El impacto llegó desde distintos flancos. Tiene lecturas contrastantes, según el lugar del mirador. La sociedad norteamericana utilizó la herramienta disponible para pegar un revés. Trump quiso contener espacios y terminó peleado con casi todos. Ahora, republicanos, demócratas … y empresas, se aprestan a otro tipo de campañas. Milei, debilitado: Giorgieva apura el tranco.
Por Gabriel Fernández *
En su segunda campaña electoral rumbo a la presidencia, Donald Trump observó la situación y comprendió que para ganarse el favor de una zona mayoritaria del electorado necesitaba prometer una reindustrialización del país y, al mismo tiempo, un alejamiento de las costosas iniciativas bélicas características de la política exterior norteamericana. Esas consignas, envueltas en un patrioterismo impetuoso y un guiño supremacista, en combinación con los desaguisados demócratas al frente del Estado, le facilitaron el acceso a la Casa Blanca.
Desde ya que no cumplió con los factores esenciales, aunque sí con el packaging. El surgimiento del ICE, sin más argumentos que la expulsión y el disciplinamiento de los migrantes, derivó en malestar extendido por una sociedad compleja, lo bastante perspicaz e intensa como para caracterizar el mal por el color de piel o el origen territorial. La andanada quedó en manos de grupos irregulares de escasa intención democrática y fuerte impronta represiva.
El 7 de enero de 2026 en Minneapolis, Minnesota, se presentaron ante el público mediante el asesinato de Renee Nicole Good. Rubia, agraciada, norteamericana hasta la médula, propietaria de un Honda Pilot, madre de tres pibes. El miembro del Servicio de Inmigración y Control de Aduanas de los Estados Unidos, Jonathan Ross, le disparó tres tiros en el parabrisas y le quitó la vida. Desde entonces, los atropellos se multiplicaron, y las protestas también.
Mientras esas demandas crecían, también lo hacía el precio de las naftas y en consecuencia de los alimentos y el costo de vida en general, debido al cierre del Estrecho de Ormuz. Sucede que ese paso estaba abierto hasta que los Estados Unidos e Israel resolvieron sin argumento alguno atacar a la República Islámica de Irán. Como si eso fuera poco, se alzó el respaldo económico para el agresor de Gaza, anhelante de controlar todo el Oriente Medio, se incrementaron los gastos militares con el envío de naves de guerra, pertrechos y elementos para el rearme de las bases instaladas en el golfo Pérsico, dañadas por las réplicas persas.

Como se explicó en estas líneas, buena parte de la ciudadanía fue conociendo y procesando esos datos, incluso los registros acerca de la caída impositiva para las empresas más poderosas y los compromisos del presidente para asistir a las corporaciones tecnológicas así como lo venía haciendo con las financieras que regentean a las armamentísticas. Entre Bernie Sanders, Abdul El – Sayed y varios medios ligados al Partido Demócrata difundieron esos y otros datos en la reciente campaña electoral y lograron desmentir que America First resultara el eje de las acciones republicanas.
Abdul El – Sayed ya es el primer senador musulmán en la historia de los Estados Unidos, electo por el 52,4% de los votos del estado de Michigan. En su campaña, dejó de lado los vituperios del Jefe de Estado y mostró cifras: el gigantesco volumen transferido por su país a Israel. Abogó por la polémica solución de las “dos naciones” y, sobre todo, enfatizó que ese dinero tenía que ser volcado a la interioridad norteamericana para generar actividad económica y proteger derechos.

Dentro de un esquema intrincado pero detectable, el gobierno estadounidense padeció el realineamiento de varias naciones otrora subordinadas que resolvieron, por una conveniencia que definía el cambio de época, aproximarse a los BRICS + y desoír las exigencias punitivas del Norte. Esas sanciones, en vez de debilitar a la Federación de Rusia y a Irán, fomentaron la búsqueda de mecanismos, inversiones e intercambios comerciales ajenos al centro occidental. En relación, el sistema Davos – OTAN avanzó sobre las administraciones europeas, devaluando su potencial histórico y al mismo tiempo perjudicando una labor conjunta inter continental que podría haber fortalecido el zigzagueante andar trumpiano.
Trump cayó derrotado por varios elementos de fuste, entre los cuales se destacan las protestas sociales antedichas, legítimas y profundas, y la ostensible desconfianza del espacio globalista que, desde el mismo surgimiento de Make America Great Again (MAGA) y desde instancias previas también (los intentos de Trump por gestar junto a Ross Perot una tercera fuerza entre 1995 y el año 2000) comprendió que los clamores industrialistas que encarnaba podían obstaculizar sus planes rentísticos.
El contraste interno estadounidense configura en la actualidad una lucha por la conducción económica del Estado que no admite medias tintas. Los mega bancos, en línea con las compañías derivadas y las gigantescas y onerosas agencias de Inteligencia, evalúan que el esquema de salvataje (transferencia de recursos) instaurado en 2008, no debe ser interrumpido. Ese globalismo necesita que la administración al frente canalice de continuo crecientes recursos en su dirección, manados de la producción, la salud, la educación y los derechos sociales en general.

