Por Sebastián Maradei
La Isla Maciel se convirtió del 17 al 20 de septiembre en el escenario del Primer Encuentro Latinoamericano de Turismo Comunitario Urbano, reuniendo a más de 200 participantes, cooperativas, organizaciones de base, estudiantes y universidades de siete delegaciones de la región con la convicción colectiva de que otra forma de viajar, habitar y defender el territorio no solo es posible, sino indispensable.
El encuentro fue organizado de manera conjunta por el Museo Comunitario Isla Maciel, la Fundación V·Social y la iniciativa Pintó La Isla, contando con la metodología de Travolution (Colombia) y la participación de iniciativas regionales como Ecomapu Travel (Chile), CoopBabilonia (Brasil), La Trocha – La Casa de la Paz y Párchese a los populares (Colombia), Villa del Cerro (Uruguay), 100% San Agustín y Ciudad Mural (Venezuela) bajo la premisa de considerar al barrio como una experiencia viva.
A través de recorridos territoriales, talleres, la articulación con el Museo Comunitario y el trabajo conjunto en las calles, este histórico evento dejó en claro que la identidad barrial y la organización popular superan los límites de la resistencia a la gentrificación y al extractivismo cultural.
Día tras día se generaron redes comunitarias capaces de transformar la economía local, rompiendo prejuicios históricos y poniendo en el centro el valor inestimable de las historias contadas por sus propios protagonistas.

Caminar por la Isla Maciel es adentrarse en una arquitectura viva que respira memoria en cada esquina. Las viviendas son, en su gran mayoría, de chapa, antiguos conventillos levantados por inmigrantes europeos a comienzos del siglo XX con balcones de madera y una paleta de fachadas sumamente coloridas que remiten al paisaje hermano de Caminito en La Boca.
En sus calles destaca una inmensidad de murales espectaculares y llamativos que evidencian que el arte es un pilar fundamental de la vida cotidiana.
Pero por sobre todo, lo que distingue al territorio es la calidez de sus vecinos: una comunidad amena, solidaria, profundamente unida, orgullosa de su origen y que en esta ocasión recibió a los visitantes con los brazos abiertos.
¿QUÉ SE DIJO EN LOS DEBATES?
Durante las jornadas, el choque entre el turismo mercantilizado y las propuestas comunitarias resonó en las reflexiones de los participantes. Desde la perspectiva técnica y local, Noel Quiroga, estudiante de guía de turismo de la Universidad Nacional de Avellaneda, remarcó la necesidad de “repensar el turismo desde una perspectiva mercantilizada, que es la que está ganando más terreno hoy en día, al igual que lo viene haciendo en las últimas décadas, y generando cierta problemática que se evidencia a través de la gentrificación, la desaparición de la identidad cultural local, y repensar un enfoque distinto donde se prepondere los intereses de las comunidades locales en lugar de la disparidad económica que se obtiene a través de la mercantilización y la capitalización de ciertos territorios”.
En esa misma línea, Inti Milán, estudiante uruguayo de artes, aportó una mirada política sobre el sentido del proyecto al afirmar que “el turismo comunitario urbano es una forma de contra turismo o una forma de apropiarse el turismo desde los barrios y desde zonas que normalmente son gentrificadas”.

El viernes 18, las actividades se centraron en espacios colectivos de formación e intervención territorial. Se llevaron a cabo talleres sobre gentrificación —en los que se intervinieron fotografías del propio barrio—, talleres medioambientales donde se debatieron las problemáticas ecológicas de la Isla junto a sus fortalezas locales, y talleres sobre estigmatización orientados a deconstruir los prejuicios que sufren los vecinos.
Fue allí, en el marco de la charla sobre estigmas realizada en el Museo Comunitario, donde el referente colombiano Jacob abordó la importancia de habitar el territorio al remarcar que “una cosa es lo que vemos desde afuera, otra cosa es lo que vivimos, por eso es turismo comunitario, de territorios, por eso es que tenemos que andarlos, caminarlos, conocerlos” y agregar que “siempre es conocer a la gente antes de hacer algo que se pueda hacer mal, hay que conocerlo, hay que tener la oportunidad. Tenemos que tener la oportunidad de conocernos”.
Posteriormente, se desarrolló un conversatorio de distintas organizaciones latinoamericanas sobre el turismo comunitario en sus países. En ese debate resonó con fuerza la premisa planteada por uno de los organizadores del evento, quien enfatizó que “primero hay que apreciar y fomentar lo interno y lo local para después atraer y maravillar lo externo ya que todos tenemos algo para ofrecer, solo es reconocerlo y exteriorizarlo”. Esta visión reafirma que el desarrollo territorial auténtico nace desde la autoafirmación de los saberes de la propia comunidad.

