Las transformaciones en la Iglesia Católica parecen estar asentándose sin perspectivas de retromarcha. Eso implica que el Vaticano diagnostica un futuro más equilibrado. Pero también, que es preciso plantarse en puntos esenciales para conseguirlo. Allí están los derechos de los pueblos … y la Inteligencia Artificial
Por Gabriel Fernández *
Jorge Bergoglio sabía lo que hacía. Articuló el Colegio Cardenalicio de tal modo que ciertas regiones y determinados conceptos pudieran orientar el andar de una Iglesia renovada. Así, buscó bloquear una previsible andanada neo conservadora que barriera con su obra y retrotrajera los adelantos impulsados durante su extraordinaria gestión. En vínculo con esa pretensión, dejó un trazo de preocupación acerca de las consecuencias del despliegue de las nuevas tecnologías; hemos analizado en estas Fuentes su parecer al respecto, así como las advertencias a los poderes que intentan adueñarse de las elaboraciones humanas para usufructuarlas en beneficio particular.
Aquí vamos a transitar juntos, lector, el reciente trabajo presentado por el Papa León XIV, su primera encíclica. En la misma se puede observar la fragancia que, esparcida por nuestro Papa Francisco, acaricia su contenido, así como identificar hilvanes y continuidades. La elaboración cobra singular importancia al desplegarse en un tramo crucial para el ser humano: en medio de una contienda dura sobre los modelos de sociedad y justo cuando se dispara aceleradamente el desarrollo de una ciencia y varias técnicas que pueden mejorar el panorama general de manera radical o quebrar la vida sobre un planeta que no tiene equivalencia ni relevo.

Expresa Robert Francis Prévost: «La magnífica humanidad que Dios ha creado se encuentra hoy ante una elección decisiva: levantar una nueva torre de Babel o edificar la ciudad donde Dios y la humanidad habiten juntos». El arranque de la encíclica Magnifica humanitas, «sobre la custodia de la persona humana en la era de la inteligencia artificial»— resume su orientación. Publicada el lunes 25 de mayo, fue firmada por el Pontífice el pasado 15 de mayo, en el 135.º aniversario de la promulgación de la Rerum novarum de León XIII. En consonancia, esta reflexión ha sido calificada como una “encíclica social” que aborda los principales retos del período actual.
Dividida en cinco capítulos, más una introducción y una conclusión, Magnifica humanitas parte de una premisa: la tecnología no es una «fuerza antagónica respecto a la persona», ni «un mal en sí misma». Sin embargo, «no es neutra, porque asume el rostro de quien la concibe, la financia, la regula y la utiliza». De ahí el llamamiento del Papa a «construir en el bien» y a «permanecer humanos», siguiendo la lógica de la corresponsabilidad valiente, de la comunión, para que «el mundo pueda reconocer… en el corazón del ser humano el lugar donde Dios desea habitar».
El primer capítulo —Un pensamiento dinámico fiel al Evangelio— transita los ejes de la Doctrina Social de la Iglesia en el magisterio reciente y en el Concilio Vaticano II, poniendo de relievesu carácter dinámico. Perfila allí su mirada crítica al enfatizar que no se trata de «un manual de principios y normas que aplicar», sino «un camino de discernimiento comunitario», una «teología de la comunión en la historia» que orienta la lectura de los acontecimientos a la luz de la concepción cristiana.
León XIV evoca el pensar de sus predecesores: desde Pío XII —el primero en emplear la expresión «Doctrina social de la Iglesia» en la exhortación apostólica Menti nostrae de 1950— hasta el Papa Francisco, subrayando con especial atención la Rerum novarum de 1891, a la cual describe cual «hito en la evolución del magisterio social». En sus respectivas épocas, cada sucesor de Pedro «ha puesto de relieve diferentes aspectos de un único patrimonio: la dignidad de la persona, el valor del trabajo, la destinación universal de los bienes, la solidaridad y la subsidiariedad, el cuidado de la creación, la centralidad de la paz y la fraternidad».
