Por Emilia Trabucco*
En medio de una crisis que golpea el corazón de su relato —atravesada por el caso Manuel Adorni, jefe de gabinete, y los créditos millonarios a funcionarios— el gobierno de Javier Milei activa la denuncia de “injerencia rusa” y la instala como eje central para correr el eje de los cuestionamientos internos. La maniobra reorganiza la discusión en clave de guerra informativa, con validación estatal, amplificación digital y construcción de enemigo externo, en sintonía con la profundización de la estrategia de guerra psicológica de Estados Unidos, a partir del cable de Marco Rubio conocido en los últimos días.
La denuncia sobre la supuesta operación rusa en medios argentinos es utilizada en el momento exacto en que el oficialismo acumula uno de sus cuadros de mayor desgaste desde el comienzo de la gestión. El caso Manuel Adorni ocupa la agenda desde marzo con revelaciones sobre vuelos en jets privados, propiedades y movimientos patrimoniales con fondos públicos, y el tema de los créditos hipotecarios del Banco Nación suma una nueva capa de conflicto al mostrar que al menos nueve funcionarios y legisladores oficialistas acceden a préstamos que, en conjunto, superan los $2.500 millones. Incluso el portal Infobae registra el 1 de abril que “el Gobierno no puede salir del escándalo Adorni” y que lleva “casi un mes de desgaste” sin lograr modificar la agenda.
Estos episodios golpean el núcleo del relato que estructura al gobierno desde su origen, la promesa de terminar con la “casta” y sus privilegios. Las revelaciones sobre uso de recursos públicos con fines privados, acceso a financiamiento estatal y situaciones patrimoniales imposibles de explicar colocan a funcionarios y dirigentes oficialistas en una posición difícil de diferenciar de aquello que el propio Milei denunciaba en campaña. Esa tensión se vuelve más evidente en un contexto social marcado por el endeudamiento masivo, donde el 91% de los hogares argentinos está endeudado y más de la mitad destina entre el 40% y el 60% de sus ingresos al pago de deudas. En ese escenario, el acceso a créditos millonarios por parte de funcionarios desarticula el eje moral del discurso oficial.
En ese cuadro irrumpe la investigación internacional sobre “La Compañía”, la estructura rusa a la que atribuyen una campaña desarrollada entre junio y octubre de 2024 para financiar más de 250 artículos en medios digitales argentinos con el objetivo de desacreditar a Milei y su gestión. Un artículo de El País subraya que el Gobierno argentino afirma que la SIDE detecta la maniobra en 2025 y la denuncia ante la justicia un año atrás. La información que ahora se instala como central, forma parte de un expediente conocido por el Estado desde hace meses y desplaza la pregunta hacia el momento político de su activación. La difusión resulta “especialmente útil” para un gobierno “asediado por revelaciones periodísticas de otro tipo”, según el medio español.
La misma investigación sostiene que esa campaña se habría interrumpido cuando Argentina cambia su posición geopolítica y deja de apoyar públicamente a Ucrania, tras la llegada de Trump a la Casa Blanca. Esa observación muestra cómo la Argentina queda inscripta en una reconfiguración internacional donde su orientación exterior pasa a formar parte de una disputa entre bloques de poder.
El Gobierno presenta la investigación como confirmación de un trabajo previo de la SIDE; Patricia Bullrich la inscribe en el terreno securitario y el presidente Milei la eleva a prioridad política. El dispositivo se completa con la intervención del ecosistema de milicias digitales.
Cuentas como Gordo Dan, El Trumpista o Juan Doe replican la narrativa de “injerencia rusa”, la convierten en consigna y la traducen a un lenguaje de confrontación directa. La narrativa oficial se formula en términos diplomáticos; las milicias digitales la transforman en conflicto emocional y binario, con viralización, construcción de enemigo y disciplinamiento. En ese pasaje, la discusión sobre créditos, patrimonios y uso de recursos públicos pierde centralidad y es sustituida por un encuadre de guerra informativa.
La dimensión internacional le otorga sentido estratégico a ese movimiento. El cable firmado por Marco Rubio, revelado por Reuters y The Guardian a fines de marzo, ordena a embajadas estadounidenses coordinar campañas contra la “propaganda antiestadounidense”, trabajar con unidades de operaciones psicológicas del Pentágono y utilizar plataformas como X para intervenir en la disputa por el sentido.
La directiva incluye el reclutamiento de actores e influencers locales para producir mensajes que aparezcan como orgánicos. Paradójicamente, esta noticia no ha escandalizado al gobierno argentino. La guerra psicológica se formaliza como política exterior de Estados Unidos, que institucionaliza una estrategia global contra adversarios como Rusia, China e Irán.
En ese marco, empieza a hacerse visible el funcionamiento de las operaciones psicológicas que Estados Unidos despliega sobre la región, combinando propaganda digital con intervención directa sobre las condiciones políticas y económicas de los países. Como ejemplo paradigmático, la llegada reciente de un buque ruso con petróleo a Cuba, en medio de la asfixia energética provocada por el bloqueo, es rápidamente encuadrada por Donald Trump, quien afirma que ese envío se produce bajo su “permiso”, fijando los límites de lo posible incluso frente a la intervención de otros actores como Rusia.
La escena condensa una forma de ejercicio del poder que articula financiamiento de influencers y producción de narrativas locales con coerción económica —bloqueos, endeudamiento y control de recursos—, presión diplomática para aislar y demonizar gobiernos adversarios y, cuando es necesario, despliegues militares, en una estrategia basada en doctrinas del Pentágono.
La subordinación se extiende así más allá del plano mediático. Recientemente, el Gobierno argentino declaró a la Guardia Revolucionaria de Irán como organización terrorista y declaró persona no grata a su principal representante diplomático, en una señal de subordinación directa con Estados Unidos, que felicitó públicamente a Milei a través de su embajador, Peter Lamelas. La política exterior abandona cualquier pretensión de neutralidad y se inscribe en la estrategia occidental de confrontación.
En ese escenario, la activación de la agenda sobre Rusia parece cumplir una clara función de correr del centro del debate los escándalos que afectan al oficialismo y reorganizar la crisis en términos de guerra y definición de un enemigo. La injerencia deja de ser sólo una categoría para describir operaciones externas y pasa a ordenar la política interna. En ese movimiento, el gobierno vuelve a subvertir el sentido, acusando a otros de desplegar la misma estrategia de intervención, propaganda y guerra psicológica que articula como parte de su propio dispositivo de poder.
*Psicóloga, Magíster en Seguridad. Directora de NODAL. Analista del Centro Latinoamericano de Análisis Estratégico (CLAE) en Argentina.










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