracción en el traspaso de la memoria de la Causa Malvinas y Atlántico Sur, con extensión a la Antártida Argentina. Si nos ponemos a pensar, vemos que antes del gesto de la selección nacional en el estadio de Atlanta, en Georgia, Estados Unidos, la cuestión era aritmética: los veteranos, los museos, el Proyecto de Voces de Malvinas hoy extendido a muchos puntos de la Patria, los días patrios. Y después nada. En cambio ahora el grito soberano resuena en todos lados. La cantidad de búsquedas en línea sobre las Malvinas se disparó en el mundo. Ahora empieza a haber presión social sobre el tema, y hay no solo preguntas del lado de ellos sino certezas del lado nuestro. La selección le puso el cascabel al gato, benditos sean ellos entre todos los de afuera.
Ya no están solo los Veteranos de Malvinas en resistencia, tirando de un carro con las ruedas pinchadas, luchando contra la negativa general a usar el mapa bicontinental de la Argentina globalizada; peleándose con sus propias memorias que los asaltan para luego escuchar por meses el silencio de una sociedad consumista y extasiada con Niu York y la Disneilandia de Miami. Y al parecer, este doble terremoto futbolístico no es por un ratito. Por el contrario, empieza a vislumbrase como un evento que se masificó, y al que todos fuimos integrándonos como protagonistas. Un gesto de la tribuna desafiando la prohibición de expresión, al que los muchachos de la selección respondieron en ese diálogo con frecuencia sintonizada que costó años de sudor y lágrimas de todos. Cómo no va a costar si los jugadores son la versión más refinada y legal de la exportación de talento argentino realizado por grandes instituciones globales con asiento en el norte. Apenas descollan los cebollitas, el ojo del águila se posa sobre ellos y sus familias para chuparlos hacia el éxito que nos propone el ‘mundo civilizado’, y que el imaginario argentino heredero también de Borges y Sarmiento no ha hecho demasiado por resistir. Todavía resuena en mi memoria la despectiva frase que una profesora de inglés del Instituto Terciario Almirante Brown nos vomitó en los pupitres, allá por el 94: “Y pensar que estas bestias maleducadas están disfrutando de todo esto.”
Aquí, línea de fuga inevitable II: La verdad no sé si somos racistas, sí sé que el clasismo nos carcome las entrañas de la Patria y alimenta el odio hacia los que levantamos la cabeza. Ni que viviéramos en la Forestal, che.
AVANZA EL ENEMIGO, A PASO REDOBLADO
Este escenario no lo hubiéramos imaginado hace 2 meses, cuando el fallecimiento del Indio Solari esa fría mañana del 5 de junio. En ese momento, se manifestó el inconsciente colectivo argentino soberano y fue algo impresionante porque nos dio sosiego a los que nos preguntábamos desesperadamente por dónde andaría. Lo que durante dos días se manifestó en Avellaneda, era al menos sintomático. Eso, alguna manera, nos tranquilizó como para decir, en algún lado está y en algún momento va a emerger.
Y así fue nomás: un trapo arrancado a una sábana de hotel, un aerosol y 4 palabras mágicas desataron el descontrol global, hicieron rugir a los pueblos del sur sedientos de soberanía y desataron un tsunami de hiel en el cuerpo imperial. En el campo simbólico, los argentinos les habían hecho un fulbito de potrero, un caño a las prohibiciones y una clavada en el ángulo. No sé si Dios es argentino, pero sí sé que estamos acostumbrados a realizar imposibles. Fíjese el lector que quedó obsoleta aquella frase que en nuestras rondas materas expresaba lo imposible: “Sí claro, el día que haya un papa argentino.” Bueno, para el poder era imposible que una bandera de Malvinas apareciera en un estadio de los Estados Unidos, frente a las cámaras del mundo en una semifinal contra Inglaterra.

Y sí, esto fue fantástico porque el SOBERANO se manifestó por el lugar menos pensado, sobretodo para aquellos que tendemos a ser medio puristas con los formatos de las gestas políticas y de los procesos conducentes. Con la cancha que tenemos, ya deberíamos saber que Nadie se baña dos veces en el mismo río.
Sin embargo ahora toca prestarle atención al día después. La bandera de Malvinas levantada por la Selección fue un certero golpe en la línea de flotación no solo a los de afuera sino también a los de adentro. Y ¡oh sorpresa!, casi igual que en Italia del 90, misteriosamente, el partido contra España se perdió. Sin contar con que hubo una serie de situaciones que aún demandan aclaración, incluidas algunas trifulcas en respuesta a la mofas, golpes y atropellos del adversario.