En el segundo tramo, León XIV da cuenta de los Fundamentos y principios de la Doctrina social de la Iglesia: entre los primeros, incluye la dignidad de la persona, creada a imagen y semejanza de Dios. Es vital aprehenderlo, ya que «la presión de nuevas ideologías y de determinados intereses muy poderosos» puede reducir a la persona a «un recurso que se usa y se explota o a lo que realiza o produce». Por el contrario, «la dignidad fundamental de cada persona no se adquiere, no debe ganarse ni necesita ser demostrada». Este narrador estima que vale ahondar en la implicancia del aserto.
Otro factor relevante de la Doctrina Social de la Iglesia es la inviolabilidad de los derechos humanos, entre los cuales el primero es el derecho a la vida «desde la concepción hasta su final natural»: a este respecto y con ineludible destino de polémica, León XIV define el aborto provocado, el asesinato de inocentes y la eutanasia como «decisiones gravemente ilícitas». El tercer elemento es el reconocimiento de los derechos de las minorías, con especial atención a las mujeres: en su favor, el Pontífice exige «decisiones concretas» en las leyes, en el trabajo, en la educación, en las responsabilidades sociales y políticas, para que sean verdaderamente escuchadas y valoradas.
En cuanto a los principios de la Doctrina analizada, León XIV estima pertinente apuntar cinco: el primero es el bien común, «forma social de la dignidad reconocida a cada uno». Atenti. Hay un punto en el cual el Papa se muestra especialmente firme: «la promoción del bien común nunca puede separarse del respeto al derecho de los pueblos a existir, a custodiar su propia identidad y a contribuir con su propia originalidad a la familia de las naciones». En consecuencia, «cualquier intento o proyecto de eliminar o someter una nación es gravemente inmoral y, por lo tanto, inaceptable».
El segundo principio se refiere al reparto universal de los bienes: aquí y en numerosos segmentos de la encíclica, León XIV insiste en la necesidad de que los conocimientos y las tecnologías no se concentren en manos de unos pocos, incrementando la distancia entre los incluidos y los excluidos de la revolución digital. De ello se derivan el tercer y el cuarto principios: la subsidiariedad —que exige superar el paternalismo y el asistencialismo en favor de la corresponsabilidad— y la solidaridad, «principio y virtud» que se opone a la indiferencia y tiene en cuenta a los pueblos y a las generaciones futuras.
El quinto principio de la Doctrina Social de la Iglesia que Prévost sugiere reconocer y aplicar es la justicia social: en la era digital, es preciso garantizar a todos un acceso equitativo a las oportunidades, proteger a los más frágiles, combatir el odio y la desinformación, someter a control público el uso de los datos y las tecnologías, «de modo que el criterio no sea solo el lucro, sino la dignidad de cada persona y el bien de los pueblos».
Enseguida menciona a los migrantes, los refugiados y los desplazados: la forma en que la sociedad los trata demuestra «si la idea de justicia está guiada por el miedo o por la fraternidad». De ahí el llamamiento tanto a custodiar «el derecho a la esperanza» de quienes se ven obligados a partir, garantizándoles vías seguras y legales, una acogida digna y la integración; como a promover «el derecho a quedarse» de cada uno en su propia tierra en paz y seguridad, abordando «las causas profundas» de las migraciones.
El Pontífice entiende que los cinco principios antedichos están dirigidos no solo a la sociedad, sino también a la Iglesia, llamada a «un examen de conciencia»: por eso exhorta a «sanear las relaciones y las estructuras eclesiales de aquellas distorsiones que generan desigualdades, falta de claridad y atropellos». La invitación es a escuchar a las «víctimas de abusos espirituales, económicos, institucionales, sexuales, de poder y de conciencia», ya que ello «forma parte integrante de un camino de justicia, que comprende el reconocimiento del daño, la reparación justa y la prevención».
