Por Guillermo Caviasca
Desde que los imperios ibéricos comenzaron su asentamiento en la fachada atlántica de América del Sur la competencia entre los límites soberanos de cada monarquía fueron un eje de conflicto. Todo el espacio que se encuentra desde Florianópolis al Río de la Plata y las Misiones fueron lugar de guerra de alta o baja intensidad. Este es el antecedente originario de las disputas y origen de las teorías geopolíticas creadas en futuras naciones independientes Argentina y Brasil, en sus inicios la lucha por la Cuenca del Plata y en el siglo XX por cual será la influencia de ambos Estados en el continente. Hoy sabemos que los caminos fueron distintos y que un competidor quedo fuera de carrera: Argentina.
Una escuela geopolítica exige cuatro condiciones simultáneas: una idea fundacional, un precursor, discípulos y continuadores que la desarrollen, y la transformación de esa idea en política de Estado y política de poder efectiva. Brasil cumplió las cuatro, y las siguió cumpliendo incluso después del ciclo militar con una generación de geógrafos críticos que reformuló la agenda sin romper la continuidad institucional. Argentina, por el contrario, tuvo pensadores valiosos (Perón entre ellos con una política concreta desde el Estado frente a Brasil) pero nunca una escuela con esa continuidad. Individuos, no una tradición que se transmitiera de generación en generación dentro de un aparato de Estado. La hipótesis que manejamos es que la asimetría entre ambos países no es solo económica: es, antes que nada, una asimetría de continuidad doctrinaria que hace a la falta de un desarrollo histórico que orientara la continuidad de la política exterior.
I. La Escuela Geopolítica Brasileña
Carlos Miguel Delgado de Carvalho (Francia, 1884 – Brasil, 1980) fue el primero en tratar sistemáticamente en Brasil la relación entre geografía política y política exterior, en obras como O Brasil Meridional (1910) y Geographia do Brasil (1913) (Barros, 2008). Su paso por el Instituto Rio Branco, la escuela diplomática de Itamaraty, es el dato decisivo: fue quien le dio a la Cancillería brasileña una impronta desde el punto de vista de la geografía política uniendo por primera vez de manera institucional política exterior y defensa, el mismo nexo que después profesionalizaría la Escola Superior de Guerra (ESG).
En paralelo, Everardo Backheuser (1879–1951), ingeniero y geógrafo, fue uno de los primeros en introducir en Brasil la “Geopolitik” de Ratzel y Kjellén, adaptándola a la cohesión territorial del país (Cursini, 2023); y Lysias Rodrigues (1896–1957), aviador militar, fue pionero de una geopolítica de la aviación, con una propuesta concreta hacia los territorios federales fronterizos, (adoptada en la reforma de 1943) para garantizar presencia estatal en zonas despobladas del interior (Feitosa, 2024). Son, junto con Delgado de Carvalho, la base sobre la que se asienta la generación siguiente.
Los hombres claves: Mário Travassos, Golbery do Couto e Silva y Carlos de Meira Mattos (1913–2007), son una misma generación de militares que sirvieron en el bando Aliado en la Segunda guerra mundial antes de convertirse en los arquitectos de la geopolítica de posguerra. Travassos publicó en 1935 Projeção Continental do Brasil, cuya tesis del “antagonismo geopolítico”: la cuenca del Plata bajo influencia argentina frente a la cuenca amazónica bajo dominio brasileño, con Bolivia como área pivote, sigue siendo la matriz de todo lo que vino después.
Golbery, en Aspectos Geopolíticos do Brasil (1952) y Geopolítica do Brasil (1967), tradujo ese antagonismo al lenguaje de la Guerra Fría: la distinción entre fronteras vivas y muertas, los hemiciclos concéntricos de influencia brasileña y la ecuación seguridad-desarrollo son la base de la Doctrina de Seguridad Nacional de la ESG (Fernandes, s.f.). Meira Mattos, en Brasil: Geopolítica e Destino (1975) y Uma Geopolítica Pan-Amazônica (1980), globalizó el proyecto hacia la cooperación amazónica transfronteriza y el “destino de potencia” hegemónica regional (De Mello, 2024).

