Por Carlos Aira
Folarin Balogun jamás imaginó que un día sería el centro de la atención global o, tal vez sí, pero ciertamente no de esta manera. Nacido en Brooklyn de padres nigerianos residentes en Inglaterra, su llegada al mundo en suelo estadounidense se debió al azar, ya que el avanzado estado de gravidez de su madre impidió que la aerolínea le permitiera abordar el vuelo de regreso a las islas.
El pequeño creció en el Reino Unido y se formó en las categorías inferiores del Arsenal, pero ante la falta de espacio en un plantel plagado de estrellas, buscó minutos en el Middlesbrough. Sin embargo, su verdadera explosión mediática y futbolística comenzó en Francia cuando fue contratado por el Stade de Reims en 2022. Sus 22 goles en 39 partidos no solo llamaron la atención del Mónaco, sino también la de los cazatalentos estadounidenses, quienes descubrieron que, gracias a una particularidad legal, la joven promesa del fútbol europeo podía vestir legítimamente la camiseta de las barras y las estrellas.
Es fascinante cómo un entramado de alta política que sacude al fútbol tiene como protagonista involuntario a este joven delantero. De acuerdo con la Decimocuarta Enmienda de la Constitución de los Estados Unidos, cualquier niño nacido en su territorio obtiene la ciudadanía de forma automática, un principio de derecho de suelo ratificado y protegido históricamente por la Corte Suprema de Justicia. Esta normativa es el blanco directo de las críticas de Donald Trump, quien considera la ciudadanía automática para hijos de extranjeros como un privilegio abusivo, argumentando que la enmienda fue redactada originalmente para proteger a los hijos de los esclavos liberados y no para otorgar derechos a descendientes de inmigrantes.
La gran paradoja del caso radica en que, en su estrategia por expandir la influencia norteamericana en el control global del fútbol, la narrativa ha terminado adoptando y utilizando el éxito de un joven británico de raíces nigerianas a quien, bajo su propia doctrina ideológica, se le habría negado la ciudadanía estadounidense. Así, el destino de Balogun se transforma en un inesperado ariete político en las tensiones geopolíticas frente a la UEFA, demostrando con un pragmatismo absoluto que en los negocios y el deporte de élite las fronteras ideológicas se vuelven sumamente flexibles si el talento ayuda a dominar el escenario internacional.
La Copa del Mundo de 2026 fue el escenario ideal para que el delantero ratificara su status, brillando en el debut con una contundente victoria por cuatro a uno frente a Paraguay. Sin embargo, en el partido de dieciseisavos de final, la fatalidad pareció ensañarse con él cuando el árbitro brasileño Raphael Claus le mostró una tarjeta roja directa tras una revisión en el VAR por una dura entrada sobre un rival bosnio. La sanción automática de un partido parecía dejarlo fuera del crucial cruce de octavos de final contra Bélgica en Seattle.
Lo inesperado llegó en la tarde del domingo. En un movimiento sin precedentes en la historia moderna del torneo, la FIFA anunció la suspensión de la pena para Balogun, apoyándose en el artículo veintisiete de su código disciplinario para otorgarle una prórroga probatoria de un año y permitirle jugar contra el combinado belga. El propio Donald Trump confirmó públicamente haber telefoneado al presidente de la FIFA, Gianni Infantino, para solicitar una revisión de la jugada, argumentando que la acción fue simplemente un choque fortuito entre dos grandes atletas y lanzando sospechas sobre el criterio del árbitro Claus.
Lo que vino después fue un vodevil. Desde el FIFAGATE de 2015, el control operativo del fútbol dejó de estar en manos de UEFA para pasar al control operativo estadounidense, con socios en el golfo arábigo.
Trump comprendió lo que Henry Kissinger señaló hace medio siglo atrás. Tan así, que Trump pegó donde más duele a FIFA: en la histórica no-injerencia gubernamental en asuntos del fútbol. En la tarde del domingo, el presidente estadoundiense salió a escena y con absoluto desparpajo dejó en claro que está cargo de todo y puede hacer y deshacer a gusto. Folagun fue tan solo el disparador. La verdadera trama de esta historia está en dejarle claro al mundo, con absoluta claridad, que el fútbol que conocieron ya no existe más. Desde los cuatro tiempos en forma de pausa de hidratación, hasta la injerencia descarada de un presidente para marcar la cancha y decirle al mundo que es el dueño del circo.
Periodista. Conductor de Abrí la Cancha. Autor de Héroes de Tiento y Héroes en Tiempos Infames.












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