El tercer capítulo —Técnica y dominio. La grandeza de la persona humana ante las promesas de la Inteligencia Artificial— se asoma al centro de la preocupación compartida con Bergoglio. León XIV advierte contra el «paradigma tecnocrático» denunciado por Francisco. Resulta necesario evitar que toda elección sea dictada por parámetros de eficiencia y beneficio. Propulsando una filosofía tan honda como práctica, afirma que la tecnología más potente no es necesariamente la mejor.
Cómo es eso: la IA puede imitar y simular al hombre, pero no posee conciencia moral, empatía, capacidad afectiva, relacional ni espiritual. En sintonía, es esencial abordar la IA con sobriedad y vigilancia, manteniendo la claridad sobre las responsabilidades de todas sus etapas y apostando por políticas y marcos jurídicos adecuados, una supervisión independiente y la educación de los usuarios. Sobre todo, se necesita un código ético sometido a criterios de justicia social compartida, porque «no sirve una IA más moral si esa moral la deciden unos pocos». Advierte, además, la trascendencia de considerar el impacto ambiental de las nuevas tecnologías, ya que las mismas requieren grandes cantidades de energía y agua, afectando a las emisiones de dióxido de carbono y dañando la Creación.
A partir de allí, se juega una carta de riesgo. Sostiene que hay que «desarmar la IA» para sustraerla de la lógica de la competencia militar, económica y cognitiva; para romper la equivalencia entre poder técnico y derecho a gobernar; para sustraerla de los monopolios e impedir que domine al ser humano. Esta tarea es ética, técnica y ecológica porque la IA «ya es el entorno en el que estamos inmersos y el poder con el que debemos contar». Por eso dedica varias páginas a la crítica del transhumanismo y del poshumanismo, que interpretan el progreso como la superación de los límites de lo humano. En cambio, enfatiza Prévost, el límite no es un defecto que haya que eliminar, sino una dimensión constitutiva de la persona, porque «el ser humano no florece a pesar del límite, sino a menudo a través del límite», reconociendo en la fragilidad y en la finitud lugares en los que maduran la relación, el cuidado y la apertura a Dios y al otro.
Y sigue. Hay mucho en juego: León XIV indica que estimular la técnica anulando los límites de lo humano significa, de hecho, hacer retroceder el corazón. Magnífica y, sin embargo, herida, la humanidad «no debe ser sustituida ni superada». La tecnología puede aliviar sus sufrimientos y abrirle nuevas posibilidades, pero no debe negarla en lo que le es propio: «la capacidad de relación y de amor». Ante la IA, la verdadera alternativa no está entre el entusiasmo y el miedo, sino entre dos formas de construir el progreso: al servicio de la persona y de los pueblos o de las lógicas de poder. Una elección que nos concierne a todos: «la construcción de Babel o la de Jerusalén», las dos «ciudades» del hombre y de Dios señaladas también por San Agustín, comienza por cada uno.
En el cuarto capítulo – Custodiar lo humano en la transformación. Verdad, trabajo, libertad — la encíclica valora la verdad como un bien común y la califica de elemento esencial de la democracia. En el entorno digital, la verdad debe plasmarse en una «ecología de la comunicación» para que la cultura generada por la web no se convierta en un instrumento de «homologación y dominio», sino en un espacio de maduración para la «libertad interior y el pensamiento crítico». El Papa informa sobre varios instrumentos: transparencia en los criterios de selección de contenidos, protección de los datos personales, un periodismo serio basado en la argumentación y la verificación, una nueva conciencia en el uso «correcto y crítico» de la IA, y la integración de los conocimientos.
Asimismo propone a la Iglesia una comunicación transparente y leal, sobre todo en los casos de injusticias y abusos. Es primordial, para la encíclica, el llamamiento a una alianza educativa renovada para que en los jóvenes no se apague «el deseo de hacer preguntas» a causa de máquinas perfectas que hacen parecer inútil el pensamiento humano. «Debemos educarnos en el ayuno de la IA», subraya León XIV, eliminando las desigualdades en el acceso a la educación y apostando por la escuela como lugar donde se aprende a «buscar y amar la verdad» y se enseña lo que lo digital no puede dar: «tiempo compartido para aprender y relaciones fiables». Puede decirse: la encíclica no es demasiado novedosa, pero es certera.