El cuarto nombre que no puede omitirse es el de Therezinha de Castro, la responsable de extender la visión geopolítica brasileña hacia el sur y el este: la proyección antártica y atlántica de Brasil. Castro desarrolló la teoría de la defrontación (1956), que propone trazar los límites de los reclamos antárticos sudamericanos proyectando los meridianos desde los puntos costeros más extremos de cada país hacia el continente blanco. Brasil la usó para fundamentar un eventual reclamo sobre el sector antártico entre los meridianos 24° y 90° oeste, vinculándolo al Tratado Interamericano de Asistencia Recíproca de 1947. Es, en rigor, la respuesta competitiva brasileña, a la política iniciada durante el gobierno peronista con el mapa bicontinental de 1946, la creación del Instituto Antártico Argentino en 1951, y las campañas y bases antárticas.

Castro y Meira Mattos no limitaron su proyección atlántica a la costa propia: fueron también los ideólogos de una proyección hacia los países africanos de habla portuguesa (Angola en primer lugar), no solo como cooperación militar sino como plataforma de influencia económica y de expansión de empresas brasileñas. El objetivo de fondo era convertir al Atlántico Sur en algo cercano a un “lago interior” que compensara el corte longitudinal que le impone el eje británico de Ascensión, Santa Elena, Tristán da Cunha, Georgias, Sándwich, Malvinas —islas que efectivamente son territorio británico en pleno Atlántico Sur y que el Reino Unido usó como base de reabastecimiento aéreo y naval durante la guerra de Malvinas de 1982, su función estratégica más documentada.
La “Amazônia Azul” expresión que designa un concepto acuñado por la Marina brasileña en 2004 para la zona económica exclusiva y la plataforma continental del propio Brasil (Marinha do Brasil, 2024), se relaciona con la cooperación naval y militar de Brasil con Angola y Namibia, y el impulso brasileño-nigeriano que en 1986 creó la ZOPACAS (Zona de Paz y Cooperación del Atlántico Sur) para limitar la influencia de las antiguas potencias coloniales en ese océano (Guimarães, 2016).
La escuela no se agotó con el ciclo militar. Bertha Becker (1930–2013), geógrafa de formación académica y no castrense, redefinió desde los años ochenta la geopolítica de la Amazonia: argumentó que la región no era un “vacío demográfico” sino una frontera urbana y tecnológica que requería desarrollo estratégico sostenible (Ribeiro, 2014), desplazando el eje de la seguridad militar hacia la gestión territorial de ese amplio “vacío geopolítico” antes las apetencias de las potencias occidentales y las ONG de “trasnacionalizar” con la excusa de la ecología. José Luís Fiori, politólogo de la Universidad Federal de Río de Janeiro, analiza hoy la geopolítica brasileña desde el neorrealismo y una “teoría del poder global”, estudiando la inserción multipolar de Brasil en el BRICS (Farias, 2024). Ambos muestran que la escuela brasileña migró de los cuarteles a la universidad sin perder continuidad temática y mantiene su marco de interpretación dentro del nuevo mundo multipolar dando la orientación general para el despliegue brasileño. En Argentina no hay nada igual.
Síntesis ampliada del eje geopolítico militar brasileño

II. La contracara argentina: tres intentos, ninguna escuela
Sostenemos la hipótesis de que Argentina no le opuso a Brasil una escuela geopolítica, sino una sucesión de intentos individuales, valiosos, pero sin continuidad institucional. Veamos algunos relacionados con el clivaje Argentina Brasil que es la lógica de este artículo.
