Por PIA Global*
El 8 de enero, cuando hombres armados con rifles de asalto, vestidos con chaquetas bomber negras y boinas características se apostaron frente al Ayuntamiento de Filadelfia, no estaban performando nostalgia revolucionaria de los años 60.
Estaban materializando algo mucho más inquietante para el establishment estadounidense que es la convergencia entre colapso institucional, militarización de la protesta social y el resurgimiento de estructuras paramilitares comunitarias en el corazón de las ciudades americanas.
Estados Unidos no está presenciando protestas ordinarias. Está atravesando las etapas tempranas de lo que venimos caracterizando como guerra civil larvada de carácter híbrido, donde la violencia no se manifiesta como batalla campal entre ejércitos sino como desintegración molecular del monopolio estatal de la fuerza, fragmentación de lealtades institucionales y emergencia de actores armados que operan en zonas grises entre legalidad e insurrección.
La reaparición del Partido de las Panteras Negras para la Autodefensa en Filadelfia no es un fenómeno aislado. Es síntoma de una descomposición estructural que atraviesa la sociedad norteamericana, donde la confianza en instituciones federales se desploma, las fuerzas policiales locales se niegan a cooperar con autoridades federales, y comunidades enteras concluyen que su supervivencia requiere autodefensa armada organizada.
La muerte que catalizó la militarización
Renee Nicole Good era una ciudadana estadounidense desarmada. El 6 de enero de 2026, el agente de ICE Jonathan Ross le disparó en Minneapolis. Trump y el vicepresidente JD Vance salieron públicamente a defender al tirador afirmando que “estaba haciendo su trabajo”. Para millones de estadounidenses, esa declaración presidencial no fue simple cinismo político. Fue confirmación explícita de que el Estado considera legítimo asesinar civiles desarmados si están marcados como objetivos por el aparato de deportación.
La respuesta no se hizo esperar. Cuando las protestas estallaron en Filadelfia dos días después, Paul Birdsong y su grupo aparecieron portando armas que según Birdsong son deliberadamente “más grandes que lo que ellos tienen”. El mensaje era cristalino. Si el Estado suspende protecciones constitucionales para ciertos grupos, esos grupos construirán sus propios mecanismos de protección. Y esos mecanismos incluyen capacidad de fuego.
Birdsong, de 39 años y presidente nacional del grupo, fue directo en su evaluación ante las cámaras de Philly AM TV: “Ningún agente de ICE se me va a acercar. Te lo garantizo. Si creen que van a venir y brutalizar a la gente mientras estamos aquí parados, que se jodan y que lo descubran”. No es retórica. Es declaración operativa de grupos que ya no reconocen legitimidad al monopolio federal de la violencia.
Entrenados por fantasmas, armados por la ley
El grupo afirma haber sido entrenado por veteranos sobrevivientes del partido original, que operó en Filadelfia entre 1968 y 1973 antes de ser sistemáticamente desmantelado por el FBI bajo el programa COINTELPRO. No han identificado públicamente a estos veteranos, lo cual es comprensible dado el precedente histórico. Fred Hampton y Mark Clark fueron asesinados en una redada policial coordinada por el FBI en Chicago en 1969. Sultan Ahmad y Paula Peebles, figuras prominentes del capítulo original de Filadelfia, sobrevivieron pero vieron cómo el FBI destruía metódicamente su organización mediante infiltración, arrestos sin causa y destrucción física de oficinas.
Lo que diferencia al grupo actual del movimiento original es su situación legal respecto a armas. En 1967, California prohibió el porte abierto de armas cargadas específicamente para desarticular las patrullas armadas de las Panteras. En 2026, Pensilvania permite porte abierto con licencia incluso en Filadelfia, ciudad de primera clase. El grupo de Birdsong opera dentro del marco legal. Poseen licencias válidas. Portan armas que la ley les permite portar. Esto crea una paradoja imposible para autoridades que preferirían desarmarlos pero no pueden hacerlo sin violar las mismas leyes de segunda enmienda que la derecha estadounidense ha convertido en fetiche intocable.