Como se verá, el entusiasmo de este redactor por la obra recientemente presentada, tiene sentido. A continuación, se zambulle en la «cuarta revolución industrial» que representa la transición digital; el Sumo Pontífice destaca la importancia de proteger la dignidad y el valor del trabajo: «Las nuevas formas de trabajar no son necesariamente mejores», explica, ya que la tecnología puede descalificar a los trabajadores, relegarlos a funciones marginales y someterlos a una vigilancia automatizada. Por el contrario, es necesario diseñar sistemas centrados en la persona y no solo en el rendimiento, porque la tecnología puede sin duda liberar al hombre de tareas pesadas o repetitivas, pero no debe conducir en absoluto al desempleo en nombre de la reducción de costes y el aumento de los beneficios. En un escenario en el que se perfilan mayores niveles de pobreza y desigualdad, provocados por sistemas automatizados que han sustituido al hombre, aboga también por una renovación de las organizaciones sindicales.
La creciente digital necesita administrarse, controlarse, a través de criterios sociales estables, de una formación accesible y continua para los trabajadores y de la responsabilidad empresarial. Prévost apunta, entonces, la necesidad de superar el PIB como parámetro del grado de desarrollo de un país, apostando en su lugar por la dignidad del trabajo, la prosperidad compartida, la reducción de las desigualdades y la protección del medio ambiente. Es que el dinero no genera crecimiento, es la producción esa clave. La financiación por la financiación es, de hecho, diferente de la financiación para el desarrollo. En línea con su antecesor, realza la interdependencia entre paz y desarrollo, abogando por una cooperación internacional capaz de definir estrategias comunes «sobre todo en favor de los países y los grupos más vulnerables», porque la prosperidad contribuye a la paz «solo si es generalizada, inclusiva y sostenible».
Luego se adentra en un asunto muy vapuleado en los tiempos recientes: la familia. El Papa León XIV consigna que la misma, fundada en la unión estable entre un hombre y una mujer, es «bien social primario», «célula fundamental e insustituible de toda organización comunitaria». Así, evoluciona hacia un aserto contundente: debe apoyarse también mediante políticas laborales que favorezcan la estabilidad y el ritmo humanos, de modo que se garantice el justo equilibrio de vida y se proteja esa «capacidad de construir el futuro» que beneficia a la persona y a la sociedad.ç
En continuidad, afronta el tema de la libertad. Estima que ese valor necesita ser protegido contra la dependencia y la mercantilización: en una época en la que las plataformas digitales están diseñadas para acaparar el tiempo de los usuarios y explotar sus fragilidades, es importante reforzar la libertad interior de cada uno y hacer frente al riesgo del control social derivado de la recopilación masiva de datos y del uso de sistemas algorítmicos. Perfilar, predecir y orientar los comportamientos es, de hecho, «un poder nuevo» que corre el riesgo de discriminar a los más débiles. El Papa cuestiona, en especial, la «arquitectura de la visibilidad» que premia y amplifica solo lo que es visible, moldeando opiniones y generando conformismo.
Alerta entonces que la IA puede originar nuevas formas de esclavitud, como la de los «cuerpos marcados, mutilados, consumidos» de quienes trabajan en la extracción de las «tierras raras» necesarias para la tecnología. Por ello, la lucha contra las nuevas formas de esclavitud es otra «prueba decisiva para el discernimiento ético» de la transformación digital. A este respecto, León XIV subraya que «la Iglesia renueva su firme condena contra toda forma de esclavitud, trata y mercantilización de las personas» y enfatiza que avalar estas «graves violaciones de la dignidad humana» merece evaluarse como complicidad.
