Por Gabriel Fernández *
Quien sabe si no descubrieron la pólvora del mundo contemporáneo. Un elemento explosivo que permite desfigurar, ocultar o transmutar factores de la realidad. Quienes. Las mega empresas financieras que accionaron por tres carriles entre los 80 y los 90: el sostén de investigadores y periodistas de manera directa y particularizada, el respaldo en modo Fundación para entidades educativas y vías de difusión especializadas, y muy especialmente el control económico de las universidades y la adquisición de las acciones de los medios de comunicación más potentes del mundo.
Iniciaron ese desarrollo mientras caía el Muro, al tiempo que Margaret Thatcher y Ronald Reagan orientaban políticamente un planeta sin la acechanza comunista. La hegemonía de la región parasitaria del gran capital se extendió hacia el arranque del siglo en curso, generó la crisis de 2008 – 2010 y utilizó aquellas herramientas, mientras desterritorializaba los Estados, para impulsar salvatajes a sus compañías. Académicos, analistas, periodistas, derramaron sobre las sociedades concepciones fiscalistas y antiproductivas; fomentaron presuntos ahorros que rápidamente mutaron en recesión y pobreza.
El proceso fue narrado en estas Fuentes y plasmado en los dos tomos publicados en los años recientes. Felizmente, en los últimos meses del año pasado y los primeros del que transitamos ahora, otras voces surgieron para dar cuenta de esa situación. Muchas de ellas, insertas en prestigiosos centros de estudios que se muestran neutrales ante el orbe, y otras copartícipes de lineamientos editoriales que se golpean el pecho para evidenciar objetividad. A diferencia de las instancias fundacionales del camino, por estas horas las redes sociales operan como bombas de racimo que distribuyen hasta el aturdimiento esos parámetros.
Bueno es apuntar que las advertencias no son recientes. Antes de las investigaciones cercanas, las puntualizaciones y objeciones a docentes y periodistas resultaron intensas. Sin embargo, rara vez podían escapar de describir las movidas y las campañas como cruces de ideas en base a errores y aciertos de rasgos individuales. Un dignísimo representante de la búsqueda de la verdad, que todavía amosca al poder, es el periodista Seymour Hersh, Pulitzer por indagar y difundir la masacre de Mỹ Lai cometida por tropas del ejército de los Estados Unidos en Vietnam en 1968.
Hersh ha sido nítido acerca de la cuestión planteada. Su postura sobre la objetividad rechaza la actitud demagógica de autoproclamarse neutral: sostiene que los periodistas tienen ideas propias, pero deben evaluar los hechos con rigor profesional. Contrastó editores de las grandes cadenas y a pesar de su trayectoria resolvió aproximarse a la comunicación independiente o alternativa para desplegar este oficio de la manera más eficaz posible. Su tarea más reciente refiere a la voladura del gasoducto Nord Stream; allí evidencia el interés, la planificación y la acción occidentales sobre el atentado.
Pocas semanas atrás, el profesor de Historia en la Universidad de Arizona, David N. Gibbs, fue entrevistado por el analista Glenn Diesen a raíz de su irrupción en varios espacios periodísticos planteando profundamente esta temática. Ya lo había hecho, hace más de dos décadas, pero la abrumadora difusión presente, nuevas tecnologías incluidas, mereció una vuelta de tuerca. El docente cuestiona más severamente hoy que ayer, la conversión de las Ciencias Sociales en propaganda. Su decir, genera resquemores.
ALINEAMIENTO
Glenn Diesen – Especialmente hoy en día, vemos que los académicos, al igual que los periodistas, se alinean muy estrechamente con las narrativas gubernamentales. Pero supongo que el problema es mucho más profundo.
David Gibbs – Bueno, déjeme decir que, en cierto modo, esto es algo personal. Me doctoré en 1989, no en Historia, sino en Ciencia Política, en el MIT. Y el departamento de Ciencia Política del MIT fue fundado por la Agencia Central de Inteligencia (CIA) para conectar al MIT con la agencia. Y, ya sabe, seguía existiendo cuando yo estaba allí. Me fascinaban mucho esos vínculos extraordinarios entre una institución académica, el MIT, por un lado, y la CIA, por otro.
Y parecía muy cuestionable porque una de las críticas, y con razón, contra la Unión Soviética —y, de nuevo, esto fue durante la Guerra Fría, cuando yo cursaba el posgrado— era que no había diferenciación entre el mundo académico, que no era independiente, y el gobierno. Estaba estrechamente vinculado a los organismos gubernamentales. Era una expresión de la propaganda del gobierno. Y era cierto. Y, supuestamente, lo que diferenciaba a las sociedades libres —por entonces nos gustaba llamarlas el mundo libre— era que el mundo académico era independiente. Se suponía que los académicos eran agentes independientes, no agentes de la propaganda gubernamental. Pero parecía realmente problemático que una de las principales instituciones del país, el MIT, estuviera tan estrechamente vinculada a la Agencia Central de Inteligencia.
Y eso despertó mucho mi interés por el tema. Así que empecé a leer sobre ello. Y una de las cosas que quedaban muy claras era que, sobre todo en el periodo inicial, en los años cincuenta y sesenta, uno de los principales financiadores de la investigación en ciencias sociales en el extranjero —no solo en ciencia política, sino en todas las ciencias sociales— era la CIA y la inteligencia militar. Bruce Cumings, de la Universidad de Chicago, dijo que solo sería una ligera exageración afirmar que o trabajabas para la CIA o, si no trabajabas para la CIA, el FBI llamaba a tu puerta. Y eso, por supuesto, resultaba muy amenazante en los primeros años de la Guerra Fría.
Y así se produjo una especie de doble golpe, que vinculó los ámbitos académicos, especialmente en las instituciones de prestigio, con el principal servicio de inteligencia de Estados Unidos, la Agencia Central de Inteligencia, la CIA. Esto planteaba muchos problemas, a mi juicio. Uno de ellos era el secreto. La CIA se creó —una de las razones por las que se creó en 1947— para crear una agencia ultrasecreta, mucho más hermética que el Departamento de Estado o las fuerzas armadas regulares, que pudiera llevar a cabo acciones ética y legalmente cuestionables, como derrocar gobiernos, participar en asesinatos y cosas por el estilo. Y la CIA era sumamente secreta, y los académicos que trabajaban para la CIA tenían que hacerlo en secreto.
Glenn – Quería preguntarte: ¿de qué distintas maneras intervienen en el mundo académico y en el periodismo? Porque a menudo veo que las agencias de inteligencia empezaron muy pronto a extender su influencia a las ONG, por ejemplo. Y se suponía que las ONG… Me gusta la idea de las ONG, porque necesitas institucionalizar y estructurar la sociedad civil de una forma que permita al público influir en el proceso democrático, más allá de limitarse a acudir a las elecciones cada cuatro años. Pero hay muchísimo poder en esto, si puedes manipular a la sociedad civil para que haga lo que tú quieres. Así que la comunidad de inteligencia se metió ahí. Pero también están las ONG, los grupos de expertos… Es que hay muchos ámbitos en los que la gente cree que hay independencia, cuando en realidad no la hay. Pero me parecía interesante porque, en mi opinión, la universidad debía ser el último, el último bastión del pensamiento independiente, independiente del Estado.
