Por Manuel Cullen *
“Inteligencia artificial, tráfico de información / romper el algoritmo y que se escuche esta canción / pegar en la big data un streaming bien top / mirá mi contenido, está vacío, así es mejor.”
Sara Hebe y Ana Tijoux, Almacén de Datos (2022)
Cuando Sara Hebe y Ana Tijoux lanzaron Almacén de Datos en 2022, no estaban escribiendo una metáfora. Estaban describiendo el funcionamiento de una industria que se vendió como liberación y terminó siendo otra forma de encierro. La canción del álbum Sucia Estrella habla de músicas independientes exhaustas de alimentar algoritmos, de fabricar contenido para plataformas que no las quieren, de existir solo si los números acompañan. Tres años después de ese disco, la canción suena más vigente que nunca. Y la plataforma que nombraban también.
El origen: una solución a la piratería que se convirtió en otra cosa
Spotify nació en 2006 en Estocolmo, Suecia, en un contexto muy específico. El país nórdico era uno de los epicentros mundiales de la piratería musical: el sitio The Pirate Bay era sueco, y existía incluso un Partido Pirata. En ese ambiente, Daniel Ek y su socio Martin Lorentzon tuvieron una idea que sonaba casi demasiado simple: si no podías vencer a la piratería, tenías que volverla innecesaria.
La propuesta era acceso ilimitado a todo el catálogo musical grabado, desde cualquier dispositivo, sin necesidad de descargar nada. A cambio de publicidad, si eras usuario gratuito. A cambio de una suscripción mensual, si querías escuchar sin interrupciones y con mejor calidad. Era 2008, el año de la gran crisis financiera global. Los estados salían a rescatar bancos, el capital de riesgo buscaba dónde refugiarse, y las nuevas plataformas digitales prometían retornos extraordinarios. Como analizó el académico Nick Srnicek en Capitalismo de Plataformas, buena parte de ese capital que sobraba después del colapso financiero encontró en empresas como Spotify un lugar donde valorizarse. No importaba que no fueran rentables en lo inmediato: lo que importaba era la escala, los usuarios, y sobre todo, los datos.
La máquina de datos: oro en polvo
Cada vez que alguien escucha una canción en Spotify genera información: qué escuchó, durante cuánto tiempo, qué saltó, qué repitió, a qué hora, en qué ciudad, después de qué otra canción. Ese flujo continuo de datos sobre los hábitos musicales y emocionales de millones de personas fue desde el principio el activo más valioso de la empresa. Spotify se asoció tempranamente con Facebook para cruzar datos, y fue construyendo un perfil de sus usuarios que ninguna radio, ninguna disquería ni ningún sello había tenido jamás.
En un principio, esa información se vendía a los publicistas: quién escucha, qué escucha, qué estado de ánimo tiene cuando lo escucha. Pero pronto Spotify entendió que los datos también eran valiosos para las propias discográficas. ¿Cuáles son las tendencias que emergen? ¿Qué sonidos están ganando escuchas antes de que nadie los haya promovido? ¿Dónde está el próximo mercado? Las majors, que ya eran accionistas, tenían acceso privilegiado a esa información. Y la usaban para decidir qué artistas firmar, qué géneros promover, cómo formatear la música que luego volvería a Spotify.
Lo que le pagan a los artistas
El modelo de royalties de Spotify es el que más controversia ha generado desde el principio, y con razón. La plataforma paga a los artistas a través de un sistema de prorrata: no paga por oyente individual sino por participación en el total de reproducciones globales. Cada mes, Spotify suma todos los ingresos del período y los distribuye entre todos los artistas en proporción al porcentaje del tiempo total de escucha que cada uno acaparó.
El resultado: entre 0,003 y 0,005 dólares por reproducción. Para alcanzar el salario mínimo estadounidense exclusivamente con ingresos de Spotify, un músico necesita aproximadamente 3,5 millones de reproducciones mensuales. La abrumadora mayoría de los artistas en la plataforma no llega ni de cerca a esa cifra.
El sistema favorece estructuralmente a quienes ya son populares. Para los demás, la fórmula del éxito es exactamente la que describe Almacén de Datos: subir contenido constantemente, estar en el radar de novedades, no desaparecer del algoritmo ni una semana.
El algoritmo no es neutral
Hay una investigación de 2022 que merece más atención de la que recibió. Jean Ricardo Ferrer, estudiante de la Universidad Federal de Paraná (Brasil), presentó su tesis de grado documentando de manera experimental cómo funciona realmente el sistema de recomendación de playlists de Spotify. Su metodología fue simple y contundente: creó decenas de cuentas nuevas con diferentes inputs —distintas canciones de distintos géneros y popularidades— y registró los outputs que el algoritmo generaba.
Los resultados confirmaron lo que muchos músicos intuían pero no podían probar: el sistema de playlists de Spotify tiende de manera sistemática a reforzar las canciones con mayor popularidad preexistente, independientemente del input del usuario. A partir de cierto umbral de canciones populares en el input, el output converge hacia música mainstream, ignorando casi completamente el resto.
