Por Fernando Gomez *
“Lo que yo nunca le voy a perdonar a Perón es que durante su gobierno, y luego también, el negrito que venía a pelear por su salario se atrevía a mirarnos a los ojos. ¡Ya no pedía, discutía!”. La frase se le atribuye a don Robustiano Patrón Costa, a quien Rodolfo Puiggrós supo describir como “uno de los más notorios oligarcas y epígonos de los monopolios extranjeros”.
Don Robustiano era heredero de una familia perteneciente al sector social del norte argentino que en el siglo XVIII había amasado una fortuna proveyendo mercancía a las minas del Alto Perú que explotaban en nombre de la corona española. Propietario del ingenio El Tabacal, se valió del poder económico para capturar -además- el poder político de la provincia de Salta. Fue ministro, gobernador y diputado conservador.
Desde bien lejos de nuestra historia, en esta tierra, hay una minoría que se hizo de enormes riquezas trabajando al servicio del extranjero y castigando severamente a nativos y criollos que trabajaban para consolidar sus posiciones dominantes. Una élite económica cómoda con administrar una colonia, intelectualmente chata, supremacista, soberbia, cínica y con las manos manchadas de sangre de obreros, nativos, mestizos, criollos, negros y todo aquel que integrara esa enorme mayoría a la que identificamos como pueblo.
Desde lejos también, esa mayoría popular fue a los tumbos intentando encontrar referencias en la aristocracia que proveía líderes políticos, a ver si alguno era capaz de empujar el país hacia un lugar mejor. Hasta que un día llegó Perón. El archienemigo de esa oligarquía funesta, el grano en el culo de la aristocracia que se sentía dueña del progreso nacional. El causante de las pesadillas de Patrón Costa, el que conformó el primer y más genuino instrumento político de obreros, nativos, mestizos, criollos, inmigrantes y cabecitas negras.
Los descamisados de esta historia, los que no pudieron jamás ser racistas, porque lo hubieran sido contra ellos mismos.
“Los sanguijuelas de un lado y la gente humilde del otro” supo sintetizar Hernán de Mala Fama hace muy poquito nomás, graficando la vigencia de la asimetría histórica. Como colofón de tanta vigencia oligárquica, en el Senado de la Nación se encuentra sentado Joaquín Benegas Lynch, mientras que en la Cámara de Diputados se apoltrona “Bertie” Benegas Lynch, bisnietos de don Robustiano Patrón Costa.
A lo largo de la historia, la prensa escrita, la radio, la televisión y cualquier propaladora de sentido fue mercantilizada por esa oligarquía para usarla en su favor y construir un espejo en el que la Argentina se reflejara conforme esa minoría espantosa. No es ninguna novedad: una minoría para lograr que la identidad nacional se refleje en sus perversiones precisa disputar el sentido común que la mayoría hace existir por su mera supervivencia, a través de una disputa hegemónica de apropiación de los medios de masificación cultural.
Ninguno fue tan poderoso como el algoritmo diseñado por el puñado de corporaciones tecnológicas que han moldeado la más peligrosa y deshumanizante herramienta para suprimir la racionalidad como forma de vinculación social y reducir a la emotividad permeable la producción humana de comportamiento.
Que en Estados Unidos, en Francia, en Inglaterra y en España existan personajes que acusen a los argentinos de racistas es para cagarse de risa. Lo que no es para cagarse de risa es la ciénaga intelectual en la que hay que estar sumergido para que una tendencia introducida por un algoritmo pueda reproducirse tan velozmente, tan masivamente, tan acríticamente, y fundamentalmente, tan irracionalmente.
Occidente está en la lona cognitiva. Y nuestro país lo adorna con un presidente con ostensible retraso mental, naturalizado por la maquinaria algorítmica, romantizado por sus subsidiarias de los medios exmasivos y escogido como emergente de una timba electoral que, en esta debacle, se ha transformado en un arma bien jodida.
“Campaña Anti-Argentina”
El Mundial fue un laboratorio excepcional para cristalizar la perversa eficacia de la implantación de ideas por el nervio tecnológico. Desde asumir que un gol debía ser anulado por tocar el pelo de un jugador, y vanagloriar que un chip podía detectar lo que nadie podía ver pero en teoría había sucedido, hasta instalar debates inexplicables en tiempo récord que se superan con inigualable habilidad.