El Pacto ABC —la unión aduanera entre Argentina, Brasil y Chile que Perón impulsó ante Getúlio Vargas e Ibañez del Campo entre 1951 y 1953— lo podemos ver como una respuesta directa a Nicholas Spykman (teórico de la geopolítica de los EEUU): Perón habría interpretado con precisión lo que el Rimland y la división en seis zonas de América Latina significaban para el Cono Sur, y el ABC fue su contraofensiva doctrinaria (Spykman sostenía que el ABC era la principal amenaza a neutralizar que podía disputar la hegemonía norteamericana). También como el intento de superar “por arriba” no “venciendo” la histórica antinomia con Brasil. Los documentos confirman que el ABC revivía el proyecto homónimo de 1908 (en una época de fuertes roces entre nuestros países, en definición de sus fronteras) y buscaba un bloque económico que blindara a los tres países de la fragmentación hemisférica (Dalio, 2018). Aunque el fracaso no se explica solo por la oposición externa de Washington o de Londres sino por el rechazo de las propias élites locales, especialmente en Brasil, que como vimos antes estaba construyendo una geopolítica hegemónica.

En Brasil en particular, la Unión Democrática Nacional (UDN) y los sectores militares más duros de la naciente Escuela Superior de Guerra, (pro aliados), rechazaban de plano cualquier acercamiento a un Perón al que asociaban con el autoritarismo fascista y un obstáculo para su despliegue regional; la filtración en marzo de 1954 de un discurso reservado que Perón había dado en la Escuela Nacional de Guerra en noviembre de 1953 desató en el Congreso brasileño una ofensiva parlamentaria contra supuestos compromisos varguistas que, sin ser la causa única, contribuyó a la crisis política que terminó en el suicidio de Getúlio Vargas en agosto de 1954 (Dalio, 2018). El ABC murió, en los hechos, con Vargas (aunque siguió el intento con Chile y el “peronista” Ibañez): fue el proyecto más ambicioso y el más cercano a una verdadera integración simétrica, política. Debemos tener en cuanta que en esos momentos Argentina era una fuerza regional de cierta envergadura y de gran potencialidad
Dos décadas después, ya sin Perón en el poder, Juan Enrique Guglialmelli retomó la advertencia sobre la geopolítica expansiva brasileña desde la revista Estrategia y el INSAR. Su lectura de Brasil, documentada en su propia producción de 1969 a 1983, describía a un país vecino que operaba con objetivos claros: abrirse “caminos hacia el Pacífico”, bloquear iniciativas argentinas y construir obras hidroeléctricas y puertos alternativos que compitieran con el sistema portuario rioplatense (Di Renzo, 2020, Guglialmelli, 2007). El punto de mayor tensión fue la explotación de los recursos hídricos compartidos de la Cuenca del Plata (el trasfondo directo de la disputa Itaipú–Corpus, que Argentina y Brasil recién resolvieron en 1979 con el Acuerdo Tripartito, con la cesión argentina): Guglialmelli criticó con dureza la posición negociadora argentina en la Sexta Reunión de Cancilleres de la Cuenca del Plata (1975), y expresó preocupación por el acuerdo nuclear entre Brasil y Alemania Occidental firmado ese mismo año. Es de destacar que Argentina y Brasil eran aun potencias regionales competitivas, aunque Brasil ya mostraba mucha mayor estabilidad de largo plazo.
A diferencia de Díaz Loza una década después en un pico alto de confrontación, Guglialmelli estructuraba su respuesta al expansionismo brasileño con el “desarrollo integral y socio-económico” de la Argentina —energía, minería, siderurgia— antes que la confrontación (Di Renzo, 2020. Guglialmelli, 2007). Para Guglialmelli el desarrollo industrial y social de argentina y una logística que atrajeran a los vecinos obligaría a Brasil a desistir se sus prácticas hegemónicas ante una Argentina potencia. En este sentido desarrolla la tesis de la “Argentina peninsular” vinculada estrechamente América del sur y espacialmente al Cono sur (en contraposición con la tesis de la “Argentina insular”, sin gran interés en el resto del subcontinente, del almirante Storni, el primer geopolítico argentino). O sea, sostenía que el desarrollo de las grades potencialidades del país, podría llevar a neutralizar la hegemonía brasileña y buscar otra salida de integración en América latina.

