La investigadora de la Comisión Nacional de Energía Atómica y delegada general de ATE en la CNEA, Carolina Komar, dialogó con Gabriel Fernández y Jorge Thierbach en Patria Grande sobre el desguace de una de las áreas científico-tecnológicas más importantes del país. Despidos, retiros encubiertos, vaciamiento de reactores y la entrega de soberanía estratégica, entre los temas.
Jorge Thierbach: Hay una especie de seguidilla de malas noticias con respecto a cómo le están metiendo el bisturí a fondo a la CNEA, ahora con el cierre de proyectos clave como Atucha III y todo lo que eso dispara…
Más que un bisturí, es un hacha y una masa con la que entraron. Habíamos hablado en julio a raíz de los primeros despidos, los primeros en la historia de la CNEA, de los cuales todavía no nos pudimos recuperar del todo. Atrás de eso anunciaron los retiros voluntarios. Sabíamos que habían pedido presupuesto para 700 retiros y, por lo que tenemos entendido, fueron alrededor de 150 en principio.
El plantel total de trabajadores en octubre de 2023 rondaba las 4.100 personas. Previo a los despidos ya éramos menos de 3.500. Después vinimos con los despidos —fueron 60, pudimos reincorporar a 10 compañeros y compañeras— y ahora sumamos estos retiros. Lo grave de las condiciones del retiro voluntario es que imponen que el puesto que se libera no se puede cubrir por dos años. O sea, es un vaciamiento directo.
A eso se le suma una nueva estructura para la comisión ordenada por un decreto que firmó [Javier] Milei, algo también nunca visto: que el presidente de la nación fije por decreto la cantidad de cargos jerárquicos que puede haber en una institución hasta el nivel de jefatura de división. Hoy tenemos alrededor de 280 divisiones y 160 departamentos. Esas divisiones organizan el trabajo cotidiano, aunque casi nadie cobre un adicional por eso debido a cómo funciona el sistema de pagos.
Esto nos va a desorganizar por completo. Dentro del listado de divisiones que desaparecen están las de reactores y las de producción, así que no sabemos cómo piensan encarar el trabajo. Nadie lo sabe, porque no es una estructura discutida con las líneas técnicas y jerárquicas, sino algo que discuten tres o cuatro personas a puertas cerradas. No sabemos que va a pasar con los objetivos estratégicos, que son las líneas que rigen el plan. Además, existe la amenaza de los pases a disponibilidad: si tu sector deja de tener una línea de trabajo asociada, quedás disponible por un tiempo y, si no te reubican, terminás despedido.
En el medio de todo esto, el secretario de Asuntos Nucleares, Federico Ramos Nápoli, anuncia la venta y licitación de la operación del RA-10 —nuestro reactor de producción en construcción— y la transferencia de plantas a Dioxitec...
Así es. Si bien Dioxitec es una sociedad anónima del Estado y la CNEA no entra dentro de las empresas privatizables de la Ley Bases, lo que hubo recientemente fue un acuerdo entre Dioxitec y la empresa estadounidense Nano Energy para evaluar el acceso a la tecnología de fabricación de hexafloruro de uranio, lo que hace CNEA es ceder parte de su tecnología por cero pesos a Dioxitec. Este es uno de los pasos intermedios fundamentales en la ruta de fabricación del combustible nuclear, tal como lo necesita Estados Unidos.
El plan se cierra con la compra de yacimientos mineros, la cesión de tecnología a la medida de Estados Unidos, y un presupuesto para el año que viene que es alrededor de un 40% menor en términos reales. A esto se le suma que frenaron Atucha III —la central que se iba a construir con tecnología y transferencia de China— y ahora están evaluando ceder parte de esos terrenos a MM Energy, otra empresa estadounidense que impulsa el ACR-300, un reactor competidor del CAREM. Los reactores no se pueden construir en cualquier predio; se necesitan terrenos habilitados. Esa cesión implica una pérdida de soberanía tremenda.
Jorge Thierbach: Uno se pregunta si hay un sesgo ideológico tan extremo que los lleva a rechazar el financiamiento chino para direccionarlo todo hacia Estados Unidos, utilizando como argumento la falta de recursos económicos…
Totalmente. Estas autoridades son funcionarios políticos nombrados por el gobierno y alineados ciegamente con él. Hoy la CNEA está dirigida por su presidente junto a dos personas —un contador y un bachiller— cuya experiencia en el ámbito nuclear es escasa o nula. Ni hablar del secretario de Asuntos Nucleares -Federico Ramos Nápoli-, que está de gira por el mundo vendiendo todo lo que puede. Si Milei declara que China es comunista, a menor escala repiten esa lógica cambiando equipos porque son chinos. El gobierno sobreactúa en contra de los intereses de la propia Argentina.
¿Cómo impacta esto en los profesionales y en el día a día de los centros atómicos?
Nuestros profesionales y técnicos están muy bien formados, pero seguimos con salarios de miseria. El que no se fue por el retiro voluntario o el despido se queda evaluando el día a día sin presupuesto y con dificultades para llegar a fin de mes. La situación es recontra crítica. Uno camina por el centro atómico cualquier día y parece un viernes a las seis de la tarde: edificios vacíos, sin gente.
Estamos perdiendo una generación entera, la franja de los 25 a 35 años. Recuperar esas capacidades va a requerir una inversión y una decisión política gigantescas. Lo peor es que internacionalmente la Argentina ocupaba un lugar de privilegio en investigación y producción nuclear —incluso estamos construyendo un reactor de radioisótopos en Países Bajos—. Y uno ve al oficialismo en redes sociales festejar y decir «la libertad carajo», cuando no pusieron un ladrillo, un peso ni una neurona en el desarrollo de nada de lo que hoy pretenden vender.
Como delegada general de ATE, ¿cómo ves el estado de ánimo de las bases para enfrentar esta situación?
Una amiga me regaló una vez una postal feminista que decía: «Nos sacaron tanto que hasta nos sacaron el miedo». Creo que estamos en esa situación. El otro día estuvimos trabajando con diputadas de Unión por la Patria en la bicameral de privatizaciones, analizando cómo intentan liquidar NASA [Nucleoeléctrica Argentina], la empresa que opera las centrales, tasándola a dos mangos para regalársela a los privados. El Estado hizo toda la inversión para construir las centrales y el privado solo compra la operación, mientras que la gestión de los residuos radioactivos vuelve a quedar en manos del Estado.
Hoy el personal que trabaja en seguridad en las centrales está estallado por la falta de personal. No estamos vendiendo un auto, estamos hablando de centrales nucleares; en países como Francia, lo que se había privatizado se está restatizando.
Frente a esto, creo que hay una parada muy importante en la calle. Este jueves confluyen todas las luchas en el Congreso: la defensa de las universidades y del sistema científico tecnológico contra el ajuste permanente de un gobierno que parece ignorar los marcos legales. Hay que estar en la calle y mostrar que somos muchos. Si logramos voltear el DNU 70/23, que la Corte Suprema tiene cajoneado hace casi tres años, eso puede empezar a dar vuelta las cosas y generar otro ánimo social.
El humor social está cambiando. Si en este momento no se van más compañeros a trabajar al exterior es porque la economía global también está difícil. Pero a pesar del ahogo y de los retiros, hay mucho amor, orgullo y necesidad de defender la soberanía. Así como el Mundial despertó un sentido de pertenencia dormido con la bandera de Malvinas, acá hay una convicción profunda. Hay que defender lo nuestro, estar este jueves en la calle y marcar un límite: hasta acá, basta, así no se puede seguir.







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