Comenzamos con una serie de notas y entrevistas a días de cumplirse 50 años del inicio de la Dictadura Cívico – Militar que sumió al país en el horror, en la total oscuridad y con consecuencias perdurables en la estructura económica de la Argentina que aún hoy se mantienen.
No es algo nuevo, pero con la victoria electoral de Javier Milei en 2023 tomaron fuerza voces que tiempo atrás eran marginales, aún hoy lo son pero tienen a disposición una enorme caja de resonancia que busca darles legitimidad. En estos días, se utiliza con frecuencia la palabra “negacionismo” que define sólo una parte de los planteos, habría que hablar también de “reivindicacionismo” de algunos sectores sobre ese proceso. Parte de la “batalla cultural” que hoy proponen los sectores más recalcitrantes de la política nacional para cambiar la interpretación de social de lo sucedido en esos días.
Un presente con un claro retroceso en políticas de derechos humanos, con un desmantelamiento de las áreas del Estado dedicadas a esos temas, con juicios que se ralentizan y con represores que en muchos casos mueren sin condena o condiciones más flexibles de detención. A ello hay que sumar una democracia con sus garantías que atraviesa su peor momento desde el retorno democrático en 1983.
En ese contexto, decidimos desde Radio Gráfica dejar notas y testimonios que describan y cuenten el horror de esos días y las consecuencias que aún se mantienen en el diseño de país, pero también el período previo, el posterior y el presente.
Para comenzar ese ciclo de notas, lo hacemos con una persona muy especial desde su trayectoria militante y política, pero al mismo tiempo con un vínculo muy especial con el surgimiento de nuestro medio, tanto de de ella como su familia: Fátima Cabrera.
Fátima nació en Tucumán. Como muchos coprovincianos tuvo que buscar junto a su familia un mejor destino tras la decisión de cerrar los ingenios azucareros durante la dictadura de Juan Carlos Onganía. Su familia recaló en la Villa 31 de Retiro donde Fátima fue atravesada por la fe y la militancia junto la figura del Padre Mugica y al Movimiento de Sacerdotes por el Tercer Mundo.
Como muchos otros fue secuestrada el 11 de octubre de 1976 junto a Patricio Rice, un sacerdote irlandés que también combinaba la fe con la mirada social y política. Patricio se convertiría con el tiempo en un referente y un trabajador incansable por los derechos humanos en el mundo. Como en una historia de película, muchos años después, Fátima y Patricio, dejando los hábitos, se convertirían en compañeros de vida formando una familia con tres hijos y dos nietos.
Patricio murió en 2010. Desde Radio Gráfica lo recordamos bautizando con su nombre al estudio principal de la emisora. Fátima persiste con su militancia de Derechos Humanos, continuando con esa síntesis entre fe y política. Los dejamos con esta primera historia.
Por Leonardo Martín y Úrsula Asta
Fátima, queremos irnos un poco a tu historia militante, hacer un viaje atrás en el tiempo. Militaste en el Movimiento Villero Peronista en la Villa 31 y luego en Villa Soldati con el padre Carlos Mugica. ¿Cómo fue esa historia?
Fátima Cabrera: Mi familia vino de Tucumán a Buenos Aires en 1966 cuando yo era muy chica, tras el cierre de los ingenios azucareros en la época de Onganía. Mi madre decide quedarse instalándose en la Villa 31 de Retiro. De ahí es el vínculo con el Padre Mugica. Mi abuela lo conoció porque Carlos iba a su casa los domingos a comer empanadas después de dar la misa. Ahí se hablaba de fútbol, política y de la realidad. Naturalmente, a los 13 años cuando terminé la escuela primaria empecé a ir a la capilla y fui casi la primera catequista de la villa.
¿Qué decir del padre Mujica? A la distancia parecía una especie de “rockstar” con su campera de cuero, con un perfil muy alto en esas décadas del´60 y ´70. ¿Cómo era él personalmente?
Fátima Cabrera: Más allá de esa imagen, en lo cotidiano era una persona sumamente cercana. Para mi madre, que tenía cinco hijos y estaba separada, él fue un gran referente. La villa fue mi gran escuela de trabajo comunitario. Carlos primero estuvo en una iglesia que estaba en la entrada al barrio, él había ido desde la Iglesia del Socorro. Después de 1968 y unos viajes que había hecho (NdE: estuvo en París, en La Habana y en Madrid donde se reunió con Perón) decide armar su propia capilla, Cristo Obrero.
Él tenía una opción clara por los pobres con un desarrollo del trabajo comunitario. Era un contexto con muchísima organización y dirigentes con algunos venían de la Resistencia Peronista como José Valenzuela y Julio Lares. Por su lado, Carlos venía influenciado por el Mayo Francés y el Movimiento de Sacerdotes para el Tercer Mundo. Fue un contexto comprometido y politizado con trabajo comunitario en una villa con pocas canillas de agua y sin luz, lo que se denominaba una villa miseria.