La ironía es brutal. El mismo marco legal que permite a milicias de extrema derecha armarse hasta los dientes ahora protege a grupos de izquierda radical que declaran abiertamente su intención de usar esas armas contra agentes federales si es necesario. Estados Unidos construyó un arsenal legal pensando que solo sus aliados lo usarían. Ahora descubre que las armas no distinguen ideologías.
Menos de cien militantes, millones de simpatizantes potenciales
El grupo contaría con menos de 100 miembros según datos confirmados. Birdsong comenzó reclutamiento activo tras el asesinato de George Floyd en 2020. Cuatro años después, la estructura sigue siendo pequeña pero operativa. Mantienen programas semanales de alimentos gratuitos en el norte de Filadelfia. Distribuyen productos frescos, ropa, artículos de higiene, sopa caliente. Financiamiento proviene de salarios de miembros y donaciones comunitarias. No reciben subsidios gubernamentales. No dependen de fundaciones progresistas. Son materialmente autosuficientes, lo cual los hace resistentes a presiones externas.
Esta doble operación, servicio comunitario más amenaza armada, no es contradictoria. Es la esencia del modelo Pantera original. Proporcionando desayunos gratuitos a niños por la mañana y patrullas armadas monitoreando policía por la tarde. La legitimidad no proviene del Estado sino de la comunidad servida. Y cuando esa comunidad ve que proporcionas lo que el Estado no proporciona, tu capacidad de movilización se multiplica exponencialmente.
Menos de cien miembros activos hoy. Pero en una ciudad donde comunidades enteras desconfían de ICE, donde el fiscal de distrito Larry Krasner advierte públicamente a agentes federales “Ni siquiera lo intentes en Filadelfia, irás a la cárcel si cometes crímenes aquí”, el potencial de expansión es masivo. No necesitas miles de militantes para alterar dinámicas de poder. Necesitas suficientes para que autoridades federales calculen que arrestar a un manifestante podría desatar un enorme tiroteo urbano.
De la negritud al internacionalismo: la expansión ideológica
Quizás el desarrollo más significativo es la articulación ideológica del grupo. Birdsong enfatiza repetidamente en videos virales de Instagram que “El Partido de las Panteras Negras no es una organización nacionalista negra. Es una organización internacionalista que se posiciona como aliada de los pueblos oprimidos, sin importar su origen étnico o cultural”.
Esta distinción lo separa explícitamente del grupo casi homónimo; Nuevo Partido de las Panteras Negras, grupo repudiado por Bobby Seale y otros fundadores originales por promover separatismo racial. En 2008, miembros del NBPP fueron filmados intimidando votantes afuera de un lugar de votación en Filadelfia, uno portando bastón policial. Ese incidente resultó en demanda del Departamento de Justicia. El grupo actual se distancia radicalmente de esa tradición.
Al defender activamente a comunidades migrantes contra ICE, las Panteras de Birdsong ejecutan en la práctica lo que las originales articulaban en teoría hacia finales de los 60 cuando evolucionaron del nacionalismo negro al internacionalismo revolucionario. La diferencia es que en 2026, esa evolución no es abstracta. Es operativa. Cuando Birdsong declara que “la comunidad alrededor de los migrantes necesita cuidarlos especialmente, lo que podría incluir escoltarlos hacia y desde lugares”, está describiendo estructura paramilitar de protección comunitaria que trasciende líneas raciales.
Anita Raihan de No ICE Philly lo formuló con claridad en la protesta del 8 de enero: “Si no actúan, sucederá aquí. ICE continuará secuestrando y desapareciendo miembros de nuestra comunidad cada día”. El uso del término “desaparecer” no es casual. Es lenguaje de guerra sucia, de operaciones paramilitares, de Estados que operan fuera de marcos legales. Y cuando el Estado desaparece a tu gente, construyes mecanismos para evitar que te desaparezcan. Incluidos mecanismos armados.