David Gibbs – Bueno, quiero ser muy concreto. ¿Cuáles son las conexiones entre la CIA y el mundo académico? El mejor registro sobre esto es una investigación del Senado de Estados Unidos de 1975, presidida por el senador Frank Church: el llamado Comité Church. Emitieron una enorme cantidad de informes. Fue una investigación seria. No fue un encubrimiento, al menos no en su mayor parte. Y, por cierto, abordaron de pasada esta cuestión del mundo académico. Por alguna razón, no entraron en ese detalle. Sin embargo, sí examinaron las consultorías secretas de muchos académicos. De nuevo, creo que de los académicos más prestigiosos. Naturalmente, fueron a por los mejores, en las instituciones más prestigiosas. ¿Por qué no? Tenían contratos con ellos, y esos contratos implicaban asesorar a la CIA. Escribían informes secretos para la CIA, y todo era secreto. Y creo que, con el tiempo, los académicos decían: Mire, soy profesor.
Me evalúan profesionalmente por publicar en revistas académicas y editoriales universitarias, no por informes secretos. Por favor, permítanme publicar este informe. Y la CIA dijo: «Llegaremos a un acuerdo». Bueno, pueden publicar el informe si nos dejan editarlo, depurarlo, como ellos dicen. Así que se publicaban informes depurados, básicamente, y además financiados por la CIA. La investigación del Senado determinó, creo que ese fue el término que utilizaron, que se habían publicado al menos mil libros con apoyo encubierto de la CIA. Fíjense en las palabras «al menos», ¿de acuerdo? Así que son más de mil. Y supongo que esto quería decir que hoy podrías ir a una biblioteca, sacar de la estantería libros publicados, por ejemplo, por Princeton University Press, escritos por algún académico prestigioso, y no saber que la CIA los había financiado y editado en secreto.
El hecho de que se hiciera en secreto es, de nuevo, un problema real, porque no sabes qué se eliminó. Se supone que los académicos deben ser objetivos, es decir, que se dedican a la búsqueda de la verdad. Y no se supone que deban ser partidistas. No se supone que tengan conflictos de interés. Esto plantea cuestiones en cierto modo parecidas a las del ámbito biomédico, digamos, donde los académicos investigan la eficacia de los medicamentos y reciben financiación de la empresa farmacéutica que los fabrica. Es un problema real en las ciencias biomédicas, pero al menos hay una cosa clara. Las revistas biomédicas exigen una declaración completa de los conflictos de interés. Si recibes financiación de una empresa farmacéutica, tienes que declarar esa financiación, lo cual tiene sentido.
Puedes sopesar el posible sesgo frente a los hallazgos. Eso no ocurre en la ciencia política ni en las ciencias sociales. Nunca he visto un artículo académico ni un libro que dijera: señoras y señores, esto fue financiado por la CIA y editado por la CIA. Nunca he visto algo así. Si ha ocurrido, no lo sé. Y, por tanto, se hace en secreto, ¿de acuerdo? En cierto modo, podrías decir que se engaña al público que lee estos libros, porque no conoce los sesgos, los sesgos ocultos del autor. Así que creo que plantea serias cuestiones éticas. Ahora bien, algunas personas han hecho pública su labor de consultoría. Robert Jervis, de Columbia, ha sido consultor de la CIA durante mucho tiempo. Es un profesor prestigioso. No sé dónde está ahora. Puede que esté jubilado.
Fue profesor en Columbia y presidente de la Asociación Estadounidense de Ciencia Política. Debatí con él públicamente sobre este asunto hace veinte años, en un programa de radio llamado Democracy Now!, y él insistía en que eso no tiene ningún impacto en su investigación. Y, de nuevo, el problema es que no sabemos qué… Creo que siempre va a haber influencia. Siempre vas a estar influido por las personas que te financian. Y si tú… el problema es que se trata de un conflicto de intereses básico porque, por un lado, si eres politólogo, estás estudiando el conflicto internacional. Por otro lado, te financia una parte interesada, que es la CIA. Eso significa que, de forma natural, vas a ser parcial respecto a esa agencia y probablemente vas a dejar fuera muchísimas cosas. Lo que resulta muy llamativo es que, cuando participé en este debate, yo había hecho un estudio de las revistas académicas.
Esto fue hace mucho tiempo. Analicé cinco de las principales revistas de ciencia política, las más importantes, que tratan sobre relaciones internacionales. En fin, son revistas muy conocidas para quienes trabajan en ciencia política, de las que has oído hablar. Y revisé todos los artículos que publicaron durante un periodo de diez años, de 1990 a 2000. No encontré ni un solo artículo que tratara las operaciones encubiertas de la CIA de forma significativa. Ni uno. Y me resulta muy difícil creer que la financiación de la CIA no tuviera nada que ver con eso. Es una afirmación muy contundente: durante una década no hubo ninguna mención significativa de una de las principales fuentes de actuación de Estados Unidos en la Guerra Fría, que son las operaciones encubiertas. Y sí, creo que fue el resultado directo de la financiación de la CIA a la profesión.
Creo que había una relación ahí. Y creo que esa es una de las razones por las que lo hicieron, por cierto. No solo les gustaba la información que aportaban los politólogos; también significaba que controlarían el campo y se asegurarían de que la ciencia política, y otros ámbitos también, por cierto, no trataran cuestiones que no debían discutirse en sociedad. Ahora esto no está tan mal. Creo que hace unos diez años, una persona llamada Lindsay O’Rourke, del Boston College, publicó un libro titulado «Cambio de régimen encubierto». En realidad, es un libro bastante bueno. Quiero decir, creo que tiene algunos defectos, pero cataloga un enorme número de operaciones encubiertas de la CIA. Y ganó un premio, y está recibiendo atención. Creo que eso es algo bueno. Quizá muestra que está surgiendo un poco de equilibrio. Por cierto, un detalle.
El profesor O’Rourke fue alumno de John Mearsheimer, lo que me parece interesante. John Mearsheimer es una persona muy conservadora y está muy vinculado al establishment de la política exterior. Pero tiene una característica que lo distingue: es realmente muy honesto y está dispuesto a arriesgarse. Por cierto, eso es poco habitual. Creo que aquí hay una perspectiva interesante. Mucha gente, todavía hoy, quiere creer que los académicos son radicales que cuestionan constantemente al poder. Que persiguen sin descanso a los intereses poderosos del sector privado y del Gobierno, y que intentan derribarlo todo. Nada más lejos de la realidad. El mundo académico está profundamente entrelazado con el poder, empezando por la CIA y muchas otras agencias, Seguridad Nacional, el Ejército y también el sector privado.
Recibe una financiación enorme del sector privado, incluidas las ciencias sociales, que están dirigidas ideológicamente. Y creo que la gente tiene una percepción equivocada del mundo académico debido a las guerras culturales. Dan por hecho que, si empiezas a debatir alguna cuestión cultural relacionada con el género, la raza y la sexualidad, eso demuestra que eres una especie de radical. Cuando también podría verse como una forma de distraer a la gente. Pero, en cualquier caso, en cuestiones relacionadas con lo que realmente preocupa a quienes están en el poder, como las operaciones encubiertas, el mundo académico ha sido profundamente conservador y ha estado profundamente entrelazado con el poder, empezando por el tipo de conexiones que estoy describiendo. También quiero hablar del periodismo.