Al mismo tiempo, pide «sinceramente perdón» por el retraso con el que la Iglesia, en el pasado, condenó «el flagelo de la esclavitud». La encíclica se refiere también a las «nuevas tierras raras del poder», es decir, la información vital —por ejemplo, sobre salud y demografía— utilizada para orientar las estrategias económicas. Se trata, explica el Pontífice, de una faceta inédita del colonialismo que se apropia de los datos y transforma las vidas personales en información explotable, convirtiendo el entorno digital en un «espacio de depredación». ¿Se percibe el aroma de nuestra propia historia? Este periodista estima que sí.
En el quinto y último capítulo —La cultura del poder y la civilización del amor—, León XIV se pone recio al analizar la guerra, sus motivaciones y sus consecuencias: «La revolución digital está modificando la gramática de los conflictos»; sin un enfoque ético, las decisiones sobre la vida y la muerte de las personas serán cada vez más impersonales, considerándose el recurso a la fuerza como una «opción inmediata y viable». En la base del belicismo existe una «cultura del poder» que normaliza la guerra y la rehabilita como «instrumento de política internacional», favoreciendo a su vez la aceleración del armamentismo.
Explica entonces que sobre la opinión pública, que en el pasado veía la beligerancia como extrema ratio, hoy pesan las narrativas mediáticas polarizantes, así como «una preocupante pérdida de memoria histórica» que nos priva de una visión a largo plazo. Por tanto, hoy la paz ya no se entiende como una tarea que hay que asumir, sino como un intervalo precario entre conflictos. Ante semejante situación, el Papa reitera que —sin perjuicio del derecho a la legítima defensa en su sentido más estricto— es necesario superar la teoría de la «guerra justa», promoviendo el diálogo, la diplomacia y el perdón.
Prévost condena el crecimiento de la industria bélica, la carrera armamentística nuclear y la aparición de nuevos actores armados que pretenden perpetuar los conflictos como fuente de poder y de ingresos. Enfila, además, contra el uso de armas relacionadas con la IA, ya que «no existe ningún algoritmo que pueda hacer que la guerra sea moralmente aceptable»; es más: la tecnología «no libera al conflicto de su intrínseca inhumanidad: sólo puede hacerlo más rápido e impersonal, bajando el umbral del recurso a la violencia y transformando la defensa en previsión operativa, con las víctimas reducidas a datos. Así, nos acostumbra a la idea de que la violencia sea inevitable y sólo deba optimizarse.». Por lo tanto, se necesitan restricciones éticas rigurosas, compartidas a nivel internacional, basadas en la responsabilidad personal y en la protección de los civiles, porque «toda tecnología que facilite atacar sin ver el rostro del otro rebaja el umbral moral del conflicto». Esa es otra idea trascendente porque evalúa las características de la técnica desdeñando su identificación como una mera herramienta, se añade desde estas líneas.
A continuación, el Papa se mete en una discusión de interés para quienes empujan las puertas del futuro. La cultura del poder, estima, surge también de la crisis del multilateralismo y del surgimiento de un «multipolarismo desordenado y conflictivo» en el que prevalece la desconfianza hacia el otro. La fuerza del derecho se sustituye por el derecho del más fuerte; las lógicas del poder prevalecen sobre la construcción de la paz, relegada a un segundo plano, y las instituciones creadas para custodiar el destino común de los pueblos se encuentran ahora debilitadas, sin que se reconozca su autoridad moral. A este respecto, el Papa sugiere para la ONU y para el sistema político internacional «reformas profundas» que superen la actual crisis de valores en favor del verdadero bien común.
Hoy, prosigue la encíclica, se concretan guerras «híbridas» que incluyen los ámbitos económico, financiero e informático, aprovechando la desinformación y el miedo para influir en la opinión pública y presentar el aumento del gasto militar como la «única respuesta» a un futuro incierto. Apunta y dispara “Esto no es más que un falso realismo, una irresponsable Realpolitik que siembra en las conciencias y en las culturas la resignación ante una guerra ineludible y califica la paz de utopía. Sin excluir que, para algunos, el conflicto armado podría ser un instrumento de gestión cínica de las dificultades, así como una forma de desviar la atención de los problemas internos”.
