Por Gustavo Grazioli
“Conduje toda la noche reventando los cambios”, es la frase cancionera que resuena mientras pasan los edificios del Docke y la memoria se traslada a la icónica y tenebrosa escena de Okupas del “mascapito”. La autopista es la pasarela de los sueños y la música en los parlantes, aditivo que tracciona una pequeña sensación de libertad. La convivencia con uno mismo en la cabina de un auto del ’96 que sabe, será testigo, o, mejor dicho, el motor de una nueva obsesión periodística: pasar unas cuantas horas con Los Pérez García antes de que se suban al escenario a hacer su gracia.
En el trayecto se presentan varios personajes posibles para construir la historia. Un beatnik sin destino que sale a andar la vida, detrás de los sonidos de una canción de Bob Dylan o un conductor rabioso en algún film de pretensiones tarantinescas en donde el acelerador a fondo comanda la road movie, mientras los destellos de las luces de los autos dejan la estela de sonido de la velocidad. Fiiiuuum – fiiiuuum, podría ser la onomatopeya que la describa. Sin una decisión clara, los kilómetros se agotan y el cartel de bienvenida dice “Quilmes”. Las paradas de colectivos están pintadas con colores azul y blanco, representantes del equipo de nombre homónimo de la ciudad y la cerveza.
La tarde reposa y prepara las velas para un sábado nocturno. En la puerta de Club RE, se escuchan algunos acordes que van y vienen, una voz que repite: hola, hola. Es la prueba de sonido de Los Pérez García, la banda que ejerce la amistad como principio básico de todos sus movimientos. Tímidamente algunos fans que llegan hasta el lugar escuchan, se sonríen y aciertan la frase siguiente de la canción con la que la banda de Aldo Bonzi, hace la entrada en calor. Es su última parada por suelo bonaerense antes de embarcarse hacia distintos puntos del país y aterrizar en Paraná, Rosario, Junín, Tandil y Mar del Plata.
Beto Olguin, compositor y cantante, está exultante con el presente de la banda y nunca se olvida de agradecer el esfuerzo que hace la gente para concurrir a cada uno de los shows, frente a los embates económicos que todos los días se encargan de anular un poco más el ocio y la diversión. Es una banda con mucho oficio que en ningún momento se perdió en el limbo del estrellato. En los camarines, la espera de la hora señalada está divida entre charlas de fútbol, música, algún dato de instrumentos y caminatas para bajar la ansiedad. La antítesis de lo que describe Babasónicos en su canción Camarín. Nada del éxtasis del flash ni lujuria de pedidos exuberantes.
Los pies en la tierra para hacer lo que hay que hacer: dar un buen espectáculo. Los Pérez son obreros de la música y la resistencia a lo efímero del scrolleo. Más de 30 años de carrera y su núcleo central no se resquebraja. Con más calendarios en sus espaldas, pero con la misma impronta creativa que en aquellos recreos de la secundaria matancera, donde se conocieron Beto, Mingo Catanzariti y Julio Medina. Con la misma fiebre de esas primeras guitarreadas y el sueño del paz y amor, algo que su frontman nunca se olvida de recordarle a los viejos y nuevos oyentes que están, persisten y hasta traen a sus continuadores generacionales.
La sala está repleta. Quilmes le sostiene la vela al rock. Los cuerpos se encienden con los primeros acordes de la canción El tren de oriente, perteneciente a su último disco Ikigai, y los gritos se transforman en un coro eterno que atraviesa la noche. Las preocupaciones quedan suspendidas, las deudas van a parar al fondo de la mente y en primer plano, solo las emociones de un público que responde con lealtad y la certeza de que, si la luna fuese el próximo destino, allí van a estar. Cae sobre el escenario una camiseta de la Selección Argentina, al abrirla, se ve el número 1 y el nombre de “Beto”.
Nos sobran las razones / para pedir revancha/ no vamos a hablar antes/ mejor nos vemos en la cancha/ Y vas a ver el sol será distinto/ el día que me quieras/ la noche más hermosa será/ una noche cualquiera, dicen en Después de hora, con la gente deshaciéndose frase a frase. La canción, las suyas, trinchera ante la espada de Damocles de tiempos sin alma. La canción, protagonista una vez más de lo que no se puede resolver, pero sí inyectarle algún calmante artístico. Guardiana de la sonrisa de los presentes y los cueros transpirados que saltan y respiran la libertad del instante y la experiencia.
Son Los Pérez García, la banda de Aldo Bonzi en otra noche cualquiera.

















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