Glenn – Primero, quiero decir que el profesor Mearsheimer, al igual que el fallecido Stephen Cohen, señalaron ambos que, cuando empezaron a criticar la política exterior, de repente dejaron de recibir invitaciones de CNN y de las otras grandes cadenas de noticias. De pronto, dejaron de llamarles. Así que sí… obviamente hay algo ahí, cuando ves hasta qué punto los académicos tienen cabida en los medios mientras empiezan a alejarse de la opinión pública. Pero eso viene del Gobierno. Pero Robert Jervis… sí, aunque falleció hace unos años. Vale, de acuerdo. Pero sí quería preguntar también, además de cómo encajan aquí los periodistas, ¿cuáles son entonces los principales objetivos de las agencias de inteligencia? Ha mencionado que no querían ninguna cobertura de las operaciones encubiertas, pero ¿hay otros asuntos clave en los que, básicamente, quieran moldear el conocimiento o la información?
David Gibbs – Creo que, en general, lo que quieren —creo que la CIA y, en general, las principales agencias del Gobierno y todo el aparato de política exterior, si lo entendemos de forma más amplia que solo las agencias gubernamentales—, lo que quieren básicamente es una academia sumisa que actúe como portavoz de la política oficial. Eso es lo que es. Si uno mira las principales revistas y deja de lado cuestiones culturales como la masculinidad y la política exterior, y cosas así, si va más allá de eso, resulta indistinguible de lo que dicen las agencias gubernamentales y organizaciones como el Council on Foreign Relations de Nueva York. Representa al poder. La academia respeta al poder. Tiende a someterse al poder.
Y, en lo que respecta a las relaciones internacionales, la gran potencia son las instituciones de la potencia geopolítica dominante: Estados Unidos. Y, en cierta medida, sus acólitos en lugares como Europa. Y, claro, tienen puestos avanzados en el extranjero por toda Europa y, supongo, Japón; aliados de Estados Unidos por todo el mundo; el mundo académico estadounidense. Esto está disminuyendo a medida que China asciende, también en el ámbito académico. Pero creo que, incluso ahora, Estados Unidos sigue siendo el referente al que mira la gente en el mundo académico. Sigue siendo el centro de muchos programas de doctorado prestigiosos, de muchas revistas prestigiosas, y demás. Y la gente mira a Estados Unidos y al poder estadounidense como algo que respeta.
Hay muchas razones para esto. Una de ellas es la financiación. Muchos académicos reciben financiación de organismos públicos, y eso realmente condiciona a toda la profesión. En el periodismo ocurren cosas parecidas. Hubo un estudio de… ¿cómo se llamaba?… Bernstein. Ganó el Premio Pulitzer y fue famoso por el caso Watergate. Él y Woodward destaparon la historia del Watergate en los años setenta, y se hicieron muy famosos. Publicó un estudio en Rolling Stone, en mil novecientos setenta y siete, titulado «La CIA y la prensa»… «La CIA y los medios», creo que se llamaba. Todavía se puede encontrar. Está en internet. Y fue el estudio más serio que he visto nunca, y nunca se ha cuestionado seriamente en términos factuales, sobre el papel de los medios de comunicación.
Descubrí que varios cientos de periodistas estadounidenses trabajaban para la CIA de una forma u otra, y que doscientos de ellos tenían acuerdos de confidencialidad y/o contratos de trabajo secretos con la CIA. Hasta donde yo sé, eso vulnera todos los principios de ética periodística de los que haya oído hablar jamás, pero eso fue lo que se hizo. Y la publicación principal era, sorpresa, sorpresa, The New York Times. ¿Por qué The New York Times? Bueno, piénsenlo. Obviamente, si quieres influir en el conjunto de los medios de comunicación, influir en The New York Times es un buen punto de partida. Y creo que, incluso a nivel internacional, percibo que muchas publicaciones extranjeras miran a The New York Times en busca de liderazgo.
Por lo que pueda valer, durante la Guerra Fría y hasta los años noventa, leía la prensa europea. Leo francés, así que leía Le Monde, y también leía la prensa británica. Y era mucho mejor que la de Estados Unidos. Era independiente. En los últimos veinte años, se ha convertido casi en un clon del New York Times. Da la sensación de que, cuando leo Le Monde o algo así, es como leer el New York Times en francés. Así que creo que el New York Times realmente es el sitio al que hay que ir si quieres influir en todo. Eso es lo que hizo la CIA. Arthur Ochs Sulzberger, que fue durante mucho tiempo editor del New York Times, creo que en los años sesenta, si no me equivoco, era amigo íntimo de Allen Dulles, que dirigió la CIA durante mucho tiempo.
Y hubo casos documentados en los que Dulles le pidió que encubriera a la CIA, y Sulzberger dijo que sí. Así que ese es realmente el papel de la prensa: de nuevo, ser un portavoz del Gobierno. Y debo añadir que esto se quebró durante la guerra de Vietnam. La guerra de Vietnam rompió la confianza en la política gubernamental. Surgió el síndrome de Vietnam, y la prensa se volvió mucho más crítica, incluido el Times. Y el mundo académico, en cierta medida, de forma limitada, también se volvió más crítico. Esa es la razón por la que se llevaron a cabo las investigaciones del Senado y de la CIA. Pero fue un periodo breve. Y, hacia finales de los años setenta, tanto el mundo académico como la CIA volvieron a su papel sumiso, un papel sumiso en el que, por lo que puedo ver, siguen estando.
Nunca terminó. De hecho, yo diría que se ha intensificado con el fin de la Guerra Fría. Quiero decir, ahora se presenta a antiguos directores de la CIA y similares como expertos, sin tener en cuenta que un agente de la CIA está entrenado para mentir. Quiero decir, eso es lo que hacen. Para eso te entrenan en inteligencia: para mentir. Y aquí nunca se tiene en cuenta. Se les trata abiertamente como fuentes serias de información, de una forma que va incluso más allá de lo que ocurría durante la Guerra Fría. Así que diría que esa sensación de que todos están compinchados no solo era cierta durante la Guerra Fría. Ahora lo es aún más.
PERIODISTAS
Glenn – ¿Seguiste de cerca todo el periodo del Rusiagate? Porque me pareció una época interesante, en la que las agencias de inteligencia y los medios de comunicación iban de la mano. Antiguos directores de la CIA y de la NSA conseguían puestos en distintos medios de comunicación como expertos. Y pensé que, al menos en los años setenta, tenían la decencia de encubrir estas cosas. Pero ahora todo se hace, ya sabes, escondiéndose a plena vista, básicamente. Lo ponen todo al descubierto: así no te pueden pillar. Es simplemente la CIA actuando como opinión experta. Pero ¿lo viste durante el Rusiagate?