El cristiano está convocado a replicar a esta cultura del poder construyendo «la civilización del amor»: la gracia, de hecho, no elimina el conflicto como por arte de magia, sino que genera «una resistencia activa al mal y una sorprendente creatividad en el bien». Cada uno está llamado a elegir entre alimentar la lógica de la fuerza o custodiar la paz, frenando la deshumanización con pequeños actos de fidelidad y tenacidad. El Papa señala «vías de responsabilidad»: desarmar las palabras diciendo la verdad; construir la paz en la justicia; asumir la mirada de las víctimas tomando posición, porque hay conflictos en los que «no es justo permanecer neutrales».
Todos pueden ver la referencia que se trasluce en las palabras de Prévost: Los ataques contra civiles, hospitales e infraestructuras hieren a la propia humanidad y no pueden quedar relegados al ámbito del análisis abstracto. Por el contrario, hay que dar voz a las víctimas para «tomar verdadera conciencia del abismo de maldad que encierra» la guerra y toda violencia. Y más: el Papa exhorta a cultivar «un sano realismo» que busque vías de paz viables con hechos, no solo con palabras.
Por último, propone relanzar el diálogo pasando de una cultura del poder a una cultura de la negociación. En línea, estima que resulta decisivo «el diálogo entre las religiones», portador de un mensaje de paz. «Quien utiliza el nombre de Dios para legitimar el terrorismo, la violencia o la guerra, traiciona su rostro —advierte León XIV—: luchar en nombre de la religión significa, en realidad, golpear a la propia religión». Por eso, el Papa dispone que la diplomacia de la Santa Sede utilice «el principio evangélico de la misericordia» como criterio concreto de la acción política. De ahí deriva la exhortación a la oración, porque la paz proviene ante todo de Dios.

El peronismo podría hallar en esta encíclica una interesante guía para valorizar los elementos propios y pensar el devenir. Varios pasajes enlazan con las consideraciones del Papa Francisco y muchos con los escritos básicos del movimiento nacional argentino. Magnifica Humanitas se suma a las firmes instancias de construcción planteadas y actuadas por los BRICS; el formato de Comunidad Organizada late con intensidad. Que una parte de nuestro país haya resuelto dejar de lado la concepción que contribuyó a gestar no implica que sus nervaduras hayan sido superadas o, peor, anuladas. Sobre el cierre de esta secuencia, quien narra escuchó una valiosa reflexión al respecto realizada por Dante Palma. Vale adentrarse acá.
Por otro lado, llama la atención que la Iglesia siga sin aprovechar la objetiva extrañeza y excepcionalidad de la vida para argumentar la existencia de un Creador. Las condiciones que tuvieron que confluir para que una formación yerma acunara este Todo asombroso que nos rodea y nos atraviesa constituyen el fundamento más interesante de una discusión que, aunque algunos no lo perciban, sigue abierta. Es probable que, como en otros aspectos, la razón esbozada por quien se denomina creyente continúe, un par de siglos después, solicitando la aceptación de un positivismo que ha terminado forzando su andar en aras de una hegemonía sin sentido.
Con franqueza, desde nuestras Fuentes se considera que este tratado filosófico y práctico pensado, escrito y difundido por este Papa, merece una lectura a fondo. De todos, sea cual fuere la escuela que anida en su ser. El texto se interna en algunos de los aspectos más profundos de la humanidad y está llamado a alcanzar una perdurabilidad sostenida. Puede seguirse con preocupación, pero también con placer. Es que los grandes temas incentivan las células grises, diría Poirot, y mejoran a quienes se lo permiten.
- Area Periodística Radio Gráfica / Director La Señal Medios / Sindical Federal











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