Por Emiliano Vidal
Un telón de fondo troca el acaecer pandémico de los últimos tres meses en la Argentina y en todo el mundo. En el medio, está el presidente de la Nación, Alberto Fernández, entre el gobernador de la provincia de Buenos Aires, Axel Kicillof y el jefe de Gobierno de la ciudad homónima, Horacio Rodríguez Larreta. La imagen es una postal de cada informe sobre el acontecer de la pandemia y de la convivencia política. El covid 19 no es alejo al trípode de poder enraizado en la República Argentina desde hace dos siglos. Las tensiones históricas entre la Nación, la ciudad capital y la provincia homónima de Buenos Aires, son el eje de un proceso de constitución nacional, tan particular como complejo. En la dinámica semana de Mayo, comprender está realidad que calla la historia oficial y la prensa hegemónica, es pieza fundamental en el entramado político, social y económico enmarañado en la pandemia.
En 1861, Bartolomé Mitre, gobernador de la provincia de Buenos Aires conquistó por las armas el poder de una incipiente república, no por destreza militar sino porque el entrerriano Justo José Urquiza, quien lo había derrotado en tres oportunidades durante el recorrido de casi una década, le obsequió la victoria, resignado lo que parecía inevitable: para consolidar una Nación debía aceptarse el predominio de la ciudad puerto.
La realidad pandémica sitúa esos dos países emergentes, cuando los bonaerenses se rebelaron contra el caudillo entrerriano, el 11 de septiembre de 1852, meses posteriores a la derrota de Juan Manuel de Rosas, en Caseros. El insurrecto, fue el mismo Mitre, un coronel de segundo plano, quien tomó fuerza cuando Buenos Aires decidió separarse de la Confederación urquicista y demás provincias.
La provincia bonaerense abarca una enorme porción del país. Parte de su territorio extraído en la que sería la última guerra civil –saldo de 3000 muertos entre porteños y bonaerenses en septiembre de 1880 para la creación de la capital federal, en los barrios actuales de La Boca, Barracas y Parque Patricios-, trazó, además, la gigantesca área metropolitana en la que conviven miles de personas, en variadas realidades económicas. El covid 19 es una postal más de esta infinita película de marañas políticas y sociales.
Precisamente, desde 1861, hubo que pasar más de veinte años para que el interior federal tuviera su revancha, bajo el mando del abogado Carlos Tejedor, gobernador de Buenos Aires. La Provincia fue derrotada en la lucha bélica tras la federalización de la ciudad del mismo nombre para su posterior declaración de municipio y capital del flamante Estado. Sus edificios públicos quedaran bajo su tutela…no habría otro Cepeda y Pavón…ni otro Urquiza rifando la victoria a Buenos Aires.
La ciudad autónoma de Buenos Aires y su papel de Capital Federal pasaron a ser dos realidades institucionales en un mismo cuerpo y cuyo corazón es la sociedad porteña bordeando cuarenta localidades de la homónima provincia. Un correlato que data desde hace un cuarto de siglo, cuando en 1995, un año después de la reforma de la Constitución Nacional, el Congreso de la Nación sancionó la llamada ley “Cafiero” -24.588- tras el proyecto presentado por el entonces senador y ex gobernador bonaerense Antonio Cafiero- cuyo eje era limitar facultades de la ciudad de Buenos Aires mientras funcione como capital de la República.
Sucede que durante la reforma constitucional del 94, los constituyentes agregaron en el capítulo sobre Gobiernos de Provincias, un autonomismo acotado para el estado porteño.
Buenos Aires, la provincia, tiene campos, ríos, enorme playas y lagunas. Posee pampa húmeda, pampa seca, es litoraleña y patagónica. Toda una nación dentro de otra, en un ámbito de poder triangular en el conviven el conurbano del sur y oeste, la enormidad de barrios cerrados que se emplazan al norte de la ciudad de igual nombre y las villas de emergencia.
Doble rol de Alberto Fernández, al pendular entre ser el primer mandatario y oficiar de una especie de jefe castrense frente el enemigo invisible de la gripe contagiosa. Es decir, en resonancias históricas, un Nicolás Avellaneda de este tiempo, entre ambos distritos homónimos, epicentros de los mayores contagios a instancias de la gigante densidad poblacional. Un abogado y sosegado Avellaneda, quien al culminar su mandato en 1880, portaba en su cintura dos pistolones y el peso político ante el clima bélico, de trasladar el gobierno nacional a la entonces localidad bonaerense de Belgrano, potencial aglomerado porteño pos triunfo nacional en la última guerra civil de ese mismo año.
Ese trébede interjurisdiccional entre Nación, provincia y ciudad, de altas resonancias históricas, también sigue vigente en estos días pandémicos. Desde fines del siglo XIX, el poder de la Nación se impuso sobre la autonomía de las provincias y por ser la más fuerte, Buenos Aires fue su principal víctima. Así lo escribe el pensador Eduardo Miguez, al explicar que la creación del sistema de coparticipación federal, gestado paulatinamente desde 1930, quitó aún más autonomía a éstas. Una ley del gobierno peronista de 1973 estableció por diez años un mecanismo normativo para la distribución de los fondos. Al caducar, la asignación quedó librada al juego de poderes en el Congreso de la Nación y en el Poder Ejecutivo. Así las cosas, quien controla estos resortes coarta la libertad de los gobiernos provinciales, teniendo la facultad de asignar fondos primero y hacer efectiva su distribución más tarde.
El propio Miguez, informa que “Buenos Aires es una ciudad muy rica en relación con el país, pero su núcleo más opulento, la Capital, está ahora fuera de la órbita provincial. En cambio, las migraciones fueron creando un cinturón urbano cargado de problemas sociales, mucho más pobre per cápita. En muchas ciudades del interior provincial, se fueron consolidando economías equilibradas, con sólidas bases agrarias y comerciales y, con frecuencia, cierta actividad industrial. Esto ha dado lugar a no pocos “municipios ejemplares”. En cambio, en las sobrepobladas áreas del conurbano, el hacinamiento y la falta de recursos generaron enclaves de clientelismo y corrupción, conviven con otra expansión desde la Capital, barrios opulentos, pero de escaso peso electoral. Toda una combinación explosiva “. Y más aún en tiempos pandémicos.
Un sistema transparente de distribución federal de fondos resolvería el problema, pero tendría otro efecto que los gobiernos nacionales han estado combatiendo desde sus inicios: le daría al Estado la ciudad de Buenos Aires mayor autonomía y, por lo tanto, mayor poder, desde hace trece años en manos del PRO. Otras resonancias políticas que relumbra la pandemia.
En clima patrio, en pos de una conciencia nacional, en el arte de pensar en términos jauretchianos, está realidad de la que los medios hegemónicos jamás explicarán, resulta crucial para comprender la larga película, con postales cargadas de competencia, jurisdicciones, y otros modismos jurídicos, el trípode geográfico, político y social de una enorme parte de la Argentina, de la que forman parte Nación, provincia y ciudad homónimas de Buenos Aires, en su rol de distrito federal de la República. Resonancias históricas en pandemia.











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