Por Lautaro Fernández Elem*
Lógicamente reforzado en los días posteriores a la derrota electoral, los análisis acerca de la realidad del movimiento nacional afloran primaveralmente, así como crecen cual maleza. Para no ser menos pero también, de alguna manera, aportar a la ruptura de este mismo ciclo, analizamos, ojalá por última vez, la crisis interna y sus generalidades.
Existe una falta de voluntad e iniciativa en el hacer que es cada vez peor. Aquietante, para nada esperanzadora –palabra repetida en campaña hasta el hartazgo- y fundamentalmente inútil. Cualquier iniciativa voluntariosa, se enfoca en comunicar y no en hacer.
Entre los tautológicos análisis sobre análisis coyunturales, hay algunas singularidades que atañen a la acción. Cada vez que hay una elección o un evento político, existe un grupo que dice “Cristina tenía razón” y hasta puede ser verdad: a veces linealmente y otras en un análisis más abstracto y complejo. Otras veces, no. Otras veces son simples y hasta flagrantes errores.
Igualmente, no sería eso tan grave si la consecuencia de esos análisis fuera más positiva que negativa. A saber: en la entrevista con C5N del año 2023, habló de los famosos “tres tercios”. Se venía una situación compleja de resolver electoral y políticamente. Cierto. Cristina analiza, comprende, diagnostica, pero no ejecuta en consecuencia a favor del conjunto y ni siquiera de la fuerza propia. Por ejemplo: Cristina veía que iba a haber un escenario de tres tercios en las elecciones. Juntó así a su mesa chica de La Cámpora y planteó lo que se venía. Todos la escucharon atentamente y preguntaron
Perfecto Cristina, es correcto. Entonces “¿qué hacemos?”. Vamos a pegarle al presidente…
Es importante la comprensión, el diagnóstico, “estudiar historia” como dice que decía Winston Churchill. Es como ese director técnico que en el entretiempo analizó al rival y nos dice: “sus marcadores de punta no marcan a nadie, su doble cinco no frena a nuestros volantes, sus centrales son lentos pero van bien de arriba, sus carrileros no vuelven. Entonces lo que vamos a hacer es tirarles centros frontales…” Si uno diagnostica bien, pero equivoca la ejecución que parte de ese diagnóstico, no se completa la acción conductora. Esto achica la fuerza conducida, puesto que decisión tras decisión, las bases se ven más mandadas y menos persuadidas.
Fuera de animosidades subjetivas – imposible – el escenario plantea que la interna Cristina-Kicillof es solo la interna del kirchnerismo. No del peronismo. No se está construyendo en función de una representatividad ni mucho menos expresión mayor a la de los votos ya conocidos. De hecho, el kicillofismo no está en una interna palmo a palmo, está intentando correr al kirchnerismo para poder construir una interna que sí tenga expresada a todo el movimiento. Para intentar ganarla, por supuesto.
Llegamos ahí a otro de los pilares de esta situación. El accionar correcto o incorrecto, las voluntades, críticas y otras circunstancias planteadas por CFK pasaron de ser instrucciones al movimiento, a inquietudes sectarias, luego a obstáculos y ahora son tan solo excusas auto impuestas por el campo nacional en su conjunto.

Es preciso dejar de escudar la falta de iniciativa en un falso freno kirchnerista. No hay que decir más que “Máximo no me deja o me obstaculiza hacer tal cosa”, es una excusa de la inacción para convencer, expresar o –en definitiva- salir a organizar pedazos de pueblo. Desde la base militante territorial hasta las gestiones gubernamentales. Desde el barrio hasta el Norte Grande. Desde la mesita hasta el ministerio.
El kirchnerismo no es más conducción del movimiento. Ha cometido tantos errores siéndolo, que ha dejado de serlo. Y como ya no es la conducción, ha desaparecido la falsa premisa de que la conducción no conduce. La autocrítica es entonces desde el resto de los grupos que estamos fuera de la interna: no hacemos nada. Sólo opinamos y criticamos a la dirigencia sin dar un paso al frente, o peor aún, sin intentar organizar los ámbitos que nos corresponden.