David Gibbs – Rusia fue un caso interesante, en el sentido de que creo que hubo una serie de acontecimientos que sacudieron a las élites a ambos lados del Atlántico, empezando en 2016. El primero fue el Brexit. Y creo que fue una conmoción enorme en Europa, también en Estados Unidos, pero especialmente en Europa. Y el segundo fue, por supuesto, la primera elección de Donald Trump como presidente. Creo que, en aquel momento, se le veía como profundamente hostil a la OTAN. En realidad, no ha resultado ser así. En su mayor parte, ha seguido la línea de la guerra de la OTAN en Ucrania. Pero se le veía como profundamente hostil a la OTAN y, posiblemente, como alguien que cambiaría la política exterior de Estados Unidos de manera fundamental. Eso fue una conmoción enorme para las élites estadounidenses y europeas. Creo que la gente perdió un poco la cabeza. Les dañó el cerebro. De verdad que se volvieron locos. Y buscaron un hombre del saco.
No querían una respuesta compleja. Querían una respuesta sencilla. La respuesta compleja, por supuesto, es que la gente había perdido la confianza en buena parte del establishment y buscó candidatos antisistema. En Estados Unidos, irónicamente, hubo dos candidatos antisistema: Donald Trump y Bernie Sanders. En algunos aspectos, obviamente, son muy diferentes. En otros, son las dos caras de la misma moneda. Son antisistema, y por eso la gente los apoyó. La gente también olvida que Bernie Sanders salió de la nada. Nadie había oído hablar de él. Era senador, sí, pero un senador poco conocido. Estuvo a punto de ganar la presidencia. En cambio, Donald Trump ganó la presidencia. Pero los miembros del establishment no podían admitir ninguna culpa. Que no habían hecho nada mal en Europa. No habían hecho nada mal. Nada de lo que hicieron mal condujo al Brexit. Simplemente surgió de la nada.
Y entonces la pregunta es: ¿qué causó estas cosas? Y la respuesta era: Rusia lo hizo. Tuvo que ser una conspiración rusa. Así que los periódicos de Estados Unidos —de nuevo, no seguí la prensa británica tan de cerca como en el pasado, pero supongo que también se centró mucho en Rusia, en la interferencia rusa, en la desinformación—. El término «desinformación» lo oía una y otra vez. La desinformación rusa era la causa de todas estas cosas. Durante años, en Estados Unidos no dejaron de insistir en que la elección de Donald Trump había sido orquestada por los rusos. El New York Times estaba lleno de esto. Recuerdo que, al principio, cuando lo leía, pensaba que las afirmaciones eran tan extravagantes que nadie se las tomaría en serio.
Pero entonces todo el mundo se las tomaba en serio. Todos mis amigos se las tomaban en serio. Lo siguiente que pensé fue: «Me parece que alguien está intentando sentar las bases para una guerra con Rusia». Recuerdo haber pensado eso ya en 2016. Bueno, pues aquí estamos. Quiero decir, no es que estas cosas no tengan efectos. Pero hay que recalcar lo disparatado de todo esto. Se afirmaba que había algunas campañas en redes sociales que criticaban a Hillary Clinton, y que eso debía de ser una campaña masiva de los rusos para elegir a Donald Trump. Y ha habido tres estudios sobre la eficacia de estas campañas en redes sociales.
Uno fue realizado por Proceedings of the National Academy of Sciences, el segundo por la revista británica Nature, y el tercero por el Instituto para el Nuevo Pensamiento Económico de Nueva York. Académicos de primer nivel llegaron a conclusiones idénticas mediante metodologías diferentes, pero conclusiones idénticas: influencia cero. De acuerdo, la campaña en redes sociales no tuvo ninguna influencia en el público, ¿vale? En otras palabras, el término que utilizaron fue «indetectable», ¿vale? No pudieron detectar nada en términos de influencia. Y, sin embargo, durante años esta fue una de las principales noticias: la desinformación rusa eligiendo a Donald Trump, ¿vale?
Y, presumiblemente, también provocó el Brexit. Así que parecía algo extraordinario. Pero a mí me daba la impresión de que gran parte de ello procedía, de forma bastante evidente, de los servicios de inteligencia, impulsado abiertamente por antiguos agentes de la CIA. Y hay una frase: «Una vez en la CIA, siempre en la CIA». Puedes renunciar, pero nunca puedes irte del todo. Así que, para mí, parecía que los servicios de inteligencia estaban intentando montar todo esto. Alguien lo estaba montando. Eso estaba claro. Y no había nada sustancial detrás. Así que sí, ahí lo tienen. Ayudó a envenenar la política estadounidense, pero también envenenó las relaciones internacionales. Estoy convencido de que desempeñó un papel significativo en los prolegómenos de la guerra que se está librando actualmente en Ucrania.
ACADÉMICOS
Glenn – Pero también diría que lo que me resulta un poco impactante es hasta qué punto el mundo académico, igual que los periodistas, se ha alineado por completo con los argumentos del Gobierno en esta guerra. Quiero decir, por ejemplo, todo el argumento de los países de la OTAN, de los Gobiernos, de que la guerra no fue provocada. Me parece impactante porque, si repasas la literatura actual, hay infinidad de pruebas de que los líderes políticos y militares de Occidente sabían que el expansionismo de la OTAN probablemente desencadenaría un conflicto con Rusia. Como dijo en una ocasión el ex director de la CIA, William Burns, Ucrania y la OTAN son la más roja de todas las líneas rojas. Y lo que quería decir es que Rusia se sentiría obligada a intervenir, aunque no quisiera hacerlo.

Quiero decir, hay muchas pruebas de que los rusos veían esto como una amenaza. Nosotros sabíamos que era una amenaza. En realidad, no se puede discutir, pero los académicos lo ignoran. No hablan de ello. Ni lo tocan. Y también está toda esa idea de que Ucrania debía poder elegir en qué alianza quería estar. Eligió Occidente. Intentaron escapar de Rusia, todo eso. Y no veo que los académicos cuestionen esto tampoco. Quiero decir, la academia debería buscar la verdad. Pero todas y cada una de las encuestas entre 1991 y 2014 mostraban que solo una pequeña minoría de los ucranianos lo quería, que fueron principalmente los estadounidenses quienes lo impulsaron y que los europeos se alinearon, como suelen hacer.
Pero, insisto, nada de esto se puede discutir. Entonces, ¿qué hicieron los académicos? Lo ignoraron. Y lo mismo con este otro caso: la invasión a gran escala de dos mil veintidós. El argumento era que, bueno, los rusos llevaron a cabo una invasión a gran escala con la intención de conquistar toda Ucrania. Pero, ya saben, hay pruebas de sobra. El propio Zelenski dijo, el primer día después de la invasión rusa, que Rusia ya se había puesto en contacto con él para iniciar negociaciones y poner fin rápidamente a la guerra, sobre la base de restaurar la neutralidad de Ucrania. Vemos que lanzaron menos bombas sobre Ucrania durante el primer mes que Estados Unidos sobre Irak en las primeras veinticuatro horas, entendiendo que una violencia excesiva socavaría la diplomacia.
Vimos el bajo nivel de tropas. No se puede conquistar un país de treinta y cinco millones de habitantes con cien mil soldados. Todo esto es indiscutible, pero vemos que ni siquiera lo debaten. Ningún académico en Europa que yo conozca quiere siquiera hablar del hecho de que los rusos y los ucranianos empezaron a hablar de paz el primer día. Y lo mismo ocurre con lo de Estambul. Quiero decir, se pueden tener todas las pruebas, repito, todas las pruebas. Se puede tener a un ministro de Exteriores turco afirmando que tanto los rusos como los ucranianos querían, casi desesperadamente, alcanzar un acuerdo. Pero Estados Unidos y el Reino Unido lo torpedearon. Puede confirmarlo el primer ministro israelí, el anterior, es decir, Bennett. Aun así, no aparece en ningún debate académico.
