Por Gustavo Grazioli *
Fue en 2020. La noticia chequeada, todos los canales, portales, la radio, en el subte, en la calle, en los bares, nadie podía dejar de asombrarse con lo que estaban escuchando: murió Maradona. Cerca de la Bombonera, un almacén de esos donde te mandaban de niño a “hacer los mandados” y te quedabas con el vuelto de tus padres. Con las latas de galletitas, encurtidos en exposición y una televisión a tubo arriba de la puerta, con la pantalla rajada y la noticia en simultaneo de todos los lugares en donde lo estaban despidiendo.
El almacenero que se quiebra y estira la mano a uno de los posters que decoran la fachada, donde se lo ve a Maradona con la pelota en los pies y su cara reluciente, cabello ruloso y el gesto de una sonrisa – imagino que – por lo que estaba por hacer. “Ese tipo es el que mayor felicidad me dio. Más que mi familia”, dice el hombre, mientras da el vuelto de una compra y pone más cervezas en la heladera. Llora, no puede entender como es que ya no va a estar más ese jugador que en el ’86 regaló una navidad eterna a las familias argentinas.
“La belleza y la muerte son dos cosas profundas/ con tal parte de sombra y de azul que diríanse/ dos hermanas terribles a la par que fecundas/ con el mismo secreto, con idéntico enigma”, escribe Víctor Hugo – el escritor francés – en un poema. El 10 lo representa con su vida, además de agregarle su indocilidad, todo encumbrado ahí, en la zurda, en su alma que siempre da que hablar ante los iracundos que sostienen que la obra es una cosa y el artista, otra. “Como jugador, sí…ah, pero, como persona…” Los mismos que corean el que salta es un inglés y también creen que los jugadores ante Inglaterra, hace más de tres meses, “con lo de Malvinas hicieron una de más”, como dijo el primo del jefe de gobierno porteño.
Otra vez con este tipo dirán algunos. Y sí, es octubre. Mes de su cumpleaños, 66 años tendría. Ya van 2165 días sin su presencia física y pasaron dos mundiales. Aunque sigan apareciendo fotos, recuerdos, frases, partidos a beneficio que jugó en lugares inhóspitos o se lleve a cabo un congreso internacional en las universidades, todo parece insuficiente para remendar su ausencia. Si tantas veces lo mataron, tantas se murió y aquí estaba, resucitando, cómo no creer que una vez iba a ser posible.
Su nombre se volvió una estampita de las causas sociales y el eslogan de todos los miércoles en la marcha de lo jubilados, con su famosa frase “hay que ser muy cagón para no defender a los jubilados”. La palabra fuera de lugar sin mediar represalias. Su salud no era el silencio ni mirar para el costado, la huella de su rebeldía estaba impregnada en su origen.
“Si no nace en Villa Fiorito no hubiera sido como fue. Si no se va pronto de adolescente a Buenos Aires hubiera cambiado. Si a los 15 años no se convierte en el padre de familia hubiera crecido de otra manera. Es la tormenta perfecta. Se juntan muchas cosas para explicar a Maradona. Es importantísimo haber nacido en Argentina y no solo como futbolista, también para que el fenómeno Maradona existiera”, le decía Guillem Balagué al medio El español, a partir de su libro Maradona: el pibe, el rebelde, el dios.
La argentinidad en su lomo, con todos sus defectos, aciertos y contradicciones. El desborde como sintonizador de una coherencia que se fue orientando hacia su pierna más hábil. “El brazo guerrillero, el corazón de arrabal”, como dice el tango Para verte gambetear. La lengua filosa con la que le cantó las 40 a una FIFA que después terminó en escándalo, tal como lo venía vaticinando. El 10 que se preocupó por sus colegas y tuvo la idea, antes que nadie, de armar un sindicato de futbolistas.
“Se rebeló contra la AFA y luego se descubrió que era muy corrupta. Contra UEFA y luego se descubrió que era muy corrupta. Contra la FIFA. Incluso contra Pelé, que abrazó un poco eso. Y yo recuerdo que, en esa época, cada vez que hablaba, se decía ‘a ver qué locura ha dicho ahora’. Nadie se paró a pensar que lo que decía tenía sentido. Nadie”, aporta el periodista español en esa entrevista de 2021.
Parecía ignorar la muerte con la estampa de un dios que, en lo divino, lo incomprensible y lo terrible, se sabe inmortal. Creador del cosmos y del caos, la que le valió la represalia de los que vienen de fábrica con títulos de nobleza y jamás con su primer sueldo – porque nunca fueron asalariados – hubieran llevado a su mamá a comer a una pizzería en Pompeya.
El que visitó a Fidel, su amigo. Diego para Cuba y al revés. Ambos se necesitaron. El que viajó en tren a Mar del Plata para decirle NO al Alca, el que le abrió las puertas del Norte de Italia a los del Sur y ya no tuvieron que limpiarse los pies en la alfombra para pisar su propio suelo. El dios de los napolitanos que dejaron de pedirle al santo patrono San Genaro y alteraron su rezo, con estrofas de “Oh mamma, mamma, mamma/ oh mamma, mamma, mamma/ sai perché mi batte il corazón?/ Ho visto Maradona/ Ho visto Maradona”.
Todos los Diegos, el Diego, sería el cuento y perdón Cortazar por el atrevimiento. Pero en medio del apagón que militan los tecno-féudales que dicen que la catástrofe se aproxima y puede que repercuta en lo financiero, el agua o la electricidad, hay que tener a mano la zurda analógica con la que se pueda prender un fuego. Porque, porque la pelota no se mancha. Y el silencio no es valiente.
PD: A tu salud. Feliz cumpleaños.
(*) Columnista de Resistiendo con Ideas (lunes a viernes de 20 a 21 horas)










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