Por Agustín Montenegro
Cada elemento de esta historia requeriría uno o varios textos. Se ha contado muchas veces y podrá contarse otras tantas. Hoy el aislamiento social y obligatorio propone un lindo enfoque para empezar por acá: el año 1816 fue conocido como “El año sin verano”. Debido a una serie de anomalías climáticas (la erupción de un volcán en Indonesia y otro en Filipinas, y el final de la Pequeña Edad de Hielo comenzada alrededor de 1350) hubo en el hemisferio norte un “invierno volcánico”, el cual provocó que las temperaturas nunca superaran los cero grados… en verano. Las consecuencias sociales, no hace falta decirlo, fueron desastrosas: cosechas perdidas, hambre y muerte generalizadas.
Dos años antes, una jovencita inglesa llamada Mary Wollstonecraft Godwin se había enamorado de un poeta. Mary era hija de una pareja ciertamente ilustre (observada desde la actualidad): su madre, Mary Wollstonecraft, escribió en 1792 la Vindicación de los derechos de la mujer, y hoy se la considera una figura fundante del feminismo. A William Godwin, por otra parte, se lo incluye en las primeras etapas del pensamiento anarquista. Esta relación tumultuosa podrá ser objeto de otra historia. Por ahora, nos interesa el momento en que Mary hija (su madre murió al darla a luz) conoce al poeta Percy Bysshe Shelley. Ella tiene dieciséis años, él veintiuno. Entre las características de Shelley podemos mencionar: era admirador del señor Godwin, era hijo de una familia acaudalada, era un profeso ateísta y defensor del amor libre, y fue considerado, luego de su muerte, dentro de la segunda generación de poetas románticos de las letras inglesas. Además de la poesía, y para los propósitos de esta historia, su actividad preferida era fugarse con jovencitas, tener hijos con ellas y luego abandonarlas en la pobreza y una probable deshonra.
Pero esta historia no es sobre los poetas románticos. No nos importa (ahora) lo que sucede entre Mary y Shelley durante esos dos años de amor: 1816 los encuentra viviendo con dificultades en Londres. Con ellos está su hermanastra, Claire Clairmont. El padre, Godwin, ya no les dirige la palabra. La familia de Shelley restringe sus ingresos, y los acreedores acechan. Claire, por su parte, había frecuentado a otro poeta de reconocidos gustos licenciosos: George Gordon Byron, conocido también como Lord Byron. Estos encuentros luego resultarían en un embarazo.
Es el verano de 1816, y Lord Byron invita a Claire, Mary y Percy a una casa de campo: la Villa Diodati, una mansión cerca del lago de Ginebra. Con ellos estará también el médico de Byron, John William Polidori, quien era a menudo víctima de lo que hoy podríamos llamar llanamente bullying por parte de su jefe.
Un veraneo, ya sea en 1816 o en 2020, consiste en pasar un tiempo de esparcimiento y ocio: disfrutar de los paisajes, respirar el aire del campo o la playa y descansar, en compañía o en soledad. Luego de algunos paseos, en “el año sin verano” nuestros seis personajes se dan cuenta de que no podrán salir de la mansión durante unos días. Muchxs hemos experimentado esta sensación de “verano lluvioso”. Muchxs, sin duda, estarán experimentando algo similar hoy en día: hay condiciones extremas que impiden poner un pie afuera de la casa. Por lo tanto, se buscan, casi de forma natural (o a veces muy antinatural), actividades para pasar el rato.
Difícilmente personajes como Byron y Shelley se dedicaran a jugar al TEG o a cocinar ricos y novedosos platos, ya que tenían costumbres algo más particulares. La primera opción del grupo (según puede leerse en las fuentes) fue sumergirse en el consumo de opio y bebidas espirituosas, y en probables orgías de menor o mayor intensidad. Shelley ya había frecuentado a Claire mientras vivían juntos en Londres. Claire, recordemos, llevaba un hijo producto de sus encuentros con Byron. Por su parte, Polidori habría tenido intenciones de frecuentar a Mary. La propia Mary sostenía ideas similares a las de Shelley (y a las de su propia madre) con respecto a las relaciones amorosas, y más adelante las llevaría efectivamente a la práctica. Sin embargo, en el período con Shelley, el individualismo y la voluntad patriarcal del poeta parece ganarle la partida a la cuestión poliamorosa.
Por más románticos y jóvenes que hayan sido, la lógica indica que ningún cuerpo aguanta tanto desenfreno en pocos días. Por lo tanto, suponemos que los hechos se sucedieron de la siguiente manera: cansadxs de las orgías y los alucinógenos, lxs jóvenxs deciden bajar la intensidad y dedicarse a actividades más inocentes. Una noche, mientras se contaban historias de fantasmas frente al fuego, ese 1816, con la helada veraniega afuera, alguno de ellos (Lord Byron, probablemente) propone una competencia: se contarán historias de terror, y luego juzgarán cuál es el ganador. Aquí, en este mismo momento, nacerán dos personajes del género de terror que perduran hasta nuestros días.
