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A 18 años de los asesinatos de Darío Santillán y Maximiliano Kosteki

La pedagogía del ejemplo y los desafíos pendientes

28 junio, 2020
en Opinión
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A 18 años de los asesinatos de Darío Santillán y Maximiliano Kosteki

La imagen de Darío extendiendo su mano a Maxi frente a la policía minutos antes de que le disparen por la espalda, se multiplica una y mil veces. La llamamos la imagen del ejemplo, destacando el acto heroico de ese joven de 21 años que, en medio de los tiros, las corridas y la represión decidió volver hasta la ex Estación Avellaneda, que hoy lleva sus nombres, volver en medio de la represión al lugar que estaba cercado de policías porque sabía que había compañeros allí, aunque no los conociera, Darío arrodillado junto a Maxi, luchando hasta el final, dando su vida en la pelea por el cambio social. Ese acto es nuestra reivindicación y nuestra responsabilidad de luchar por lo que nos quede de vida para cambiar este mundo.

Por Carina López Monja*

Hablar de Darío hoy, es hablar de la militancia, de los valores revolucionarios, de poner el cuerpo, de dar el ejemplo. Y también es pensar en la generación que se forjó al calor de esas luchas contra el neoliberalismo, cortando rutas y abriendo caminos con la certeza de que el problema era el sistema y que, dentro del capitalismo, no había salida posible.

Recordar a Darío y Maxi, como a tantos y tantas que dieron su vida por una Argentina más justa e igualitaria es construir nuestra memoria como pueblo pero también es mantener en alto el reclamo por justicia porque su asesinato no fue “un exceso” de las fuerzas policiales sino una decisión política de reprimir la protesta social y disciplinar a quienes salen a la calle a reclamar por sus derechos. Ironía es que el ex gobernador Felipe Solá, uno de los máximos responsables políticos de la Masacre de Avellaneda, quien nunca fue investigado ni condenado, fue quien lo dijo con mayor claridad en medio de una represión años después ordenada por Macri. Palabras más, palabras menos, resumió: “La policía nunca actúa sin orden política”. La historia nos demostró que no hay justicia sin lucha y presión en las calles, sin condena social que obligue a los poderes a actuar.

Con esta premisa, 18 años después el reclamo de justicia se mantiene para que sean investigados y condenados el ex presidente Eduardo Duhalde, al ex gobernador Felipe Solá, a Aníbal Fernández y Luis Genoud, entre otros, quienes formaron parte del gobierno nacional y provincial que decidió aquel 26 de junio dar una señal al FMInternacional, a los mercados y los bancos de que el conflicto social iba a ser contenido con balas y palos.

¿Qué herencia nos deja Dario Santillan?

El ejemplo de Darío resume una ética militante sin la cual cualquier proyecto político corre riesgo de aggiornarse, corromperse, perder el eje. Poner el cuerpo, asumirnos atravesados por el sistema y deconstruirnos, la coherencia entre el decir y el hacer, la solidaridad, el compromiso, el compañerismo, el esfuerzo por mejorar, la humildad, la vida puesta al servicio del otro y la otra son la esencia de nuestra militancia. Esa entrega es sentir en lo más hondo cualquier injusticia, como decía el Che, es la mano solidaria y la lucha.

Sin esos valores no hay proyecto político, pero con la ética militante no alcanza. La mejor manera de reivindicar el ejemplo de Darío es fortalecer nuestras construcciones, pero eso no puede convertirse en un enamoramiento acrítico de nuestras experiencias porque caemos en el riesgo de hablarnos a nosotros mismos y reproducir un discurso típico de la “zona de confort”, cuando la tarea es salir a disputar sentido a las más amplias porciones de la población, a interpelar a quienes piensan distinto, a construir hegemonía.

A casi dos décadas hay que decir que esa práctica política, esos valiosos procesos que se dieron y dan desde abajo no se articularon en un proyecto político conjunto. Por el contrario, de aquel 26 de junio de 2002 a hoy fue la fragmentación la que primó en los movimientos sociales ante las discusiones sobre la intervención política.

A fines de los 90, en plena lucha contra el neoliberalismo, la generación de Darío se propuso construir organización popular en las barriadas con los trabajadores y trabajadoras más humildes de nuestra Patria (aquellos que en aquel momento llamábamos desocupadxs y hoy tienen un sindicato propio que es el de la economía popular).

Recuerdo que desde aquellos barrios populares había cierto desdén a las luchas de otros sectores: era difícil la articulación con los sindicatos, con las instituciaones barriales, con los movimientos estudiantiles; había un desprecio hacia la idea misma de “representación” y muchos y muchas entendíamos que la acción directa, la lucha y la asamblea properan herramientas suficientes para transformar la realidad.En muchos casos priorizamos casi exclusivamente las demandas reivindicativas por sobre la elaboración de una estrategia de poder que dialogue con otros y otras, cayendo también en una mirada demasiada centrada en nuestro sector y poco abierta a pensarse con otres: no solamente con otros sujetos y sujetas sino también en diálogo con otras corrientes políticas. A diferencia de otros países, la experiencia de diciembre de 2001 no se saldó con una alternativa política radical como la que se expresó en las calles, sino dentro del propio sistema político.

No fue suficiente, pero no fue poco. Esas luchas parieron miles de militantes a lo largo y ancho del país, capaces de crear organización popular, articular resistencias, enfrentar las injusticias. En el proceso de intentar articular un proyecto político común que nos permita, además de resistir, construir otros destino posibles, nos encontramos con algunxs y nos desencontramos con otrxs. En ese camino, logramos cristalizar el proceso de unidad del sector de la economía popular conformando la UTEP. También un objetivo de primer orden fue sacar a Macri del gobierno y contribuir a una alternativa que desplazara el proyecto neoliberal del macrismo y propusiera una “mejor cancha para jugar el partido”, en orden de avanzar a un horizonte de un mundo sin desigualdades, donde la pobreza deje de ser parte del paisaje y dónde la tierra el techo y el trabajo sean derechos conquistados. Nuestro compromiso es seguir poniendo el cuerpo, el alma y el corazón, para cambiar la realidad que vivimos y construir la que soñamos.

(*) Militante del Frente Popular Darío Santillán y del Frente Patria Grande

Tags: Darío SantillánMasacre de AvellanedaMaximiliano Kosteki
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