Y me resulta chocante que nada de esto merezca siquiera ser mencionado. Y creo que sé por qué. No digo que todos los académicos estén en la nómina de la CIA, pero sí que hay una campaña de intimidación suficiente. Quiero decir, si mencionas cualquiera de estas cosas, te crucifican. Ya no tienes carrera. Incluso en privado, hay un coste social alto, muy alto, si empiezas a mencionar algo que socave la posición del Gobierno. Es que… yo solo querría saber qué otra explicación podría haber. ¿Cómo puedes vivir con esta omisión de acontecimientos clave, clave, que simplemente, ya sabes, se calumnian diciendo: «Ah, eso es algo que dirían los rusos»?
David Gibbs – Lo que dices es cien por cien cierto. Desde luego, esa ha sido mi experiencia. Y creo que, sabes, soy catedrático. Tengo plaza fija. Eso te da un alto nivel de protección. Así que no estoy especialmente preocupado. Pero si no tuviera plaza fija, desde luego tendría muchos motivos para preocuparme. Y sí, te encuentras en una situación en la que vas a pagar un precio profesional. Sabes, John Mearsheimer, no creo que le importe realmente, pero ya no le invitan a escribir artículos de opinión en The New York Times. Ya no le invitan a CNN ni a los principales programas informativos en los que antes era bien recibido.
Y así, pagas un precio por ello, tanto profesional como personalmente. Hay gente que quizá ya no te habla. Colegas que tienen sentimientos muy fuertes sobre esto te denunciarán de todas las maneras posibles. Eres una marioneta de Putin, o el término que se use ahora. Así que, sin duda, hay un precio que pagar. Y la mayoría del profesorado, aunque conozca los hechos, no está dispuesto a asumir el riesgo. Y, hasta cierto punto, puedo entenderlo. Sobre todo, de nuevo, si tu puesto de trabajo está en riesgo. En ese caso, puede ser prudente actuar así. Pero una de las preguntas, de nuevo, es por qué. Y creo que el mundo académico mira al poder con respeto.
Siempre ha hecho eso, tanto en el sector privado como en el público, y tiende a mostrarse muy sumisa ante el poder, pese, una vez más, a la reputación de los académicos como combativos y contrarios al poder. Es un mito absoluto. Según mi experiencia, no tiene nada de verdad. Es muy raro encontrar a un académico dispuesto a cuestionar al poder en algún sentido significativo. Y esto se ve incluso en cosas triviales. Hace varios años estaba la deconstrucción. Veías a académicos deconstruyendo dibujos animados, y eso se consideraba radical, ese tipo de cosas. Pero, a la hora de cuestionar a la CIA o la política de Estados Unidos en Ucrania, eso sencillamente no se hace. Sencillamente no se hace.
Y, ya sabe, hubo… Creo que la mejor manera de decirlo es que, al comienzo de la Guerra Fría, la Asociación Histórica Americana eligió como presidente a Conyers Read, profesor de la Universidad de Pensilvania. Dio un discurso presidencial en 1949. Se publicó en la American Historical Review. Y dijo… A ver si lo encuentro. Sí, puedo… ¿Dónde se ha metido? Lo que dijo, lo voy a parafrasear. Dijo que todos los ejércitos tienen que marchar juntos bajo algún símbolo. En la Unión Soviética, es la hoz y el martillo. En Estados Unidos, son las barras y estrellas. Y el académico no está más libre de esta obligación que el físico.
Y eso, ya sabe, debemos instaurar aquí una especie de controles intelectuales si queremos ganar esta guerra. Y él dijo: «Puede que esto suene a que se está defendiendo algún tipo de control social. En resumen, lo es». Así que, ya sabe, estaba afirmando explícitamente lo que creo que realmente era la idea: que el mundo académico debía alinearse con la política oficial. Y fue mucho más explícito y tajante al respecto que nadie antes o después de él. Pero creo que eso es, en cierta medida, lo que ha ocurrido: que los académicos se alinearon con el Gobierno y siguieron alineados con él, salvo brevemente durante el desastre de Vietnam y unos pocos casos más. Pero, en general, en su mayoría se han adherido a la política oficial.
Y esto me parece muy coherente con ello. Tengo que decir que el nivel de represión del debate abierto aquí es el peor que he visto en toda mi vida. Yo viví los años ochenta. Nunca fue tan malo como ahora. Creo que habría que remontarse quizá a principios de los cincuenta, al periodo de McCarthy, para encontrar una atmósfera tan opresiva como la que tenemos hoy. Y eso es igual de cierto, quizá incluso más, en Europa. Sospecho que lo es más en Europa. En Estados Unidos tenemos la Primera Enmienda de la Constitución, que ofrece sólidas protecciones legales. Eso no ocurre en Europa. Así que creo que puede que la situación sea incluso peor en Europa que en Estados Unidos. Aquí, desde luego, está bastante mal.
LENGUAJES
Glenn – ¿Has visto a académicos y periodistas adoptar el lenguaje del Estado? Porque me parece interesante. Orwell escribió mucho sobre cómo funciona la propaganda. Ya sabes, se crea un lenguaje distinto para nosotros y para ellos. Y esto también lo veo en el mundo académico, especialmente en la ciencia política. Por ejemplo, nosotros tenemos políticas, pero nuestros oponentes tienen comportamientos, ¿verdad? Está esa idea pedagógica de que nuestro trabajo es socializarlos. Esto estaba muy incorporado a la idea de la Unión Europea y de la OTAN después de la Guerra Fría: que el papel de Occidente era socializar a todos los demás, como una nueva misión civilizadora, por así decirlo.
Y, ya sabes, también observo que, en el mundo académico, todo el lenguaje está organizado en consecuencia. La forma en que hablan los políticos… argumentan que, bueno, los demás nos amenazarán, pero nosotros no amenazamos. Nosotros, ya sabes, castigamos o recompensamos, como haría un profesor. Es decir, la OTAN recompensará el buen comportamiento, castigará el mal comportamiento. Y toda esta idea de asumir un papel socializador se incorpora al lenguaje. De nuevo, muchos académicos también lo utilizan de forma muy acrítica. Ya sabes, si los chinos se niegan, se niegan a llegar a un acuerdo. Cuando nosotros nos negamos a llegar a un acuerdo, actuamos por principios. Los demás interfieren en los asuntos internos. Nosotros promovemos la democracia. Ellos van a la guerra. Nosotros intervenimos.
Ya sabe, los rusos buscan influencia en los Estados vecinos. Nosotros solo promovemos la vía europea. Quiero decir, se usa este tipo de lenguaje con el que ya no hace falta argumentar. Entonces, las palabras sustituyen a los argumentos, lo cual es bastante extraño. Porque la función de los académicos debería ser, ya sabe, desentrañar estas palabras, debatirlas. Yo también tuve una experiencia desagradable en mi universidad. Treinta y siete colegas me denunciaron y publicaron una carta en el periódico porque dijeron: «Oh, estamos con Ucrania». Esto no. Y la razón es que sostengo que deberíamos recurrir a la diplomacia. No deberíamos enviar armas. Y sostengo que la OTAN ha contribuido a provocar esto, algo que considero importante para resolverlo.