El coronel Florentino Díaz Loza —cuya obra de referencia es Geopolítica para la Patria Grande (1987)— es quien nombra explícitamente lo que Guglialmelli describía sin bautizar: el “cerco geopolítico brasileño” sobre la Cuenca del Plata. Retoma a Ratzel y Haushofer despojándolos de la impronta de una gran potencia como Alemania, para reformular la teoría del Espacio Vital en clave defensiva, y combate frontalmente tanto a Spykman —por diseñar la fragmentación hemisférica— como al proyecto hegemónico brasileño. Su respuesta es profundizar la tesis de la “Argentina Peninsular” y la integración del Cono Sur hacia la Patria Grande: la misma región que para Travassos era “bisagra” a integrar hacia el Atlántico brasileño es, para Díaz Loza, el espacio a defender de esa absorción por el rival hegemónico. También desarrolla el fructífero concepto de “Frontera geopolítica” con el que define los espacios de soberanía real de cada estado dentro de su propio territorio formal o hacia el resto del mundo. Es de destacar que tanto para Guglialmelli, como Para Diaz Loza y para Perón, la integración con Chile era fundamental para potenciar en gran escala la potencialidad de una “bioceaneidad” y “bicontentalidad”.

Del ABC al Mercosur: geopolítica de la integración sudamericana
El ABC de Perón (1951-1953) y el Mercosur (1991) son los dos intentos de integración regional sudamericana de mayor alcance del siglo XX, y comparten el objetivo geopolítico de fondo: constituir un bloque capaz de negociar con mayor peso frente a las potencias globales. Pero responden a paradigmas, contextos y arquitecturas de poder casi opuestos, y esa diferencia explica tanto por qué uno fracasó como por qué el otro prosperó.
El proyecto de Perón retomaba una idea ya esbozada a principios de siglo por Estanislao Zeballos y el barón de Rio Branco, pero le dio un contenido nacionalista, antiimperialista e industrialista: un eje Buenos Aires-Brasilia-Santiago que, bajo la lógica de la Tercera Posición, buscaba la autosuficiencia energética, alimentaria y mineral del Cono Sur frente a Washington y Moscú por igual, con la industrialización por sustitución de importaciones como base material. Fue un proyecto eminentemente político y de arriba hacia abajo (sostenido en la afinidad personal entre Perón, Getúlio Vargas y Carlos Ibáñez del Campo, hombres de un origen ideológico que “rimaba”) que nunca llegó a construir una estructura económica propia. El Pacto de Santiago, firmado con Ibáñez tras el fracaso de las tratativas con Vargas, fue repudiado públicamente al día siguiente por el canciller brasileño João Neves da Fontoura en nombre de la “unanimidad panamericana”: una fórmula que encubría la presión directa de Washington sobre el establishment brasileño, en línea con la lectura de Nicholas Spykman, para quien la seguridad estadounidense en el hemisferio dependía justamente de que Argentina, Brasil y Chile no se unieran. A ese bloqueo externo se sumó uno interno: en los años cincuenta, Argentina conservaba un PBI per cápita y un desarrollo industrial que aún rivalizaban con los de Brasil, y esa paridad estratégica fue lo que llevó a Itamaraty y a las Fuerzas Armadas brasileñas a leer el ABC como un intento de hegemonía argentina antes que como una propuesta simétrica.