Tras el asesinato de Mujica en 1974, te vas a Villa Soldati. ¿Cómo fue ese proceso?
Fátima Cabrera: Antes de Carlos, asesinaron en marzo de 1974 al vecino Alberto Chejolán en una marcha por la vivienda. La Triple A ya estaba actuando con la persecución a militantes. Carlos trabajaba en el Ministerio de Desarrollo Social pensando que desde ahí podía ayudar mucho más, pero entrar ahí fue lo peor. Lo termina matando la Triple A el 11 de mayo de 1974. Fue despojarnos de todo, fueron los actos más violentos previo al golpe. Uno de los proyectos era avanzar con un gran plan de viviendas en Retiro, ese era el proyecto popular. Retiro tenía una gran organización en esa etapa.
Mi traslado a Soldati se dio por la erradicación de las villas. Allí buscamos seguir la militancia y la organización comunitaria desde el Movimiento Villero Peronista. Había un grupo de sacerdotes de la fraternidad Carlos De Foucauld al que me uní. Está Fraternidad fue diezmada, ahí había sacerdotes como Carlos Bustos (hoy desaparecido) y Mauricio Silva, conocido como el cura barrendero. Allí conocí a quien sería mi compañero que también era sacerdote, Patricio Rice. Nosotros estábamos visibles porque teníamos que ver con las organizaciones comunitarias. Yo siempre digo que la síntesis mía es la fe y la política.
A ustedes los secuestran ya durante la dictadura ¿cómo fue ese momento?
Fátima Cabrera: Nos secuestran a Patricio y a mí el 11 de octubre de 1976 después de una reunión en la Comisión Vecinal. Patricio era irlandés, integrante inicialmente de la orden El Verbo Divino. Había estado previa a llegar a Argentina en Paraguay para luego venir al norte santafesino. Allí conoce a la Fraternidad Carlos De Foucald donde había un sacerdote que para él fue una referencia como Arturo Paoli.
Ese día salíamos de la villa hacia la Avenida Cruz cuando nos secuestraron. Al principio no sabíamos qué era, de que se trataba. Nos llevaron a la Comisaría 36. Pensamos que, al ser Patricio sacerdote, mostraríamos documentos y saldríamos, pero nos separaron y empezaron a interrogarnos y a golpearnos. Así estuvimos más de dos horas y cerca de la medianoche nos sacaron en un Falcon; a él lo metieron en el baúl siendo una persona muy alta y a mí en la parte de atrás. Ahí empezó el horror.
Fue todo muy perverso, con el tiempo Patricio se convertiría en un gran luchador por los derechos humanos siendo uno de los fundadores de FEDEFAM (Federación Latinoaméricana de Asociaciones de Familiares Asociaciones de Detenidos Desaparecidos). Fue perverso no sólo porque se secuestra a una persona, sino porque toda la familia sigue viviendo el terror.

¿A dónde los llevaron y qué vivieron allí?
Fátima Cabrera: Primero nos llevan a Garage Azopardo,en Garay y Azopardo. Mucho tiempo después supimos donde habíamos estado. Fue uno de los lugares de mayor tortura, primero te interrogaban, pero enseguida empezaban con las torturas. Querían que diéramos datos para seguir secuestrando. Era una tortura física y psíquica donde por primera vez sentí la impunidad del Estado, del terrorismo de Estado con todo el poder en las fuerzas de represión. Se creían dioses, eran dueños de nuestras vidas. Nos tenían encapuchados, vendados y encadenados contra una pared. Solo podíamos llamar para ir al baño.
Entramos un lunes a la noche, a Patricio lo sacan el jueves y a mí el sábado. A Patricio, que era irlandés y aún sacerdote, su liberación se convirtió en una cuestión de Estado para Irlanda: un sacerdote compañero de Patricio que estaba en La Rioja llamó a su familia en Irlanda y les advirtió que era “una cuestión de vida o muerte”. Ahí la madre de Patricio empieza una campaña impresionante, de cartas, de pedidos a la Embajada y al país pidiendo por su liberación. Logran enviar un cable a Estados Unidos donde se hace público. Gracias a eso continuamos vivos. Por el gobierno de Irlanda y la campaña que hizo la familia. Fue una solidaridad internacional muy efectiva.
Luego los “legalizan”. ¿Cómo fue ese paso a la cárcel?