Pero, según su argumento, eso significa que no te importa, porque quienes sí se preocupan derrocan a su Gobierno. Boicotean la diplomacia. Libran una guerra que, al parecer, no pueden ganar. Así que no se analiza el argumento. ¿Qué significa ayudar a Ucrania? Porque se pueden tener perspectivas distintas sobre esto. Yo creo que los estamos destruyendo con lo que estamos haciendo ahora. Los estamos sacrificando como un instrumento indirecto. Pero no se analiza el argumento. Nadie quiere debatir. Simplemente tienen esta idea: esto está a favor, esto está en contra. Y veo que los académicos hacen lo mismo, lo cual es muy extraño, porque se supone que deberíais saber analizar el lenguaje. No sé si eso es demasiado específico, el lenguaje de los centristas académicos. ¿Tú también lo percibes o…?
David Gibbs – Sí, creo que otra forma de plantearlo es esta. Es comprensible y nada sorprendente que los funcionarios del Gobierno utilicen un lenguaje propagandístico que, de algún modo, legitime sus acciones y demonice a sus oponentes. Es comprensible. Incluso se podría decir que ese es su trabajo. Pero los académicos no deberían hacer eso. Se supone que los académicos deben evaluar estas cuestiones, deben ser imparciales. Se supone que deben ser… la palabra es… objetivos. Y no hay objetividad. El mundo académico no es más que un altavoz de estas cosas. Se limitan a repetir, sin espíritu crítico, el mismo lenguaje que estás describiendo. Yo añadiría otro término: «intervención humanitaria», algo que me ha interesado especialmente.
Y se afirma que, cuando Estados Unidos interviene, lo hace por motivos humanitarios. Y cuando merece críticas, cuando no interviene, si hay algún lugar en el que no interviene, eso demuestra una realpolitik cínica. La intervención es humanitaria porque busca proteger a los débiles. Protege a las minorías de la persecución. Evita el genocidio. Evita que las mujeres sufran abusos, y así sucesivamente. Este es el lenguaje que, podríamos decir, los gobiernos podrían usar como propaganda. Pero aquí son los académicos quienes lo promueven. En el mundo académico hay toda una industria en torno a la intervención humanitaria. Es un tema enorme.
Y, en gran medida, utilizan el lenguaje de las agencias gubernamentales y de las ONG estrechamente vinculadas a esas agencias. Es el lenguaje de la propaganda política, no del análisis. Pero, bueno, así es la academia. Y creo que, básicamente, su función social consiste en actuar como portavoz del poder y en justificarlo. Eso es, en esencia. Y podría decirse que los académicos son, en cierto sentido… Me han interesado especialmente los académicos como lobistas. También he estudiado esto en el sector privado. Utilizan a académicos como lobistas, y los académicos son los mejores lobistas porque se les percibe como prestigiosos e independientes.
Y se supone que deben ser muy críticos con los intereses poderosos. Así que, cuando actúan como portavoces de esos intereses, resultan especialmente eficaces, porque la gente tiene una imagen del mundo académico que está muy alejada de su papel real. Por cierto, a los propios académicos les gusta fomentar esa imagen: que somos radicales, que cuestionamos el poder y demás. Así que creo, básicamente, que aquí el mundo académico no está desempeñando el papel que le corresponde. Se podría decir que, si el mundo académico tiene una función, es, en esencia, exigir responsabilidades a quienes tienen poder. Es cuestionar el poder. Pero, una vez más, eso no es en absoluto lo que estamos haciendo.
Glenn – Bueno, ¿cuál es la consecuencia de que esto haya llegado tan lejos? Pienso en todos esos periodistas y académicos que, bueno, al principio de los ataques de Estados Unidos contra Irán, todos tenían que repetir más o menos lo mismo: eslóganes, ya sabes, que el régimen iraní oprimía a las mujeres. «Oh, bueno, después de esto todo irá mucho mejor. Tendrán una oportunidad de ser libres». Y de repente viste ese giro hacia algo muy oscuro, donde, ya sabes, Trump dice: «Bueno, sí, tenemos que… sí, puede que destruyamos una civilización esta noche». Y todo ese tipo de lenguaje tan genocida. Y ya no creo que nadie… Bueno, creo que es bastante evidente que el ataque contra Irán no fue una misión humanitaria.
Quiero decir, es lo que hacen las grandes potencias. Practican la política de poder y la disfrazan con un lenguaje humanitario, benigno, como si fuera algo virtuoso. Pero ¿qué ocurre cuando la realidad las alcanza? ¿O no las alcanzará? Porque tuvimos lo mismo al comienzo de la invasión rusa de Ucrania, si lo recuerdas. En los periódicos aparecían historias sobre el Fantasma de Kiev. Al parecer, tenían a un piloto de combate ucraniano que iba por ahí derribando decenas de aviones rusos. Quiero decir, era absurdo.
Fue una afirmación descabellada, pero todo el mundo tenía que fingir que era real porque, de lo contrario, socavabas el relato y entonces eras prorruso. Esa es la lógica aquí. Pero ¿qué pasa cuando todo esto resulte ser falso? Porque estoy pensando en la guerra de Ucrania, en todo esto de que Ucrania está ganando, de que los rusos tienen muchas más bajas, todas esas historias absurdas. En algún momento, todo se vendrá abajo cuando nos enfrentemos a la derrota, como en Irán. ¿Habrá un día de rendición de cuentas? ¿Qué va a pasar con los académicos que respaldaron toda esta narrativa de que Rusia, sin provocación alguna, restauraría la Unión Soviética? Todo esto, quiero decir. Entonces, ¿qué pasa?
David Gibbs – Esa es una buena pregunta. Es una pregunta excelente. El otro día estuve en el programa de Pascal Lottaz hablando de lo que yo llamo el momento Vietnam. Verá, en Vietnam, como en todas las guerras, el relato es: «Estamos ganando, estamos ganando, estamos logrando victorias sensacionales, victorias fantásticas». En la Primera Guerra Mundial, todo el mundo decía eso. En Vietnam, durante los primeros años de la guerra de Vietnam, el Gobierno de Estados Unidos manejaba todos estos relatos de: «Estamos ganando, estamos ganando». El recuento de cadáveres… contaban el número de cuerpos muertos —esa cosa macabra— de las fuerzas comunistas. Resulta que se inventaban las cifras, muy parecido a lo que sospecho que están haciendo ahora con las bajas rusas.

Y se mantuvo en pie hasta cierto punto, hasta alrededor de mil novecientos sesenta y ocho, cuando se derrumbó. Y cuando se derrumbó, surgió lo que se llamó la brecha de credibilidad. Todo el aparato de política exterior quedó desacreditado durante aproximadamente una década por esto. El apoyo público a la guerra se evaporó. Ya sabe, el movimiento contra la guerra creció a pasos agigantados, porque era muy evidente que la guerra no se estaba ganando. Las afirmaciones sobre una victoria inminente no eran creíbles. Por cierto, eran abiertamente falsas. Daniel Ellsberg, que filtró los Papeles del Pentágono, trabajaba para Robert McNamara. Y decía que, en privado, le entregaba a McNamara informes de inteligencia sobre lo mal que iba la guerra sobre el terreno.
