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África se mueve y el poder golpea: magnicidios, golpes y la batalla por la soberanía

El ascenso de nuevos liderazgos en el Sahel y la recomposición del poder en Libia exponen una realidad persistente: cada intento africano de romper estructuras de dependencia colonial y/o imperial genera reacciones que no siempre se expresan en la diplomacia, sino también en la violencia política.

13 febrero, 2026
en Mundo
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África se mueve y el poder golpea: magnicidios, golpes y la batalla por la soberanía

Por Beto Cremonte*

 

En África, se están viviendo momentos de cambio profundo y estos cambios, que son a nivel institucional, económico, pero que sobre todo son a nivel estructural de los países y sus soberanías, claramente no transcurren en calma. Cada vez que el continente intenta alterar los equilibrios que lo mantuvieron subordinado al tutelaje colonial durante décadas, aparecen fuerzas que busquen frenar ese movimiento. A veces lo hacen mediante presión económica, sanciones o aislamiento político. Otras veces, mediante golpes de Estado financiados más allá del continente africano, conspiraciones o la eliminación directa de figuras que encarnan procesos de transformación. Cuando el orden cambia, la violencia suele llegar antes que las explicaciones.

En las últimas semanas, una acusación particularmente grave comenzó a circular en el terreno de la geopolítica: según un informe del Servicio de Inteligencia Exterior (SVR), la existencia de operaciones destinadas a eliminar a líderes africanos considerados incómodos para determinados intereses externos, sobre todo los franceses (aquí habría que mencionar que la Francafrique se ha debilitado enormemente en el ultimo tiempo). Más allá de la disputa entre potencias que rodea esas afirmaciones, lo verdaderamente significativo es otra cosa: la idea resulta verosímil. Y no porque provenga de una fuente u otra, sino porque encaja con una secuencia de hechos concretos. El intento de asesinato contra el presidente burkinés Ibrahim Traoré en enero de 2026, la desarticulación de redes conspirativas que buscaban provocar una intervención extranjera y, pocas semanas después, el asesinato de Saif al-Islam Gaddafi en Libia en medio de negociaciones internacionales, forman parte de un mismo clima histórico. No son episodios aislados; son señales de una etapa en la que el poder vuelve a disputarse también en las sombras.

Ese clima se comprende mejor si se observa el epicentro actual de esas tensiones: el Sahel.

En Burkina Faso, Malí y Níger no se produjo simplemente un cambio de gobiernos. Se puso en marcha un proceso político que cuestiona de manera abierta la arquitectura de poder heredada del período colonial y consolidado durante décadas mediante mecanismos económicos, financieros y militares. La creación de la Alianza de Estados del Sahel, los proyectos de integración regional, la coordinación militar y la búsqueda de soberanía financiera y energética representan decisiones que afectan intereses muy concretos y profundamente arraigados. Por primera vez en mucho tiempo, no se discute quién administra el sistema, sino el sistema mismo.

Ese contexto permite comprender la gravedad de lo ocurrido en Burkina Faso el 3 de enero de 2026. Ese día, los servicios de inteligencia y defensa desarticularon un intento de golpe de Estado que no sólo buscaba derrocar al gobierno, sino eliminar físicamente a las principales autoridades del país, comenzando por el capitán Ibrahim Traoré.

El ministro de Seguridad, Mahamadou Sana, detalló públicamente el alcance del plan: asesinatos selectivos, neutralización de capacidades militares estratégicas, generación de caos y creación de las condiciones para una intervención extranjera. No se trataba de una conspiración difusa. Sana identificó como principal instigador al ex teniente coronel Paul-Henri Sandaogo Damiba, antiguo jefe de Estado, señalando además la existencia de financiamiento proveniente del exterior y la articulación de redes civiles y militares destinadas a ejecutar la operación.

La noche en que el intento fue abortado, la movilización popular en Uagadugú para proteger al gobierno reveló hasta qué punto el conflicto no era sólo militar, sino político y social. No se defendía únicamente a un presidente; se defendía una dirección histórica.

La historia africana ofrece precedentes demasiado conocidos como para ignorar la dimensión de estos hechos. Desde Patrice Lumumba hasta Thomas Sankara, la eliminación de líderes que representaban proyectos soberanos ha sido parte de la historia del continente. No es una teoría ni una exageración; es una constante que atraviesa décadas. En África, el asesinato político no es una anomalía histórica: es una herramienta que reaparece cuando cambian las reglas del poder.

Lo que hoy cambia es el contexto global. África ya no es un espacio periférico. Es el continente donde se concentra una parte decisiva de los minerales estratégicos del siglo XXI, donde pasan rutas marítimas vitales y donde se libra una competencia económica y tecnológica que define el equilibrio mundial. Quien controle los recursos africanos en las próximas décadas no sólo tendrá riqueza; tendrá poder.

 

Senegal y Madagascar, con menos pompa, también mellan el poder colonial

Senegal ofrece otro ejemplo de esta etapa de transformación. El ascenso de Bassirou Diomaye Faye y el papel político de Ousmane Sonko representan una inflexión importante en África occidental. A diferencia del Sahel, el cambio allí no se produjo por medio de rupturas militares, sino a través de un proceso electoral que canalizó un profundo malestar social acumulado durante años. Sin embargo, el trasfondo es similar: discusión sobre soberanía económica, revisión de contratos energéticos, control de recursos y redefinición de alianzas.

