Por Carlos Aira
Fue un partido de fútbol, pero bien sabemos que fue mucho más que eso. Argentina e Inglaterra jamás será un simple cruce de noventa minutos. ¡Como si el fútbol fuera tan solo unos señores corriendo detrás de una pelota! No. El fútbol del siglo XXI es un complejo entramado de ingeniería financiera y geopolítica, al punto de que su control se ha vuelto una cuestión de Estado. Es el más global de los entretenimientos, sí, pero también es un arte. Y en esta periferia del mundo —como solía decir Francisco— el fútbol es el juego que amalgama pasión, cultura e identidad.
Es el sueño de miles de pibes y pibas que jugaron una y mil veces en su cabeza el partido soñado. Y casi siempre, ese sueño es un triunfo decisivo sobre Inglaterra. Por eso, futbolistas profesionales acostumbrados al mainstream europeo no dudan un segundo en desplegar la bandera que les tiran desde la tribuna, recordándole a los millones de espectadores globales lo que nosotros llevamos grabado en el corazón: “Las Malvinas son Argentinas”.
Miren si va a ser solo un partido de fútbol…
Jamás lo será mientras persista la usurpación británica sobre nuestro territorio. Por eso el festejo con lágrimas en los ojos. Por eso el inmenso Cuti Romero —metido hace rato en el podio histórico junto a Roberto Perfumo y Daniel Passarella— no solo dio una lección de cómo cortar y jugar, sino que le gritó el gol en el oído a Jordan Pickford. Porque es una batalla espiritual. Enzo Fernández se olvidó de que tiene que volver a Londres y gritó su gol con el alma. Este equipo sabe perfectamente que lo más importante no se compra con plata.
Si no fuera así, ¿por qué cantarían el Himno con esa emoción desbordante? Los millones en sus cuentas bancarias son otra cosa; la gloria vestida de celeste y blanco no tiene precio. Y ahí está Lionel Messi. Jugando de 7, como en sus comienzos en el Barcelona. Tirando ese pique corto que lo consagró como el mejor de todos los tiempos y que, aunque el físico ya no responda como antes, todavía le alcanza para manejar los hilos del partido. Cuando nadie lo esperaba, en lugar de enganchar hacia adentro, sacó un centro perfecto con la derecha para que Lautaro Martínez desatara una fiesta interminable en suelo patrio. El gol del Toro se gritó tanto o más que cualquiera en la final de Qatar. ¿Saben por qué? Porque ante Inglaterra nos estábamos jugando algo más que un partido de fútbol.
Ahí está Argentina en este Mundial de América del Norte. Con dudas en el lateral derecho, es verdad, pero dueña del juego y de una piña de nocaut que asombra. Les soy franco: cuando empató Enzo, supe que lo ganábamos en los noventa minutos. Esta Selección es un tiburón que huele sangre. Inglaterra no podía aguantar el ritmo, porque el campeón del mundo no es México. Alexis rompió cada palo, Gonzalo Montiel fue fundamental por derecha para el 2-1, Nico González hizo un desgaste enorme por izquierda y Lautaro demostró ser el prototipo perfecto del goleador argentino.
Ganamos el partido que todos queríamos ganar. Argentina 2, Inglaterra 1. Como en 1986. En plena transmisión no pude evitar imaginar la alegría celestial de Diego Armando Maradona desde algún lugar del paraíso. El Diego como bandera. Como aquella procesión que tras su partida se acercó a Segurola y La Habana con velas en la mano, porque en esta tierra Diego fue un Dios terrenal que el 25 de noviembre de 2020 se transformó en nuestro héroe eterno.
Por eso no nos importa España; estamos atentos a lo nuestro, a nuestras emociones, a nuestro orgullo y a la alegría de nuestro pueblo. Un pueblo que hace apenas un mes decía no tener ambiente mundialista y que desde las seis de la tarde inundó las plazas de todo el país para abrazarse detrás de un equipo que lo representa. Ese ha sido uno de los grandes logros de la Scaloneta: reconciliar a un público que se había vuelto distante y devolverle el orgullo de ser hincha de la Selección.
Y ahí va el campeón del mundo, abriéndose paso en un Mundial hiperpolitizado por una red invisible de intereses cruzados. Como explicamos en Abrí la Cancha, la argentinofobia tiene varias aristas: la guerra FIFA-UEFA, el alineamiento de la CONMEBOL con el nuevo poder del fútbol y los disparos que llegan desde Madrid. Es la guerra del Real Madrid —el club global más poderoso— contra Lionel Messi, la estrella de la Selección más magnética de la actualidad. En menor escala, aparece ese clásico artificial inventado por la cadena FOX entre México y Argentina. Pero el fútbol argentino se la banca estoico, porque sabemos que tenemos jugadores, tenemos coraje y poseemos algo que no se consigue en ningún mercado de pases: una identidad de fierro.
Le ganamos a Inglaterra porque nuestro fútbol se forjó con uso y modo propio. Si hubiera triunfado la mentada cuna inglesa, jamás habríamos tenido la identidad del arrabal; esa mezcla maravillosa entre criollos, pibes pobres hijos de inmigrantes y los británicos de segunda o tercera que vinieron a laburar a esta tierra. Ese es el verdadero génesis de nuestros clubes, creados a nuestra imagen y semejanza para ser, hasta el día de hoy, la base social del pueblo argentino.
En este partido las Malvinas estuvieron en la mente de los jugadores y de cada argentino bien nacido que habita este suelo. El fútbol —esa pasión e industria cultural que muchos intentan descalificar como un simple pasatiempo— fue uno de los pocos diques que impidió la desmalvinización en los años 80 y 90, cuando Raúl Alfonsín, su establishment cultural y la izquierda martillaban con la nefasta asociación de Malvinas-Milicos-Vergüenza. Ahí estuvieron los clubes, las hinchadas y las banderas en los alambrados para ponerle un freno a tanta entrega cultural. Por eso Maradona es y será nuestro héroe. Porque Diego no solo fue un futbolista colosal, sino que aquel 22 de junio de 1986 comprendió que se jugaba algo mucho más profundo, y puso todo su talento al servicio de la eternidad argentina.
Dejando atrás esta montaña rusa de sensaciones y volviendo estrictamente a lo futbolístico: cuando los partidos se rompen, no hay con qué darle a la Argentina. El cuerpo técnico tiene un toque sensacional para comprender en que momento los partidos deben romperse los partidos y con cuales intérpretes. Esta tarde modificar el tándem Molina-Simeone – lo más flojo del equipo – por Montiel-De Paul. El ingreso de Otamendi y Lautaro le dieron vigor y presencia física. Nico González volvió a ser la rueda de auxilio por izquierda.
El domingo nos espera una final soñada frente al otro gran equipo del certamen. Ojalá el fin de semana nos encuentre, otra vez, coronados de gloria. Mientras tanto, este pueblo se merece seguir disfrutando de su fiesta interminable.
Periodista. Conductor de Abrí la Cancha. Autor de Héroes de Tiento y Héroes en Tiempos Infames.











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