Por Carlos Aira
El día 18 nos permitió parar la pelota. En la maratón del fútbol, este domingo tan solo tuvo como protagonista al encuentro que abrió la eliminación de dieciseisavos de final de la Copa del Mundo. En Los Ángeles, Canadá derrotó sobre la hora a Sudáfrica 1 a 0 cuando parecía que nos encaminábamos hacia la prórroga. Golazo de Eustáquio, pero en las escuelas de fútbol de Ciudad del Cabo, Johannesburgo, Soweto o la portuaria Durban debiera haber un cartel que dijera: “Está prohibido salir jugando tan mal”. La selección africana se va del Mundial por un error repetido: salir jugando del fondo con un errático pase frontal.
Pero dejemos el fútbol de lado y sumerjámonos en la experiencia de contar billetes ajenos. En esta nueva dimensión mundialista, donde los Estados Unidos ya están muñequeando para la organización sempiterna de la Copa del Mundo luego de Arabia Saudita 2034, estamos ante un fenómeno difícil de dimensionar. Esto no es solo fútbol, y tal vez sea lo que más nos cuesta comprender debido a nuestra idiosincrasia; por nuestro amor desde pibes a algo que bien sabemos que es un espectáculo, pero que crecimos comprendiendo que era algo más que todo eso.
Con los partidos entre Argentina-Jordania y Argelia-Austria finalizó la fase de grupos de este Mundial. En los 72 partidos disputados en los 12 grupos se vendieron 4.600.000 entradas. La cantidad de espectadores logró llenar un extraordinario 99.7% de las localidades disponibles, registrando una asistencia media de 64.508 personas por partido. Una curiosidad lingüística: la FIFA no recomienda hablar de “espectadores”, sino de “fans”, o de “fanáticos” en lengua castellana.
Es que la FIFA Made in USA está esperando una facturación récord para esta Copa del Mundo. Según datos de sus informes anuales, se proyecta una facturación total de US$ 10.900 millones, lo que representa un aumento del 56% en comparación con la edición de Catar, que generó US$ 7.000 millones, y los US$ 5.000 millones de Rusia 2018.
El mayor impacto para este éxito financiero será el crecimiento astronómico de los ingresos por venta de entradas y hospitality. En Qatar, los ingresos de matchday fueron de aproximadamente US$ 950 millones, cifra que podría saltar a US$ 3.000 millones. En ese sentido, los estadios estadounidenses son el principal factor de este impulso económico, al estar construidos para albergar la mayor cantidad de ubicaciones VIP. ¿Qué es un hospitality? Son entradas diseñadas para ofrecer una experiencia de lujo. A diferencia de las generales, incluyen servicios exclusivos como asientos preferenciales, gastronomía de primer nivel, barras libres y salones privados.
El fútbol argentino ya camina hacia remodelaciones en sus estadios para albergar la mayor cantidad de espacios de hospitality, como está sucediendo en el Monumental y la Bombonera. En un futuro próximo, sin que nadie lo diga abiertamente, nuestro fútbol también adoptará una realidad absoluta de los grandes clubes europeos: un 20% de entradas de lujo bajo estas características. El caso emblemático es el Liverpool británico: el estadio de Anfield tiene capacidad para 61.276 espectadores, y aproximadamente una de cada cinco entradas corresponde a paquetes VIP o corporativos. Esto significa que el club dispone de unas 12.000 entradas de cortesía y lujo para ofrecer en cada partido.
Entradas cada vez más caras, mayor consumo gastronómico, público ABC1, pasión esforzada y precios siderales. En el partido Argentina-Jordania, la reventa de una localidad llegó a los 4.000 dólares. Cuentan los conocedores de estas tramas mundialistas que, en los días previos al glorioso 18 de diciembre de 2022, un ticket para la final cotizaba a 2.000 dólares en el mercado negro. ¿Qué está pasando acá?
Una nueva dimensión de las cosas. Muy diferente al mundo en el cual nos criamos. ¿Ya sacaron el abono hospitality de tu club para la temporada 2027?
Periodista / Conductor de Abrí la Cancha / Autor de Héroes de Tiento y Héroes en Tiempos Infames.












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