Por Rodolfo Pablo Treber *
Mientras el sistema internacional se reorganiza alrededor del comercio multipolar, Estados Unidos recurre a la guerra y a la desestabilización global para preservar un orden económico que ya no puede sostener por medios productivos, industriales, ni de relaciones comerciales.
El mundo atraviesa una disputa histórica por el control de la energía, la producción y el trabajo. Esa es la verdadera raíz de los conflictos que hoy sacuden al sistema internacional. No se trata de guerras religiosas ni de disputas territoriales aisladas: lo que está en juego es quién dominará la economía global en las próximas décadas.
El reciente ataque de Estados Unidos y la entidad sionista, Israel, contra Irán debe entenderse en ese marco. Es un episodio más dentro de una confrontación estructural que marca el final del orden unipolar surgido tras la Guerra Fría y el avance de un escenario internacional de multipolaridad.
En ese contexto, la energía ocupa un lugar central.
Irán posee una de las mayores reservas de petróleo del planeta y las segundas reservas de gas natural. Produce más de tres millones de barriles de petróleo diarios y se ubica en una región que controla uno de los principales corredores energéticos del mundo: el estrecho de Ormuz, por donde circula cerca de una quinta parte del petróleo que se comercia globalmente.
En una economía mundial que aún depende en gran medida de los hidrocarburos, quien controle esos flujos energéticos dispone de una herramienta decisiva de poder.
Por eso la presión militar sobre Irán no puede analizarse de manera aislada. Forma parte de una secuencia geopolítica más amplia: el bloqueo económico a Venezuela, la guerra en Ucrania que interrumpió el suministro energético ruso hacia Europa, el sabotaje del gasoducto Nord Stream y la creciente militarización en Asia.
Todas estas acciones responden a una misma lógica: preservar la arquitectura económica internacional dominada por Estados Unidos.
El cambio que altera el orden mundial
El trasfondo de esta escalada es el cambio estructural que atraviesa la economía global.
En las últimas dos décadas el centro de gravedad de la producción mundial comenzó a desplazarse. China se transformó en la principal potencia industrial del planeta.
Actualmente produce cerca del 31% del valor agregado industrial mundial, mientras que Estados Unidos representa alrededor del 16%. Hace apenas veinte años la relación era exactamente inversa.
Pero el liderazgo industrial chino no se limita a la manufactura tradicional. También domina sectores clave del siglo XXI:
- más del 70% de los paneles solares del mundo
- más del 60% de las baterías de litio
- una proporción creciente de la producción de vehículos eléctricos, maquinaria industrial y electrónica avanzada.
Al mismo tiempo, su peso en el comercio global pasó de 4% en el año 2000 a más del 15% en la actualidad, convirtiéndose en el principal socio comercial de más de 120 países.
Este desplazamiento económico se refleja también en el surgimiento de nuevas alianzas internacionales.
Los BRICS ampliados concentran cerca del 45% de la población mundial, alrededor del 35% del producto global medido en paridad de poder adquisitivo y una parte decisiva de las reservas energéticas del planeta.
Pero el cambio más profundo es otro: estos países comenzaron a desarrollar mecanismos de comercio y financiamiento que buscan reducir la dependencia del dólar.
China y Rusia realizan la mayor parte de su comercio bilateral en monedas locales. India paga parte de su petróleo fuera del sistema financiero tradicional. Brasil y China crearon sistemas de compensación directa entre sus monedas. Y el Nuevo Banco de Desarrollo de los BRICS financia proyectos sin recurrir a las instituciones dominadas por Washington.
En otras palabras, lo que está en juego no es solamente el control del petróleo.
Está en disputa quién organiza la economía mundial.
La respuesta del imperio: guerra contra el entramado logístico
Ante ese desplazamiento del poder económico global, Estados Unidos responde con los instrumentos que históricamente utilizó para sostener su hegemonía: sanciones económicas, golpes políticos y guerras.
Pero esta conducta no es improvisada. Responde a una lógica estratégica profundamente arraigada en su pensamiento militar.
Desde el siglo XIX, la doctrina de guerra estadounidense incorporó un principio central: la destrucción de la capacidad logística del adversario.
Un país no se sostiene únicamente por sus ejércitos. Su verdadera fuerza reside en su estructura productiva: fábricas, infraestructura energética, transporte, redes comerciales y trabajadores. Si esa estructura es destruida, la capacidad de resistencia de una nación colapsa.
Bajo esa lógica, la guerra deja de ser un enfrentamiento entre ejércitos para convertirse en un proceso de destrucción sistemática de la base económica del enemigo. Por eso las guerras contemporáneas suelen comenzar con la destrucción de centrales eléctricas, puertos, oleoductos, rutas o infraestructura industrial.
La guerra moderna es, en esencia, una guerra para destruir las capacidades productivas del enemigo. Porque, aunque los liberales, amantes del mundo financiero, dicen lo contrario; el poder reside en la producción.
La guerra como herramienta contra el nuevo orden económico
La escalada militar actual cumple además otra función estratégica: interrumpir la consolidación del nuevo entramado económico que comenzó a construirse entre las economías emergentes.
Las redes energéticas, financieras y comerciales que articulan a los países del BRICS dependen de la estabilidad de los flujos energéticos y del desarrollo de nuevos mecanismos de intercambio.
Un cambio de propiedad sobre una de las principales regiones productoras de energía del planeta será un escollo infranqueable para la consolidación de esos circuitos económicos. En ese sentido, la guerra funciona como un instrumento para desarticular la reorganización del comercio mundial que desafía la hegemonía del dólar.
El objetivo no es solamente derrotar a un país, es impedir que se consolide un sistema económico internacional alternativo.
Argentina a contramano de sus propios intereses
Mientras el mundo discute cómo asegurar su soberanía energética, tecnológica e industrial en medio de esta disputa global, Argentina avanza en dirección opuesta, confirmando su condición de administración colonial.
En lugar de fortalecer su estructura productiva para participar con mayor capacidad en el nuevo escenario internacional, el país atraviesa un proceso acelerado de desindustrialización.
La industria argentina pierde alrededor de 160 empleos por día, lo que equivale a cerca de 5.000 puestos de trabajo menos por mes. Al mismo tiempo, el producto industrial per cápita volvió a niveles comparables con los de 1985, lo que implica un retroceso de casi cuatro décadas en términos de capacidad productiva.
El resultado es un verdadero proceso de industricidio, pérdida de poder productivo y, por lo tanto, pérdida de soberanía.
Producción o dependencia
La contradicción es evidente. En un mundo donde las grandes potencias disputan el control de la energía, la tecnología y la producción industrial, Argentina reduce su capacidad de generar valor agregado.
Sin industria no hay soberanía porque un país que no produce lo que consume termina dependiendo de quienes sí producen. Y en un mundo donde la producción vuelve a ser el núcleo del poder internacional, esa dependencia no es solamente económica: es política.
Mientras el sistema internacional se reorganiza alrededor de la disputa por la energía, la industria y el trabajo, Argentina se encamina en la resignación a ser proveedora de materias primas y mercado de consumo de productos extranjeros.
La verdadera alternativa política en el país a construir, hoy totalmente ausente, debe ser guiada por la certeza de que, al destino de una nación libre, independiente y justa, solo se llega mediante el camino de la producción y el trabajo.
La verdadera discusión para Argentina, en este contexto internacional, vuelve a ser la misma que atraviesa toda su historia política y económica: Un país industrial, pujante y libre o uno primarizado, dependiente y empobrecido.
(*) Analista económico, dirigente del Encuentro Patriótico











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