Por Manuel Cullen *
Hace exactamente cien años, en los estudios de una productora vallecaucana de la que nadie guarda registros, tres personas cuyas identidades todavía hoy se esconden detrás de seudónimos decidieron hacer lo que ningún cineasta latinoamericano había hecho antes: denunciar en celuloide, con nombres y apellidos, cómo Estados Unidos le arrancó Panamá a Colombia. La película se llamó Garras de oro. Y al gobierno norteamericano le bastó verla para intentar suprimirla en todo el hemisferio.
Para un lector argentino, el episodio puede sonar lejano. Pero la historia de Garras de oro habla de algo muy familiar en esta parte del mundo: el poder de un relato incómodo, la reacción de los poderosos cuando ese relato circula, y la fragilidad de la memoria audiovisual latinoamericana. La película estuvo perdida durante sesenta años. Sobrevivió oculta en la cabina de proyección de un viejo teatro de barrio en Cali, y hoy es una reliquia que cumple su primer siglo de vida (y que puede verse en YouTube).
El robo del istmo
En 1903, Colombia atravesaba las consecuencias devastadoras de la Guerra de los Mil Días cuando el presidente Theodore Roosevelt decidió hacerse del canal de Panamá. El Congreso colombiano rechazó por violatorio de la soberanía nacional el tratado Herrán-Hay que buscaba facilitar la construcción de un canal interoceánico que conectara el Atlántico y el Pacífico. Roosevelt no aceptó el no: el 3 de noviembre de 1903, con respaldo explícito de tropas norteamericanas que impidieron el desembarco de fuerzas colombianas, Panamá declaró su independencia. El nuevo gobierno firmó de inmediato la cesión del canal a Washington. La indemnización llegaría recién en 1914, mediante el tratado Urrutia-Thomson: 25 millones de dólares. La película los usa como elemento narrativo, mostrando al Tío Sam inclinar la balanza de la justicia con bolsas repletas de billetes.
Un film de autor desconocido
La película fue producida por Cali Films —compañía de la que no existe ningún registro previo— y dirigida por P. P. Jambrina, seudónimo de Alfonso Martínez Velasco. El elenco tampoco coincide con ningún grupo teatral colombiano de la época. La trama sigue a un periodista del diario The World de Nueva York que busca pruebas de que Roosevelt fue el artífice de la separación panameña, lo cual lo inhabilitaría para una reelección. Varios detectives son enviados a Colombia. De forma intermitente, episodios alegóricos muestran al Tío Sam robando el canal del mapa de Colombia. La historia transcurre entre 1903 y 1914, año de la inauguración del canal.
«El ministro de gobierno ha prohibido la exhibición de una película de fabricación nacional, porque según el ministro de los Estados Unidos, esta película hiere el sentimiento de los americanos.»
El Tiempo, Bogotá, 11 de febrero de 1928
Censura diplomática y desaparición
El historiador Jorge Orlando Melo encontró en la Biblioteca del Congreso de Washington documentos de 1926 que registraban el interés del cónsul estadounidense en Cali por impedir la posproducción del film en Italia, al saber que su contenido «ofendería a los Estados Unidos». El propio Ministerio de Gobierno colombiano prohibió su proyección a instancias del representante diplomático norteamericano. El único registro de exhibición pública data de marzo de 1928, en Medellín. Tras esa función, nadie volvió a hablar de la película.
Sesenta años escondida, rescatada por azar
En 1985, el investigador Rodrigo Vidal recibió la pista de un informante anónimo: la copia estaba oculta en el Teatro Isaacs de Cali. Encontró cinco rollos en avanzado estado de descomposición. En 1986 los entregó a la Cinemateca Distrital de Bogotá. La restauración, financiada por el Banco de la República y el Departamento de Cine del MoMA de Nueva York, se completó en 1989. De la versión original —de más de una hora— sobreviven 56 minutos: el inicio, el final y tres rollos intermedios.
Por qué importa desde acá
Para la Argentina y para toda América Latina, «Garras de oro» es algo más que una curiosidad cinematográfica colombiana. Es el testimonio de que la conciencia antiimperialista en esta región empezó también con imágenes, con el cine mudo, con unos cineastas anónimos que en 1926 tuvieron la audacia de ponerle cara al poder. En un continente donde los archivos audiovisuales se destruyen o se descuidan, su historia es también la historia de lo que casi no llegó a nosotros. Y lo que llegó —cincuenta y seis minutos en una lata de nitrato rescatada de un teatro de barrio— sigue siendo incómodo, cien años después.
(*) Columnista de Punto de Partida
Garras de oro (1926)











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