Por Victoria Lencina *
Spencer, última película de Pablo Larraín, está contextualizada en la Navidad de 1991. La acción transcurre durante el fin de semana en que Lady Di decide separarse del Príncipe Carlos y se desarrolla en el castillo de Sandringham, en la región de Norfolk. Cuando terminé de ver el film recordé una frase de Margarita Cuéllar Barona a propósito de la figura del monstruo en el cine de terror: “ese otro que se entiende como una amenaza y al cual estamos condicionados a repudiar, confrontar, subyugar, y en el mejor de los casos aniquilar”. El conflicto en Spencer se genera precisamente, al igual que en el género de horror, alrededor de una figura que amenaza la estabilidad y el orden del statu quo. Diana Spencer lleva en su sangre la marca del estigma. Una de sus antepasadas es Ana Bolena, segunda esposa del rey Enrique VIII, quien fuera decapitada por incesto, adulterio y traición. En el ámbito de la corona son habituales los protocolos: horarios estrictos para las comidas, posiciones exactas en las fotos familiares, confección y regulación de los vestuarios usados por los invitados, rutina de pesaje que los comensales deben cumplir para demostrar que han pasado una agradable velada, entre otros. La violación a estas normas supone un peligro para la estabilidad de la corona y representa un castigo para el infractor. Dicha advertencia queda establecida en la máxima: “nadie está por encima de la tradición”.

Ingresar al castillo de Sandringham es el equivalente a ingresar a un panóptico. Se ejerce sobre los cuerpos una coerción ininterrumpida, una vigilancia de los movimientos y de las conductas, es decir, una disciplina. La minucia de los reglamentos llega al paroxismo con el cartel colocado en la cocina que reza: “no hagas ruido. Pueden escucharte”. De este modo, como plantea Michel Foucault, “el cuerpo queda atrapado en el interior de poderes muy ceñidos que le imponen coacciones, interdicciones u obligaciones”. Se pretende multiplicar cuerpos dóciles y manipulables en nombre del bien de la corona. Sin embargo, hay un cuerpo que se resiste a ser sometido, a ser educado, a ser transformado, a ser perfeccionado y a ser asediado. Diana es la responsable de cometer una serie de desvíos a las normas que adoctrinan: quita con una pinza los broches que sujetan las cortinas de telas e impiden ver el campo familiar de los Spencer, llega tarde a las cenas, sale a la ruta a manejar por su cuenta sin la presencia del equipo de seguridad, come a escondidas porciones de torta, le obsequia regalos a sus hijos en la mañana de Navidad “como el resto de la gente”, cambia los vestuarios asignados y se viste como quiere. Diana se rebela contra las reglas impuestas y les recuerda a sus hijos que “aquí no hay futuro. El pasado y el presente son una misma cosa”.

Lejos de lo que podría suponerse, Spencer no es una biopic, no apela al método biográfico ni a desarrollar aspectos de la vida de Lady Di -su casamiento, los paparazzis o su trágica muerte-. Es una película dramática que juega con elementos del terror gótico. Fue filmada en 16 mm y la fotografía estuvo a cargo de Claire Mathon -DF en Retrato de una mujer en llamas (Céline Sciamma, 2019)-. La textura granulada de las imágenes, el uso de luces cálidas y el empleo de una paleta de colores pasteles logran configurar una atmósfera apacible, risueña, poética y rural semejante a la construida en los cuentos de hadas. En esas narraciones para niños es frecuente la presencia de princesas acorraladas en una torre, atrapadas en un castillo o anestesiadas por un hechizo, siendo observadas y hostigadas por una bruja maligna o un dragón enfurecido. Tomando como referencia principal a estos textos, Spencer inaugura con un cartel que presagia: “una fábula a partir de una tragedia real”. En este sentido, la película de Larraín no es una biopic, sino algo más. Lo que se busca es desarmar el estereotipo de la princesa de los cuentos de hadas para plantear un problema y una reflexión crítica sobre los moralismos y el punitivismo de la corona británica.

Y aquí retomo la frase de Margarita Cuéllar Barona que cité al principio de esta nota. Esa idea del otro que se desvía de las normas, que incomoda y al que “estamos condicionados a repudiar, confrontar, subyugar, y en el mejor de los casos aniquilar”. Diana a lo largo de la película se siente asfixiada y encarcelada en un universo terrorífico y fantasmal. Diana está encorsetada en los mandatos y aleccionamientos impartidos por el reinado de Isabel II. Diana se autopercibe como un fantasma que le habla a la campera llena de moho de su padre. Diana se autopercibe como un ser en desintegración, agrietado y deshecho. En la banda sonora, compuesta por Jonny Greenwood, se escucha una melodía de jazz descarrilada y desbordada. Ese contrapunto entre las imágenes agrestes y cálidas con los arreglos de cuerdas en permanente ebullición ponen en evidencia un desajuste, un tropiezo, un malestar. Ese malestar que lleva a Diana a tener atracones de comida, a escabullirse por los pasillos y a tener episodios de náuseas y vómitos en el baño. El cuento de hadas choca con lo terrorífico de los discursos monárquicos. En el encontronazo de dos mundos antagónicos aparece una pregunta: “¿dónde mierda estoy?”.

Diana piensa, duda, equivoca verdades, creencias, modelos e ideales monárquicos. Diana se hace preguntas y realiza preguntas. Diana incomoda por pensar y cuestionar. Diana es ese otro terrorífico que amenaza al statu quo de la corona y al que hay que subyugar sea como sea. Por eso la película no se llama la Princesa de Gales o Lady Di, sino Spencer a secas. El título del film está compuesto por el apellido de la protagonista. Es precisamente ese apellido el que marca una diferencia, una distancia, un rasgo de otredad. Los créditos iniciales se inscriben sobre un plano cenital del castillo de Sandringham y vemos cómo el auto de Diana viene de las afueras, de un territorio foráneo y exogámico. Lo de afuera resulta invasivo para la corona por eso tapan las ventanas y contratan a un equipo de seguridad que vigile los límites del terreno. Control, vigilancia, castigo… Babásonicos tiene una canción que me gusta mucho y dice: “¿quién va a reclamar, para qué? ¿quién va a reclamar para sí?” Quizás sea ese gesto supremo de poner en palabras una pregunta el potenciador de un cambio, de una salida, de una revelación. Diana mira un mapa absolutamente desconcertada y exclama: “¿dónde mierda estoy?”. Pregunta que conduce a un viaje iniciático hacia sus orígenes familiares, hacia el descubrimiento de su identidad, hacia la liberación del ser. Diana enfrenta, desafía y agrieta un sistema monárquico con la potencia emancipadora de una pregunta. Y ya nada volverá a ser igual.
(*) Licenciada en Artes. Columnista de Abramos la Boca (lunes a viernes de 16 a 18)





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