He aquí una salvedad. Valiosa no solo para mí propio equilibrio sino para la continuidad del análisis. Una buena cantidad de constructores en la militancia de base como también de los “cuadros intermedios” del kicillofismo no han corregido sus deficientes prácticas provenientes de su anterior filiación. Sólo han cambiado de jefe. Antes te cagaban por orden de La Jefa y ahora por orden de Axel. Pero como en la llorería ya no entra más gente, sólo podemos esgrimir el siguiente intento empujón a la iniciativa:
Los militantes de base que militan son las personas más importantes de nuestro movimiento hoy en día. Los comedores, las básicas, las comisiones internas, las agrupaciones estudiantiles, las cuadrillas cooperativas, las parroquias sostienen la voluntad organizadora de nuestro pueblo que el peronismo ha dejado de expresar en su superestructura.
Hay herramientas. Hay militantes. Hay pueblo. De la organización y de la ejecución de políticas surgirá el programa y no al revés. Nunca un gobierno peronista ganó una elección por tener un programa. Ni Perón, ni Néstor, ni Cristina, mucho menos Alberto. Ganaron por el reconocimiento del pueblo de que su tarea militante transformó parcialmente la realidad y debería hacerlo en un plano mayor, y si ganaron nuevamente es porque construyeron programa expresivo del pueblo a través de la ejecución.
De lo general a lo particular: ¿Where La Gloriosa JP gone?
Desde los análisis de los actores en su conjunto del movimiento, accedo a la parte. Los vejetes y los gordos interna ya pueden ir yendo. En este caso me voy sobre la generación que me toca. Reproduzco una evaluación conjunta entre compañeros que lleva ya varios años sin modificaciones, solo empeoramiento.
Existe un bache generacional que empezaremos a notar con mayor determinación en algunos años. Hablando de la militancia, claro, o por lo menos de lo que entendemos por militancia en términos modernos -no posmodernos-.
Evitando por un momento la idea de la “militancia de redes sociales” como acto que un individuo realiza en pos del bien común o de su intención de transformar la realidad, nos encontramos con una cruda verdad: los jóvenes de clase media ya no tienen motivación por ser revolucionarios.
No cuentan las revoluciones tecnológicas, musicales, comunicacionales. Hablamos de la transformación estructural de la sociedad y sus relaciones de poder. De la distribución de la riqueza. Del gobierno del pueblo. En una gran generalización, las voluntades relativas o hasta porcentuales de militantes revolucionarios sobre el total de la generación, son cada vez menores de lo ya pequeño que siempre fueron. Jóvenes que ni siquiera quieren ser políticos o mover algo de gente detrás de una idea, que no se ven motivados por un símbolo superior o por un problema mundano.
Esto contrasta con algo que sí sucedió con fuerza durante varios años de hace no tanto tiempo, cuando la política se había convertido en uno más de los intereses mainstream y además había reencontrado espacios territoriales donde compartirlo. No sólo “había renacido la militancia política”, sino que la política estaba de moda. En series, películas, en los horarios prime time, en lo llamado “aesthetic”, en el militante o la militante que encontraban no solo una salida laboral estatal sino un ámbito de vinculación con sus pares y que, además, era felicitado por sus familias y distintos espacios mediáticos.
Existió también un desfasaje o una falsa impronta de ese objetivo. Potente pero mal encaminado: el destino/futuro/objetivo/proyecto era solo la política institucional y no tanto la política de organizar al pueblo. Pero es otro debate que no ocupa estas líneas.
El triunfo de Macri en 2015 fue el gran big bang de las desgracias argentinas. En una incontable lista de fenómenos desde aquella vez hasta hoy que dañaron a nuestro pueblo, economía, política, cultura, relaciones, etc. nos ocupan aquellos que dañaron no sólo a la militancia en sí, sino que dañaron la potencialidad militante, es decir, la posibilidad de que surja nueva militancia.
Hemos hablado antes de la desazón, de la decepción, de la falta de conducción y del abandono de la práctica por la falta de resultados. También lo es el simple hecho simple y biológico de que crecimos y tenemos que garantizar nuestra propias tareas y familias, el aburguesamiento que llega con la edad, etc. Conocidos son los temas y difundidas las coincidencias. Sin embargo, aquí abordamos algunos otros subterfugios.