Lo que sí podemos afirmar es que de pronto, las redes se llenaron de mensajes que mezclaban satisfacción porque Argentina había perdido y frases venenosas dirigidas a un Messi que hasta no hace dos minutos, había sido halagado por ser un dechado de virtudes, un pibe de oro sin la bocaza del Diego. Parecía que el mundo de pronto sufría de amnesia y no se ahorraron epítetos contra el único país que tiene en su constitución la frase “para todos los hombres del mundo que quieran habitar el suelo argentino”. De ser la hinchada capibara que todos querían ver porque era una fiesta que incluía y divertía pasamos a ser los apestados. Periodistas españoles en medios argentinos desgañitándose al grito de: “Ahora os toca bajar la cabeza y aceptar que perdieron, y que no se reacciona así.” En las redes, cuentas de diferentes partes del mundo pululaban por nuestros muros demandando que pidamos perdón, me consta que algunos eran seres de carne y hueso, mientras otros se evidenciaban como bots; todos expresando un sentimiento de satisfacción ante la derrota de la albiceleste que hacía rato muchos venían deseando. De las inflamadas redes sociales, se filtra la rabia anti argentina al mundo material y en 72 horas se registran 26 casos de ataques a argentinos, sin justificación alguna, de parte de grupos de otras nacionalidades. Algunos fueron palizas brutales, y todos fueron en manada. EE.UU., Inglaterra, España y hasta Puerto Rico. El mundo se había vuelto loco.

Como frutilla del postre, aparece un artículo de la BBC de Londres en español con una foto de un jugador argentino reaccionando con golpes a algo que no se muestra. De la película, se extrajo un fotograma que dice justamente lo contrario de lo que todos vimos. El artículo presenta la entrevista a un sociólogo argentino, y es titulado con una frase del entrevistado: “La trampa del Mundial es que nos hacen creer que los futbolistas reflejan la patria”.
Cual no sería mi sorpresa cuando busco el nombre del prestigioso académico argentino: Pablo Alabarces, el mismo colega del Germani, el que no se había ahorrado epítetos y gestos cínicos contra quienes hacía 4 años nos pusimos a que las jornadas en la UBA llevaran el nombre del invasor. Ahora, el colega Alabarces hablaba desde una cátedra en el postgrado de la Universidad de Princeton. Desde allí, afirma que “este país envidiable, paraíso terrenal y granero del mundo, está hecho de mierda”, desagradable frase que nos resuena a lo que vociferaba el presidente actual antes de ser presidente. También condona la afirmación de que fueron los futbolistas argentinos los que agredieron al equipo contrario sin aparente razón, cuando los acusa de ‘machos’ que al pegar, buscan cumplir el mandato de una cultura futbolística argentina. Y continúa: “Los tipos no reflejan una patria. La trampa del mundial consiste en que nos hacen creer que sí. Lo que es peor: lo creemos.” Sin atisbos de vergüenza, el entrevistado se arroja a destrozar con garra la comunión arduamente lograda entre esa Argentina que palpita soberanía estampándola en una bandera improvisada y los 22 muchachos seleccionados para representarla bajo extraño pabellón:
“No le podíamos fallar al pueblo”, respondió sin titubeos el Licha Martínez ante las cámaras, por nos quedaban dudas.
Más adelante en el artículo, el reconocido sociólogo argentino (¿?) remata con rabiosa estocada:
“El impacto de Messi aparece en el momento en que la argentina deja de auto percibirse como sociedad igualitaria, en crecimiento, de bienestar y debe reconocer que es una sociedad fracasada”.
Note el lector que el académico del Germani toma distancia usando la tercera persona, excluyéndose de la turba zoológica que defiende a sus representantes emergidos en el ámbito de fútbol. Y no se privó de levantar el dedo acusador a los ‘traidores’ de la academia: “Estoy muy enojado con muchos de mis colegas y compatriotas, porque salieron a hablar de una campaña anti Argentina.” Se regodea placenteramente el sociólogo con el piropo que le tira el periodista de la Metrópolis británica: “Por lo visto estás mas cerca de Borges cuando, ya en su época, decía que el “el futbol despierta las peores pasiones … sobre todo lo peor, el nacionalismo …”
En fin, creo que va siendo hora de poner puntos sobre las íes. Y lo voy a plantear como pregunta para poder reflexionar entre todos: ¿cuán ético es que un académico de la UBA, universidad sostenida con el sudor y la sangre del pueblo trabajador, vaya y le regale a la prensa imperial un titular que corona la demonización de los argentinos? Esto es muy serio, desde mi perspectiva, porque no es un error inocente de un profesional recién recibido que pueda estar pecando por ignorancia o una falta de lectura estratégica sobre los acontecimientos globales. Tampoco es esta entrevista un artículo universitario de circulación interna en la academia argentina o latinoamericana si se quiere, para que analicemos cuestiones que alguien pueda tildar de chauvinistas. Estamos hablando de un académico de carrera que ya pinta canas y para los 40 años de Malvinas organizaba congresos en el Germani con una universidad del Reino Unido, sin respetar el nombre de Malvina ni al pueblo que había dado la vida por defendernos.