Fátima Cabrera: Pasamos por la Superintendencia Federal y de ahí empiezan a legalizar. A nosotros nos tenían secuestrados en un piso mientras en otro atendían al Embajador. Junto al Secretario exigieron ver a Patricio, ahí lo bañan y lo cambian para ocultar las torturas. Cuando lo ven, él logró decirles una frase en irlandés para confirmar que estaba secuestrado y en peligro de muerte. Empezaron a negociar por la libertad, finalmente lo expulsan del país en diciembre de 1976, previo a eso había estado en la Unidad 9 de La Plata. A mí me trasladaron a la cárcel de Devoto, donde llegamos a ser 1.400 presas políticas que somos un gran colectivo que hoy estamos en distintos lugares del país y del mundo.
¿Cómo resumirías la figura de Patricio?
Fátima Cabrera: Yo lo conozco junto a los otros curas. Tuvo un compromiso impresionante, fue una persona de grandes valores y generosidad. Lo que quisiera rescatar de él es su libertad. Él siempre decía que después del secuestro y de todo lo que él había vivido, ya no podía pensar en no tener una defensa clara y contundente de los derechos humanos. Se transformó en eso, en un defensor de los derechos humanos. Siempre decía que había que ser un activista y un militante de los derechos humanos. Estaba en contra de las grandes declamaciones, sino que decía que había que activar y ser un militante en eso. También se dedicó mucho a la formación de activistas en distintas organizaciones.
Cuando sale de Argentina, primero va a Londres y después va hacia Irlanda donde lo espera su familia. En Inglaterra da una conferencia de prensa donde, a pesar de que la Embajada de Irlanda le pide que no hable por toda la negociación que tuvieron que hacer, él decide hacer público su testimonio, además de colaborar con un montónde asociaciones y grupos de derechos humanos. Cuando falleció en 2010, venía de toda una campaña para que más países firmen lo que es la Convención contra los Crímenes de Lesa Humanidad que es firmar contra la desaparición forzada.
Él siempre decía, “bueno, no nos quedemos que quedar con que ya tenemos una democracia y ya parecería que ya estamos bien“, siguió peleando para que en el mundo no existiera la desaparición forzada. Si nos remontamos al hoy, todos los días pienso la claridad que tenía con una práctica que lamentablemente continúa en el mundo, pero hoy la tortura y la desaparición forzada están declaradas como un crimen y se puede accionar en la Justicia.
También quisiera rescatar la honestidad que en Argentina han tenido las Madres, Abuelas y los sobrevivientes en no plantear venganza, sino buscar justicia cuando nuestros compañeros ni ninguno de nosotros la tuvimos.

Fuiste querellante en los juicios por delitos de lesa humanidad. ¿Qué significó ese proceso para vos?
Fátima Cabrera: Presas en Devoto, una vez nos vino a ver la Cruz Roja. Hablando, alguien me dijo: ‘¿Alguna vez esto lo vas a decir en un juicio?’. En ese lugar jamás ni se me hubiera ocurrido que podía suceder.
Pero realmente después de toda la lucha de los organismos de derechos humanos, de los familiares, de los militantes y de los sobrevivientes, se llegó con un cambio muy fuerte en el gobierno de Néstor Kirchner. Primero estuvieron los Juicios a las Juntas en el gobierno de Alfonsín, algo que hay reconocer y decirlo, pero después vinieron las leyes de impunidad de Punto Final y Obediencia Debida y los indultos por los cuales tuvimos otras décadas de silencio.
Cuando se derogan esas leyes de indultos y nosotros pudimos accionar nuevamente, avanzar con los juicios es lo máximo que nosotros queríamos en ese momento. Con el respeto de todas las leyes para los represores. Yo fui a todas las audiencias, los genocidas vinieron a la primera, alguna más, pero después se iban. Ni siquiera estaban para escuchar los testimonios. Nosotros fuimos sesenta y cinco personas, entre familiares y sobrevivientes, que pudimos testimoniar.
Algo importante que avanzó en los juicios fueron las querellas también de los abusos, de los acosos, de las violaciones que sufrieron muchas mujeres con denuncias que se sostuvieron en los juicios. Esto costó, llevó muchos años, porque entre tanto horror era como algo natural, parecía que era una tortura más. Se pudo reivindicar que realmente eran crímenes de lesa humanidad; eran parte de la práctica sistémica. Como el robo de niños, la tortura a mujeres embarazadas y a todas las mujeres que nos torturaban, nos decían que era para que no tengamos hijos. Yo tenía 18 años, ¿imaginen lo que significaba para nosotros que nos digan eso?
Con Patricio nos unimos después de ocho años, sin pensar previamente que íbamos a ser una pareja y tener tres hijos y hoy dos nietos, es una reivindicación a la vida. De alguna manera es haber podido ganar, digamos, con nuestros hijos y nuestros nietes; que otras generaciones puedan seguir. Y ojalá puedan seguir esta gran lucha para tener lo que quisieron todos los compañeros: que era una patria, una patria grande, una patria con justicia, con justicia social, una patria digna.











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