La proliferación de herramientas tecnológicas, de espacios de difusión, de encuentros virtuales, ofrecieron una territorialidad distinta, nueva, novedosa y, por tanto, llamativa que terminó por reemplazar la voluntad de hacer política por la de hablar de política.
Mis viejos siempre militaron. Son periodistas y toda la vida fueron peronistas. Hicieron política en las organizaciones estudiantiles en la Universidad Nacional de La Plata, trabajaron décadas cubriendo y analizando la vida política, sindical, cultural, deportiva nacional e internacional.
Asistieron y fueron parte de la organización de incontable cantidad de movilizaciones callejeras, de actividades barriales, de actos políticos. En mi casa se hablaba de política, en las casas de los amigos de mi familia se hablaba de política.
Esta realidad total o parcialmente coincide con la de una buena cantidad de jóvenes que componen el colectivo militante al que me refiero. Dejo de lado en este análisis a aquellos pibes y pibas que, con otra realidad muy distinta, llegaron a la militancia a través de sus propios problemas (barriales, sindicales, estudiantiles, etc).
Nos sumamos porque había un rastro que seguir y un empuje para hacerlo. Pero nuestra misma generación, que ha dedicado una enorme cantidad de su tiempo en el “hacer” de la política o al “hacer militante”, si hoy es motivado por algo a nivel político (propositivo o en respuesta) primero apunta a su difusión y debate y luego -o nunca- a su ejecución.
Pasamos de “me gusta la política, voy a militar en algún lado” a “me gusta la política, voy a hacer un podcast”. ¿Está mal hacer un podcast? No. ¿Está mal stremear? No. ¿Está mal hacer un corto documental? No. ¿Está mal comunicar? Por supuesto que no.
Ahora bien. Para un militante ¿Está mal no ejercer la militancia? Y…
Entonces.
La generación millenial está herida en sus valores militantes por los resultados electorales y por sus insatisfactorias dirigencias, y además se ha encontrado con la nueva facilidad de seguir relacionado con la política mediante una gran cantidad de canales sociales. ¿Por qué habría de salir a militar en el barrio, en el sindicato, en la política institucional o en cualquier ámbito del movimiento, a menos que su trabajo se lo requiera?
Detrás nuestro el panorama no es más alentador si de sostener y fortalecer la organización popular hablamos.
Quienes nos suceden, los centenialls y aún menores, no han perdido la motivación por la política práctica. Porque nunca la han tenido. Y peor aún, abrumados por la sobre oferta de los canales y medios digitales y las relaciones sociales virtuales, entienden su transformación sólo a través de los mismos. Si tienen interés en asomarse a la política por alguna razón u otra, no buscarán la agrupación del colegio, o la unidad básica del barrio sino el acercamiento al espacio de encuentro virtual. De nuevo: no es algo negativo. Pero hay espacios que se dejan de ocupar, y en aquellos que empezamos a dar lugar, no tienen aún la construcción para ser conducidos o coordinados.
Nos vamos quedando sin mano de obra militante.
O logramos volcar nuevamente a su tarea en el territorio a quienes la han dejado por múltiples motivos, o apuntamos a enlazar la enorme nube de ideas y conceptos que vuelan en youtube, twitter y whatsapp con la capitalización política práctica.
La juventud no es el sujeto revolucionario. El sujeto revolucionario, organizador y transformador de la realidad fueron son y serán los trabajadores en todas sus diferencias y modalidades. Sin embargo, para esa generación que se piensa a sí misma como aquella que recuperó la política con Néstor y Cristina, esa que en algún momento sintió realmente la emoción adolescente y pasional revolucionaria y aún la cuida conscientemente, hay un lugar tan oportuno como necesario en esta era de desesperanza.
Nuestra generación por “por mandato popular, por comprensión histórica y decisión política” está ante la oportunidad de ser protagonista nuevamente.
*Periodista Radio Gráfica














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