Para finalizar la intensa jornada del viernes 18, los presentes escucharon a la orquesta infantil de la isla, llamada La Pandilla, interpretar varias canciones en una presentación llena de alegría.
El sábado 19, durante la jornada “Pintó la Isla”, se realizaron pintadas de murales e intervenciones artísticas en autos incendiados y oxidados. Asimismo, el barrio se revolucionó con el partido disputado por el Club Atlético San Telmo en su estadio, ubicado en la misma Isla Maciel.
La voz y el liderazgo de los propios habitantes resultan esenciales para comprender este proceso de transformación social. Guiando las caminatas por las calles de la Isla, Romina, vecina e integrante del equipo de guías locales, expresó con emoción: “Yo como vecina es contarles de mi experiencia, de lo que soy habitante. Decirle que conozcan cada rincón o si hacemos alguna parada o si hacemos alguna pregunta, contar desde el conventillo, desde los murales, desde la comida, esto, decir que somos un barrio que tenemos muchas historias por contar”.
Esta vivencia compartida fue respaldada por Victoria Medina, parte del equipo organizador, quien sintetizó el espíritu de la iniciativa asegurando que “el turismo comunitario es ese turismo que no es convencional. No me refiero a las grandes cadenas; es el turismo que se hace en las calles, con la gente, en la barriada, que aúna a la comunidad sin quitar lo propio de la comunidad”.
El intercambio regional consolidó redes de hermandad que atraviesan las fronteras de América Latina. Desde la favela de Babilonia en Río de Janeiro, Alexandre señaló la idoneidad de la Isla Maciel como sede al expresar que “es comunitario, es urbano, es social, entonces no hay barrio mejor para eso”.
Asimismo, Jacob enfatizó la naturaleza compartida de la propuesta al sostener que “el turismo comunitario es mostrar esos espacios en común que compartimos todos” y que “la palabra es de co-creación, es co-crear juntos. Co-creo contigo en tu medio. Tú te muestras conmigo, yo te muestro Colombia, tú me muestras Argentina”.
Por su parte, la estudiante noruega Vilde valoró el impacto distributivo de estas iniciativas observando que “el turismo comunitario tiene en cuenta a las personas que viven en el lugar, es decir descubrimos lo local y lo interno de una comunidad, que nos parece totalmente desconocido”.
Mientras que Patricia Mines, de la Universidad Nacional del Litoral, concluyó que “este trabajo sostenido de articulación de instituciones en donde el turismo se convierte en una estrategia, en un fin en sí mismo, lo vemos de una manera súper potente que empodera a los vecinos y que genera de alguna manera una esperanza”.

El domingo 20 marcó el cierre festivo y popular del encuentro. Se realizaron recorridos temáticos guiados de memoria, arte urbano y género, entre otros.
Como broche artístico, los jubilados de la isla presentaron una obra de teatro basada en El Chavo del 8 dando pasó a una jornada que continuó con música hasta el final del día.
La jornada culminó en una gran fiesta comunitaria donde la música y el baile integraron a vecinos y visitantes.
Por una parte, los locales compartían vasos de fernet con coca cola, pero, a la vez, se combinaban sabores regionales como el aguamiel traído de México o el aguardiente de Colombia.
Esta celebración colectiva dejó al descubierto una certeza imborrable sobre el encuentro con los barrios populares, demostrando que no hay que temerle ni escaparse jamás de lo desconocido, sino respetarlo y amigarse con ello.











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