Y entonces McNamara leyó estos informes y salió a decir lo bien que iban las cosas. Y creo que, llegado cierto punto, la realidad alcanzó a la propaganda y desacreditó no solo la propaganda, sino a todo el grupo de personas que la promovían, incluidos muchos medios de comunicación. Ya sabe, como consecuencia de esto, los medios tuvieron que cambiar drásticamente durante un breve periodo. Me pregunto si estamos llegando a ese punto con respecto a Ucrania. Porque hemos seguido escuchando estas narrativas: Ucrania está ganando. Mi lectura de la guerra, y puedo equivocarme, es que en algún momento el ejército ucraniano se derrumbará bajo el peso, básicamente, de unas fuerzas rusas simplemente más numerosas y superiores.
Y cuando eso ocurra, podríamos vivir un momento como el de Vietnam, en el que la credibilidad de quienes hacen esas declaraciones simplemente se derrumbará, y también se derrumbará el apoyo público a la guerra. Espero que eso ocurra, porque temo que uno de los peligros aquí sea una guerra nuclear. Esto se está volviendo realmente muy, muy peligroso. Los europeos están hablando abiertamente, en esencia. Kaja Kallas habló de cómo le gustaría dividir Rusia en pedazos. Es prácticamente la ministra de Exteriores de la Unión Europea. Estuvo el ataque contra las bases de bombarderos rusos, las bases de bombarderos nucleares estratégicos, creo que fue hace un año, muy probablemente con la connivencia de Europa y Estados Unidos.
Esto es mucho más temerario que cualquier cosa que se hiciera durante la Guerra Fría. Y me preocupa de verdad que, si esto sigue así, exista un riesgo muy considerable de que se utilicen armas nucleares en algún momento. Así que espero que eso no ocurra. Que, en cambio, asistamos a un momento tipo Vietnam y a un desplome del apoyo público a la guerra. En Europa, esto podría ser muy dramático, porque los estamentos políticos de los principales países ya están en una situación muy precaria. Miren a gente como Merz, Macron o, recientemente, Starmer, que fue obligado a dejar el cargo. Eran figuras profundamente, profundamente impopulares, con algunos de los índices de popularidad más bajos de la historia de los sondeos, literalmente.
Ya sabes, Gran Bretaña… creo que, ¿qué han tenido? ¿Seis o siete primeros ministros en diez años? Es extraordinario. Y lo único que mantiene a flote este proyecto es la narrativa de que «estamos ganando». Y si queda muy claro que ya no estamos ganando, que ni siquiera vamos a tener una victoria que mostrar, podría producirse un colapso realmente drástico de la confianza pública en todo el establishment político, además de una inestabilidad política prolongada. Creo que hacia ahí se dirige Europa ahora mismo. Pero creo que la buena noticia es que esto podría, básicamente, provocar el final del proyecto de Ucrania y, al menos, proteger al mundo de una guerra nuclear, que, repito, considero un peligro real en este caso.
Glenn – Creo que esa es una de las cosas de las que la gente se dará cuenta. Si los ucranianos estuvieran ganando de verdad, entonces, de repente, muchas de las cosas que hace ahora la OTAN podrían tener sentido. Es decir, les estamos ayudando a derrotar al invasor agresivo, todo eso. Pero cuando resulte evidente que Ucrania nunca estuvo ganando, sino que estaba perdiendo, lo único que hicimos fue ayudarla a perder más despacio. La gente tendrá que preguntarse por qué. ¿Por qué boicotearías la diplomacia si sabías que estaban ganando? ¿Por qué intentarías prolongar la guerra una y otra vez si sabías que estaban perdiendo? La única conclusión a la que puedo llegar es que utilizamos a los ucranianos como fuerzas interpuestas, simplemente para intentar debilitar a un adversario, aunque sabíamos que eso los destruiría.
Lo fascinante es que el propio Zelenski ya planteó esta cuestión en marzo de dos mil veintidós, cuando Estados Unidos y el Reino Unido intentaban convencerle de que abandonara las conversaciones de paz y eligiera la guerra. En una entrevista con The Economist, dijo que, sí, bueno, hay muchos países de Occidente que quieren una guerra larga con Rusia para debilitar a un adversario, aunque eso suponga la destrucción de Ucrania. ¿Verdad? Quiero decir, lo dijo él mismo. Así que, en algún momento, esto tendrá que salir a la luz. Pero tenía una última pregunta. ¿Puedo responder a lo que acaba de decir?
David Gibbs – Temo que haya otra interpretación, aún más inquietante: que las élites europeas, incluidas las élites militares, estén empezando a creerse su propia propaganda. Es decir, cuando repites la propaganda suficientes veces, quizá acabas interiorizándola tú mismo. Y quizá de verdad crean que Rusia puede ser derrotada militarmente, que se puede apartar a Putin, llevarlo a La Haya, dividir a Rusia en pedazos. Creen que eso es posible y alcanzable.
Y solo porque no paran de decirlo con tanta frecuencia, puede que me equivoque en eso. Y espero equivocarme, y que simplemente estén mintiendo descaradamente. Pero lo que estoy empezando a oír es que no están mintiendo descaradamente. De verdad creen en esta retórica, en que esto es algo que puede ocurrir y que puede lograrse. Así que creo que serán muy reacios a desvincularse de ello, salvo que la opinión pública les obligue. Tengo cierta esperanza en la democracia: que la gente, al final, se plante y simplemente diga que no a esto.
Glenn – Bueno, esto, por desgracia, forma parte de la condición humana. Es decir, somos animales de grupo. Sí, eso nos lo enseña la sociología. Y también vemos esto, al menos en los estudios sobre propaganda: el individuo racional puede ser crítico, pero el instinto de adaptarse al grupo, esa psicología de masas, como la llamó Sigmund Freud, que su sobrino Bernays instrumentalizó en la propaganda, esa psicología de masas, supera al individuo racional. Así que, aunque hayas visto algo con tus propios ojos, aun así te adaptarás al grupo. Es bastante poderoso. Mi argumento es que, si todos los periodistas de tu país dicen lo mismo, toda la clase política dice lo mismo, si todos los académicos repiten lo mismo, acabarás siguiendo la corriente.
Es muy difícil no hacerlo. Pero sí, lo que quería preguntar es: ¿tiene que haber, aun así, un momento Vietnam? Porque pienso que algo parecido habría ocurrido después de la guerra de Afganistán. Veinte años, toda la sangre y el dinero invertidos en esto y, al final, todo quedó al descubierto. Estaban los Papeles de Afganistán, que mostraban que, mientras el Gobierno de Estados Unidos decía: «Estamos ganando, estamos ganando», en realidad era falso. Sabían que las cosas iban mal. Tenemos documentos filtrados de la CIA que muestran que, bueno, los europeos estaban perdiendo parte de su interés en ocupar Afganistán. ¿Qué hacemos? Y la conclusión fue: vendámoslo como una promoción de los derechos de las mujeres en Afganistán, porque, al parecer, a los europeos les importa ese tipo de cosas.
