Por Carlos Aira
Hay una frase que me quedó grabada para siempre. Fue la respuesta de un entrenador cuando, años después de una noche inolvidable, intenté recordar con nostalgia un partido épico: “Los partidos no se analizan desde las emociones. Esa noche no jugamos bien“. Me quedé helado. En la memoria colectiva, aquello había sido una gesta, una obra de arte. Sin embargo, lo que habitaba en las retinas de la gente era el impacto del sentimiento, el vaivén dramático de las sensaciones. El juego había quedado completamente eclipsado por los tonos emocionales de una noche marplatense de verano.
En este Mundial de 2026, la Selección Argentina parece estar escribiendo su historia con esa misma tinta apasionada, con las emociones a flor de piel. En la noche de Atlanta, la victoria 3-2 sobre Egipto invita a una catarata inmediata de adjetivos. Épica, histórica, angustiosa, dramática, inolvidable. Cualquier recurso poético o desgarrador le cabe a la perfección. Y está bien que así sea, porque el fútbol es este juego maravilloso que se nutre del espectáculo y la pulsión.
Pero encarar este análisis exige habitar dos reinos distintos. Si encendemos el hemisferio izquierdo, el que exige razón, análisis frío y rigor táctico, la radiografía es severa. El campeón del mundo no está desplegando un juego sólido; más que buscar revalidar su corona, da la sensación de estar defendiéndola con lo que le queda. Las virtudes que convirtieron al ciclo de Scaloni en una era dorada parecen oxidadas. Hay desacoples defensivos constantes, los laterales están lejos de su nivel óptimo o mermados en lo físico, y ese mediocampo que en Qatar combinaba control y vértigo a la perfección hoy luce desorientado, buscando pases imposibles en una maraña de piernas rivales. Para colmo, Egipto nos lastimó con dos contragolpes idénticos que retrataron la falta de esa infracción táctica, casi sistemática, que antes solucionaba los problemas de raíz.
Es ahí cuando el hemisferio derecho toma el control. Aparece la intuición, el espíritu, la fe y la memoria emotiva, ese territorio donde el futbolero argentino se siente tan cómodo. ¿Cómo se sostienen cinco victorias seguidas cuando el fútbol no fluye? Por el peso específico de los nombres y por la presencia eterna de Lionel Messi.
A sus casi cuarenta años, Messi jugó durante setenta minutos un partido inconexo, errático y opaco, fallando incluso un penal. Egipto ganaba con justicia y la noche parecía desmoronarse. Pero cuando el juego desaparece, en la piel del futbolista argentino emerge el coraje como un recurso ancestral y salvador. El descuento del Cuti Romero funcionó como un latigazo eléctrico que encendió el orgullo. En un abrir y cerrar de ojos, Argentina entendió que estaba abajo en las tarjetas y que para defender el título debía buscar el nocaut con el corazón en la mano.
Ahí emergió la fe. Y en el altar de esa fe, Messi volvió a erigirse como la bandera indiscutible, demostrando por qué su figura agiganta su sombra por encima de cualquier leyenda. Cuando las herramientas futbolísticas se escurren, la Selección apela a ese fuego sagrado que no se compra ni se entrena.
Ahí está Messi. Para pegarle un zurdazo con alma y vida. Para festejarlo también desde el profundo del alma.
El desenlace tuvo poética. Leandro Paredes cortó con precisión quirúrgica, Julián Álvarez retrocedió a su propia área para recuperar una pelota vital, Lautaro Martínez encaró por la derecha con furia y potencia, y Enzo Fernández —que venía volando bajo durante todo el encuentro— apareció en el corazón del área para empujarla al gol y desatar la locura colectiva.
Ganó Argentina. Se ganó sin jugar bien durante largos pasajes, pero aferrándose al coraje para disimular lo desafinado que están ejecutando la partitura. ¿Scaloni buscará mayor solvencia defensiva para enfrentar a Suiza? Lo dudamos. En este Mundial no están participando los jugadores de nueva generación (Barco, López, Nico Paz, Giuliano Simeone) y sería extraño que jugara con un esquema diferente en lo que quede de la Copa del Mundo. Ya está. Las cartas están sobre el tapete y el futuro de Argentina en este Mundial apuntará a un mismo equipo y esquema. Esta vez, la Scaloneta apostó a la fe y no a la lógica.
Mientras el camino avance en esta Copa del Mundo, nos quedaremos con esta certeza: hay algo de fútbol, un mar de fe y corazón, y la figura de Lionel Messi flameando en lo más alto.
Periodista. Conductor de Abrí la Cancha . Autor de Héroes de Tiento y Héroes en Tiempos Infames.












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