Guerra civil larvada: características del conflicto híbrido
Lo que Estados Unidos experimenta no es preludio de guerra civil. Ya está en guerra civil. Pero es guerra civil de nuevo tipo, híbrida, donde la violencia se distribuye en múltiples niveles sin consolidarse en frentes definidos.
Características verificables de este conflicto incluyen fractura de lealtades institucionales. El fiscal de Filadelfia amenaza con encarcelar a agentes federales. Gobiernos estatales de California, Illinois, Nueva York se niegan a cooperar con operaciones de deportación. Sheriffs de condados rurales declaran que no implementarán leyes federales de armas. El monopolio de la violencia no lo ejerce “el Estado” en singular sino múltiples Estados en conflicto entre sí.
La militarización de la vida cotidiana también se evidencia. Grupos armados patrullan fronteras en Texas declarando que protegen la nación de “invasión”. Grupos armados patrullan barrios en Filadelfia declarando que protegen comunidades de agentes federales. Ambos operan en marcos legales. Ambos afirman legitimidad comunitaria. Ambos están preparados para usar violencia letal. El Estado ya no monopoliza la fuerza. La comparte involuntariamente con actores no estatales que el mismo Estado armó vía segunda enmienda.
Zonas grises de legalidad proliferan. ¿Es legal que ciudadanos armados “protejan” manifestantes de agentes federales? Técnicamente sí si poseen licencias. ¿Es legal que amenacen verbalmente usar esas armas contra agentes federales? Técnicamente no si se interpreta como amenaza específica. Pero ¿quién procesa? ¿El fiscal que amenazó con encarcelar a los mismos agentes federales? Esta ambigüedad legal es característica de conflictos híbridos donde múltiples órdenes normativos compiten sin que ninguno pueda imponerse completamente.
Narrativas de legitimidad en competencia son otro indicador. Para Trump y Vance, el agente que mató a Renee Nicole Good “hacía su trabajo”. Para millones de estadounidenses, ese agente cometió asesinato. Para Birdsong, las Panteras “protegen” comunidades. Para otros, son paramilitares ilegítimos. No hay árbitro neutral que resuelva estas contradicciones porque las instituciones que tradicionalmente arbitraban (tribunales, medios, elecciones) han perdido legitimidad transversal.
El precedente que nadie quiere recordar
Estados Unidos tiene experiencia con grupos armados de autodefensa comunitaria que desafían autoridad federal. Los resultados fueron uniformemente catastróficos. Ruby Ridge en 1992, donde agentes federales mataron a la esposa e hijo de Randy Weaver tras asedio a su propiedad, radicalizó a generaciones de milicias de extrema derecha. Waco en 1993, donde el ATF asaltó el complejo de los Davidianos resultando en 76 muertos, consolidó narrativa anti-federal que culminó en el atentado de Oklahoma City en 1995 con 168 muertos.
La diferencia es que Ruby Ridge y Waco involucraban grupos aislados en zonas rurales. Las Panteras de Birdsong operan en Filadelfia, quinta ciudad más grande de Estados Unidos, en barrios densamente poblados donde cualquier confrontación armada resultaría en bajas civiles masivas. Y a diferencia de milicias rurales blancas que la mayoría de estadounidenses percibía como amenaza externa, las Panteras operan dentro de comunidades que las ven como protectoras.
El dilema para autoridades federales es insoluble. Arrestar a Birdsong y miembros prominentes arriesga convertirlos en mártires y desatar violencia urbana. Ignorarlos establece precedente de que grupos armados pueden amenazar agentes federales con impunidad. Infiltrarlos y desmantelarlos vía COINTELPRO 2.0 arriesga exposición pública que destruiría legitimidad remanente de agencias de inteligencia.
