Por Gabriel Fernández *
Los norteamericanos elegirán, este martes, presidente y vice. También sufragarán para renovar 35 bancas del Senado: 12 corresponden al Partido Demócrata y 23 al Republicano.
La Cámara alta, donde se sustancian las designaciones de funcionarios y jueces de la Corte Suprema, está integrada por una mayoría del Partido Republicano (53). El Partido Demócrata ocupa 45 bancas pero recibe el apoyo de los dos restantes, independientes.
En tanto, la Cámara de Representantes renovará el total de sus 435 miembros, como sucede cada dos años. En 2018, el Partido Demócrata recuperó la mayoría que había ostentado por última vez en el período legislativo 2009-2011.
La Cámara baja está integrada por 232 demócratas, 193 republicanos, 1 libertario y 5 bancas vacantes, que se resolverán también este 3 de noviembre.
Muchos electores ya emitieron su voto. Debido a la pandemia se sugirió la opción de sufragar con antelación. Junto a la re politización conocida en los años recientes –asentada en el apoyo y el rechazo a la figura de Trump- esto puede llevar a un alza en una asistencia que se caracteriza por bajos indicadores.
Los primeros resultados se conocerán el miércoles, pero los definitivos recién estarán disponibles el 14 de diciembre. Debido al sistema electoral indirecto que rige en el país del Norte la decisión final quedará en manos del Colegio Electoral.
Las bases esenciales de cada contendiente están claras. Mientras Trump aquilata respaldos entre la población blanca humilde, Biden congrega franjas medias de trazos progresistas.
De allí que el desnivel pueda esperarse de los miembros de las colectividades negras y latinas, numéricamente crecientes aunque todavía –por última vez según las proyecciones estadísticas- por debajo de la clásica anglosajona.
La mejoría registrada por la economía estadounidense, que tras un largo período de caída volvió a remontar en los cuatro años recientes, es el punto a favor del actual presidente entre el electorado.
Las protestas raciales y el rechazo a lo que se consideran prácticas autoritarias configura el factor que beneficia al retador demócrata. Biden tiene a su favor buena parte del esquema comunicacional privado norteamericano.

En materia de política exterior ambos candidatos se mostraron estentóreos a la hora de caracterizar a Rusia, China, Irán y Venezuela. Ninguno habla con respeto de lo que está instituido como “el eje del Mal”.
Al respecto es probable que una parte de los votantes esté exigiendo un tono patriotero pero no tome demasiado en cuenta los antecedentes. De hecho Trump desplegó un período verbalmente activo pero pacífico en la práctica, lo cual contrasta con sus antecesores.
Como contracara Biden, en tanto vicepresidente de Barack Obama en el tramo inmediato anterior, fue corresponsable de lanzar la mayor cantidad de bombas sobre territorios extranjeros que se recuerde en la historia de los Estados Unidos.
En cuanto a Europa, Biden da cuenta de una mayor preocupación por el histórico socio de su país. Trump quebró esa tradición con varios desplantes y una toma de distancia –relativa pero inesperada en un presidente norteamericano- de la OTAN.
Como curiosidad que a su vez evidencia sedimentos turbios en la cultura estadounidense, los candidatos se enfrascaron en una discusión acerca de si Irán podía interferir a través de las nuevas tecnologías en la elección.
Lo extraño es que los presentadores de los debates plantearon el tema con seriedad y que, una vez concluidos, el periodismo político del país recogió el guante y elaboró teorías al respecto. Nadie, que sepamos, se tentó al aire.
En verdad la realidad comunicacional norteamericana ha llegado, como en otros puntos del planeta, a su nivel más bajo. La mayor parte de los espacios periodísticos están absorbidos por accionistas del capital financiero y la información cotidiana ha perdido objetividad.
El esquema de las finanzas, junto a los vendedores de armas y los narcotraficantes, configura una tríada llamada Estado Profundo que ha saqueado el Estado genuino y trasladado recursos productivos en su beneficio.
Cualquier intento por revertir su hegemonía ha sido rápidamente catalogado por los medios como populista, comunista e incluso terrorista. Eso anuló una parte de la discusión política pública en los Estados Unidos.
El mundo en su conjunto, pero muy especialmente América latina, observa con desconfianza a los dos candidatos. La percepción es que sea cual fuere el resultado, el gobernante electo será un problema para este continente y quedará atrapado por el sistema de poder existente.
Según los antecedentes electorales y las últimas encuestas, Trump es favorito en 22 estados, en cambio Biden se espera que gane en 20 estados y en Washington DC. Esos mismos sondeos, sin embargo, ofrecen una preeminencia numérica al demócrata por unos siete puntos.
A nuestro entender, no configuran datos relevantes. Lo mismo si tomamos en cuenta las dudas surgidas sobre el conteo de los sufragios. Ambos candidatos deslizaron la posibilidad de fraude y, claro, responsabilizaron de antemano a su contrincante.
Los Estados Unidos afrontan esta elección observándose en un espejo deformado. Su sociedad, o al menos una gran parte de ella, aún cree ser la más poderosa del mundo. Lo fue, pero ya no lo es. Las resoluciones que el presidente adopte a partir del año venidero, estarán condicionadas por los poderes emergentes de la Multipolaridad.
- Area Periodística Radio Gráfica / Director La Señal Medios / Sindical Federal











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