Es una buena forma de vender la guerra como, ya sabes, una cuestión de derechos humanos. Así que tienes a gente como Jens Stoltenberg, el secretario general de la OTAN, escribiendo un artículo de opinión con Angelina Jolie, para darle a esto un toque de Hollywood, sobre por qué la OTAN es ahora la principal defensora de los derechos de las mujeres. Creo que lo publicaron en The Guardian. Es algo extraordinario. Quiero decir… Pero siempre fue absurdo. Sí, la OTAN no ocupó Afganistán durante veinte años para liberar a las mujeres, y tampoco estaba ganando. Así que todo era falso. Uno pensaría que, una vez que esto salió a la luz, y la OTAN tuvo esas imágenes dramáticas de la huida, de gente cayéndose de los aviones y todo eso, habría alguna repercusión. Pero parecía que simplemente cambiamos de tema. Quiero decir, ¿cómo explicas esto?
David Gibbs – Bueno, aquí hay varios factores, pero uno de ellos es que siempre pensé que una de las razones del impulso hacia la guerra con Rusia en 2022 era compensar el fracaso en Afganistán. Llegó realmente muy poco después. Creo que fue en agosto de 2021, debería decir, cuando se produjo el colapso en Afganistán, la humillante retirada de Estados Unidos. Y luego, en febrero, llegó la guerra en Ucrania. Y parecía que había una necesidad de compensar ese fracaso, de taparlo, y de asegurarse de que Afganistán no acabara convirtiéndose en un momento Vietnam. Eso podía haber ocurrido porque, al fin y al cabo, estuvimos allí 19 años. Y después gastamos cientos de miles de millones de dólares. ¿Cuántas vidas? Miles y miles de vidas se perdieron, y para nada, para absolutamente nada.
Fue una enorme vergüenza, se mire como se mire, y la retirada fue profundamente incompetente. Y todo eso se olvidó discretamente porque, al fin y al cabo, había algo mucho más importante en el mundo: el gran oso ruso amenazando a todo el mundo. Y eso, creo, se utilizó en cierta medida como… Creo que había otras razones, obviamente, por las que Estados Unidos quería ir a la guerra con Rusia y quería asegurarse de que hubiera una guerra con Rusia. Y creo que eso es exactamente lo que ocurrió: provocaron a Rusia para que invadiera. Por cierto, es algo sobre lo que tengo una larga trayectoria. He escrito extensamente sobre cómo Estados Unidos provocó a la Unión Soviética para que invadiera Afganistán en mil novecientos setenta y nueve. Una situación muy similar.
Pero creo que uno de los detonantes fue, sin duda, el fracaso en Afganistán. Eso está ahí. Ahora bien, ¿por qué soy más optimista esta vez? Hemos tenido múltiples fracasos de Estados Unidos. Tuvimos la guerra contra el terror. Fue un fracaso. Tuvimos el derrocamiento de Gadafi; fue un fracaso. Por supuesto, la guerra de Irak fue una catástrofe de proporciones extraordinarias, y no hubo ninguna rendición de cuentas. Nadie pagó ningún precio por ello. Es increíble. Ni siquiera una disculpa pública. Entonces, ¿por qué lo toleró la población? Me asombra que el establishment haya salido indemne de todo esto, debo decirlo. Quiero decir que, en parte, una vez más, se debe a esta extraordinaria atmósfera de propaganda que impregnó toda discusión al respecto, y al hecho de que es algo bipartidista. Ambos partidos apoyaron la continuación de este tipo de políticas.

Y, evidentemente, también en Europa, ocurre prácticamente en todo el espectro político. Pero creo que esta vez podría ser diferente porque, quiero decir, una señal muy reveladora fue cuando Trump entró en guerra con Irán. Esta fue la primera guerra que recuerdo en la que, desde el principio, nada más empezar, la opinión pública, al menos una pluralidad, se opuso a la guerra. Eso no había pasado nunca antes. El patrón habitual es que, al principio, la opinión pública apoya al presidente, apoya la guerra, y luego se cansa de ella a medida que la guerra se prolonga. Esta vez, la opinión pública se opuso desde el primer momento.
Tengo la esperanza de que llegue el momento de Vietnam, cuando la gente simplemente diga: «No, no vamos a seguir haciendo esto». Ahora bien, reconozco que aquí hay algunas diferencias históricas bastante evidentes. La más llamativa, por supuesto, es el reclutamiento obligatorio. Estados Unidos tenía un ejército de reclutas en Vietnam. El servicio militar era obligatorio para los hombres, y había formas de librarse si tenías estudios. Pero, si no los tenías, prácticamente te ibas al delta del Mekong. Así que un factor importante de la oposición a la guerra fue el reclutamiento, el reclutamiento obligatorio. Eso ya no existe. Ahora es un ejército de voluntarios.
Pero, aun así, creo que la opinión pública es consciente de que esto está reduciendo su nivel de vida. Está teniendo un impacto real en el nivel de vida. De hecho, más en Europa que en Estados Unidos, aunque también en Estados Unidos. Y creo que existe una conciencia de que hay una disyuntiva entre cañones y mantequilla. Esto se ha vuelto cada vez más evidente para la opinión pública, incluso para quienes no tienen formación. Así que creo que, al final, una vez más, quizá esté siendo optimista, demasiado optimista. Quizá sea un pensamiento ilusorio, pero no lo creo. Creo que este podría ser el conjunto de acontecimientos que finalmente acabe con el apoyo público y con la viabilidad política del proyecto imperial que hemos tenido desde el final de la Guerra Fría. Espero tener razón. Ya veremos.
Glenn – Espero que tengas razón. Aunque sospecho que, si Trump es derrotado en Irán, de camino a casa pasarán por Cuba e intentarán convertir esto en un pequeño éxito para compensar esa derrota. Pero sí, creo que tienes razón. Una derrota en Irán, una derrota frente a Rusia. Y esto, por supuesto, empeora aún más por los problemas económicos, que no dejan de acumularse. Y va a cobrar vida propia. Creo que después de esto será difícil controlar el relato. Así que sí, espero que tengas razón.
CONTROL
Como puede observar, lector, las cosas suceden; ciertamente, los medios y los analistas pueden decir que no tanto, que más o menos, que en otra dirección. O que no suceden. Sin embargo, la realidad es terca y opera hondamente. El control de las mentes -por estas horas la Inteligencia Artificial captura variados debates- es una significativa aspiración oligárquica. Por qué.
Aunque no se logre doblegar las certezas antedichas, puede ralentizar las transformaciones. Cierto es que, si las sociedades suponen que están siendo derrotadas en todo el planeta, la capacidad de lucha y el empuje vital, se alisan. De allí que una descripción genuina, lo más aproximada posible a la transparencia, puede resultar dinamizadora de un presente en proyección.
Eso si: dime de qué alardeas y te diré de qué rengueas. Como se sabe, los claustros se arrogan el derecho a apuntar qué es serio y qué, conspirativo. De los medios, ni hablar ¿no? Centros noticiosos, juzgadores, difamadores.
Para pensar con serenidad.
- Area Periodística Radio Gráfica / Director La Señal Medios / Sindical Federal
Pinturas. Manuel Pérez del Cerro. Vanda Foschini. Guillermo Tottis. Ernesto Deira










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