Los tres principales contendientes ahora serán Byron, Mary y el médico, Polidori. Byron creará un relato incompleto, “El entierro”, que pueden leer acá. El sufrido Polidori creó a partir de esa competencia el primer relato de vampiros llamado, cómo no, El vampiro, disponible acá. Hay polémica al respecto: se dice que Polidori plagió a Byron, y no sólo eso, sino que el vampiro en cuestión, Lord Ruthven, estaría basado en el propio Byron. El poeta, por su parte, hacía objeto de constantes humillaciones y burlas al médico. Sería razonable pensar, entonces, que el vampiro (cuya principal característica es chuparle la sangre a las personas hasta matarlas) esté basado en el propio Byron. Polidori vio una fugaz fama con esa publicación, que de hecho fue atribuida… ¡al propio Byron! Ya sea por las humillaciones constantes, por los rumores de escándalo y homosexualidad, o por su poco éxito como escritor, el pobre Polidori se suicidaría en 1921. Y ni con eso pudo dar la nota: su familia, temiendo las repercusiones, borró las huellas de su suicidio.
Por otra parte, este es el momento en el que Mary Wollstonecraft Godwin definirá su vida y su eternidad. En plena competencia de relatos de terror, una de esas noches en Villa Diodati (y acaso motivada por las historias de horror contadas y la influencia del opio) la joven había tenido un sueño, que más tarde describió así:
Vi (…) al pálido estudiante de artes impías, de rodillas junto al objeto que había armado. Vi al horrible fantasma de un hombre extendido y que luego, tras la obra de algún motor poderoso, éste cobraba vida, y se ponía de pie con un movimiento tenso y poco natural. Debía ser terrible; dado que sería inmensamente espantoso el efecto de cualquier esfuerzo humano para simular el extraordinario mecanismo del Creador del mundo.
Nacida como un relato corto, la idea fue bien recibida por los competidores. Percy Shelley insistió en que su novia (y futura esposa) continuara con la novela. El resultado fue una de las más grandes historias góticas jamás creadas, que dio lugar a un personaje de la cultura popular que ha demostrado ser inagotable, siempre con un pie en la ciencia ficción, en la reflexión religiosa y en el más craso terror. La novela fue terminada en 1818 y se llamó Frankenstein, o el Moderno Prometeo, y cuenta la historia del médico experimental Victor Frankenstein, quien crea, a partir de restos humanos muertos, a un ser solitario y sin nombre, que será rechazado por su creador: Frankenstein considerará a su criatura un monstruo y, a partir de allí, como tal se comportará la criatura.

¿Qué ver y qué leer sobre el año sin verano en Villa Diodati?
En el link podrán leer una copia del texto en castellano. Sin embargo, para aquellxs interesados, la mejor edición disponible es la de Colihue, traducida, anotada y prologada por un profesor e investigador de la UBA, Jerónimo Ledesma.
En 1931 se filmó Frankenstein, de James Whale. Su secuela, La novia de Frankenstein (1935) comienza con el concurso de relatos de terror en Villa Diodati. Lamentablemente, solo está disponible en su horrible doblaje al castellano de España, acá. Hay otras adaptaciones de la historia: por ejemplo, una película de Ken Russell (director de Tommy) basada exclusivamente en los sucesos del “año sin verano”, llamada Gothic (1986). Es una película algo excesiva, pero divertida, y muestra todas las miserias de nuestros protagonistas y se puede ver acá, con cuenta de Facebook.
En Netflix hay disponible una película algo mala llamada Mary Shelley, que tiene dos elementos atractivos: por un lado, el aire adolescente de toda esta historia, y por otro, la estadía en Villa Diodati. No es recomendable, pero si les interesa el tema, es una película de romance y un feminismo algo liviano a la “Hollywood”, para pasar el rato. El mismo sitio también ofrece una miniserie de corte policial en la que la propia Mary Shelley se incluye como protagonista, llamada Las crónicas de Frankenstein.
Otros escritos podrán dedicarse a la conflictiva relación entre Shelley y William Godwin, padre de Mary, o a la excéntrica figura y al enorme trabajo poético de Lord Byron, a las muertes tempranas de los poetas románticos, a la relación entre los opiáceos y la poesía del siglo XIX, o también a la gran influencia que tuvo el relato de Polidori en nuestras vidas como lectorxs, precursor nada más y nada menos que de la historia del conde Drácula, que más tarde escribiría el irlandés Bram Stoker.
Por ahora, nos quedaremos con estos detalles: en uno de los veranos más atípicos de la historia, en las cercanías del lago de Ginebra y en un viaje teñido por ciertas prácticas orgiásticas y narcóticas, tras cargar con antecedentes de escape, amorío y escándalo, una joven mujer derrota a dos experimentados poetas y a un médico algo resentido en una competencia literaria. Nada más y nada menos que creando una novela que perdura como un clásico hasta nuestros días: Frankenstein, o el Moderno Prometeo. Lo hizo con diecinueve años, bajo el peso de las figuras de su madre y su padre, escritorxs del pensamiento radical de la época, y sin previa experiencia literaria.
Y todo, en parte, gracias a ese particular año en el que, por unos días, Mary Shelley no pudo salir a pasear y tuvo que quedarse adentro, pensando una historia terrorífica para contarle al mundo.





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