Si bien algunos pueden aducir que el texto presenta algunas verdades, uno puede decir muchas cosas ciertas en una red textual que termina por operar en contra de los intereses nacionales. Este académico pronuncia esas verdades en un contexto enemigo produciendo un texto en el que evidencia que está molesto porque el PUEBLO ungió a su REPRESENTANTE: la selección nacional de futbol, la SCALONETA y no a la a esta altura rancia academia plagada de esnobismo dialoguista. (Si eso no es EGO, no sé qué sería entonces el ego]. Lo que le produce disonancia cognitiva a nuestro académico es que desde el miércoles en que vencimos a Inglaterra 2 a 1 y los muchachos levantaron, triunfante, la bandera soberana de LAS MALVINAS SON ARGENTINAS, a nosotros sí nos representa esta selección.

Soplan vientos de cambio, al menos es lo que me dicen las tripas y que creo que lo que ocurrió estos días que pasaron viene a trazar una línea clara. EL INCONSCIENTE COLECTIVO se manifestó en el lugar menos esperado, y por las vías menos esperadas. Y es que ante el avance de la globalización, la falta de representación y el achicamiento de los espacios de expresión de la argentinidad provocan la emergencia de este tipo de vasos comunicantes. Y si estoy en lo correcto, el progresismo que hace rato viene colonizando las conciencias y haciéndolas auto percibirse superadas, va a tener que decidir dónde quiere estar parado cuando las papas quemen. Pocas esperanzas tengo de que se decida por la defensa de nuestra integridad territorial, nuestra soberanía política ni por nuestra independencia económica; ni hablemos de justicia social porque ha sido reemplazada por derechos identitarios individuales. En mi humilde opinión, estamos presenciando una operación de doble pinza sobre el pueblo argentino (y esto se replica en todo suelo latinoamericano); por un lado el progresismo liderado por ciertos círculos académicos de elite -no vamos a meter acá a la izquierda en esto porque he visto el trabajo de muchos compatriotas en pos de la defensa de nuestros intereses y los discursos de sus referentes son cada vez más claros-; por el otro la nueva plutocracia aliada de Sillicon Valley. Así lo confirman las declaraciones del ex representante de Argentina ante la OEA, Carlos Raimundi, quien hace unos días lo expresaba así:
“Milei salió a decir ‘Estos se creen que van a conseguir las Malvinas con esa banderita pero los que vamos a conseguir recuperar soberanía de Malvinas somos nosotros es nuestro Gobierno”. Detrás de eso hay una estrategia que es un golpe de efecto pre electoral por el cual Argentina consiga alguna banderita en una oficina de Malvinas, y hacerle creer al pueblo argentino que es un avance en la soberanía cuando probablemente lo que puede llegar a suceder es que Trump se quede con las Malvinas [… con] la base militar en Ushuaia, el consulado israelí, no será para que las Malvinas vuelvan a ser argentinas, será para que los EE. UU. y Thiel se queden con los recursos y agua y la capacidad de enfriamiento de las máquinas que necesitan para la Inteligencia artificial.”
- Raquel Pina es Doctora en Estudios Culturales Latinoamericanos graduada de la Ohio State University, docente e investigadora en Columbus State Community College. Autora entre otros del libro El sujeto en escena. Huellas de la Globalización en el cine argentino contemporáneo. Actualmente trabaja en su próximo libro Nativoantárticos, pasado y futuro del Continente Blanco.
- Declaración pública de Pablo Alabarces, docente del Germani, en su muro, reportando el debate del día anterior y justificando la decisión del Germani de titular a nuestras Malvinas con el nombre del invasor.
- Resumo acá horas y horas que se repartieron en unos 10 días, con idas y vueltas en los chats de las redes sociales, documentación que conservé porque desde mi perspectiva esto es prueba material del proceso de desmalvinización del que hemos sido objeto y no se daba en cualquier lado, sino que provenía de las instituciones educativas públicas, en las que solemos confiar ciegamente. Un artículo en el que se describe el debate al tiempo que se defiende la postura de Germani, y se alude a Cora Garmarik como la principal referente del evento es Desde la orilla. A modo de balance y agenda de investigación sobre la historia sociocultural de Malvinas. De Andere Belén Rodríguez, del Instituto Patagónico de Estudios de Humanidades y Ciencias Sociales (CONICET – Universidad Nacional del Comahue) https://www.redalyc.org/journal/3794/379476006008/html/ Fuente: https://riobelbo.com/2025/05/11/malvinas-la-rendicion-empieza-en-la-bibliografia/ No picnic. The Story of 3er Commando Brigade in the Falklands War”/ “No fue un picnic. La historia del Tercer Comando de Brigada en la Guerra de Malvinas es la historia de la segunda invasión de los ingleses a las Islas Malvinas, el 21 de mayo de 1982. Fuente: https://www.bbc.com/mundo/articles/c4gd9jyrde4o











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