“Todos contra Argentina” se construyó como consenso súbito en las redes sociales. Mientras eso sucedía, Donald Trump elogiaba a Messi, su vocero desautorizaba los reclamos de sanciones vehiculizados por Inglaterra y Netanyahu se fotografiaba con una bandera argentina. Todo llegaba al teléfono por vía TikTok, Instagram, Facebook o Twitter, aún sin pedirlo, aún en las antípodas de esa antinomia vulgarmente presentada.
Una “Campaña Anti-Argentina” en la que estaban todos contra Argentina, menos Israel y Estados Unidos. Hasta el acompañamiento de Bangladesh a la selección nacional fue desapareciendo del feed, cuando hace cuatro años alguien había depositado en la propaladora los particulares videos que llegaban desde ese rincón del planeta.
Son bastante peculiares las “Campañas AntiArgentina” que conoce nuestra Patria. En tiempos de la dictadura genocida, se usó aquel concepto para referirse a la ofensiva mediática que desde los organismos internacionales de Derechos Humanos habían emprendido contra la Junta Militar aprovechando la vidriera del Mundial de 1978.
Los mismos que sentaron a Martínez de Hoz a extranjerizar el comercio exterior, el sistema financiero y desmantelar la industria nacional para asegurar un modelo extractivista que proveyera de recursos estratégicos a las prerrogativas geopolíticas de Estados Unidos, se golpeaban el pecho hablando de la Patria, mientras desmantelaban la potencialidad nacional para edificar nuestro futuro y sujetarnos a un destino de colonia factoría.
Una maniobra de pinzas en la que mientras se presenta una “Campaña Anti-Argentina” vehiculizada desde el extranjero, los que la denuncian son la auténtica amenaza nacional.
No hay nada más antiargentino que ceder a manos extranjeras una empresa pública, autorizar que el poder económico extranjero compre tierra en forma indiscriminada, se apropie de nuestros territorios de frontera, nuestros recursos estratégicos y desmantele toda capacidad nacional para transformar al país en dependiente de los Estados Unidos e Israel.
Aún más grave que en otro tiempo, todo sucede en forma simultánea. En 24 horas, el mismo gobierno que quiere autorizar la extranjerización de las tierras argumentando que un extranjero tiene los mismos derechos que un argentino, en nombre de la “Campaña Anti-Argentina” envía un proyecto de ley para impedir que ciudadanos de otro país accedan a las universidades nacionales. Todo en simultáneo y sin atender contradicción alguna ni pagar el costo de una repregunta.
Palabras y sentido
Uno de los episodios más inquietantes en la guerra del Peloponeso lo describe Tucídides con elocuencia. En Corcira, las palabras fueron armas. La fractura política que atravesaba la isla terminó por extenderse al valor de las palabras. Los sectores en pugna las llenaban y las vaciaban del sentido que más les convenían. Dejaron de nombrar cosas, gestos o adjetivar los actos, y pasaron a señalar un bando.
Con su carga narrativa, Tucídides nos intenta dejar un mensaje para el presente. Las guerras más cruentas, las fracturas más peligrosas, habitan el momento exacto en el que las palabras abandonan el significado común que compartimos.
Atravesamos un tiempo donde se habla demasiado, se expresa poco y el lenguaje sirve menos para entenderse. Jamás hubo tantos canales para expresar algo, y jamás esos canales manipularon tanto lo que se expresa. Las palabras han perdido significado.
Como en la narrativa de Tucídides, lo que hoy es bueno, mañana pasa a ser malo, depende el bando en que las emociones eligen situarte. Y luego puede ser bueno nuevamente, con la misma facilidad con que se invierten las virtudes. La palabra pierde sentido, y la sospecha precede al entendimiento. Todo valor se desintegra en la desconfianza del bando de pertenencia. Y todo merece ser brutalmente expuesto, como si jamás hubiera retorno para nadie, aunque mañana retorne a pensar lo contrario.
Es indispensable revisar la psicología de la construcción de sentido de este tiempo tan distópico, en el que las emociones son moldeadas por un algoritmo que no fue diseñado sólo para vender pelotudeces.
Es necesario reafirmar el lenguaje como método de expresar sentido, reivindicar la producción colectiva de destino común y cohesionar una mayoría en el espejo de sus propias urgencias y necesidades. Hay que recuperar el sentido de las cosas.
Porque en definitiva, necesitamos volver a pensar la Patria, soñarla y significar su destino, para pensar el futuro que nos merecemos como Pueblo.
(*) Editor de InfoNativa. Vicepresidente de la Federación de Diarios y Comunicadores de la República Argentina (FADICCRA). Ex Director de la Revista Oveja Negra. Militante peronista. Abogado.











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