Ese tipo de transformaciones rara vez transcurren sin tensiones. La presión externa puede adoptar formas menos visibles que la intervención directa: condicionamientos financieros, campañas mediáticas, disputas internas estimuladas desde fuera o maniobras destinadas a debilitar políticamente a los gobiernos. La inestabilidad no siempre llega en forma de golpe; a veces se construye lentamente, día tras día.

Madagascar aparece en el mismo tablero desde otro ángulo. La isla ocupa una posición estratégica en el océano Índico, en un momento en que las rutas marítimas, los minerales estratégicos y los corredores energéticos adquieren una importancia creciente. Sus reservas de níquel, cobalto y grafito la convierten en un territorio clave para la transición energética global, y las decisiones políticas que se tomen allí tendrán repercusiones que van mucho más allá de sus fronteras.

Debemos recordar que a mediados de octubre de 2025 y tras varias semanas de manifestaciones originadas por los continuos cortes de luz y agua, el levantamiento militar  encabezado por el coronel de la poderosa unidad militar CAPSAT (Cuerpo de Administración de Personal y Servicios del Ejército de Tierra) Michael Randrianirina, terminó con 16 años de gobierno del ya expresidente Andry Rajoelin, un peón fiel de los intereses parisinos. El golpe de Estado en Madagascar, auspiciado por las protestas lideradas por el movimiento juvenil Gen Z Mada, supone un nuevo ejemplo de dos de las grandes tendencias que se observan en los últimos tiempos en el continente africano. Por un lado, la ola de golpes de Estado militares y, por otro, la cada vez mayor presencia política de una juventud con pocas perspectivas de futuro que expresa su descontento y su frustración en las calles de sus respectivos países.

“Estamos determinados a romper con el pasado. Nuestro objetivo principal es reformar profundamente la administración del país, los sistemas socio-económicos y el Gobierno” fue el mensaje Michael Randrianirina en su discurso como nuevo presidente malgache. Todo un cambio de época, al menos desde la narrativa anticolonial que también se está poniendo en discusión. Quien cuenta y como se cuenta lo que sucede en el continente africano. Esto también está en disputa.

 

Libia, el escenario concreto del magnicidio

Pero si hay un lugar donde la política y la violencia llevan años entrelazadas de manera casi inseparable, ese lugar es Libia.

El 28 de enero de 2026 tuvo lugar en París una reunión reservada en la que participaron representantes de las dos principales estructuras de poder libias. Por el este estuvo Saddam Haftar; por el oeste, Ibrahim Dbeibah. El objetivo era avanzar hacia un esquema de unificación institucional que permitiera reorganizar el control del país, especialmente de los ingresos petroleros y de las estructuras financieras y militares.

Aquella reunión no ocurrió en el vacío. En los días previos, el asesor principal del presidente estadounidense Donald Trump para asuntos árabes y de Oriente Medio, Massad Boulos, había realizado una gira por el norte de África en el marco de contactos políticos y de seguridad vinculados al futuro libio. El tablero se estaba moviendo con rapidez.

Seis días después, el 3 de febrero de 2026, Saif al-Islam Gaddafi fue asesinado en Zintan por un comando armado que actuó con precisión profesional, neutralizando previamente los sistemas de vigilancia y retirándose sin dejar rastros claros.

Desde una lectura superficial, podría parecer un episodio más en la larga cadena de violencia libia. Desde una lectura política, el hecho adquiere otra dimensión. Saif al-Islam representaba un factor imprevisible, un actor capaz de alterar el equilibrio que se intentaba construir. Su eliminación despejó el escenario y simplificó el tablero. A veces, para que un acuerdo sea posible, alguien debe desaparecer.

En Libia, como en otros momentos de la historia africana, la responsabilidad política de un asesinato no siempre coincide con la identidad de quienes ejecutan la operación. Las decisiones que conducen a ese tipo de hechos suelen tomarse en esferas mucho más amplias, donde convergen intereses estratégicos y cálculos de poder.

Más allá de los nombres y los episodios concretos, lo que se está definiendo es algo más profundo. África atraviesa una etapa en la que cada vez más países intentan redefinir su lugar en el mundo, diversificar sus alianzas y recuperar márgenes de decisión que durante décadas estuvieron condicionados desde fuera.

Y toda transformación profunda genera reacción.

Las estructuras de poder que durante décadas garantizaron determinados equilibrios no desaparecen sin resistir. Algunas buscan adaptarse; otras intentan conservar su influencia mediante presión económica, operaciones políticas o desestabilización indirecta. En ese contexto, la eliminación de figuras clave vuelve a aparecer como un instrumento posible.

África está entrando en una fase decisiva de su historia contemporánea. Una fase en la que se define si el continente logra convertir su despertar político en soberanía duradera o si las viejas estructuras de dominación logran recomponerse bajo nuevas formas.

Porque cuando África se mueve, el poder golpea. Y cuando golpea en silencio, es cuando más peligroso se vuelve.

 

(*) Docente, profesor de Comunicación social y periodismo, egresado de la UNLP, Licenciado en Comunicación Social, UNLP, estudiante avanzado en la Tecnicatura superior universitaria de Comunicación pública y política. FPyCS UNLP.

 

  • Artículo publicado originalmente en PIA Global
Tags: africaBurkina FasolibiaMadagascarSenegalTraoré
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