Ante el éxito de ese modelo, que ha convertido a los estados occidentales más trascendentes en económicamente raquíticos, políticamente ajustadores y culturalmente represivos, las innovadoras compañías tecnológicas vienen requiriendo participación para obtener beneficios equivalentes. Cuentan con un argumento inquietante con fuerte impacto en las redes sociales: sostienen que deben ser respaldadas para mejorar las creaciones y evitar así que la IA se lance a conquistar -eventualmente aniquilar- el planeta.
Por el motivo que fuere, el populismo supremacista de MAGA y el estilo de su jefe, resultan inadecuados. De hecho, los dos atentados contra el presidente mostraron el diagnóstico con que el poder concentrado lo caracterizó. En línea, los grandes medios internacionales no dejaron de hostigarlo ni por un instante aunque se presentara pro empresarial y pro belicista al máximo. El hombre necesitaba definir un sentido y apenas borroneó una secuencia de expresiones contradictorias entre si que, día a día, le fueron quitando eficacia y vigor.
Trump no ha resultado un gran líder, aunque conmovió los cimientos del orden establecido con sus propuestas originales. Quedó lejos de consolidar un bloque de poder estatal productivo que reposicione al país como locomotora del mundo. Ofreció salvaguardas y ventajas a entidades financieras, a industriales alejados del territorio, a las tecnológicas, a las referencias de Wall Street, al sionismo, a la CIA y a las firmas que penetraron el área de Defensa, pero solo le sirvió para desplegar políticas que lo malquistaron con la población mientras los beneficiarios le daban la espalda.
Tanto Vladimir Putin como Xi Jingpin comprendieron el dilema del rubicundo. Por eso dialogaron todo lo que les resultó posible. Por eso no utilizaron sus herramientas económicas, científico técnicas y políticas para rasparlo, haciendo gala de una paciencia infinita ante situaciones inadmisibles.
(Hace pocos días, tras conocerse la iniciativa destinada a forjar una reunión trifásica, el filósofo Aleksander Dugin pronosticó “una dictadura liberal” después del triunfo de los demócratas. A su entender “Trump era la esperanza de los conservadores en América, Europa y más allá, y sigue siendo el que actualmente impide que el mundo se derrumbe”. Los demócratas avanzaron porque “no han perdonado a DOGE y el desmantelamiento de USAID, el momento en que se dieron cuenta de que Trump podría realmente ir tras el Estado Profundo”. Este periodista no comparte el conjunto de sus planteos: pero vale conocerlos para aprehender las razones esgrimidas por varias referencias multipolares)

En América latina las consideraciones son distintas. Como el proceso industrialista trunco exigía recursos y obediencia, la hipótesis del patio trasero se convirtió en el anhelo trumpiano, doblegando a varias naciones del sub continente, con las dignas excepciones de Mexico y Brasil. Y Cuba, claro. La derrota de Trump es un suceso beneficioso para el pueblo argentino, entre tantos otros, un problema difícil de resolver para los gobiernos entreguistas, un barajar y dar de nuevo en los esquemas de poder internos. Además de la implicancia económica -Kristalina Giorgieva salió aceleradamente a decir que el mileísmo debe “cortar ahora la cabeza del populismo” lo cual denota la debilidad creciente de la gestión libertaria-, el comicio reciente implica un cambio de clima político en verdad apreciable.
Este mundo es complicado pero no incomprensible. Y los procesos no van, necesariamente, en dirección confluyente. Los republicanos recibieron un cachetazo merecido por parte de su sociedad. Los demócratas no constituyen una esperanza genuina para la misma; le han servido como impulso para dar el impacto.
- Area Periodística Radio Gráfica / Director La Señal Medios / Sindical Federal









Discusión acerca de esta noticia