Por Federico Sclausero
Y una noche, Shame por fin llegó a Argentina.
El frío de un invernal miércoles no pudo quebrantar la anticipación dentro del Niceto Club por ver por primera vez en nuestro país a la banda londinense, llamada a llevar la antorcha del nuevo punk. Con un show aguerrido e irreverente, Shame se mostró como uno de los principales exponentes de la nueva ola de música británica que cruza el charco y promete revitalizar el género.
Charlie Steen, vocalista de la banda, demostró apenas subió al escenario que sabía a qué país había llegado. “Finalmente estamos aquí,” anunció para la multitud agolpada frente a ellos. “Dicen que aquí tienen al mejor público de Latinoamérica, ¿puede ser?”.
Los primeros acordes de “Concrete” coincidieron con la explosión. Cientos de personas saltaron al unísono como si la idea fuera hacer temblar a la mismísima Buenos Aires. En el escenario, los demás integrantes de la banda fueron el músculo que sostuvo el desborde de energía. Eddie Green y Sean Coyle-Smith en guitarras, Charlie Forbes en batería y un desbocado Josh Finerty saltando por los aires con su bajo fueron el acompañamiento perfecto para un Steen magnético e imponente, agitando sus brazos cual director de orquesta, animando a la gente a saltar más, a cantar más fuerte.

Toda la noche fue un constante ida y vuelta. No habían pasado veinte minutos de show y la camisa de Steen ya estaba en el suelo. Con cada canción, la banda subía la apuesta. “Estamos aquí una noche, y sólo una noche”, advirtió el vocalista, invitando el caos. Más que un show, la intención parecía ser transformar el Niceto en un lugar de comunión. Quizás no fue sólo coincidencia ese detalle previo al comienzo, cuando de los parlantes del club empezó a sonar “Vencedores vencidos”. Era un adelanto de lo que se venía.
Pero incluso las expectativas más altas parecieron quedarse cortas. En medio del pogo desatado por “Adderall”, Steen se quitó el retorno y los lentes de sol que lo acercaban más a una figura mitológica que a un cantante de punk, y por unos momentos se dedicó simplemente a escuchar a su público, mirando con una expresión entre gratitud y sorpresa. “Tenemos una canción para ustedes, sólo por esta noche, sólo para Argentina”. Esa canción fue “Dust on Trial”, de su primer disco “Songs of Praise”, que no estaba en el setlist oficial.
Si bien el repertorio de la noche estuvo dominado por la presentación de su nuevo disco, hubo presencia equilibrada de los proyectos anteriores de la banda. Sonaron los clásicos de “Food For Worms” y los infaltables de “Drunk Tank Pink”, incluyendo una salvaje interpretación de “One Rizla”, introducida con un rugido de “¡Viva Palestina!”. Shame se reconoce como una banda proveniente de una tierra de hipócritas, como Steen mismo dijo en un momento del show, pero saben representar aquello que hizo del punk el sonido de una generación crítica, rebelde e inconformista.
Para cerrar el show, que empezó a las diez de la noche y rozó la hora y media de duración, Steen retrucó una vez más: “Tenemos una canción más para cada maldito argentino en este lugar”, soltó antes de “Cutthroat”, canción que da nombre al nuevo disco de la banda. No contento con sólo ver la avalancha, Steen decidió lanzarse a la gente, cantando entre sus fans y caminando sobre las manos de su público, que lo sostuvo como congregación a su mesías.
“¡Shame! ¡Shame! ¡Shame!” gritó, una vez regresado al escenario, mientras los últimos acordes se desvanecían entre las voces de la gente. Un último coro, el último brote de energía, antes de cerrarse el telón y prenderse las luces. Un canto de victoria.










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