El Mercosur nació en un contexto invertido: fin de la Guerra Fría, Consenso de Washington, regionalismo abierto. No buscó aislar a la región del mercado mundial sino insertarla en él, y por eso se construyó como una unión aduanera de matriz liberal diseñada por cancillerías, economistas y gremios empresariales, no por líderes políticos con proyectos alternativos (¿“disidentes” del orden de posguerra?). El Mercosur, (que merecería un análisis de números e integración de cadenas productivas y logísticas, como su relación con el desarrollo y autonomía de cada país y como bloque frente al mundo, que no es parte de este artículo) logró institucionalizarse con el Consejo del Mercado Común, Tribunal Permanente de Revisión, etc. y sobrevivir tres décadas de cambios de signo político. Pero el factor decisivo no fue el diseño institucional sino la relación de fuerzas sobre la que se asentó: para 1991 Brasil ya había superado a la Argentina de forma prácticamente irreversible, su PBI triplicaba al argentino y representaba entre el 60% y el 65% del producto combinado del bloque, con una población cinco veces mayor. Itamaraty dejó de temer una hegemonía argentina que ya no era plausible y empezó a ver en el Mercosur una plataforma de proyección internacional propia que se inserta en las estrategias que vimos antes (era la materialización de la victoria brasileña). Argentina se sumó desde una posición defensiva, consciente de que quedar afuera del mercado brasileño equivalía a la irrelevancia regional, había perdido la carrera más por causas propias que por agresiones de su competidor. El Mercosur prosperó, en otras palabras, precisamente porque partió de una asimetría que a Brasil no le urgía corregir: la misma asimetría que, invertida en los años cincuenta, había contribuido a hundir al ABC por temor del as elites brasileñas a abandonar sus ideas hegemónicas. Chile, pata fundacional del triángulo peronista por su acceso al Pacífico y sus recursos mineros, resume ese giro: en 1991 optó por quedar fuera del bloque como socio unilateral, priorizando sus propios tratados de libre comercio y articulado a la división internacional del trabajo tal como era la imposición victoriosa del régimen de Pinochet. Lateralizando la integración regional.
Vale un último contraste, con la unificación aduanera prusiana como espejo. El Zollverein de 1834 construyó primero la base económica —eliminación de aduanas interiores, arancel externo común— como instrumento deliberado de una unidad política que llegaría recién con Bismarck en 1871: economía al servicio de un fin político definido de antemano. El ABC invirtió esa secuencia: quiso la unidad política sin base económica. El Mercosur, a su vez, construyó la unión comercial basada en intereses de algunas ramas empresariales clave rechazando explícitamente la integración política profunda. Los tres casos ensayan combinaciones distintas de la misma ecuación —economía y poder político— los sudamericanos no la resuelven del todo: treinta años después, el Mercosur sigue debatiendo si profundizar la unión aduanera o flexibilizarla, con Brasil como ancla indiscutible y Argentina cada vez más débil relativamente, resolviendo el mismo dilema entre el acceso al mercado brasileño y el riesgo de quedar subordinada a su escala.
Conclusión
El recorrido que va de Delgado de Carvalho y Backheuser a Becker y Fiori no es una curiosidad historiográfica: es la explicación de por qué Brasil llegó al siglo XXI con una única doctrina de Estado sobre su lugar en Sudamérica y en el Atlántico Sur, mientras Argentina llegó con tres respuestas sucesivas —la de Perón, la de Guglialmelli, la de Díaz Loza— que nunca lograron encadenarse en una tradición que condujera a sus relaciones exteriores y sus FFAA. La distinción entre “escuela” y “pensadores” no es un matiz semántico: es la variable que mejor explica por qué el antagonismo geopolítico que describió Travassos en 1935 sigue, noventa años después, resuelto a favor de Brasil.
Quedan abiertas, de todos modos, más preguntas que certezas. ¿Cómo debe desde Argentina afrontarse la construcción de una visión geopolítica en la época de una transición a nivel mundial y una revolución tecnológica? ¿Es posible construir hoy, en la Argentina, algo parecido a una escuela geopolítica con continuidad institucional, o la avanzada fragmentación política del país lo hace estructuralmente imposible? La migración brasileña de la geopolítica militar a la académica con Becker y Fiori, ¿tiene un equivalente argentino más allá de intentos aislados, o la propia crítica de Díaz Loza a la falta de Proyecto Nacional sigue vigente cuarenta años después, en la era del ciber espacio, el espacio, del litio, el Mar Argentino y Vaca Muerta? Y, finalmente: si el Mercosur consolidó en términos económicos la asimetría que el ABC no pudo torcer en términos políticos, ¿qué instrumento, que “proyecto nacional” argentino, o común si fuera posible, podría hoy achicar esa brecha de noventa años?











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