Hasta ahora han elegido ignorarlos. Sin incidentes violentos confirmados que involucren al grupo, sin arrestos reportados en la protesta del 8 de enero, sin declaraciones públicas de FBI o DHS sobre monitoreo del grupo. Este silencio no es indiferencia. Es parálisis. Autoridades federales enfrentan actor que no pueden suprimir sin costos políticos y operativos que consideran prohibitivos.
Simulacro de normalidad mientras se afinan los gatillos
La trampa mortal es que todo esto ocurre bajo fachada de normalidad funcional. Birdsong concede entrevistas a medios. Las Panteras distribuyen sopa los viernes. Manifestantes marchan pacíficamente. Fiscal local amenaza a agentes federales pero no se desata crisis constitucional abierta. Grupos armados patrullan calles pero no disparan. Estados Unidos mantiene simulacro de orden constitucional incluso mientras se fragmenta en componentes irreconciliables.
Esta fase es la más peligrosa porque genera falsa sensación de que crisis puede manejarse, las autoridades asumen que mientras no haya masacres, el sistema aguanta. Actores armados asumen que mientras autoridades no los confronten, pueden expandir operaciones. Ambos lados subestiman cuán frágil es el equilibrio.
Lo único que se requiere para colapso es incidente catalizador. Un agente de ICE que dispara a manifestante durante operación de deportación mientras Panteras armadas están presentes. Una redada federal contra sede del grupo que resulta en tiroteo. Arrestos masivos que detonen protestas generalizadas. Cualquiera de estos escenarios podría precipitar cadena de violencia que ningún actor controla completamente.
Y el precedente histórico es sombrío. Cada vez que el estado estadounidense enfrentó grupos armados que desafiaban su autoridad, la resolución fue violenta. Las Panteras originales fueron desmanteladas mediante asesinatos selectivos y encarcelamiento masivo. El movimiento de derechos civiles enfrentó violencia estatal sistemática antes de conseguir reformas parciales. La pregunta no es si habrá violencia. Es cuándo, en qué escala y si el sistema sobrevive intacto del otro lado.
Síntoma terminal de un imperio fracturado
La reaparición de Panteras Negras armadas en Filadelfia no es causa de descomposición estadounidense. Es síntoma. La causa es el colapso de contrato social que sostenía precariamente la convivencia en una nación construida sobre esclavitud, genocidio y explotación sistémica. Ese contrato prometía que a cambio de aceptar legitimidad estatal, el Estado proveería seguridad, prosperidad y justicia. Para millones de estadounidenses, ese contrato está roto irreparablemente.
Cuando fiscal local amenaza con encarcelar agentes federales, cuando comunidades enteras rechazan colaborar con autoridades migratorias, cuando grupos armados declaran que protegerán a sus vecinos con fuerza letal si es necesario, lo que colapsa no es simplemente un gobierno particular. Es la idea misma de que existe autoridad legítima compartida.
Estados Unidos enfrenta futuro donde múltiples fuentes de autoridad armada compiten por lealtad de poblaciones fragmentadas. Algunos responden a autoridad federal. Otros a autoridades estatales o locales. Otros a estructuras comunitarias de autodefensa. Y cada grupo está convencido de su propia legitimidad y de la ilegitimidad de los demás.
Esta es definición textual de guerra civil larvada de carácter híbrido. No requiere batalla de Gettysburg. Requiere exactamente lo que Estados Unidos tiene ahora: fragmentación institucional, militarización distribuida, colapso de legitimidad compartida y múltiples actores armados preparados para defender sus respectivas visiones de orden mediante violencia si es necesario.
Las Panteras de Birdsong repartiendo sopa con rifles al hombro no son anomalía. Son futuro. Y ese futuro llegó a Filadelfia el 8 de enero con boinas negras y munición real.
Fuentes :The Philadelphia Inquirer, Black Enterprise, TheGrio
(*) Artículo publicado originalmente en el portal PIA Global












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