La investigación del proyecto Spotify Teardown (MIT Press, 2019) —un equipo de académicos que pasó meses intentando estudiar el funcionamiento interno de la plataforma— llegó a conclusiones similares desde otro ángulo: Spotify se presenta como infraestructura neutral de distribución musical cuando en realidad toma decisiones editoriales y comerciales constantes, sin que nadie externo pueda auditarlas.
Los competidores y la guerra de los datos
Spotify no está solo en este mercado. Apple Music tiene el 15 por ciento del mercado global, Amazon Music el 13, y YouTube Music compite con la ventaja decisiva de ser parte de Google: puede subsidiar el servicio con los ingresos de otras ramas del negocio. Tidal, Deezer, Qobuz y docenas de servicios regionales completan el ecosistema. Lo que diferencia a Spotify de sus competidores es su capacidad de usar los datos de 751 millones de usuarios para hacer predicciones más precisas sobre qué querés escuchar a continuación.
Esa es la ventaja que Spotify cuida con más celo que cualquier otra cosa. Y esa es también la razón por la que Europa empezó a mirar la plataforma con cierta ambivalencia: es un “monstruo”, pero es un monstruo europeo. En el contexto de la disputa tecnológica con Estados Unidos y China, Spotify representa uno de los pocos gigantes digitales que no son ni californiano ni chino. Cuando las autoridades europeas lo cuestionan por sus prácticas de datos, voces dentro del continente empiezan a decir: sí, pero es nuestro (y podemos lograr que financie nuestra carrera armamentística).
La multa europea y el RGPD
En junio de 2023, la Autoridad Sueca de Protección de Datos (IMY) multó a Spotify con 58 millones de coronas suecas —unos cinco millones de euros— por violar el Reglamento General de Protección de Datos (RGPD) de la Unión Europea. La denuncia original la había presentado la organización de activismo digital noyb en 2019: Spotify no informaba adecuadamente a los usuarios sobre qué datos recopilaba ni cómo los usaba, y en algunos casos no lo hacía ni siquiera en el idioma del usuario afectado.
El caso tardó cuatro años en resolverse, en parte porque noyb tuvo que litigar con la propia autoridad reguladora sueca para que emitiera una decisión. Spotify recurrió la multa y la calificó de referida a “aspectos menores”. Cinco millones de euros sobre 18.000 millones de dólares en ingresos anuales es, efectivamente, menor.
El CEO y los drones: del streaming a la guerra
Antes de la pequeña multa por no cumplir con el RPGD europeo, y gracias a una inversión en 2021 de 100 millones de euros, Ek había comenzado a presidir el consejo de administración de Helsing, una empresa alemana especializada en inteligencia artificial aplicada a la defensa que desarrolla drones de combate, aviones y submarinos autónomos para distintos ejércitos europeos, fabrica más de mil drones por mes en una planta en el sur de Alemania y tiene contratos activos de apoyo a Ucrania. En junio de 2025, Daniel Ek anunció que su fondo de inversión personal, Prima Materia, lideraba una ronda de financiación de 600 millones de euros en Helsing. “Estoy seguro de que la gente lo criticará. Me centro en lo que creo que es correcto para Europa.”
La reacción en el mundo de la música no tardó en llegar. Bandas como King Gizzard & the Lizard Wizard, Xiu Xiu, Deerhoof y Auroro Borealo anunciaron que retiraban sus catálogos. El grupo Massive Attack anunció que sus próximos trabajos no se publicarán en la plataforma. Las críticas, sin embargo, no cuestionaron el fervor europeísta del CEO de una empresa cuya estructura financiera fue diseñada desde sus inicios para minimizar sus obligaciones fiscales en Europa mediante una compleja red de sociedades holding radicadas en distintas jurisdicciones.
Cómo salir de la jaula…
Más allá de la polémica por sus vínculos con la industria armamentística a través de Helsing —una práctica compartida por otros gigantes tecnológicos—, las críticas a Spotify apuntan a un problema sistémico. El sector enfrenta cuestionamientos por la tiranía de los algoritmos, la precarización del pago a los artistas y una homogeneización cultural que asfixia la diversidad. Ante este escenario, surgen alternativas que van desde la regulación estatal hasta la creación de plataformas comunitarias; un ejemplo es la experiencia argentina de Beathey.com, que propone un modelo de gestión más justo y local.
Desde el lado de los usuarios, las resistencias son más pequeñas pero no inexistentes: no reproducir playlists oficiales de las plataformas y privilegiar las generadas a partir de los propios gustos; construir y compartir listas propias entre amigos; buscar música a través de canales que no dependen del algoritmo —blogs, foros, recomendaciones humanas—; usar herramientas que permiten pasar un link de plataforma a otra o descargar el audio.
Mientras tanto, resulta fundamental desmenuzar quiénes son los dueños del tablero y cómo opera su estructura de captura de datos. Entender el engranaje del negocio es el primer paso para encontrar esos márgenes de maniobra, por pequeños que sean, y evitar entregarse por completo a la lógica de las plataformas. Al final del día, se trata de una resistencia cotidiana para no ser simplemente una cifra más en su “almacén de datos”, recuperando el control sobre lo que escuchamos y, sobre todo, sobre cómo decidimos valorarlo.
(*) Columnista cultural en Punto de Partida (lunes a viernes de 9 a 11 horas)
Sara Hebe y Ana Tijoux – Almacén de Datos







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